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Los azares de la gloria: Pequeño fragmento de la vida de Lino de Pombo O’Donnell

Juan Camilo Torres Naizaque

Introducción

Con motivo de la conmemoración de la efeméride de la reconquista española liderada por Pablo Morillo tras las guerras independentistas en América Latina, he decidido presentar un caso que, por sus particularidades, pretende ofrecer un acercamiento más minucioso y provechoso para el ejercicio de entendimiento de la historia colombiana. Se trata de cómo, contra toda premonición, un hombre loable para la historia de su país, Lino de Pombo O’Donnell, logró sobrevivir ante el peor panorama por gracia ajena a su propia voluntad, pero gracias a lo cual es posible hablar de la valúa de ésta. Puede que peque de exagerar una simple aunque grata casualidad. Pero considero que la reivindicación de esta clase de situaciones humaniza un poco más la concepción del pasado.

A continuación intentaré narrar lo sucedido en una época determinada en la vida de Lino de Pombo, no ahondando así en todo lo hecho desde su nacimiento hasta su muerte, aunque frente a esto último debe decirse que su papel fue primordial en la formación de su patria, interviniendo fervientemente en diversos campos como la ciencia, la política, la hacienda y la vida militar, entre otros. Distante de la perspectiva meritocrática que ha motivado en mayor medida los estudios sobre su vida, he de advertir que lo aquí narrado no se caracteriza por algún logro particular que demuestra su valúa para la historia. Muy por el contrario, partiendo de la valúa de sus logros, lo cual no me propongo cuestionar, me resulta digno de resaltar el hecho de que de un suceso en particular, en el que su voluntad sólo constituye la mitad de lo ocurrido, haya dependido el que hubiera podido lograr cosa alguna durante su vida, rescatando así su lugar como mortal entre los ídolos del pasado.

En efecto, Lino de Pombo O’Donnell es uno de esos personajes cuya vida nos permite sacar a la historia de esa perspectiva totalizante en la que los conceptos intentan juzgar a toda una generación con la misma vara.

Los hechos que conformaron su vida, así como muchos otros que influyeron en ella por la sutil mano de la casualidad, pueden llegar a decirnos otras cosas más sobre la sociedad Española y Neogranadina de su época que aquello contenido en los insignes sucesos incesantemente repetidos en las obras sobre la materia.

En últimas, considero que la particularidad presente en la historia de Lino, como también en la de todo hombre, incluyendo los absolutamente olvidados por la historia, puede, en cierto sentido, ofrecernos no sólo una visión más sensata sobre el pasado sino también una herramienta para el entendimiento de nuestra sociedad presente; o más escuetamente, complementa el ejercicio de mirar y hablar sobre aquello que no vivimos en carne propia. Además de ciertas hipótesis propuestas a lo largo del escrito, intentaré acá, sobre todo, resaltar la idea de que el azar también es un elemento que puede influir vertiginosamente en los cambios de la realidad social, y que si se ha de ser justo con lo sucedido, debe también agradecerse a la fortuna de la casualidad.

Una cuna profética

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Lino de Pombo O’Donnell fue un criollo neogranadino cuya participación en la construcción de la nación de la Gran Colombia fue fundamental por los innumerables servicios que prestó a su patria y a la causa independentista. Desde época temprana, su temperamento regio indicaba que pertenecería al grupo de los muchos más caudillos que son ahora estandarte de la nación colombiana. Sin embargo, y teniendo presentes las terribles circunstancias que convirtieron en mártires a gran parte de esos próceres caudillos, tanto la nación como la historia deben a la fortuna de circunstancias concretas el hecho de haber contado durante largo tiempo con participación activa en los procesos políticos nacientes.

