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La olvidada poesía de Luxorio

Tomás Molina

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Los méritos de ciertos movimientos artísticos no están solo en lo que crearon sino también en lo que redescubrieron. Por ejemplo, los románticos rescataron y redescubrieron a la Edad Media. Novalis decía sobre aquella época, verbigracia, que fue un tiempo hermoso y resplandeciente de lealtad y honor. Y aunque su Edad Media fuera más imaginada que real (¿pero es posible analizar un hecho histórico sin imaginarlo y distorsionarlo?) tuvo el mérito de reconocerle virtudes, de señalar su belleza, de deslumbrarse con sus góticos y románicos encantos.

A finales del XIX algunos miembros del decadentismo hacían lo propio con la latinidad tardía, Bizancio y los bárbaros que asolaban el Imperio Romano. El protagonista de À rebours, por ejemplo, tiene un bello estudio azul y naranja lleno de autores latinos. Pero la Edad de Oro de la latinidad (Virgilio, Horacio, Ovidio) no le interesaba particularmente. Su pomposidad, su inflexibilidad y pedantería lo aburrían mucho. Lo que sí le atraía realmente era lo que vino después: la Edad de Plata y luego la decadencia: Lucano, Petronio, Claudiano, Macrobio, Draconcio, Prudencio, Sedulio, Claudio Mario Víctor, etc.

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Pese a que las obras decadentistas redescubrían y revalorizaban esa época, es preciso notar que algunos de los escritores menores de aquellos siglos de plata y bronce merecían el olvido al que los profesores de latín los habían relegado. No tanto por el lenguaje que usaban, pues en realidad podía ser mucho más imaginativo y poderoso que el latín de oro (contaba con todos los ríos de griegos, sirios, africanos, hispanos y galos que habían nutrido el caudal de la latinidad) sino por la calidad de sus obras. A veces, en efecto, no era muy alta. Otros autores, en cambio, sí merecen ser leídos y redescubiertos.

Entre aquellos poetas de bronce que vale la pena leer nos encontramos a Luxorio, o Luxorius. Vivió en Cartago durante los últimos años de la ocupación vándala, de tal modo que su vida transcurrió entre la Antigüedad y el medioevo. Hay algo bien interesante en su obra: como Petronio, Luxorio nos cuenta sobre la gente común y corriente de su época. Los vecinos, las prostitutas, los charlatanes, los amantes, los ciegos, los enfermos: no son los grandes señores sino los comunes quienes aparecen retratados en sus versos. Veamos primero el lado más bello de su obra poética:

Epigrama 71:
Sin luz,
perdiendo el rumbo,
el amante ciego
juzga, toca, siente.
Sus manos rozan
la tersa piel;
el frío recorre
las espaldas.
Así descubre
cuál de sus amantes
tiene un níveo cuerpo.

Creo que él,
a quien su hábil lujuria
le ha dado varios ojos,
no desea dos ojos para ver”.

Luego el epigrama 70:
 
“Venus marmórea:
tus violetas te animan.
Mueve los brazos”.
 
Y luego el epigrama 69 sobre una quimera:
 
“Brilla el bronce.
La quimera soporta
su propio fuego”.
 
Finalmente, hay que mostrar otro lado de la poética luxoriana. El poeta también es burlón y ataca con sorna a quien le apetezca:
 
“Mirrón: amas las mujeres feas y horribles.
Es más: temes a las bellas y hermosas.
De este modo tú crees revelar
qué clase de juicio tus ojos tienen.
Pero yo sé por qué las buscas así.
Una bella nunca se entregará a ti:
La fea de pronto".

*Todos los poemas aquí citados son traducciones hechas por mí. Realmente, como diría Badiou, son hipertraducciones. Por ejemplo, los epigramas 69 y 70 los he destilado en forma de haiku. Las versiones originales son mucho más largas y complejas. En todo caso, me basé en la edición y traducción de Rosenblum.

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