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La pregunta por la vida

Manuel Guzmán Hennessey

Se ha dicho muchas veces que el papel esencial de la filosofía es el de hacerse preguntas. Sócrates decía que las preguntas ayudaban a definir la verdad sobre las cosas. Y como nada es definitivo, ni absoluto conviene repetirse ciertas preguntas de cuando en cuando, no sea que por olvidar el carácter evolutivo de todo lo que existe, nos perdamos también del sentido originario que tuvieron las cosas para definirse alguna vez como lo que son, o lo que deben ser.

Según este razonamiento preguntar también es recordar, y si se quiere, ver de nuevo. O aún mejor, prever. ¿Será el sentido de la vida hoy lo mismo que lo fue para nuestras comunidades primitivas? ¿Lo será como fue para las civilizaciones que fundaron el asombro? ¿Resultaría pertinente preguntarse por la vida en los tiempos remotísimos de aquellas civilizaciones para las cuales la vida humana y la naturaleza eran una especie de continuum existencial que se revelaba en cada acto humano y en cada acto natural? O esta pregunta que propongo aquí es tan sólo el ejercicio exótico de una civilización, la nuestra, que por haber priorizado el crecimiento sobre todo otro valor impactó de tal manera la esfera de la vida que hoy está amenazada su continuidad sobre la Tierra.

La pregunta que nos podemos hacer por la vida es evidentemente una pregunta de la filosofía y de las humanidades: ¿Cuáles fueron las razones que nos llevaron a cometer este dislate? ¿Por qué habiendo sido advertidos sobre los peligros decidimos acelerar el tren de la autodestrucción? ¿Es la nuestra una civilización homicida o suicida? ¿Es ciega, es demente, es perversa, es estúpida o es simplemente el estadio evolutivo de un proceso de ensayo y error?

En 1895 el físico sueco Svante Arrhenius desarrolló un método para medir las concentraciones de carbono en la atmósfera y encontró que estas eran de 290 partes por millón. Se preguntó por los modelos de crecimiento y concluyó que el nivel de las concentraciones de carbono en la atmósfera podría llegar a ser peligroso debido a que esto aumentaría la temperatura promedio de la Tierra.

En 1976 otro científico, Stephen Schneider, demostró que el calentamiento global era una realidad, pero hubo que esperar a que las naciones Unidas creara en 1988 el panel de intergubernamental de científicos para que el mundo conociera, con plena certeza científica, que estábamos frente a una amenaza contra la vida como no había habido otra en toda la historia humana. El climatólogo de la NASA James Hansen afirmó ante el Congreso de los Estados Unidos el 23 de junio del 2007: "La Tierra ha sido más cálida en los primeros cinco meses de este año que en cualquier período comparable desde que las mediciones comenzaron hace 130 años".

Se encargó de recordar las predicciones que él mismo había hecho, en ese mismo escenario, 20 años atrás. Y agregó: la diferencia es que hoy ya no nos queda mucho tiempo para implementar medidas que contengan la hecatombe. No obstante, en el 2001, el presidente de los Estados Unidos decidió no ratificar el Protocolo de Kyoto.

Mencionó el deshielo del mar Ártico. Walt Meier, investigador del hielo marino en el Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA dijo esta semana: “Hemos perdido la mayor parte del hielo más antiguo: En la década de 1980, el hielo de varios años superaba el 20 % de la cubierta de hielo marino. Ahora es sólo alrededor del 3 %. Jennifer Francis, profesora de la Universidad Rutgers, señala que el proceso será aún más acentuado entre 2030 y 2050.

Pues bien, este es el periodo que motiva las reflexiones de la cátedra de cambio climático de la Universidad del Rosario; los estudiantes trabajan proyectando sus acciones sobre estos años, que serán, muy probablemente, los cercanos del punto de no retorno de las condiciones físicas y químicas que hacen posible la vida.

He aquí la fotografía de la NASA sobre el deshielo del Ártico, que ilustra la nota de The Washington Post (2016), de donde tomo las declaraciones de Meier y Francis.

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La pregunta por la vida incluye a toda la vida que posibilita la evolución de la cultura y cuya comprobación, desde la conciencia individual o colectiva, nos produce felicidad. Me refiero a la vida de la biósfera, pero también a la vida de la noósfera, ambas amenazadas por la tecnósfera.