De su juventud deseo precisar unos pocos sucesos que dicen mucho sobre su entorno y sobre su carácter, siendo éstos primordiales para el entendimiento de sus actos futuros. Ubico como el más importante, por su trascendencia más que por su peculiaridad, el haberse enlistado, por propia convicción, en el Ejército Republicano como cadete del Regimiento auxiliar teniendo apenas 13 años (Díaz Piedrahita & Valencia Santana, 2010, pág. 32), edad apenas suficiente para cargar un fusil. Esto sucedió después de lo acaecido el 20 de julio de 1810, hecho que enardeció su corazón e impulso las enseñanzas recibidas por su padre, Manuel de Pombo, ferviente patriota, firmante del acta de independencia y por quien Lino logró tener contacto con otros admirables próceres, como Caldas, a quien años después le dedicaría varias entregas al periódico La siesta bajo el título de Memoria Histórica de Francisco José de Caldas (Díaz Piedrahita & Valencia Santana, 2010, pág. 31). El ambiente capitalino de 1810 es narrado por el mismo Pombo de la siguiente manera:

“Entretanto crecía en la ciudad la efervescencia de los dos partidos políticos, central y federal. O de pateadores y carracos. Yo que había sido infatigable espectador de las escenas revolucionarias de 1810, y charlatán entusiasta desde entonces de la libertad y derechos del hombre, no podía ser indiferente a la cuestión ominosa del gobierno, aunque era todavía un niño: fui federalista desaforado, como mi padre; y llenaba artículos disparatados sobre la federación, y contra Nariño y los pateadores, un periódico manual manuscrito que con grande esmero trabajé durante un año cabal, cuyos números de a pliego leía en la tienda de don Antonio Vélez, sin haber faltado una sola semana hasta el completo de 52, y que tenía por título en grandes letras góticas ‘Gazeta Pombílica’.” (De Mier, 2003, pág. 11).

José María De Mier anota cómo el papel del padre fue fundamental para Lino, siendo éste su principal maestro. Al respecto, resalta De Mier cómo Manuel de Pombo se encargó de que su hijo supiera leer y escribir a la edad de 4 años y, 5 años más tarde, vestiría en su lugar la beca para entrar al Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario por ser Lino de muy tierna edad (De Mier, 2003, pág. 8). El aprecio de Lino por su padre se encuentra también expresado en sus propias palabras así:

“Al mismo tiempo que adelantaba estudios en el Rosario diestro ya en la traducción del francés y del inglés, de que me había dado lecciones el mismo hábil e infatigable preceptor que me enseñó a leer y a escribir, que me enseñó latinidad y retórica, y me familiarizó con el buen castellano, y que me instruyó en los rudimentos elementales de la geografía, la historia sagrada y profana, la aritmética y la geometría, mi honradísimo y amoroso padre. (Dios se lo haya premiado); al mismo tiempo, digo, me ocupaba en casa con otros trabajos de pluma, voluntarios y agradables todos, y traduje íntegro el tratado de artillería de Le Blond, estracté los de ataques y defensa de la plazas del mismo autor.” (De Mier, 2003, pág. 9).

Su interés por la artillería, y en general por los temas de ingeniería, se lo debe a su otro gran tutor, Francisco José de Caldas. Con éste tomó lecciones en el Rosario sobre matemáticas elementales, en un primer momento, y después sobre artillería, fortificaciones y ataque y defensa de plazas. Del texto ya mencionado que Lino le dedicó a Caldas, resalta el siguiente apartado:

“A principios de 1809 le había sido conferida la cátedra de una clase elemental de matemáticas que se estableció en el Colegio del Rosario, y dedicaba a su desempeño una hora diaria. Tomó posesión de dicha cátedra en el mismo acto que otro sujeto respetable que se encargaba de una de jurisprudencia; éste pronunció un pequeño discurso inaugural y a él siguió el de Caldas que merece citarse, reducido a estas pocas palabras:

Señores: El ángulo al centro es duplo del ángulo a la periferia.” (Díaz Piedrahita & Valencia Santana, 2010, págs. 31-32)

La pasión por la ingeniería, que haría de Lino el primer ingeniero civil colombiano, es muestra de la gran influencia que Caldas ejerció sobre él, de la cual también ha de suponerse se desprende su sentimiento patrio y revolucionario que lo marcaría durante toda su vida. De hecho, como se verá más adelante, fue tan grande su pasión por la revolución que, teniendo la oportunidad de abandonarla después de ser indultado de sus delitos por la participación en las revueltas de la Nueva Granada, decidió arriesgar su vida cuantas veces fue posible con tal de alcanzar los ideales de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

