Vol 3 Ed 23 » Columnistas » El recuerdo de Obama

El recuerdo de Obama

Mauricio Jaramillo Jassir (Profesor de la Facultad de Ciencia Política y Gobierno y de Relaciones Internacionales del Rosario)

En el último tiempo, Se ha discutido intensamente sobre el legado de la era Barack Obama. Se trató de un Presidente polémico para muchos, como todos quienes conducen las riendas del Estado más poderoso del mundo.  Pero más allá de ese debate, que siempre es válido, Obama será sin asomo de duda, uno de los más influyentes en cuanto a la política exterior, se disienta o se comparta con la mayoría de sus acciones.
 
Ante todo, Obama se comportó como un demócrata, -en el sentido partidista- y se alejó de algunos de las nociones clave que marcaron la presidencia de George W. Bush, muy criticado por su iniciativa de la democratización del Gran Medio Oriente. Para muchos, este proyecto, alimentó y dio estímulos para el surgimiento de grupos radicales en esa zona, y que en la actualidad escapan del control incluso, de regímenes caracterizados históricamente por el autoritarismo. 
 
Sin abandonar del todo la filosofía injerencista en Oriente Medio, Obama se desmarcó de Bush en al menos dos puntos fundamentales para su política exterior en esa región. Primero, distinguió siempre la guerra de Afganistán, que consideró como una intervención necesaria, de la de Irak, que criticó duramente. Siendo consecuente con lo expresado como candidato, terminó ordenando el retiro de ese país. En segundo lugar, abandonó el léxico de guerra global contra el terrorismo, lo que no fue un cambio menor ni superficial. Dicha confrontación ha sido una de las peores decisiones de Estados Unidos, desde el fin de la Guerra Fría, y generó un desequilibrio en la zona, con consecuencias aún visibles.

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En uno de sus primeros discursos en la Universidad de El Cairo, fue claro al señalar algunos de los principios, que orientarían la proyección internacional durante sus primeros cuatro años de mandato. Algunos aún pasan por alto, que cuando Obama llegó al poder, las tensiones entre el mundo árabe musulmán y Estados Unidos estaban en uno de sus peores momentos.  Aunque en la actualidad, se puede decir que la tensión subsiste, hubo una apuesta real para abandonar los crudos estereotipos que tanto daño ocasionaron, y un avance en algunos subzonas.   
 
El mayor activo de la era Obama en Oriente Medio, fue sin duda, alcanzar un principio de acuerdo con el gobierno de Irán, que tendrá efectos que sobrepasan el tema energético, y seguramente abonan el terreno, para la reinserción de ese país en la agenda de la zona. Su asilamiento sostenido y exacerbado por el tema nuclear, sólo privó a la región de la influencia positiva de un actor clave para su estabilidad. Con ese pacto, al menos se consiguieron tres objetivos. Primero , la puesta en marcha de un programa nuclear civil bajo estricta supervisión internacional. Esto rompe con la idea de que le energía nuclear es monopolio de potencias de occidente, y reafirma que naciones en vías de desarrollo pueden sacar provecho de la misma.  Segundo, crea un equilibrio con Israel, que lo disuade de cualquier ataque contra Teherán. A largo plazo, evita una confrontación bélica que hubiese sido catastrófica para ambos países, y para la región en su conjunto. Y tercero, abre la posibilidad para que Irán desempeñe un papel positivo en la reconstrucción de Afganistán, e Irak y en la lucha contra el Estado Islámico.
 
El principal pasivo de su política en esta zona, la constituye el hecho de no haber podido relanzar ningún esquema de negociación  entre Palestina e Israel, que reviviera los avances de los Acuerdos de Oslo. Se tenía una inmensa expectativa en ese sentido. Los palestinos lo acusaron de ser demasiado permisivo con las agresiones comprobadas de Israel, especialmente en Gaza. Y los israelíes, especialmente los neoconservadores, extrañaron el tono republicano que justifica las violaciones constantes a los derechos de los palestinos, arma por excelencia de combate  para Tel Aviv.  
 
Con América Latina, Obama también marcó una distancia con su antecesor, pues pasó de un distanciamiento al involucramiento selectivo. Vivió por cuenta de la crisis en Venezuela, tensos momentos al decidir el Decreto Ejecutivo que sancionaba a funcionarios de ese régimen, y que le valió la condena al unísono de la región. Suramérica ya no comulga con ese tipo de instrumentos sancionatorios, que recuerdan las peores conductas de Washington durante la Guerra Fría.

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Pero, sin duda, el valor para reestablecer relaciones diplomáticas con Cuba, y reconocer el fracaso del bloqueo serán recordados en América Latina, como una muestra  de sintonía con la actualidad, y con la urgencia de dejar atrás uno de los escenarios que más daño le había hecho a la imagen de Estados Unidos en el mundo. Con este importante avance, Washington le dio un giro a las relaciones en la zona, y profundizó el  aislamiento de Venezuela.
 
Pero tal vez, lo más interesante en estos ocho años de gobierno, es haber demostrado que es rebatible el simplismo que indica, que poco importa quien gane la presidencia en los Estados Unidos, pues siempre habrá una continuidad. Este tiempo mostró transformaciones reales, y puso en evidencia que existe chance para un cambio, aunque tal no sea siempre positivo. El fracaso de la insostenible posición para derrocar a Bachar Al Assad, muestra uno de los momentos más críticos de esta administración, y prueba que no todo los cambios impulsados por Obama fueron positivos.
 
Al margen de ese tipo de consideraciones, habrá mucho que extrañar de uno de los Jefes de Estado más carismáticos en el último tiempo. El contraste con la torpeza y dureza de quien llegará a reemplazarlo, hará que pase a la historia como uno de los Presidentes más capaces de Estados Unidos, y quien lo reconcilió con valores relativizados en prejuicios que el próximo mandatorio seguramente promocionará.

 

 

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