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Un balazo para la crítica: la historia detrás de la ruptura artística de 1957 en Colombia

Felipe Cardona

Una mala jugada del alcohol tiene al pintor Ignacio Gómez Jaramillo parado en frente del Café Automático con un revolver en la mano. Después de pasar toda la tarde alimentando su inconformidad entre copas de aguardiente, ha decidido darle trámite a lo que tiene pensado, acabar con la vida de la mujer que lo ha sepultado como artista.

La clientela del café se escabulle al mirar a Ignacio acercarse amenazante. Entre los azorados contertulios del local, se asoma el escritor Jorge Gaitán Durán, que trata de calmar al artista. Le cuesta que creer que aquel hombre venido a menos sea el mismo que hace poco tiempo, era quizá el artista más laureado de la plástica nacional.

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Los que conocen a Ignacio Gómez Jaramillo y que están a esa hora en el Café, saben que es un hombre de temperamento tranquilo que nunca incurriría en un escándalo de tal magnitud. El poeta santandereano Eduardo Cote Lamus se une a Gaitán Durán para calmar al acalorado artista: ¿A quién vas a matar? Baja ese revolver… Ignacio no responde y entra furibundo al local, es el mediodía del 3 de mayo de 1957.

¿Qué motivaría una reacción tan violenta en un hombre tan cabal como Ignacio? Esa es la pregunta que todos se hacen en el café. Jorge Gaitán Durán sabe la respuesta, basta con leer las últimas columnas de Marta Traba en el periódico “El Tiempo” y en la revista “Prisma” para comprender la indignación monumental del artista.

La crítica de arte Marta Traba, oriunda de Argentina, había arribado a Colombia en 1954, buscando establecer una vida al lado de su esposo, el escritor Alberto Zalamea, con el que había tenido un idílico romance en París. A tres años de su llegada ya contaba con un envidiable prestigio gracias a sus tajantes columnas del Tiempo y en su recién fundada revista de arte “Prisma” en enero de 1957.

El ojo crítico de Traba, alentado por un conocimiento apabullante del mundo del arte y un afán revolucionario, condenaba el arte que se hacía en Colombia anterior a la década del 40, con Ignacio Gómez Jaramillo como su representante más notable. A la vez celebraba la pincelada vanguardista de tres jóvenes pintores que emergían en el panorama nacional: Alejandro Obregón, Enrique Grau y Eduardo Ramírez Villamizar. En una columna que tituló “El gran trío”, publicada el 30 de agosto de 1957 en el Periódico Tiempo, se refirió a ellos, haciendo una especial reverencia al artista Alejandro Obregón, por el que según el crítico Álvaro Medina, sentía un favoritismo emocional antes que estético : “Si en América Latina celebramos los artistas buenos, nos corresponde regocijarnos ante tres artistas de talento: Reemplazar a los estilistas que todavía tenemos, que no podemos tener, porque habitamos el periodo terciario de la cultura. Reconozco esos artistas de talento en Obregón, Grau y Ramírez Villamizar”.

Traba, al igual que estos artistas, era consciente de la extrema necesidad de una ruptura en el arte colombiano. Abogaba por desprenderse de la academia y dar un viraje hacia nuevos derroteros artísticos. Por eso sus escritos se convirtieron en salvas incendiarias con el ánimo de derrumbarlo todo, no habría condescendencia para nadie, su crítica incisiva no iba, como se dice popularmente, a dejar títere con cabeza. Efectivamente cumplió su cometido, y uno a los que dejó sin cabeza fue a Ignacio Gómez Jaramillo.

La diatriba de Marta contra la pintura de Jaramillo resulta exuberante, pero en síntesis, afirma que la obra del insigne artista no pasa de ser una imitación caricaturesca del muralismo mexicano. Además, ella no tenía en estima a los muralistas mexicanos, a los que consideraba serviles propagandistas de la política revolucionaria.

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Gómez Jaramillo tenía razones para estar indignado, nada es más deshonroso para un artista que ser considerado la vulgar imitación de unos demagogos extraviados en la pintura. Además, sumado a los textos, está la labor de desprestigio que emprendió Marta contra los artistas que no le complacieran. La aristocracia colombiana le dio el poder de hacer lo que quisiera con el arte: Se le abrieron cátedras, se le nombró curadora de varias exposiciones, y lo más importante, fue delegada como juez para los trabajos que irían a las bienales en distintas partes del mundo. Ignacio no estuvo entre los invitados a las exposiciones, fue marginado y había perdido el apoyo de la clase dirigente, que debido a su instinto gregario y su fácil cambio de criterio cuando nota que sus argumentos son débiles, apoyaba servilmente a Marta Traba, nueva dominatriz del arte colombiano.

El canto volcánico de Traba tuvo eco en la juventud, que en el decenio del 50 empezó a operar como una fuerza transformadora en todos los ámbitos: En la poesía hubo un movimiento iniciado por Jorge Gaitán Durán y Eduardo Cote Lamus, que tuvo un orgasmo iconoclasta con Gonzalo Arango y su tribu nadaista. En la novela Gabriel García Márquez y Álvaro Cepeda Samudio incursionaron en la mitología fantástica para desenterrar un arquetipo de país olvidado. En el teatro, Santiago García y Patricia Ariza, admiradores de Artaud y Beckett, apostaron por hilvanar en las corrientes del absurdo en las tablas, y en el arte, Obregón, Manzur, Botero y otros artistas inconformes auspiciaron en sus lienzos una fiesta de colores y líneas, siguiendo los preceptos del temperamento vanguardista que sigue la voluntad de la intuición y el azar.

El incidente del revolver no pasó a mayores, la oportuna intervención de los amigos del pintor apaciguó sus ánimos y Marta al enterarse de lo que se planeaba en su contra, sólo pudo soltar una carcajada. Pero las cartas ya estaban jugadas, Marta Traba ya no podía mirar atrás en su empresa despiadada, una reconciliación en este punto sería anacrónica, un arte nuevo se hacía en Colombia y alguien tenía que asumir las banderas del cambio.

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