De su paso por el Rosario destaca el hecho de que los testigos ante su proceso de admisión fueran, por un lado, otro importante caudillo de la independencia, Camilo Torres y Tenorio, y por otro, un particular personaje de nuestra historia que terminó por representar, tal vez demasiado, lo opuesto a los ideales de la revolución, el comerciante José Gonzáles Llorente (Guillén de Iriarte, 1994). Resalto este particular suceso por cuanto el registro de la admisión de Lino ofrece no sólo una sutil ironía frente a su presente cercano sino también una más grande frente a lo que años después del grito de independencia significaría su salvación ante los fusiles españoles que emprendieron la reconquista. En efecto, además de Llorente como testigo, consta en dicho registro, como certificación de pureza de sangre, la ascendencia materna de Lino, los O’Donnell, familia por demás influyente en España y fieles al gobierno del Rey.

Del cadalso a la vida

Tras haberse enlistado en el Ejército Revolucionario en el año de 1810, Lino no tardó en involucrarse enteramente en la guerra. Para 1815, fecha en que Morillo asedió a Cartagena, ciudad natal de Lino, éste se encontraba en medio del conflicto como teniente de ingenieros. El escenario, descrito por él mismo, era el siguiente:

“A miles ascendía ya el número de los muertos, y ni aun era posible dar sepultura a los muchos cadáveres esparcidos en casas y calles, cuya pronta putrefacción envenenaba el ambiente, cuando por el jefe militar, general Bermúdez, se resolvió la evacuación de la plaza y de todas sus mal guarnecidas defensas, emigrando a todo trance por ultramar.” (De Pombo, 2001, pág. 75).

Antes de la evacuación, Lino ya se había salvado de una posible muerte en un primer ataque de la Popa, habiéndosele encargado fortificarla. Su suerte, nuevamente, se debió a cierta intervención enemiga, aunque esta vez no estaba encarnada en personaje alguno. Según sus propias palabras, la disentería le había hecho bajar al recinto de la plaza, habiéndose encontrado la madrugada del ataque, el 11 de noviembre de 1815, en servicio en el fuerte de Santa Catalina (De Pombo, 2001, pág. 74).

Una vez emprendido el embarque con motivo de la evacuación, nuevamente el destino evitó que Lino muriera por los ataques hechos a los navíos escapistas. En su goleta murieron por este motivo tres tripulantes (De Pombo, 2001, pág. 76). Narra su experiencia Lino así:

“Esqueletado yo y casi moribundo, por efecto de la disentería y las fiebres, con las piernas hinchadas y pesadas de la rodilla al pie, fui a zambullirme a un camarotico de la goleta que me tocó […]” (De Pombo, 2001, pág. 75).

La goleta de Lino encalló en la costa del Istmo de Panamá, al norte de Chagres, lugar abandonado por el capitán luego de haber arrojado a sus tripulantes en tierra. Luego de una semana, llena de tormentos físicos y morales según Lino, apareció el corsario español La Flecha, que tomándolos presos, los condujo a Portobelo y luego a Cartagena para ser sentenciados; esto último pasó en 1816. Con todo lo extravagante que hasta ahora pueda parecer, ha de hablarse, no obstante, nuevamente de un azar muy oportuno para Lino, pues, según él mismo afirma, a diferencia del resto de los emigrantes, sus particulares captores los trataron con humanidad, aunque les hayan despojado del dinero y las alhajas que llevaban consigo (De Pombo, 2001, págs. 76-77).
Por sus directas palabras, vale la pena citar nuevamente a Lino para saber lo que pasó al llegar a Cartagena:

“Tres de mis respetabilísimos compañeros quedaron comprendidos en la siguiente lista de ciudadanos eminentes y acrisolados patriotas, con que inauguró en aquella ciudad su larga serie de fusilamientos oficiales el ejército español llamado PACIFICADOR, tras los degüellos a sangre fría hasta de mujeres y niños, perpetrados por el monstruo Morales (Francisco Tomas) en el lazareto Caño de Loro, y en Bocachica:

José María García Toledo

  • Doctor Miguel granados (de Santa María)
  • Doctor Antonio José de Ayos
  • General Manuel del Castillo Rada
  • Brigadier Manuel de Anguiano (español)
  • Teniente Coronel Santiago Stuart (inglés)
  • Martín Amador
  • Pantaleón Germán Ribón (de Mompox) y
  • José María Portocarrero (de Bogotá)
 

Los demás fueron sometidos al servicio de azada y parihuela como presidiarios, o trasladados, en calidad de enfermos, al hospital militar, hasta que, ausentes Morillo y Enrile en el interior, y gobernando la Plaza el caballero coronel don Gabriel de Torres, les otorgó indulto y liberal el Virrey Montalvo el 30 de mayo, en celebración de los días del Rey Fernando.

