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El hombre cercenado: Un acercamiento al principio del placer en Sigmund Freud

Felipe Cardona

El sinuoso pincel de Dalí obra sobre el lienzo para simbolizar la tragedia irreparable que acontece a todo hombre: el desconsuelo primigenio, el origen lleno de ferocidad que es la inefable escena del nacimiento. La obra se titula Niño geopolítico observando el nacimiento del hombre nuevo de 1934: un hombre pugna por salir de un mundo que asemeja un huevo; sus extremidades se contorsionan ingrávidas en una suerte de emulsión materna, y es tanto su desdoblamiento que se abre una fisura en el globo ocasionando el brote de un líquido espeso. Este es el inicio del rompimiento, el hombre es arrancado del paraíso edénico donde levita seguro de toda amenaza.

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Es a partir entonces de esta viva imagen del alumbramiento, de esta evasión del entrañable domicilio materno que el hombre encuentra su primera amenaza, la presencia abusiva del otro, ajeno a él y a su madre, ese otro que representa por necesidad un papel social y que resultará definitivo para su adaptación a la realidad, para la constitución de su “yo”. No importa la identidad de ese otro, lo que es cierto es que ese nuevo referente de realidad, representa un modelo de apoyo para su educación psíquica. 
De este momento decisivo del encuentro con el otro es que parte Freud en su ensayo el malestar en la cultura, para desarrollar una de las teorías neurálgicas de su obra y es la del principio de placer y como este influye en la búsqueda de todo hombre por alcanzar la felicidad. Este principio que parte de las regiones oscuras del “ello” dominado por la interacción entre Eros y Tánatos rige según Freud todas las operaciones del aparato psíquico, y está expuesto como el intento y la motivación de todo hombre por alcanzar el placer absoluto, llamado por Freud “el sentimiento oceánico”.
Sin embargo esta búsqueda desmesurada de placer y de felicidad pronto es controlada por la realidad, representada en el otro, que tiene la velada misión de frenar nuestras pulsiones. La convención social en la que cada individuo ocupa una posición relativamente autónoma establece unos parámetros morales, el “super-yo”, para controlar la corriente instintiva del hombre en su primera naturaleza, su infancia, y mediante cierto tipo de estímulos logran controlar su comportamiento. Ahora bien, este sesgo cultural no puede considerarse como mal intencionado. La cultura es un mecanismo de protección ante la evidente debilidad física y psíquica del hombre.

Cuando el individuo se aventura por la felicidad motivado por su principio de placer y la sociedad le permite ciertas acciones disidentes ya sea mediante la disminución de la tensión, alcanzando una satisfacción vicaria, o buscando distraerse a través del placer estético,  la introspección o la intoxicación con drogas, sólo logra una felicidad episódica y efímera que le asegura un tibio bienestar, digamos que puede sentirse tranquilo y estable, a salvo de las amenazas del mundo, o por lo menos temporalmente inconsciente de las arbitrariedades, mas nunca las limitantes corporales, temporales, espaciales y sociales le permitirán alcanzar la anhelada felicidad.

Estas limitantes ocasionan que en el hombre un sentimiento de frustración y por consiguiente de sufrimiento. El filósofo alemán Schopenhauer en su afán por aliviar su pena debido al carácter precario de su felicidad, se preocupó por liberarse de la voluntad de vida. Cómplice de la afirmación nihilista de la tradición oriental, que propone la meditación para fusionar el yo con la nada, creyó que la causa de los males estaba en desear, cosa que más tarde Freud cuestionaría, ya que éste considera que el indicio pulsional es inherente a la humanidad históricamente. En el pecho de todo hombre se impone el trono de una voluntad inescrutable, una esencia que no se transforma y que le devora lentamente. Por eso este conflicto es de naturaleza trágica, el hombre no alcanza la “sublimación” y tiene que conformarse con desplazar las condiciones de su satisfacción a circunstancias limitadas y formalizadas para expresar sus ínfimas agresiones.

El alivio que Freud considera más sublime, más cercano a lo absoluto, es la satisfacción de amar y de ser amado, de sentirse protegido por el otro, la analogía del “sentimiento oceánico” del que nos habla, aunque también se remite a la contemplación de la belleza que genera una sensación de embriaguez como una de las maneras más idóneas para alcanzar una membruda felicidad. Está es una referencia estética poco usual en Freud al papel de la estética como método imaginario de felicidad. El arte en su “corpus” ficticio puede otorgarnos la posibilidad de realizar nuestros deseos en el campo mental, desembarazados completamente de la realidad y proporcionarnos un refugio temporal ante la miseria vital.

Freud no propone en su ensayo salidas a este dilema, que poco a poco conduce a la sociedad hacia la neurosis colectiva. El destino humano está atado al homicidio primitivo de su instinto. Sin embargo, las primeras décadas del siglo, los artistas surrealistas se preocuparon por hallar una salida a este dilema vital. Eligieron el sueño, ese giro estético hacia lo onírico donde el capricho gira inexpugnable, como en un juego se erige la figura del ritornelo, que en su eterna hilaridad no hace otra cosa que afirmar esa nostalgia por el paraíso perdido.


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