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Editorial - Mitridatismo

Luis Enrique Nieto Arango

Así reza el DRAE, respecto de la única acepción de la palabra mitridatismo: resistencia a los efectos de un veneno, adquirida mediante su administración prolongada y progresiva, empezando por dosis inofensivas.

Tiene ese vocablo origen en Mitrídates VI (132 a. C. - 63 a. C.)  Rey del Ponto, conocido como Mitrídates el Grande quien, temeroso de morir envenenado por sus enemigos, inventó un antídoto, consistente en una dosis mínima de veneno que, ingerida diariamente, le permitió inmunizarse. Según cuenta Apiano en su Historia Romana, al ser derrotado por Pompeyo Mitrídates VI ingirió veneno para suicidarse y evitar su captura, pero por ser resistente a este debió recurrir a un oficial para que le diese muerte por la espada.

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Una tragedia de Racine, estrenada en 1673, así nos lo relata, al igual que la Ópera de Mozart Mitridate, Rè di Ponto, compuesta en 1770 cuando el autor tenía apenas 14 años. Más recientemente la escritora australiana Colleen McCullough retrataría a Mitrídates en The Grass Crown (1991) y el norteamericano Michael Curtis Ford lo haría en The Last King (2005).

Ese procedimiento entonces de ir adquiriendo resistencia a un elemento mortífero, mediante la fórmula similia similibus curantur, propia de la homeopatía, parece haber hecho carrera en la sociedad colombiana que se muestra inmune, impávida y, lo que es peor, indiferente ante la muerte, una a una y diaria, de los líderes cívicos que en tantas regiones del país han sido asesinados, como consecuencia de su compromiso con el proceso de paz y de la puesta en marcha de la incorporación a la política democrática de los rebeldes ya desarmados, luego de la firma y convalidación de los Acuerdos.

Es esta la cobarde estrategia de aquellos que se ocultan bajo el difuso rótulo de fuerzas oscuras, tan tristemente célebres  en nuestra dolorosa historia nacional, que han recurrido al atentado personal como prima et ultima ratio para intentar imponer sus ideas.

Basta recordar los magnicidios, en el siglo XIX, de Antonio José de Sucre, Julio Arboleda y José María Obando. Historia que se repite en el siglo XX con Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán, Guadalupe Salcedo, Rodrigo Lara, Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo, Jaime Pardo, Álvaro Gómez y los más de tres mil quinientos militantes de la Unión Patriótica, exterminados de forma sistemática.

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En el primer trimestre de 2017 las estadísticas, siempre deficientes, demuestran  que por lo menos ciento cincuenta y seis dirigentes cívicos han caído, víctimas de esos anónimos asesinos sobre los que nunca cae el peso de la ley.
 
Colombia no puede ser viable si continuamos impasibles ante esta horrorosa negación del derecho fundamental a la vida y a la justicia. Por eso rechazar, con indignación y determinación, esta práctica criminal debe ser un propósito indeclinable de todos los ciudadanos de bien, en el cual no podemos cejar, so pena de fracasar como nación.

La insensibilidad, la negación, el olvido constituyen una forma de  mitridatismo inaceptable  porque mantenernos adormecidos, anestesiados y, en todo caso, callados ante una aberración de este calibre significa convertirnos en cómplices de quienes creen que puede aplicarse la pena de muerte al libre pensamiento, a la libertad de expresión, a la oposición y a la diferencia.

Como en el conocido poema de Bertolt Brecht mañana cualquiera de nosotros puede ser la víctima de esa guerra solapada, orquestada por los que se resisten a una Colombia en paz.

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