Al año siguiente obtuve permiso para acompañar a mi padre (que de dios haya), salvado por rara fortuna del patíbulo de los Próceres, en su viaje de proscripción a España.” (De Pombo, 2001, pág. 77)

En otro texto también de autoría de Lino, resaltan las siguientes líneas sobre el mismo suceso:
“De Portobelo fuimos conducidos a Cartagena, y pasamos a nuevo alojamiento en el Castillo de San Felipe, marchando medio desnudos y mal calzados entre dos filas de granaderos que nos arreaban a culatazos. Se me permitió luego bajar al hospital, casi moribundo, y de él salí en libertad por fin, a virtud de un indulto [y libertad] del virrey [Francisco de] Montalvo a favor de los insurgentes de menor cuantía, el [30 de mayo] día de San Fernando de 1816.” (De Mier, 2003, pág. 14).

De su padre se sabe por Lino que fue amnistiado gracias a los familiares de su madre Beatriz O’Donell (De Mier, 2003, pág. 14), por los cuales él también fue perdonado de particular manera teniendo que prestar servicio de armas para España durante seis años. No es clara la literatura sobre este punto, pues si bien el mismo Lino afirma haber sido indultado aún estando en América, así como sólo haber ido a España para acompañar a su padre, versión sostenida por Carlos Julio Cuartas en la Guía biográfica ilustrada sobre Lino (2003, pág. 7), José María de Mier, quien también tiene en cuenta esta versión, afirma, no obstante, que existe una sentencia de la comisión de pesquisas en la que se relaciona la condena aludida a Lino (2003, pág. 14). Por su parte, Díaz Piedrahita y Valencia Santana afirman que la condena de Lino de servir en el ejército fue de ocho años (2010, pág. 34).

Lo cierto, en todo caso, es que Lino prestó servicio en el ejército de su Majestad, donde nuevamente por su parentesco con los O’Donnell, de quienes se hablará a continuación, tuvo la oportunidad de continuar sus estudios en la academia Alcalá de Henares, donde profundizó sus estudios en ingeniería (De Mier, 2003, págs. 18-20). Al parecer, nuevamente la fortuna de la mano enemiga le ofrecía a Lino las herramientas para su opuesto proyecto de vida revolucionario.

Para ese momento, dos de los tíos de Lino —José y Enrique José de O’Donnell— eran importantes militares españoles, habiendo recibido ambos la Gran Cruz de San Fernando por los servicios prestados al Rey. Sus primos, menores por pocos años —Leopoldo y Carlos Luis O’Donnell—, terminarían asimismo siendo recompensados también con la misma insignia por sus servicios prestados a España (Real y Militar Orden de San Fernando, 2016). Ciertamente, el ambiente no podía ser más hostil para Lino, a quien su fervor por la revolución y la república habían guiado sus actos toda su vida. Sin embargo, y he aquí la situación que prueba la valúa del tesón de nuestro personaje, contra todo pronóstico, e incluso contra toda comodidad, sus intenciones no cambiaron en absoluto.

