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La Divina comedia: Una aventura del conocimiento

Fernando Corzo

Cuando pensamos en la Divina Comedia llegan a nuestra mente escenas infernales, horrorosas. Es más, el término dantesco, en la tercera acepción que le da la Real Academia Española, es definido de la siguiente manera: “Dicho de una escena, una imagen o una situación: Que causa espanto”. Tenemos, pues, una imagen empobrecida de la Divina Comedia. También pensamos que es un libro viejo, una obra que sólo los expertos pueden examinar porque cuenta cosas que nosotros ya no comprendemos. Muchos la descartan por el simple hecho de que es antigua y le dan la espalda diciendo que es “medieval”, palabra que en el lenguaje cotidiano tiene un significado muy particular. Es aplicada a aquellos personajes (sobretodo políticos) con un pensamiento retrogrado, machista, xenófobo, homófobo y clasista. Quien utiliza esta palabra en este sentido comete una imprecisión garrafal. Muchas veces la oímos decir de boca de jóvenes universitarios o la leemos en los periódicos. Cuando dicen “ese político es un medieval”, están queriendo decir que a ese individuo le son aplicables todas esas características negativas; o cuando dicen “Colombia es un país que vive en el medioevo”, quieren decir que es un país atrasado. Muchas veces tienen razón en opinar así, pero cometen el error de desconocer un periodo histórico fundamental para el mundo tal como lo conocemos actualmente. Ignoran, por ejemplo, que las bases de nuestras universidades tomaron forma en esos tiempos; que la filosofía no existiría si los estudiosos de la época no hubieran conservado tan celosamente a Platón, a Aristóteles, a Sócrates; que la literatura de hoy sería imposible si los medievales no hubieran guardado en sus bibliotecas a Oviedo, a Esquilo, ¡a Homero!; no existiría, entre tantas cosas más, el interés por mirar los astros si no fuera por Tolomeo.

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Pero volvamos a Dante. Harold Bloom dice que el poeta florentino compuso la segunda obra más importante de Occidente[1]. Por encima de ella, según él, está la obra de Shakespeare. Harold Bloom, por supuesto, es inglés. Pero nivelemos la valoración que se le da al poema. Veamos lo que dice alguien que aprecia más al vate de Italia. Borges, lector insaciable, dice que la Comedia es “el mejor libro que la literatura ha alcanzado”, y que “el ápice de la literatura y de las literaturas es la Comedia”[2]. El poema, sin embargo, no siempre ha sido apreciado. El mismo Boccaccio denuncia que los florentinos habían olvidado al más insigne de sus poetas. Este olvido quizá esté fundado en una condición humana que todos los profetas han denunciado: la sordera de su pueblo, la obstinación de seguir por el camino equivocado. De hecho, la voz de los profetas siempre ha incomodado a la gente. En varios pasajes de la Biblia leemos que Dios amonesta, por boca del profeta, al pueblo por ser sordo o duro de cerviz, por resistirse al designio divino. Dante, en este sentido, entraría en la categoría de profeta de Dios. Y es que la voz de Dante en verdad incomodaba a la gente de su tiempo. No en vano fue expulsado de su natal Florencia. La razón de ello no pudo ser más injusta. Dante, siendo una figura política de relevancia en Florencia y siendo de una familia de tradición güelfa, se atreve a denunciar la corrupción de su partido. Esto le trae horribles difamaciones y la ya mencionada expulsión.    

La voz de Dante es urgente, como lo es la de todos los verdaderos poetas. Los verdaderos poetas en el fondo son profetas. A Dante se le ha encomendado una importante misión. En el cato XXXII del Purgatorio (100-105), Beatriz, la amada institutriz del poeta, le dice lo siguiente a Dante:
 
Tu potrai essere abitante di questa foresta per poco tempo;
ma serai insieme a me per sempre cittadino
di quella Roma celeste di cui fa parte anche Cristo.
Perciò, per il bene dei mortali che vivono nel peccato,
Fissa adesso il tuo sguardo sul carro, e ciò che vedi adesso qui, una volta
Che sarai tornato nuevamente di là, fa in modo di descriverlo bene nei tuoi versi
 
(Poco tiempo serás aquí silvano,
Pues has de ser, cuando contigo arribe,
de la Roma en que Cristo es un Romano.
Más, en favor del mundo que mal vive,
mira el carro, y cuando hayas regresado
de allá, lo que contemples aquí escribe[3]).
 
