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¿Por qué la historia?

Tomás Molina

Los animales viven ahistóricamente. Sus métodos comunicativos, su ingenio para resolver problemas de mecánica práctica, su transmisión de hábitos y su sentimiento de sí no bastan para insertarlos en una situación histórica. Lo lejano, lo sucedido hace generaciones, les es totalmente ajeno, excepto como biología heredada. Es únicamente mediante el lenguaje que nos permite crear una narrativa sobre nuestro pasado; mediante la razón que nos permite darle sentido; mediante nuestra vida dentro una cultura transmitida y enriquecida por los siglos; mediante la autoconciencia que nos permite, en fin, tener lucidez sobre nuestra amplia temporalidad, que nos es permitido vivir históricamente. Solo nosotros nos construimos sobre las aguas del tiempo.

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En efecto, todo acto humano se funda en materiales que la historia crea y porque la historia los ha creado. Nada nos es permitido hacer sin apoyarnos sobre visiones de mundo, conceptos y lenguajes que heredamos de seculares elaboraciones colectivas. Aquí nos parece que una obra es bella porque nuestra situación histórica nos ha enseñado a ver su belleza; allá, nuestros más privados raciocinios solo son posibles por un lenguaje elaborado históricamente; acullá, nos relacionamos con nuestro entorno a partir de maneras de ser-en-el-mundo que nuestra cultura histórica nos enseña.

No podemos, así, evadirnos del tiempo para comprender la historia misma desde una objetividad impoluta. Los peñascos inmóviles desde los que pretendemos observar los hechos resultan ser solo rocas que ruedan sobre un torrente. La historia se redacta desde situaciones concretas, saberes específicos y mentalidades particulares. La comprensión germina sobre evidencias heredadas. Incapaz de la objetividad científica de las ciencias naturales, la historia es hermenéutica de un hombre y una civilización, en un instante y un sitio. La historia es, tautológicamente, histórica.

Pero la historia no es mera fábula intersubjetiva. El rojizo torrente de los hechos tuerce y marca indeleblemente el cauce del devenir. Tal vez las hordas mongolas cabalgaron en el yerto silencio de las estepas con simple avidez material o como castigo de los dioses, pero las huellas de sus pasos siguen clavadas en los paisajes y los rasgos de los pueblos conquistados. El ascenso de un rey maquiavélico puede ser leído como florecimiento o decadencia, pero las consecuencias de sus actos permanecen en el desarrollo de los siglos.

El pasado no es río que imaginamos desde una lejana colina, sino la fuente turbia de nuestro presente.

La historia, así, no es cúmulo de hechos inconexos con el momento actual. Si, en efecto, el presente que vivimos no es causa de sí mismo; si el presente nace de una serie de actos que lo preceden; si la comprensión del presente depende del entendimiento del pasado; si, en fin, somos seres históricos, la historia es requisito fundamental e irrenunciable para desvelar el origen más profundo de nuestra situación. En consecuencia, la historia no es mera ocupación de eruditos y académicos, sino obligación de todo hombre que se proponga comprenderse a sí mismo y a su tiempo.

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Conscientes de lo anterior, los hombres cultos de Occidente se dieron a la tarea de explicar su condición como resultado de múltiples actos pasados. Redactaron así una narrativa que inicia en los albores de la civilización y conecta los hechos que han sucedido desde ese entonces hasta desembocar en el hombre actual. De ese modo, lo lejano en el tiempo no fue comprendido como lo totalmente otro, sino como un algo nuestro conectado con el presente. Verbigracia, si aquí la filosofía griega inicia y nutre el pensamiento occidental hasta nuestros días, allá el tratado de Verdún determina el futuro político de Francia y Alemania, y acullá el Renacimiento cambia la conciencia del europeo para siempre.

Pero el hombre práctico de hoy renuncia a entender su propio presente por medio del pasado. Solo vagamente es consciente de hechos lejanos que no entiende ni tolera. Su ausencia de luces no se debe a su incapacidad intelectual, sino al desdén y la ignorancia. La inutilidad de la historia le parece evidente: en su opinión solo es una suma de errores, o una lista de fechas intrascendentes.

En efecto, el hombre práctico no entiende qué tienen que ver la Revolución francesa o la independencia de su país con su presente. Las huellas que el rojizo torrente dejó en su lenguaje, en su forma de ver el mundo y en su rostro son, en su opinión, meros accidentes sin importancia. Para explicar su situación y la de su comunidad siente que basta apelar a una supuesta naturaleza de las cosas que en detenido análisis resulta ser solo reflejo de sus prejuicios. Sordo así a la posibilidad de comprenderse de manera más honda, el hombre práctico queda sumergido en el fango de su desdén.

El hombre práctico es víctima política de su propia ignorancia. Inconsciente de que los actos políticos se sustentan en una noción explícita o tácita de lo que somos como comunidad histórica, pero obediente, sin embargo, a la noción recibida que estructura su identidad, el hombre práctico carece de las herramientas para asumir una verdadera postura crítica frente al político que lo explota. Si allí le dicen que su país tiene unos valores que se sustentan en su origen y desarrollo, el hombre práctico carecerá de la posibilidad de confrontar ese discurso con la historia. Si aquí acepta pasivamente gobiernos incompetentes y corruptos sobre la base de una identidad histórica que interiorizó su pasado servil (verbigracia: los mejores gobernantes son para países avanzados, no para nuestra tierra salvaje), el hombre práctico no sólo no podrá identificar, comprender y combatir esa identidad de manera profunda y seria, sino que será un estorbo para quienes sí quieran hacerlo.

No obstante, las manos afanosas del hombre práctico prometen transformar el mundo con rapidez inusitada. Ignorantes de los esplendores pretéritos, de la fragilidad de lo bello y de la fugacidad de lo grande, sin embargo, solo consiguen derrumbar con impaciencia la herencia antigua que otros hombres nos legaron. Sin entendimiento amplio de la condición histórica que pretenden aliviar y de su contexto, las manos puramente prácticas nos hacen desesperar del presente para soñar con el pasado. Bellas calles y nobles monasterios son derrumbados para que insignificantes edificios de oficinas se alcen sobre nuestras ciudades y estimulen la economía.

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Desdeñoso del privilegio de entenderse históricamente, el hombre práctico de inclinaciones académicas prefiere entender su realidad con métodos que lo deslumbran con su exactitud y pretendida ahistoricidad. La historia no ha tenido la oportunidad de enseñarle ni la relatividad histórica de sus métodos, ni el contexto más amplio de nuestra situación, ni la riqueza y variedad de la condición humana. Pero el desdén no es mero accidente. El hombre práctico es, tautológicamente, desdeñoso de la historia. Su identidad y su prestigio se derivan de su imposible objetividad ahistórica, de la matematización absurda del hombre. Toda la vanagloria de las tecnocráticas tablas de estadística.

El hombre práctico no entiende que no podemos desdeñar nuestra condición histórica porque incluso los valores que nos trascienden solo son comprensibles desde la historia misma. Verbigracia, lo bello está más allá de la historia, pero solo es comprensible desde lo que ella nos permite. La historia quizá no es la verdad, pero la verdad solo es comprensible mediante los lentes que la historia nos impone. No obstante, la historia no es cárcel sino fértil floresta. Nuestra estrechez hermenéutica se amplía con la policromía de las flores que nos legan los siglos. Nuestra más noble percepción se nutre de las savias coaguladas del pasado.

La historia es vía laberíntica que cruza la bruma de los siglos para deslumbrarnos con los mares violáceos que alguna vez bañaron las naves de Ulises.

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