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Gran victoria táctica, enorme derrota estratégica: Quincuagésimo aniversario de la Guerra de los Seis Días.

Sebastián F. Cote Pabón.

Sólo un año después de la llamada Guerra de los Seis Días (conocida en árabe como An-Naksa, el revés), Walter Laqueur predijo con acierto la proliferación de una serie de teorías conspirativas que pretendiese vanamente elucidar los hechos transcurridos en Medio Oriente, entre el 5 y 10 de junio de 1967. En efecto, varios historiadores modernos han caído más de una vez en la tentación de imaginar conspiraciones ocultas donde solamente hubo accidentes, improvisaciones y azar. Sin duda, uno de los casos más comentados es la tesis formulada en 2007 por Isabella Ginor y Gideon Remez, quienes vieron el origen de la guerra en un complot orquestado por el Politburó Soviético para destruir las instalaciones nucleares israelíes. Cincuenta años después del incidente, sólo se puede concluir que buscar causas específicas o directas de esta confrontación resulta una labor inútil, pues fue más bien un conjunto muy complejo de circunstancias (no identificado del todo aún) el que condujo a un choque que ni Israel, ni Egipto, ni Siria, ni mucho menos Jordania tenía entre sus planes.

En términos generales, un evento histórico presenta matices difíciles de interpretar con el tiempo que resultan aún más complicados de descifrar en el momento en el que están teniendo lugar. En ese sentido, es relativamente plausible afirmar hoy que una secuencia de errores de cálculo condujo a los principales actores a una “trampa” e hizo que la guerra fuese inevitable. No obstante, determinar las situaciones exactas que ocasionaron el denominado “período de crisis” anterior al 5 de junio, era a todas luces una labor imposible en aquellos días de confusión, falta de información y extrema incertidumbre. En palabras de Michael Oren “…la guerra de desgaste, la guerra del Yom Kippur, la masacre de Múnich y el Septiembre Negro, la guerra del Líbano, la controversia sobre las colonias en Cisjordania y el futuro de Jerusalén, los acuerdos de Camp David y Oslo, las Intifadas, todos estos acontecimientos son producto de seis intensos días de junio del 67.” Pero de nuevo, era imposible para cada una de las partes medir el futuro impacto de sus acciones antes y durante el desarrollo del conflicto.

Antecedentes.

Es posible aludir grosso modo a la campaña de Suez de 1956 como una de las circunstancias que allanó el camino hacia la guerra. En 1955 el régimen nasserista decreta el bloqueo del golfo de Ákaba, obliterando de esta forma la navegación israelí hacia África y Asia.  Además, entre 1953 y 1955, guerrilleros palestinos entrenados en Egipto causan la muerte de un millar de civiles y militares israelíes, de acuerdo con estimaciones hechas por Benny Morris. En Julio de 1956, tras la negativa occidental de financiar la represa de Asuán, Gamal Abdel Nasser proclama la nacionalización del canal de Suez. Todas estas situaciones producen una convergencia entre los intereses de Israel con los de Gran Bretaña y Francia. Estos últimos pretendían recuperar el control del canal y poner fin al sentimiento antiimperialista irradiado por Nasser en todo el mundo árabe. Por lo tanto Londres, París y Jerusalén organizan una cruzada contra Egipto, que como toda cruzada, en lugar de resolver un problema lo termina agravando. Tácticamente la campaña fue exitosa, pero en el plano estratégico representó un fracaso. A pesar de que en el corto plazo, Israel consiguió detener las infiltraciones de los fedayín apostados en Egipto y ganar nueve años de tranquilidad fronteriza, en el mediano la campaña hizo realidad una de las peores pesadillas de David Ben-Gurion: convirtió a Nasser en el Atatürk de los árabes. El presidente egipcio aparece ahora como el gran vencedor político que logró desafiar la agresión neocolonialista. A partir del 56, el rais será el foco de toda la atención del mundo árabe, el receptáculo de las presiones ejercidas por Fatah y buena parte de los Estados árabes para actuar contra Israel. Desafortunadamente, Nasser cede ante las presiones y prende en el 67 un fuego que no planeaba atizar.