Purgatorio, XXXII, 100-105.

 
Ya Dante ha recorrido el infierno y el purgatorio. Está apenas en la entrada del paraíso.  El carro al cual hace referencia Beatriz es espléndido: viene precedido por una procesión de veinticuatro ancianos, que simbolizan los veinticuatro libros del Antiguo Testamento, y cuatro animales, cada uno con seis alas, los cuales simbolizan los evangelios. El carro es tirado por un grifo. Se cree que éste último simboliza a Cristo. Dice Bratriz: “En favor del mundo que mal vive […] lo que contemples aquí escribe”. El objetivo que Dante busca con esta obra poética es, pues, corregir los errores que el mundo está cometiendo, sanar a la humanidad. ¿Por qué, pues, leer a Dante hoy? Entre otras cosas, porque es un placer estético sentarse a degustar esos versos. Pero hay otro motivo. Realmente ha pasado poco tiempo desde que Dante compuso su obra, y desde entonces la situación no ha cambiado mucho. Hoy, como hace siete siglos, la política sigue estando dirigida por una élite avara; hoy se siguen proclamando guerras bajo un falso manto de santidad; hoy la publicidad alimenta la lujuria de sus clientes para volverlos adictos a sus productos; hoy se siguen construyendo muros ¿No es el Infierno de Dante un retrato de lo peor de nuestro tiempo?

La situación histórica de la Italia de Dante era crítica. Vivían una dura guerra civil que estaba consumiendo al país. Como se adivina por el principio del poema[4], incluso Dante se sentía perdido. ¡Y cómo no estarlo! Estaba en la diáspora, le confiscaron todos sus bienes, sus dos hijos y su mujer no pudieron salir de Florencia. Su vida no tenía mucho sentido. Según Boccaccio –uno de sus primeros biógrafos–, ni siquiera en el plano amoroso se sentía conforme. Beatriz, una mujer real, quizá hasta vecina de Dante, se casó con otro hombre. Apenas si le dirigía la palabra, y, para colmo de males, aquella mujer se murió a los veintisiete años, lo que redujo a ceros la posibilidad de que Dante encontrara el verdadero amor de su vida en la tierra. Nos dice Borges que “Dante edificó el mejor libro que la literatura ha alcanzado para intercalar algunos encuentros con la irrecuperable Beatriz”[5]. Pero nuestro poeta encontraría una solución. Guido Novello da Polenta, un noble amante de la sabiduría, lo acogió en Ravena. Allí el poeta se dedicaría a cultivar sus grandes pasiones: el estudio de la filosofía, la poesía y la teología.

Estudiar a los sabios lo salvó. Muchas veces encontramos a Dante lleno de pánico y abrazado a su amigo Virgilio. La escena es cómica y sintetiza la salvación que encontró Dante. En los momentos más tétricos del Infierno, Dante salta a los brazos del poeta clásico y lo llama maestro, incluso padre. Y es que en verdad Virgilio le enseña a ser virtuoso, como un verdadero maestro haría con su discípulo o un amoroso padre con su hijo. La palabra virtud viene de vir, que significa fuerza, opuesta a vicio, que es debilidad. El poeta se encontraba en un estado crítico y Virgilio vino en su rescate. Le muestra los vicios y las virtudes del hombre.

