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El desamor como principio de lo maravilloso la filosofía detrás del fracaso amoroso

Felipe Cardona

Llega el día en que todo termina. Aquel paraíso vibrante se convierte de pronto en un infierno.  El hombre se enfrenta al “Gran Cisma”, a la expropiación de su vínculo más elemental. De pronto todo se reduce a una situación insostenible: han dejado de amarlo.   

Sin embargo, al perder una posición privilegiada el hombre es arrojado a la acción. Aparece la encrucijada, la tensión entre varios caminos a seguir. Y es en esta  situación de abandono donde se presenta la posibilidad de salvarse o redimirse, porque  el fracaso amoroso nunca es el fin, sino el principio de algo. En medio de las cenizas surge la oportunidad excepcional de ser responsable de sí mismo sin depender de los otros. Se abandona toda concesión y muchas creencias esenciales son sometidas al escarnio. Es pues el encuentro del sujeto consigo mismo, un instante filosófico cargado de drama donde puede al fin enfrentarse con su verdadera naturaleza.

Este episodio filosófico tan suculento sólo es posible en un período de la soledad. Abandonado el fantasma de la incondicionalidad amorosa de la relación, se abre la posibilidad de plantearse nuevos pensamientos.  Y es que la cercanía del otro, así nos ofrezca seguridad ontológica, es el peligro más sustancial para atrevernos a pensar. No se equivoca Zygmunt Bauman al indicar que “la proximidad es el terreno de mayor gloria de la moralidad pero también de sus derrotas más innobles”.     
   
Ahora bien, hablamos de múltiples caminos que tientan al sujeto defraudado. La diferencia entre los caminos está en su nivel de exigencia. La vía más  fácil y que es la predilecta de la mentalidad mediocre, es la que desemboca en el sufrimiento. Si bien el dolor es inevitable, el sufrimiento es definitivamente una elección. El sufrimiento no es otra cosa que la imposibilidad, por falta de apetito, de reemplazar al sujeto amado. El hombre mediocre se aferra a lo que le fue dado por accidente y lo hace suyo.  Cree en la pertenencia y por eso halla su seguridad en el tener más que en ser. Su  concepción amorosa tiene entonces un tinte de egoísmo moral: Se atribuye la responsabilidad del otro y asume que esa persona está con él por su propio bien.

Y es esta posición la que terminará acabándolo, cuando el sujeto amado deja de  pertenecerle se desmorona en una crisis estridente. El sujeto se frustra y se repliega en una actitud pasiva, y lo que es más grave,  en su ciega terquedad, se rehúsa a los objetos de deseo potenciales que se le presentan como salvavidas para salir airoso del fracaso amoroso. El sufrimiento termina por arrojarlo a su estado más primitivo, que se despliega  como el escenario más fácil porque es el que demanda menos explicaciones. Sartre sintetiza con acierto este proceder: “Nos ponemos a nosotros mismos en un estado de total inferioridad, porque en ese nivel tan bajo nuestras exigencias son menores”.  El sujeto termina por conformarse con poco, se vuelve agradecido con los gestos triviales de compasión y se vuelve reaccionario. Baja sus estándares de satisfacción y se ampara con recompensas menores.  Entonces en una suerte de fatídica moral deja de buscar el amor, procurándose por lo mucho una intimidad afectuosa.

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El otro camino posible luego del fracaso amoroso es todo lo opuesto.  Sin embargo demanda de una conciencia activa capaz de abordar la tensión para entenderla. El secreto  entonces está en el conocer el duelo, entendiendo el conocimiento no como un presupuesto literario sino como un arma práctica para resolver las tensiones emocionales.  Alguna vez  uno de sus generales le preguntó a Juliano, el último de los emperadores romanos, sobre su actitud tan frágil hacia la guerra y su preferencia por el mundo de la filosofía, a lo que el César respondió: Me refugio en la filosofía para entender por qué la gente me rechaza y hacer así la vida más llevadera. 

Esta inmersión en sí mismo en la etapa inicial casi siempre es en una experiencia traumática porque implica encontrarse de frente con las propias falencias. Mientras el hombre mediocre espera las indulgencias y culpa a la otra persona de su daño, el hombre reflexivo encuentra que él es el único culpable de no ser amado. Esto termina por devastarlo, pero en este desenmascarase es que emerge la condición preliminar para poder realizarse como un individuo soberano y fuerte.

Entonces acontece un giro radical, el hombre reflexivo deja de entender el amor como una pertenencia y lo asume como un esfuerzo por mejorar como persona, no sólo para el agrado del otro sino para blindarse ante el sufrimiento ciego que produce el desamor.  Al entender que nada le pertenece,  acoge el presente como la única posibilidad, y entiende que todo está sujeto a cambios inesperados. Se vuelve un agente de la contingencia y empieza a vivir ajeno a la mediocridad que se refugia en la dignidad del pasado y en la experiencia. Además se muestra reacio a invertir todo el capital sentimental en una sola persona,  ya que esto desemboca en una dependencia que consumirá todo su potencial. Esta nueva actitud no se traduce en promiscuidad sentimental, sino en un enfoque mucho más trascendental donde se le da privilegio al género humano y el amor se potencializa en otros escenarios distintos e inéditos a los de las relaciones de pareja.

Esta etapa reflexiva en algunos casos conduce a un camino mucho más prodigioso, donde el hombre que piensa se transforma en el hombre que crea. Al crear, el hombre  se redime del sufrimiento y alcanza su máxima consagración. Ahora bien,  esta creación de la que hablamos no es otra cosa que el arte en todas sus posibles manifestaciones. Pero ¿cómo podemos vincular el arte con el fracaso amoroso?

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Un análisis escrupuloso  nos lleva a entender el arte como una forma simbólica de sustitución, a través de la creación artística se libera la tensión por no poder alcanzar el objeto ausente y éste se transforma en quimera. El objeto ausente se reemplaza por otro, un mundo se destruye para crear otro. Solo el arte puede reemplazar al amor, porque convierte la banalidad en plenitud, una operación similar sucede en el amor donde divinizamos lo que para otros es insignificante.  Es un proceso virtual muy similar: se despoja al mundo de su aterradora seriedad y se encuentra la eternidad en el instante presente.

Pero el arte no sólo transforma al sujeto sino también es determinante para los que rodean al artista. El quehacer artístico convierte al hombre en un sujeto poético y esto lo convierte en un ser necesario para el otro, ya que el sujeto poético es un desencadenante del sentido de lo maravilloso.  Esto no impedirá que haya futuros fracasos, pero por lo menos augura que se reduzcan sustancialmente. El arte como escenario de la maravilla se transforma así en lo opuesto al desamor, que no es otra cosa que poner al sujeto antes amado en el plano de lo común.

Sólo en este punto, cuando ya la evocación del ser amado se convierte en una fábula artística,  el hombre entiende que la única forma posible de amar es a través de su propia singularidad, una singularidad de la que nunca más abdicará. Entonces puede marcharse sin remordimientos hacia nuevas aventuras amorosas, sabiendo que algo tiene que morir para que nazca algo más grande.

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