Vol 3 Ed 23 » Cultura » André de Lorde y el Gran Guignol: de bibliotecario a príncipe del terror

André de Lorde y el Gran Guignol: de bibliotecario a príncipe del terror

Norman Felipe Sarmiento Salcedo

En el siguiente texto abordaremos algunos de los cambios ocurridos en el tratamiento del terror (u horror) durante algunas expresiones artísticas ocurridas en la primera mitad del siglo XX. Resaltaremos algunos aspectos sociales, intelectuales y científicos que influyeron en estos cambios, pero nos centraremos en la figura del entonces bibliotecario francés André de Lorde y su relación con el parisino Teatro Grand Guignol. Así pues, un personaje histórico, un espacio teatral y algunas manifestaciones del terror serán los protagonistas del siguiente escrito.

Las temáticas en torno al horror[1] siempre han jugado un papel fundamental dentro de los imaginarios de las sociedades. Lo escabroso, lo desconocido y lo sobrenatural han permeado los relatos, saberes y creencias de diferentes formas y en distintas épocas de la historia de la humanidad. Durante el siglo XX, se empezó a gestar toda una serie de manifestaciones artísticas y culturales que reunían variados elementos de mitos y ficciones de seres maniáticos, grotescos, espeluznantes, mezclados con las horribles consecuencias de la guerra y con una que otra patología. Teniendo en cuenta lo anterior, se hablará sobre un personaje que, en medio de este contexto y gracias a un espacio teatral parisino, supo desarrollar su trabajo como bibliotecario con su oficio como dramaturgo del terror; una mezcla poco esperada y atípica dentro de la calma de las bibliotecas y las oscuras encrucijadas del miedo. Todo lo dicho anteriormente, lo intentaremos desarrollar basándonos, principalmente, en el libro Monster Show. Una historia cultural del horror, escrito por David J. Skal (2008), y, más exactamente, en algunos apartes del capítulo dos, titulado “Tú serás Caligari”: monstruos, saltimbanquis y modernismo.

Entrando en materia, el siglo XX es importante desde diferentes puntos de vista, pero, para nuestro caso, podríamos decir que la primera mitad influyó de manera profunda en las expresiones artísticas en torno al horror. La llegada del cinematógrafo, los nuevos movimientos artísticos y literarios (cubismo, dadaísmo, surrealismo, vanguardismo, por ejemplo), la industria del cine en crecimiento, el azote de la violencia y la muerte con las dos guerras mundiales, en fin, una cantidad de aspectos que no solo modificarían la forma de representar el miedo, sino que también llevarían a la creación de diversos escenarios para la difusión de nuevas expresiones artísticas y culturales.

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Uno de los más representativos espacios, de los que estamos tratando, fue el Théâtre du Grand Guignol[2]. Ubicado en un callejón de la calle Chaptal de París, el dramaturgo Oscar Méténier decidió comprar en el año 1897[3] este lugar para iniciar su negocio de espectáculo. “El Grand Guignol tenía su sede en la capilla de un antiguo convento que se remontaba a 1876 (…). El único rastro dejado por las hermanas jansenitas, primeras habitantes del edificio, eran los ángeles tallados en las vigas del teatro y el persistente rumor de que los rezos de las monjas aún podían oírse ocasionalmente suspirados en los silencios entre los gritos. La antigua capilla había pasado a ser un teatro cómodo y extremadamente íntimo…” (pp, 64-66).

El origen del Grand Guignol, gracias a las ideas de su fundador, estuvo basado en historias con temáticas polémicas e imágenes impactantes nacidas en los bajos mundos. Delincuencia, prostitución, asesinatos, mendicidad, niños de la calle, entre otros, fueron sus temas iniciales que pasaban del terror a la comedia, por medio de obras cortas, logrando estados de ánimo variados en el público. Aunque estas primeras galas ya atraían una buena cantidad de personas y estaban empezando a crearle una fama a este espacio, sería el sucesor de Méténier quien llevaría al Grand Guignol a convertirse en el escenario parisino del horror por excelencia.

Este sucesor fue Max Maurey, quien entraría a dirigir el teatro en el año 1898 y hasta 1914, siguiendo la misma idea de su antecesor, aunque con algunos ligeros cambios. Maurey decidió profundizar en los aspectos físicos y en la demencia, es decir, las escenas sangrientas y de tortura tomaron mayor realismo e importancia, y las obras basadas en la locura empezaron a ser protagonistas y a convertirse en un sello característico de este escenario. De la misma forma, llevó a otro nivel los efectos especiales y la iluminación, rodeándose de expertos como Paul Ratineau, uno de sus más grandes técnicos, así como con nuevos elementos de publicidad, pues dotó al teatro de un médico que estuviera en la sala atendiendo a las personas que allí se desmayaban, lo que llevaría a generar una atmósfera de curiosidad por sus espectáculos. En este contexto, otro de los aportes de Maurey fue apoyarse en uno de los grandes dramaturgos y representantes de todo este ambiente terrorífico que se gestó: estamos hablando de nuestro personaje en cuestión, André de Lorde.

