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Ultima Chiamata: modelo para armar

Manuel Guzmán-Hennessey

Cuando el mundo hiperdesarrollado se venga abajo, con todos sus siderántropos y su tecnología, en las tierras del exilio se rescatará al hombre de su unidad perdida. Y quizá, cuando despertemos de esta siniestra pesadilla, cuando un vacío de humanidad nos duela en el pecho, entonces recordaremos que alguna vez fuimos aquello que dijo René Char: “Seres del salto, no del festín, su epílogo”.
Ernesto Sábato

El documental Ultima Chiamata, de Enrico Cerasuelo (2013), que expone el impacto que en su momento generó la publicación triple de Los límites del crecimiento (1972, 1992, 2004) es un filme que puede verse como un modelo para armar, pues uno puede ir poniendo las piezas de la historia ambiental del siglo XX hasta armar el rompecabezas del XXI, con toda su estela de dramatismo y borrosidad que nos acecha.

Cerasuelo usa la técnica del ‘esfumato’ para contarnos una historia poco conocida, la personal de los protagonistas de “Los límites del crecimiento”, que hoy representa el más completo llamado sobre la crisis ambiental y climática que empezó a vivir la humanidad hacia mediados del siglo XX, y que hoy cobra características de megacrisis, o crisis sistémica, en los comienzos del XXI.

La técnica del esfumato, invención de Leonardo Da Vinci, consiste en difuminar el color en los contornos de las figuras teniendo en cuenta el ‘espesor transparente del aire’ que gustaba a Leonardo Da Vinci. El efecto esfumato que logra Cerasuolo tiene una condición contraria del esfumato pictórico. El no necesitaba dar una sensación de realidad debido a que sus datos y los pensamientos de sus protagonistas, Randers, los esposos Meadows y Beherns III, fueron en su momento el resultado de los datos de la ciencia y no expresaron una opinión subjetiva, sino aquello que desde el positivismo se conoce como ‘la verdad objetiva’, acompañada por interpretaciones e intuiciones propias, es cierto, pero derivadas estas —siempre— de certezas científicas que hoy resultan indiscutibles.

Lo que buscaba Cerasuolo más bien era la necesidad de encontrar un cierto tipo de esfumato adecuado para destacar estos datos y estas urgencias y comunicar las afugias de la amenaza contra la vida de una manera sugerente y clara. Que promueva la reacción colectiva de “una civilización en dificultades”, como escribió Lester Brown.

Es la experiencia de muchos educadores, quienes creen que no basta con exponer los ‘fríos datos de la ciencia’ para movilizar a la acción, pues no todos creen en la aséptica temperatura de los datos de la ciencia, y algunos que sí creen, saben muy bien que sus proyecciones no los alcanzarán mientras están en este mundo, por lo tanto pueden darse el lujo de reconocer que son ciertos pero actuar como si no lo fueran. Actitud bastante común en nuestros mal que bien llamados líderes globales.
Cuando pude ver el documental de Cerasuolo me di cuenta de que aquí estaba el sfumato que quizás la humanidad necesite pronto para decir con vigor su angustia y su incerteza. Cerasuolo resalta su propuesta estética con aquellos pensamientos que escribieron en su momento los autores de Los límites del crecimiento. Documenta la angustia, pero también la esperanza, de quienes hoy se sienten responsables de hacer algo para que los niños que hoy abren los ojos al mundo encuentren intacta la vida y su porqué.

La película sugiere que esta será, quizá, la última alianza que nos será posible emprender, como familia humana y como civilización; si la humanidad no emprende cuanto antes una revolución educativa profunda orientada a modificar estructuralmente las bases de la actual civilización, es probable que no exista en el futuro una nueva oportunidad de la esperanza.

Es desafortunado que no contemos hoy con suficientes ejemplos de acciones educativas de gran alcance, orientadas a movilizar a los más jóvenes hacia una acción climática en defensa la vida. El debate académico de las universidades ha estado de espaldas, incluso, al profuso trabajo de los centros de investigación científica sobre el cambio climático, cuyos trabajos no son estudiados y divulgados con la prioridad que ameritan por parte de la mayor parte de las universidades.

 No esconde Cerasuolo el hecho de que la publicación de “Los límites del crecimiento” causó enorme polémica entre entusiastas y detractores. Rescata su lucidez de haber puesto en la palestra ciudadana una reflexión de sentido común: el crecimiento tiene límites porque el mundo tiene límites.Para 1976 este libro ya se había traducido a 30 idiomas y su tiraje superaba los 4 millones de ejemplares (Mires, 1990).