En febrero de 1966, el partido Baaz se hace con el control de Damasco luego de haber propinado el decimoséptimo golpe de Estado que Siria ha conocido en veinte años de independencia. Hafiz al-Assad, padre de Bashar, será a partir de ahora ministro de Defensa y prestará incondicionalmente su apoyo a la guerrilla de Fatah. Desde este momento, el número de incursiones guerrilleras en Galilea así como los intentos por desviar el cauce del Jordán para impedir la irrigación israelí al desierto del Negev, aumentarán ostensiblemente. En respuesta, la fuerza aérea israelí arroja un total de sesenta y cinco toneladas de bombas en territorio sirio el 7 de abril del 67. Alarmados por tan excesiva retaliación y por la declaración que Yitzhak Rabin entrega a los medios en septiembre del 66 en la que amenaza con derrocar al régimen de Damasco, los soviéticos aprovechan el hecho de que Egipto y Siria ya han firmado (bajo el auspicio de la URSS) un pacto de defensa mutua, para informarles a ambos el 11 de mayo que un ataque general israelí contra Siria es inminente. Cuando el 14 de mayo los egipcios descubren que esta información no tiene base real alguna, ya muchas de sus unidades militares están cruzando el Canal de Suez para desplegarse por el Sinaí. ¿Por qué razón la Unión Soviética presentó un falso reporte? ¿Creían  realmente los soviéticos que Israel estaba a punto de poner en marcha 13 de sus brigadas para arremeter contra Siria, tal y como lo manifestaron en el reporte? ¿Fue la entrega de dicho informe un error de cálculo basado en otro error de Inteligencia, o fue por el contrario una acción cuidadosamente premeditada? Estas preguntas aún no han sido resueltas del todo y en cincuenta años se ha enunciado un singular número de respuestas que no ha contribuido precisamente a esclarecer el asunto.

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El papel de las superpotencias.

Joan Culla expone de manera brillante los tres objetivos estratégicos que obtuvo Stalin al reconocer el Estado de Israel en 1948: salida de los británicos de Palestina, descrédito de los regímenes árabes conservadores y resentimiento de las masas en los países derrotados. Una vez conquistados estos propósitos, aparece una hostilidad doctrinal del Kremlin contra el sionismo, especialmente con la llegada al poder de Nikita Kruschev que apuesta por estrechar relaciones con los países árabes. No obstante, la afiliación árabe con la Unión Soviética distaba de estar firmemente cristalizada: ni Siria ni Egipto eran miembros del bloque comunista y, según Laqueur, en los años previos a la guerra Estados Unidos suministró 100 blindados a Jordania y 100 millones de dólares a Egipto. Lo cierto es que a inicios de los 60, ninguna de las dos superpotencias buscaba fervientemente asegurar alianzas perdurables en el Levante, una zona que no era considerada por Washington como punto vital de contención para asfixiar a la Unión Soviética. Igualmente, la atención de Moscú estaba focalizada principalmente en Cuba y Vietnam, de manera que el conflicto entre árabes e israelíes fue visto por el estamento soviético como una simple disputa privada. A pesar de que el régimen soviético suministró sistemáticamente armas y favoreció política y económicamente tanto a Egipto como a Siria, había en el ambiente una constante desconfianza hacia estos aliados. Parte del recelo estaba enraizado en el carácter atípico de esta alianza, pues la mezcla entre comunismo y nacionalismo árabe era en esencia una combinación de incompatibilidades y una de las principales razones por las cuales los soviéticos creyeron que eran buscados sólo por el desencanto árabe con Occidente.

