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Rafael Tanco, el ídolo forjado a los puños

Felipe Cardona

Mientras se acomodan en sus asientos son sorprendidos por una imagen devastadora: los brazos en alto del réferi señalando el final del combate. Es contundente, muchos no alcanzan a la primera lumbre del cigarrillo o el esperado apretón de sus damas extasiadas ante la pelea. Un golpe tajante les arranca toda esperanza, su campeón ha caído en el primer asalto. 

El ídolo nada en un mar de sombras, se arrastra por el cuadrilátero extendiendo los brazos en busca de su entrenador. A su vez, el adversario celebra el triunfo, no sin cierta moderación ante la turba furiosa que se acerca cada vez más a las cuerdas y le reclama en un idioma que desconoce.
   
Entonces los finos caballeros abandonan su postura de alta alcurnia y revientan los focos del teatro con las sillas que lanzan por los aires.  Hay que reclamar de alguna forma, ampararse en el orgullo herido y fomentar la trifulca para olvidar el bochornoso espectáculo que acaban de presenciar: Su boxeador más adorado, el gran Rafael Tanco, tendido en la lona ante los golpes tempraneros de un gringo del que nadie ha escuchado. 

Lo que viene después es una estampa típica del temperamento tropical: La policía haciendo un cerco de protección alrededor del estadounidense evitando un linchamiento seguro, mientras los dueños del teatro, los italianos Di Domenico, con su precario conocimiento del español, tratan de calmar a los furiosos bogotanos que rompen todo lo que encuentran a su paso.

Días más tarde, aquella célebre velada a finales de octubre en 1921, se convierte en el comadreo predilecto de la prensa capitalina. Los periódicos conservadores hacen hincapié en la barbaridad del deporte practicado por Tanco y no entienden la popularidad que logra en la clase alta capitalina. Observan aterrados como en pocos meses, teatros donde son comunes espectáculos de alta sofisticación como lo son el Olympia y el Luna Park, se presten para combates de boxeo, un deporte que para ellos no pasa de ser una salvajada inventada para bárbaros sin cultura.

Sin embargo es legítimo que el Boxeo acapare todas las miradas. Para los capitalinos es una novedad, un espectáculo donde pueden escapar de la compostura y dar rienda suelta a sus obsesiones más viscerales. Para una sociedad acartonada como la bogotana, un deporte tan trepidante es un mana de frescura. Por eso Rafael Tanco es el ídolo, porque representa lo que muchos quieren y no pueden ser.       

Antes de 1920 en Bogotá sólo se sabía de toreo, Cine y Opera. Fue un joven adinerado bogotano el que trajo el deporte a la capital luego de conocerlo en New York. Una vez llegó a Bogotá, decidió montar con el apoyo de su padre, el primer gimnasio de Boxeo en las postrimerías del Parque de los Mártires.  Allí el deporte fue ganando adeptos, sobre todo entre los artesanos, que con el tiempo se convirtieron en los primeros boxeadores.

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El Salón Olympia en los años 20

El joven y otros muchachos de clase alta promueven peleas donde él siempre resulta ganador.  Entonces empieza a ganarse el respeto de la gente, primero de los sectores populares y luego de la clase alta que ya comienza a interesarse por el deporte. En menos de dos años, el muchacho se convierte en el ídolo deportivo los capitalinos, quizá el primero de tantos que pasaron por tan distintas disciplinas y se robaron el corazón del pueblo. Su nombre no es otro que el de Rafael Tanco.

Luego del combate con Benjamín Brewer, el gringo del Olympia que lo hizo besar el entablado en el primer round, Tanco decide recuperar la forma con otros combates y mediante un telegrama reta a un inglés de apellido Daly en 1922.  De nuevo Tanco cae vencido, aunque soporta la arremetida de su contrincante por varios asaltos haciendo la derrota más decorosa.

Después Tanco se apunta a un combate con un chileno en el Circo de San Diego.  Aunque la pelea arranca pareja, la balanza se inclina hacía el austral que sacude al bogotano contra las cuerdas. Tanco es salvado por la campana y camina tambaleándose hacía la esquina donde le murmura algo al entrenador. A los pocos minutos la pelea es declarada nula por el Alcalde de la ciudad, Ernesto Sanz de Santamaría. De nada sirven los alegatos del chileno, los jueces dan la razón a Tanco que alega golpes bajos por parte de su contrincante. 

Finalmente llega el día esperado por Tanco, el día del combate de revancha contra el gringo Benjamín Weber. Han pasado casi 8 meses de la contundente derrota y el púgil bogotano no ha dejado de cotejar la posibilidad de reivindicarse definitivamente con su público en el mismo Salón Olympia de los hermanos Di Domenico.  Cerca de 3000 almas colman el teatro y se muestran expectantes ante lo que pueda suceder, de nuevo toda la fe está puesta en el bogotano. El boxeador norteamericano lleva esta vez una tropa de guardaespaldas para que lo protejan de cualquiera que busque sobrepasarse.

La pelea arranca con un Tanco furioso que le encaja varios golpes al gringo. Todo parece favorable, el norteamericano se ve descompuesto, se defiende y sólo busca sacarle distancia, el público se anima y Tanco se afirma en su descarga. Se acerca el final del primer round y el bogotano decide embestir de frente.  De pronto se oye un grito desencajado: Las damas se agarran el sombrero y los hombres aprietan los puños mientras el gran Rafael Tanco se sumerge en la oscuridad de la inconciencia. Ha empezado la noche para los guardaespaldas de Benjamín Weber.  
 

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