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Salvar la vida? Sí, salvar la vida y no la Tierra, pues es aquella y no ésta la que está en peligro. La tecnósfera ha impactado a la esfera de la vida, que es tan solo una pequeñísima capa de la cual dependemos los humanos, la biósfera, Gaia. Este impacto se ha producido de múltiples maneras, pero la más letal ha sido la que le hemos infligido a la atmósfera (el cielo, que incluyo en el sistema simbólico como parte de la biósfera). Allí hemos depositado millones de toneladas de gases de efecto invernadero (GEI). No hay cómo bajarlos. Sin embargo, ni la atmósfera ni la Tierra como tal corren peligro mayor que la finísima capa de la vida, de la cual dependemos. Bárbara Ward descubrió en 1966 nuestra propensión para mirar para el lugar equivocado en lugar de mirar lo que necesitamos mirar. Es absolutamente precario el viaje espacial, dijo. Ha llegado la hora de dejar de mirar para la Tierra y concentrar nuestro foco de atención en la vida. El ecologismo debe abandonar cuanto antes sus consignas que nos invitan a “salvar la madre Tierra”. Es preciso divulgar la idea de que para salvar la vida hay que transformar la economía y la cultura.

Uno de los pioneros del ambientalismo colombiano, Augusto Ángel Maya (1932-2010) escribió: “Es posible que la crisis ambiental contemporánea nos obligue a repensar la totalidad de la cultura”.

Cuando planteo “la construcción colectiva de salidas sistémicas” tengo en mente salidas ‘sencillamente humanas’. Cito lo que dijo Martin Luther King Jr en la Universidad de Stanford: “Debemos iniciar un cambio para dejar de ser una sociedad orientada a las cosas y convertirnos en una sociedad orientada a las personas” (Luther King Jr, 1967).

Propongo pasar del antropocentrismo de tipo utilitarista que se impuso como paradigma desde el siglo xix y que halló su apogeo en la sociedad tecnológica avanzada del siglo xx, a un nuevo tipo de antropocentrismo de tipo sistémico, que nos devuelva la conciencia biosférica global y nos haga sentir parte de un gran sistema.

Es posible detener el impacto de la tecnósfera sobre la biósfera? Probablemente no. La lógica de la economía y del crecimiento se impuso de manera tal sobre la lógica de la vida que ya no es posible inventar otro tipo de mundo, en el improbable caso de que algunos quisieran emprender semejante desafío.

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Hace diez años, cuando los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera rondaban las 350 partes por millón, y James Hansen bautizó con esta cifra a su organización activista global, debido a que aún había esperanza de que no superaríamos este nivel de carbono en la atmósfera, Antonio Elizalde, imbuido quizás de idéntica esperanza, escribió:

“Tengo la convicción de que es imprescindible que transitemos hacia una nueva cosmovisión. La idea de sustentabilidad puede ayudarnos a diseñar y dibujar una nueva visión, una nueva comprensión, una nueva cosmología, urgente y necesaria”.

José Saramago le concedió una entrevista al periodista Angel Dario Carrero del diario La Nación de Puerto Rico. Y en lugar de ofrecer respuestas se hizo preguntas que nos dejó como testamento filosófico de su periplo vital.

Dijo:

“En un momento determinado de la historia de la humanidad, tomamos un camino lateral que nos ha traído hasta aquí. Nos equivocamos. ¿Estamos obligados a vivir como vivimos? ¿Esta era la vida que teníamos que construir? ¿Había otra vía pero la abandonamos? ¿Por qué la abandonamos? Estas preguntas no tienen respuestas pero lo que no puedo aceptar es que la vida humana tiene que ser lo que de hecho es. Aunque nosotros desaparezcamos, y eso ocurrirá, quizás quede algo suficiente de vida para seguir imaginando una vida que podría haber sido. Resumo todo mi sentir actual en dos palabras: ¡Estamos atrapados! No lo había dicho nunca antes. Lo digo hoy por primera vez en mi vida, y estoy muy consciente de lo que estoy diciendo. Estamos atrapados, no tenemos salida”.

Permítanme, a propósito de las preguntas de Saramago, preguntarme si acaso podrá haber un ‘culpable’, entre muchos, y formular una hipótesis de esperanza. El ‘culpable’ es Inmanuel Kant y la hipótesis consiste en la suplantación de su antropocentrismo categórico por un nuevo antropocentrismo de tipo sistémico como lo ha formulado Hans Jonas: obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana en la Tierra; o expresado negativamente: obra de tal modo que los efectos de tu acción no sean destructivos para la futura posibilidad de esa vida.