Estando el ambiente acalorado en España por la vuelta del absolutismo con el regreso del Rey de su retención en Francia, habiendo rechazado éste a su llegada la constitución de 1812, Lino participó en la campaña de Rafael del Riego en la que un grupo de soldados se sublevó contra el Rey, culminando esto en la conformación de la monarquía constitucional. Si bien el levantamiento de riego fue débil en un principio, viéndose amparado por un levantamiento en Galicia ajeno a su proyecto, caben resaltar sobre el tema varios asuntos. Debe decirse, por ejemplo, que el ejército al mando de Riego era el encomendado para una segunda reconquista tras las victorias de los movimientos independentistas en América liderados por Simón Bolívar y San Martín (Álvarez Balbuena, 2016). Al respecto existen dos versiones sobre sus móviles. Los más optimistas dicen que Riego se oponía a la invasión de América por parte de España, probablemente influenciado por los franceses durante su cautiverio en dicho país; aunque también cabe en esta concepción aquella que consideraba que se apaciguaría la situación en América si España se convertía en un Estado Constitucional (Ramos Santana, 2007). Otros, un poco ensañados con la versión liberal de la historia, aseguran que Riego realmente no quería ir a la guerra en América y buscó un pretexto para sublevarse (Álvarez Balbuena, 2016) (Moreno Alonso & Valenzuela, 2013). Sin embargo, sea cual sea la verdad de los hechos, en cuanto nos atañe a nosotros, Lino, a leguas de distancia de su patria, hizo parte de esa excusa o realidad que significó una victoria para la independencia de América. Es más, su compromiso fue tal, que incluso se afirma que participó en la composición del famoso himno de Riego del cual se apropiaron como estandarte generaciones posteriores de liberales revolucionarios. De ello da cuenta su hijo, el importantísimo poeta patrio Rafael Pombo, que escribiría al respecto:

“Por aquella época, otro prócer americano, después de combatir heroicamente en el Magdalena y Cartagena contra el despotismo representado por don Pablo Morillo, y preso remitido a España bajo partida de registro, pasó a lidiar allá, por la misma causa, con la misma espada, con la ciencia de ingeniero y con la pluma, hasta la captura del infortunado Riego; y colaboraba en la composición del ‘Himno de Riego’. Ya en marzo de 1820 brindaba con regocijo en un banquete de españoles patriotas por el restablecimiento de la constitución de 1812; ya, llegado el horroroso 5 de mayo de 1821, execraba los excesos con que se deshonraba la libertad proclamada y anunciaba las tinieblas que ellos conducían. Pocos días después, para reprimirlos, se encargaba en Madrid el mismo don Pablo Morillo de la capitanía general de Castilla la Nueva.” (Díaz Piedrahita & Valencia Santana, 2010, pág. 35).

Además de ello, debe decirse que no resulta del todo clara la nula influencia que los familiares de Lino pudieron llegar a tener sobre él. En general, las obras sobre su vida realzan el hecho de que los O’Donnell eran fieles al Rey. Sin embargo, me gustaría explorar acá una idea que, hasta donde he revisado, no ha sido tratada por los especialistas en la materia, y es que es posible que Enrique José O’Donnell, el más influyente de los familiares de Lino, pudo no estar del todo en contra de la participación de su sobrino en el levantamiento de del Riego.

Lo primero que ha de decirse es que Enrique José O’Donnell, conde de la Bisbal, título conseguido por un brillante logro militar contra los franceses en la misma zona, era masón al igual que del Riego (Álvarez Balbuena, 2016). Los vínculos entre la masonería y los procesos de independencia del siglo XIX son por demás reconocidos históricamente. En cuanto nos concierne, ha de decirse que si bien O’Donnell se caracterizó por luchar al servicio de Fernando VII, por lo cual le fue encomendado detener la sublevación de del Riego, decidió a lo último, en lugar de cumplir su misión, sumarse a la causa reconociendo la autoridad de la constitución de 1812 (Niño de Rivera, 2013). La historia nos muestra que, con todo y esto, no logró recuperar la confianza de los liberales por cierta fama de oportunista, quienes acabaron expatriándolo a Francia (Álvarez Balbuena, 2016). Al respecto, Alcalá Galiano, político y escritor español contemporáneo a O’Donnell, nos cuenta, en su texto Recuerdos de un anciano, que éste no era famoso particularmente por su coherencia ideológica, pues “su condición mudable y ambición inquieta, si no eran ya cosa conocida, daban motivo fundado a recelos en quien depositase en él su confianza para un empresa importante” (Alcalá Galiano, 2016, pág. 217). Con todo, y nuevamente a pesar de las circunstancias, es posible pensar que la voluntad constitucional de su tío, presente justo en el momento en que Lino se encontraba en España, haya facilitado su participación en las revueltas mencionadas, no necesariamente por su apoyo, cosa imposible de corroborar con las fuentes sobre la materia, sino más bien, probablemente, por no encarnar un efectivo impedimento por parte de O’Donnell para con Lino. Nuevamente, podría pensarse, la sutil y fortuita conducta del enemigo le zanjaba el camino a Lino, particularmente por no significar éste, en dicho instante, la mayor desgracia para su familia.