André de Lorde (su nombre de pila fue André de Latour, conde de Lorde) nació en 1869 en la ciudad francesa de Toulouse y fallecería, en la también francesa Antibes, para el año 1942. Fue hijo de un médico y su apellido proviene de familia noble aunque no muy adinerada. De Lorde, durante sus ocupaciones laborales en el día, fue bibliotecario en la Bibliothèque de l'Arsenal (Biblioteca del Arsenal) y de la Bibliothèque Sainte-Geneviève (Biblioteca de Santa Genoveva) ambas ubicadas en París, pero su reconocimiento llegaría siendo dramaturgo y alcanzaría su mayor prestigio gracias a su trabajo en el Grand Guignol.

Escribió más de 150 obras (algunas han tenido adaptaciones al teatro y al cine), lo que lo llevaría a ser conocido con el sobrenombre de Príncipe del Terror, pues “aunque los dramas de De Lorde fueron producidos por numerosos teatros de París, incluyendo el Odeón y el Sarah Bernhardt, el Grand Guignol se convirtió en el principal medio de difusión de su obra. De Lorde era deliberadamente un técnico del terror, que gozó de muchas extravagantes comparaciones con Poe en la prensa y que, en muchos aspectos, prefiguró los métodos de Alfred Hitchcock” (p. 66). Por otro lado, se apoyó, en diversas ocasiones, y fue coautor en diversas obras, con el también francés Alfred Binet (psicólogo de profesión), buscando que sus escritos tuvieran mayor profundidad científica y que se desarrollaran, principalmente, en temas relacionados con la locura. No es de sorprendernos esta elección, pues entrado el siglo XX las temáticas de terror seguían adoptando como eje principal seres y hechos sobrenaturales, pero, también, gracias al racionalismo que venía del siglo XIX, los avances y experimentos de la ciencia y otros acontecimientos sociales del siglo posterior, las historias fueron tomando una proyección más científica y antropomórfica. Seres mutilados, psicópatas asesinos, científicos obsesionados, desquiciados mentales, creaciones humanas grotescas, entre otros, fueron recursos que cada vez más se irían acentuando y profundizando dentro de los imaginarios del horror.

Pues, como bien nos dice Skal: “El modernismo en la literatura y el teatro, particularmente el movimiento hacia el naturalismo, tuvo una arrolladora influencia en el entretenimiento de horror tal y como hoy lo conocemos. El naturalismo, tal y como lo promulgaron Émile Zola y otros, contemplaba al hombre como víctima de fuerzas económicas y sociales que el individuo apenas puede comprender, mucho menos controlar. El rol del artista, en este nuevo mundo darwinista, era el de un cirujano o patólogo, frío y reduccionista” (p. 63).

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Por estas razones, muchas de las obras de De Lorde fueron ambientadas en hospitales, clínicas, manicomios o protagonizadas por médicos, científicos, entre otros personajes que impusieran un toque de realismo alrededor de la ciencia. Obras de este bibliotecario, como Crimen en el manicomio (Crimen dans une maison de fous), El laboratorio de las alucinaciones (Le laboratoire des hallucinations) o la adaptación al teatro de la exitosa película alemana El gabinete del Dr. Caligari, son algunos de los ejemplos que nos llevan a apreciar esta nueva forma y estética del horror desde una perspectiva científica, desde una trama que parte de las más oscuras pasiones del hombre, pasando por su relación con los otros y valiéndose de los avances y miedos relacionados con un método y conocimiento racionalista-naturalista.