Tampoco es posible referirse a un estrecho vínculo entre Estados Unidos e Israel, a un apoyo irrestricto de la superpotencia al Estado judío. Al decir de Shlomo Ben Ami, el presidente Lyndon Johnson prometió organizar una escuadra internacional para romper el bloqueo de los mares meridionales de Israel durante el “período de crisis”, pero el Congreso norteamericano no aprobó dicha medida. No es difícil en todo caso dilucidar los motivos de la aprensión estadounidense hacia Israel: en primer lugar, la élite política judía era de izquierda y provenía en su mayor parte de Rusia y Europa Oriental. Segundo, la construcción del reactor de Dimona en 1958 no fue vista con buenos ojos por Washington y desde los días de Kennedy se comenzó a presionar enfáticamente a Israel para efectuar supervisiones periódicas a las instalaciones nucleares del Negev. Asimismo, era evidente que desde inicios de la década de los 50, la Casa Blanca procuraba cortejar a los Estados Árabes para formar la alianza regional anticomunista conocida como Pacto de Bagdad. En ese contexto, Mohammed Heikal, periodista cairota muy cercano a Nasser, afirmó que durante los años 50 y 60 Washington consideró al presidente egipcio como el único elemento estable en una región inestable y como el único líder capaz de hacer frente a la infiltración comunista en Medio Oriente. Pero las relaciones entre Egipto y Estados Unidos se deterioraron debido principalmente a los acercamientos iniciados entre El Cairo y Moscú en 1965, y al sostén brindado por el gobierno norteamericano a los combatientes saudíes que defendían la monarquía yemení.

Otros actores del complejo ajedrez.

En 1962 el rais envía 70.000 soldados a Yemen con el fin de auxiliar a las filas republicanas que combatían a las fuerzas del rey Muhammad al-Badr, en lo que fue una guerra civil que se prolongó por más de ocho años. Nasser vio en Yemen una oportunidad inmejorable para expandir su doctrina panarabista y socialista, y comenzar a desestabilizar los regímenes monárquicos de Medio Oriente. Una victoria nasserista le garantizaría a Egipto, entre otras cosas, un predominio en el Mar Rojo desde el Canal de Suez hasta el estrecho de Bab-el Mandeb. Adicionalmente, la guerra en Yemen fue una nueva ocasión para emplear el discurso antiimperialista, pues Gran Bretaña estaba apoyando militarmente a al-Badr. En este punto he de citar la brillante observación de Ami Gluska con respecto a la posición que adoptó Nasser frente a la guerra civil yemení en 1967. Contrario a muchos analistas que califican la campaña egipcia como un desastre y encuentran que un ataque a Israel fue la excusa perfecta del rais para salir discretamente de Yemen, Gluska plantea que en el 67 la situación era más que favorable para las tropas nasseristas apostadas en el suroccidente de la península arábiga. En efecto, la retirada británica de Adén era inminente y el bastión estratégico iba a caer pronto en manos de Nasser como fruta madura. ¿Para qué renunciar entonces en un momento tan ventajoso? ¿Qué otros intereses estaban en juego? Gluska explica de nuevo que la expansión nasserista en los Estados del Golfo se convirtió en una siniestra amenaza para actores como Irán y Arabia Saudita. Con el fin de eclipsar a Egipto, el Shah trató de demostrar a la URSS que su interés en Irán era tan importante como su interés en Egipto y ofreció a la superpotencia importantes beneficios económicos; a cambio, el Shah exigió a los rusos que pusieran freno a las ambiciones de Nasser. En consecuencia, desde marzo del 67, el Politburó intentó por primera vez limitar la participación egipcia en el sur de Yemen y atraer al rais fuera de Arabia. Para Gluska, la estratagema iraní fue uno de los principales motivos (así como la intención de ejercer poder disuasorio sobre Israel en vista de la escalada del conflicto en la frontera siria) que impulsó a la Unión Soviética a presentar en mayo de 1967, el famoso informe que arrastró al presidente egipcio al Sinaí a cumplir con el pacto de defensa. Esta es sólo una de las tantas hipótesis formuladas en torno al tema de la Guerra de los Seis Días, pero que en cierto sentido resulta lógica y plausible cuando se analiza la situación de Irán y Arabia Saudita, temerosos ambos de contagiarse con el cáncer del nasserismo.