Al servicio de del Riego, le fue encargado a Lino durante la campaña la fortificación de Málaga después de haber sido aprobados sus propios planos. Durante la época del trienio liberal en España, Lino no abandonó su causa, acompañando así a del Riego hasta el último momento, concretamente hasta el enfrentamiento contra Los cien mil hijos de San Luis en el que cayeron definitivamente del Riego y sus hombres (De Mier, 2003, pág. 21). Esta historia acaba como una típica historia romántica: Lino hecho un hombre después de haber superado toda clase de calamidades y enfrentamientos físicos y morales. Luego de ser apresado el 13 de septiembre de 1823, Lino, acompañado una vez más por su agraciada suerte, y al parecer con ayuda del general Bonnemain (Díaz Piedrahita & Valencia Santana, 2010, pág. 36), quien fuese su mismo captor, logra escapar a Gibraltar para luego tomar camino hacia Inglaterra (De Mier, 2003, pág. 21), donde por orden del General Santander fue nombrado como secretario de la Legación Colombiana (Díaz Piedrahita & Valencia Santana, 2010, pág. 36). Aquí es donde inicia su vida institucional; donde, por fin alejado de la necesidad de acudir a las armas, lograría poner a mejor servicio sus conocimientos. Ya habiéndose logrado la independencia en la patria, era hora de empezar a luchar por la consecución de la libertad.

Bibliografía.

  1. Alcalá Galiano, D. A. (24 de octubre de 2016). Recuerdos de un anciano. Obtenido de Archive
  2. Álvarez Balbuena, F. (24 de octubre de 2016). Rafael del Riego: El héroe que perdió un Imperio. Obtenido de Nódulo: Nodulo
  3. Cuartas, C. J. (2003). Lino de Pombo: guía biografíca ilustrada. Bogotá: Escuela Colombiana de Ingeniería - Pontificia Universidad Javeriana - Universidad Nacional de Colombia.
  4. De Mier, J. M. (2003). El ingeniero don Lino de Pombo O'Donell. Bogotá: Sociedad Colombiana de Ingenieros - Editorial Códice Ltda.
  5. De Pombo, L. (2001). Reminiscencias del sitio de Cartagena. En J. M. De Mier, El ingeniero don Lino de Pombo O'Donnell (págs. 71-77). Bogotá: Sociedad Colombiana de Ingenieros - Editorial Códice Ltda.
  6. Díaz Piedrahita, S., & Valencia Santana, L. g. (2010). Confidencias de un estadista: epistolario de Lino de Pombo con su hermano Cenón (1835-1877). Bucaramanga: Universidad Industrial de Santander.
  7. Guillén de Iriarte, M. C. (1994). Nobleza e Hidalguía en el Nuevo reino de Granada: Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario (1651-1820) Tomo II. Bogotá: Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario - Instituto Colombiano de Cultura Hispánica.
  8. Moreno Alonso, M., & Valenzuela, A. (13 de octubre de 2013). Historiador desmitifica a militar español. Revista Artes, pág. 7. Obtenido de Issuu
  9. Niño de Rivera, L. (2013). Sangre de Llaguno. La razón de ser del toro bravo mexicano. Madrid: Punto de Lectura.
  10. Ramos Santana, A. (2007). La Constitución de 1812 y los americanos: de la representación a la emancipación. En I. Álvarez Cuartero, & J. Sánchez Gómez, Visiones y revisiones de la independencia americana: la independencia de América: la constitución de Cádiz y las constituciones iberoamericanas (págs. 87-108). Salamanca: Universidad de Salamanca.
  11. Real y Militar Orden de San Fernando, R. (24 de 10 de 2016). Reales y Militares Ordenes. Obtenido de RMO

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