Así pues, vemos como la mezcla de diferentes saberes, encaminados hacia el arte y el entretenimiento, empezaron a gestar una nueva forma y una nueva estética alrededor de un tema inherente al ser humano. El Grand Guignol, las obras de André de Lorde y todos los técnicos, actores y demás involucrados en este espectáculo, crearon una atmósfera propicia para la propagación de nuevas formas de expresión del miedo durante el siglo XX. Se empezó a hablar de Grand Guignol como espectáculo y no solo como aquel espacio teatral[4], las obras del Príncipe del Terror empezaron a ser impresas en ediciones de bolsillo, las técnicas de iluminación y de efectos especiales utilizados en los espectáculos del teatro empezaron a ser mejoradas, pero, sobre todo, se gestó el camino para apoyarse en una nueva forma de arte que marcaría el siglo XX y que llegaría para quedarse, ya que “... el horror se estaba expandiendo en dirección al Occidente, como un manifiesto destino de lo macabro. Los oscuros seres que se habían servido de las vanguardias europeas para encontrar una expresión moderna, pronto comenzaría a cruzar el Atlántico, en rollos de películas[5] en vez de en ataúdes, aguardando a ser animados en el interior de salas oscuras mediante la aplicación de luz artificial. Sus secretos tenían todo que ver con la luz y la sombra, proyecciones, reflejos, dobles…” (p. 70). Todo esto, en su gran mayoría, gracias a un espacio teatral francés, a una atmósfera intelectual y artística favorable, y a un bibliotecario que decidió profundizar en los más horrendos temores del ser humano y en las más oscuras y escabrosas encrucijadas de nuestra psiquis.

Así pues, el miedo, lo espeluznante, todo aquello que nos supera y nos genera los más profundos sentimientos de desconcierto y pánico, se apoderaron de nuevas manifestaciones y técnicas artísticas durante el siglo XX y, aún hoy, mucho de lo producido en esta época perdura como formas efectivas de expresión del miedo. Parece impensable, gracias a ciertos estereotipos sociales actuales sobre los encargados de las bibliotecas[6], que una de las influencias más recientes en el tratamiento artístico del horror y del espectáculo alrededor de este, proviniera de las creaciones tenebrosas de un bibliotecario. Pero nada más alejado de la realidad pues, si observamos un poco la historia de la literatura, vemos como grandes escritores desempeñaron (por poco o mucho tiempo) esta, por momentos, subrepticia labor. Para la muestra están: Jorge Luis Borges, Johann Wolfgang von Goethe, Marcel Proust, Jacob y Wilhelm Grimm (hermanos Grimm), George Bataille y George Perec, entre otros.


Bibliografía

[1] Aunque puede clasificarse el horror bajo una sensación poderosa de aversión hacia algún hecho sobrenatural y el terror como un fuerte miedo producido por un acontecimiento natural y racional, en nuestro caso, serán sinónimos que quieren expresar ese inquietante  miedo generado por una situación, persona o cosa.

[2] Su nombre traduce Teatro del Gran Espectáculo de Marionetas. Guiñol (su adaptación al español) hace referencia a un tipo de representación teatral de títeres, esta tiene su origen con el francés Laurent Mourguet, dentista de la ciudad de Lion, creador de un espectáculo de marionetas en donde el títere principal era Guignol, un personaje que daría, finalmente, el nombre a todo el conjunto. Véase: http://www.juguetessomosnosotros.com/

[3] El teatro existió oficialmente hasta el año 1967, bajo diferentes directores. A partir de los años noventa, y en la actualidad, la compañía de teatro Thrillpeddlers (San Francisco - EE. UU.) viene reviviendo algunas de las obras representadas por el teatro parisino. Véase: http://thrillpeddlers.com/

[4] En Colombia, tenemos una comedia de Arturo Laguado titulada El Gran Guiñol (1950), la cual transcurre en medio de una ambiente circense y corresponde a una de las obras enmarcadas dentro de los albores del teatro moderno y experimental en nuestro país. Es inevitable encontrar ciertas similitudes entre el ambiente y los personajes Atlas y Salimbene de la obra de Laguado con los de Hércules y Cleopatra de la película Freaks, dirigida por Tod Browning en 1932.

[5] Aunque tuvo que pasar un buen tiempo y un proceso de desensibilización del espectador, uno de los ejemplos actuales en la industria cinematográfica y con una notoria influencia de la atmósfera y del tratamiento del cuerpo propuesta por el Grand Guignol, es el subgénero del cine de Terror llamado Gore (Splatter), el cual se centra en imágenes macabras y sangrientas del cuerpo humano como objeto de la violencia. Además, este subgénero también ha sabido mezclar el horror con la comedia bajo la denominación de comedia gore (Splatstick), ejemplos de esta son algunos trabajos del director George Romero o largometrajes como Toxic Avenger, Evil Dead 2, entre otros.

[6] El bibliotecario como ser estricto, rutinario, malhumorado, silencioso, entre otras características, es una imagen del medioevo y que aún se conserva en el pensamiento de muchas personas, dentro y fuera de la profesión. Para profundizar en el tema hay un interesante trabajo realizado por Zunilda Roggau. Véase: http://www.scielo.org.ar/

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