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La esfera israelí.

Poco antes del inicio de la confrontación, el Mayor General Ariel Sharon dio un largo testimonio argumentando que la falta de determinación por parte del Primer Ministro Leví Eshkol para dar el primer golpe, estaba poniendo en peligro al Estado de Israel. Ni siquiera después del 22 de mayo, fecha en la que Nasser clausura los estrechos de Tirán, Eshkol se decide a declarar la guerra. Tampoco el 30 de mayo, día en el que el angustiado rey Hussein de Jordania vuela a El Cairo a firmar un tratado de defensa mutua, como último recurso para salvar su trono y cabeza en vista de las amenazas que representan los regímenes anti-monárquicos de Siria e Iraq, y las conspiraciones republicanas nasseristas. Un dubitativo Eshkol sigue retrasando la acción, intenta sin éxito obtener garantías de Washington y continúa insistiendo en las vías diplomáticas. Pero lo cierto es que ni la frase de Sharon es del todo correcta, ni la negligencia de Eshkol se reduce al “período de crisis”. Cuando Ben-Gurion renuncia en el 63 al puesto de Primer Ministro y es reemplazado por Eshkol, el margen de maniobra del ejército aumenta de forma automática. Eshkol no era un experto en el área militar y por tal motivo se vio obligado a pedir constantemente asesoría a su Jefe de Estado Mayor (RamatCal, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas), General Rabin. El ejército va a aprovechar el escaso conocimiento del Primer Ministro para emprender acciones temerarias que en ningún momento estuvieron aprobadas por el gobierno. Tal es el caso del bombardeo a Siria el 7 de abril, la incursión a Samu, Cisjordania, en noviembre del 66, o las dos declaraciones de Rabin en las que propuso derrocar al régimen de Damasco. Por lo tanto, no fue sólo la pasividad de Eshkol durante los días previos a la guerra sino también su continua falta de carácter a la hora de restringir al ejército, las que pusieron a Israel bajo la espada de Damocles. Rabin estaba convencido de que ni la URSS ni Egipto intercederían por Siria y por eso eligió emplear la fuerza más allá de las fronteras para erradicar a la guerrilla de Fatah. Ante la escalada del conflicto, la Unión Soviética decide actuar indirectamente poniendo en marcha la maquinaria bélica egipcia, para sorpresa y espanto de un Rabin que nunca creyó que el rais desviaría la atención de Yemen.

Mientras tanto, Ben-Gurion critica duramente la debilidad de Eshkol y la osadía de Rabin que pusieron al Estado Judío en tan grave posición. Para Ben-Gurion, Israel se encontraba en tal condición de aislamiento que la guerra debía evitarse a toda costa. En este punto se puede aducir tranquilamente que la dimisión de Ben-Gurion en el 63 fue una de las muchas circunstancias que propiciaron el choque en Junio del 67. Ciertamente, en los días de Ben-Gurion hubiese sido impensable que un Jefe de Estado Mayor pronunciase declaraciones tan agresivas o que el ejército ejecutase maniobras tan intrépidas. De hecho, el último recurso al que acudieron las “palomas” para frenar a los “halcones” y evitar la guerra, fue conseguir a una figura tan autoritaria como Ben-Gurion para que pusiese a los militares en su lugar. En vista de la constante presión que las fuerzas armadas ejercían sobre el gobierno para que diese finalmente la orden de ataque, Moshe Shapira, líder del Partido Nacional Religioso, postula a Ben-Gurion como Ministro de Defensa. Como ya no es posible que el “viejo” participe en política porque ha sido un acérrimo opositor del gobierno, la persona más indicada para obtener el cargo es Moshé Dayán. El advenedizo Dayán, que hasta hace poco estaba en Vietnam y que no ha tenido que soportar la presión que llevó a Rabin al abatimiento, es designado Ministro de Defensa el primero de Junio. Dicho nombramiento produjo el efecto contrario al esperado por Shapira: un as adicional le fue entregado al ejército y el camino hacia la guerra fue totalmente despejado. El 4 de Junio, ante la insistencia de Dayán, el nuevo gobierno de unión nacional decide atacar; el 8, Dayán se opone vehementemente a una campaña contra Siria, pero el 9 es el propio Ministro de Defensa quien le ordena al General David Elazar invadir los Altos del Golán. Luego de dos días de combates contra el ejército sirio, la guerra finaliza con una aplastante victoria de Israel sobre sus vecinos árabes.