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Dice Aristóteles –Dante lo condenó a vivir su otra vida en el infierno por no haber conocido la verdadera fe, aunque resguardado en un noble castillo donde se está libre de las más duras torturas que se sufren allí[6]– que la finalidad del hombre es ser feliz. Ésta se obtiene al alcanzar la libertad. Para llegar allí, comenta el filósofo en su Ética, hay que desarrollar las virtudes, y para encontrarlas hay que buscar en los modelos, en los excelentes, en los magníficos. Es eso precisamente lo que hace Dante. En el infierno encuentra el ejemplo de los que cayeron; en el purgatorio encuentra las almas de los que buscan resarcirse; y en el cielo, a los que lograron alcanzar la santidad.         

Recordemos una escena clave de la Comedia. Veamos a Dante montado en la barca: el momento ha sido retratado por Delacroix. La escena es sencilla y significativa. Virgilio, como es usual, anima a Dante para que no tema al caos de hombres que pelean con furia en el agua. El viaje que emprende promete escenas fantásticas. La metáfora ha sido empleada en grandes obras: Ulises se embarca con el ánimo de conocer todos los vicios del hombre; Ismael se embarca en el ballenero para cazar a la misteriosa ballena blanca; Rimbaud canta su aventura en El barco ebrio. Todas prometen grandes aventuras. Pero la de Dante es una aventura distinta: la suya es una aventura del conocimiento. En el camino se encontrará con grandes filósofos, poetas, reyes, seres mitológicos, todos ellos personajes sacados de los libros. Ya Paltón había utilizado esa misma metáfora en el Fedón. Su Segunda Navegación es famosa. Para llegar a un puerto seguro, Platón deberá contar con una sólida nave. Esa nave es la razón y le permitió conocer lo suprasensible. De lo que se trata, nada más y nada menos, es del descubrimiento de la filosofía. Más adelante Agustín hará lo propio con la metáfora, pero asegura que aquello que salva de las caudalosas aguas es el árbol de Cristo[7]. La fe en el amor a Dios promete salvarnos.

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Volvamos a la pregunta que ocupa este ensayo. ¿Por qué leer a Dante? Leer el poema es relativamente sencillo. Lo único que se necesita es un poco de entusiasmo para seguir la línea que empieza en la desesperanza y que termina en la cúspide: Dios, amor, luz, todas palabras que significan lo mismo. Por lo demás, es un poema amable, que se deja leer sin dificultad, aun en italiano, lengua hermana de la nuestra, y a pesar de que ya han pasado algunos siglos desde que fue compuesto. Que podamos leerlo en su lengua original es una ventaja enorme, pues nos permite gozar de la música que acompaña al poema. Pero hay algo más esencial. En esta época en la que el bienestar material ha reemplazado a la felicidad, en la que cunde la violencia, en la que hemos perdido el sentido de la vida, en la que el individualismo ha sido llevado al extremo, en la que sentimos que el cosmos no tiene un sentido, este gran poeta podría salvarnos. No temamos embarcarnos con Dante en esta aventura del conocimiento.   

 

[1] Bloom, Harold. El canon occidental, “La extrañeza de Dante: Ulises y Beatriz”. Barcelona, Editorial Anagrama, 2014.  

[2] Borges, Jorge Luis. Nueve ensayos dantescos. Madrid, Editorial Espasa-Calpe, S. A, 1982.

[3] Las traducciones de la Divina Comedia aquí empleadas son de Ángel Crespo.

[4] Nel mezzo del cammin du nostra vita/mi ritrovai per una selva oscura/ché la dirita via era smarrita./ Ahí quanto a dir qual era è cosa dura/esta selva selvaggia e aspra e forte che nel pensier rinova la paura! (A mitad del camino de la vida/yo me encontraba en una selva oscura,/con la senda derecha ya perdida./¡Ah, pues decir cuál era es cosa dura/esta selva salvaje, áspera y fuerte/que en el pensar renueva la pavura!)

[5] Borges, Jorge Luis. Nueve ensayos dantescos. Madrid, Editorial Espasa-Calpe, S. A, 1982, p. 158.

[6] Ver Canto IV del Infierno.

[7] Ver Comentario a la Segunda carta de san Juan, II, 10

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