Me asomé a la ventana en la madrugada del pasado domingo para buscar a la luna. No pude encontrarla, el cielo estaba gris y la luna pasó toda la noche escondida detrás del edificio de Davivienda.

Me despertó un escolio de Gómez Dávila: ‘Lo contrario de lo absurdo no es la razón sino la dicha’. Lo leí hace muchos años, no recuerdo adónde ni cuándo. Y compruebo que en esto consiste lo que ahora se llama con elegante eufemismo ‘la edad’. Asunto no del todo abominable, pues nos permite mirar la luna de una manera nueva. Y atisbar en la alta madrugada la voz de Gómez Dávila. Su sistema filosófico no escrito pero sí insinuado entre sus múltiples escolios al texto implícito que nunca escribió. Manera de deslizarse en descampado como la luna, dar la última vuelta detrás de las altas torres de una ciencia difusa, sistema ese sí erigido como una mole concreta e indiscutible en la mitad de la noche más oscura, la postrimera noche de la dulce edad media. Paradoja mayor este positivismo lógico, que se construye en la edad de la supuesta luz y acaba entregando tinieblas más siniestras que las que quiso alumbrar.

Pues bien, el domingo 13 de noviembre he venido a comprobar esta virtud de ‘La edad’: adivinar a la luna antes de que se escape y nos perdamos de su perfecta hermosura. Y algo más: la audacia de Gómez Dávila. Agazapado como la luna detrás del edificio de Davivienda nombró lo contrario de lo absurdo anteponiendo la dicha al orden preconizado por el positivismo. Y al enunciar la dicha quiso decir el caos, nombre mejor que suele tener la alegría. Y el arte, palabra suma de la dicha que se empina sobre la cruda razón. Lo contrario de lo absurdo no es la razón sino el arte. Sistema abierto del conocimiento que nos permite mejorar la ciencia.

Y otrosí: la vida.

Amenazada por una civilización tan hostil como obcecada en el duro trajín de la razón espuria. Tarea magna y absurda de sostener lo insostenible. Desde el siglo de las luces venimos dando tumbos: ciegos de cognición y de cultura no hicimos otra cosa que vanagloriarnos de haber escindido razón y placer, arte y ciencia, conocimiento y saber. Cortamos las venas de la vida con un cuchillo tajante y en el siglo XXI hemos empezado a ver los resultados: el tifón Haiyan que arrasó con la vida de millones de personas en Filipinas no es un desastre de la naturaleza sino de la razón humana.

De sapiens sapiens que alguna noche fuimos hemos devenido, no de súbito, en esta especie de homo hidrocarbonus como asevera J. Grunevald, y que quiere decir bárbaros provistos de teléfonos móviles. No importa que entre todos compartamos la idea de que ‘algo está mal’ como escribe Tony Judt. Seguimos haciendo las cosas como lo indicaba el positivismo lógico y como hoy lo indica la economía de la globalización. Fue Isaiah Berlin quien señaló esta curiosa terquedad suicida que hoy nos caracteriza: ser civilizados hoy consiste en estar dispuestos, e incluso morir, por defender un catálogo de ideas y premisas en los que no creemos del todo.

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Tarde hemos venido a entender el cuadro que pintó Francisco de Goya y Lucientes en la alborada del siglo IXX: el sueño de la razón produce monstruos.

Gómez Dávila también lo había escrito en la mitad del siglo XX: “Los tres enemigos del hombre son el demonio, el Estado y la técnica”. Y Marx y Engels, un poco después de Goya: “Esta sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir tan potentes medios de producción y de cambio se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros” (Manifiesto comunista, Marx & Engels, 1860).

Ernesto Sábato en sus memorias escritas el primer año de este fervoroso XXI que hoy transitamos con más miedo que alegría: “Todo corrobora que en el interior de los tiempos modernos, fervorosamente alabados, se estaba gestando un monstruo de tres cabezas: el racionalismo, el materialismo y el individualismo, y esa criatura que con orgullo hemos ayudado a engendrar, ha comenzado a devorarse a sí misma”.

Vi amanecer el 14 de noviembre del 2016, mientras escribía este artículo y pensaba en un mundo posible de la vida.

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