Las consecuencias

No se ha encontrado todavía ninguna evidencia para afirmar que EEUU o la URSS quisieron el estallido de la guerra. Por el contrario, ambas partes se esforzaron por evitar esta confrontación. Incluso el famoso reporte soviético puede entenderse como una simple medida disuasoria, una acción que no pretendía causar un conflicto de tal magnitud. Sin embargo, la falta de consistencia en las alianzas debida a la despreocupación estadounidense y soviética hacia una zona de poca relevancia estratégica, fue sin duda un factor crucial de la guerra pues ninguno de los actores del conflicto pudo ejercer un poder real de disuasión. La apatía de las superpotencias se reflejó finalmente durante el desarrollo mismo de la conflagración: ninguna interfirió. Esto hubiera sido impensable y hubiera sido realmente asombroso presenciar una intervención directa para tratar un asunto no vital. Por esta razón, la descripción que hace Richard Parker de la Guerra de Junio como una catástrofe multinacional que planteó la amenaza de choque frontal entre Estados Unidos y la Unión Soviética, no es más que una exageración. Se ha dicho a lo largo de estas líneas que nadie quiso provocar el enfrentamiento en el verano del 67. Sin embargo, Fatah estaba realmente ansiosa por aumentar la dimensión de un conflicto que comenzó en una escala muy inferior. Consciente de que el tiempo estaba en su contra, Yassir Arafat logró presionar a los Estados árabes para que finalmente entraran a la arena de combate. De hecho, la guerra del 67 y la posterior batalla de Karameh, son sin duda alguna triunfos en política exterior de Fatah.

A todas luces, aquellos días de Junio ocasionaron una gran tragedia para israelíes y palestinos. La derecha israelí podrá decir que gracias a la Guerra de los Seis Días se pudo negociar la paz con Egipto en 1978-79. Sin embargo, fue la restauración del honor egipcio con la Guerra del Yom Kippur en el 73, la que posibilitó los futuros diálogos. En otras palabras, Israel tuvo que atravesar un enfrentamiento aún más oneroso para llegar a Camp David, sin contar los tres años de combates permanentes que tuvo que sostener en el Sinaí desde 1967 hasta 1970. Tampoco la firma del tratado de paz con Jordania en 1994 fue fruto del 67. El rey Hussein decide negociar con Israel simplemente porque después de la primera Intifada se da cuenta de que es inútil seguir reclamando la ribera occidental del Jordán; efectivamente, en Cisjordania hay un pueblo que no quiere ser ocupado ni por Israel, ni por Jordania. En resumen, la exitosa campaña militar del 67 representó una derrota estratégica para el futuro: el estado de guerra se perpetuó indefinidamente; aumentó la espiral de violencia entre el terrorismo palestino y las retaliaciones militares israelíes; proliferaron los asentamientos judíos en Cisjordania al punto de que es verdaderamente utópico hablar hoy de un justo divorcio entre los dos pueblos. Cincuenta años después de la Guerra de los Seis Días, lo único que se perfila en el horizonte es la horrible pesadilla que supone la creación de un Estado binacional.

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