Permitirán los lectores de esta nota que les presente a sus autores.

Ninguno de ellos es ecologista y en cambio sí, casi todos, trabajan o trabajaron en el campo empresarial, o bien como académicos, o bien como directivos de grandes compañías. Empiezo por Donella Meadows (1941), química y biofísica de origen, acabó especializándose en teoría de sistemas y fue discípula de Jay Forester. Al final de su vida fue columnista de opinión. Enseñó en Dartmouth Collage por 29 años. Murió en 2001. Sigue su esposo, Denis Meadows (1942), desde muy joven trabajó como científico en el mit,  fue director del Institute for Policy and Social Science Research en la Universidad de New Hampshire y luego director de la Escuela de Negocios de Darmouth durante 16 años, actualmente es profesor emérito de Administración de Sistemas de esta universidad y se dedica a dictar conferencias sobre los límites del crecimiento.

Y después Jørgen Randers (1945) estudió su pregrado en la Universidad de Oslo en 1968 y luego recibió su doctorado en el mit en 1973. Fue presidente de BI Norwegian Business School, y del Fondo Mundial de World Wildlife en Suiza. Fue miembro de la junta directiva de las empresas Tomra, de Noruega, British Telecom de Inglaterra y Dow Chemical Company de los Estados Unidos. Actualmente es profesor de Estrategia Climática en la Escuela de negocios de Noruega, sigue escribiendo sobre los límites del crecimiento y vive en su país. Y por último, el señor William Behrens III (1944) doctor en Economía Ambiental y master en Ingeniería Eléctrica del mit, luego se dedicó a la industria energética de las renovables y fundó ReVision Energy. Actualmente vive retirado en una granja ecológica en Alemania, criando patos y contemplando los atardeceres, como consta en la entrevista que Ceresuolo le hace para su filme.

Incluyo también a Jay Forester (1918), el creador del sistema World 3 y de la Sloan School of Management del mit, que obtuvo su principal financiación de la Ford Foundation. Cito frecuentemente a esta escuela y tengo como referente de mis ideas a su director Peter Senge (1947) y a los investigadores Bill Isaacs, Brian Smith, Charlotte Roberts, Art Kleiner, Richard Ross, Rick Ross, Risa Kaparo, Frank Draper y Edward Deming, casi todos del mundo empresarial ligado a la Sloan School y a The Fifth Discipline Project de Cambridge, Massachussetts.

He aquí pues una especie de mesa virtuosa para que los lectores puedan armar su modelo de futuro. Conformada por académicos, empresarios, comunicadores y gobernantes locales, cual es, lo sospecho, el modelo ideal y al mismo tiempo el motor de la transición que nos podrá salvar de “la catástrofe que viene”, como sostiene Elizabeth Kolbert.

No afirmo que aquí esté la solución, tampoco que los ciudadanos pueden construir solos la nueva sociedad. Digo que podrán acelerar la transición. Lo que usualmente se llama ‘tomar conciencia’ cobra aquí pertinencia; si los ciudadanos no conocen a fondo tanto la índole como la gravedad de la crisis climática, no encontrarán una motivación fuerte para movilizarse y actuar. De ahí que paralelo a la transición debe correr un proyecto educativo global orientado a proveer a los ciudadanos de las herramientas conceptuales y técnicas necesarias para que puedan desarrollar los instrumentos y las políticas de la transición.

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La transición debe ser concebida como un proyecto ciudadano que incorpore los saberes en construcción sobre la adaptación, las iniciativas empíricas de las comunidades que deciden organizarse y actuar, los saberes ancestrales de las comunidades originarias, los proyectos de los gobiernos locales y las ideas de innovación social en vías de experimentación orientadas a fortalecer los lazos de las comunidades para enfrentar juntos la amenaza. No desconozco el necesario soporte científico y técnico de las iniciativas, lo que quiero decir es que el elemento articulador de las acciones debe ser el sentido común, lo sencillamente humano, lo que pueda brotar espontánea y libérrimamente de diferentes tipos de procesos de construcción colectiva donde confluyan todos los saberes, y todas las artes.

Intuyo que ha llegado la hora de pasar del ecologismo de los especialistas al ecologismo de los ciudadanos.

@Guzmanhennessey

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