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El liberalismo: revolución conservadora

Tomás Molina

Los críticos izquierdistas del liberalismo suelen presentarlo como una doctrina esencialmente conservadora: ideología de la burguesía para conservar sus privilegios, mero formalismo que esclaviza a las masas, artefacto para dominar la periferia mundial. En verdad, no es coincidencia que los partidos conservadores hayan abrazado, al menos parcialmente, elementos de la causa liberal durante los últimos dos siglos. Por lo demás, quienes defienden el legado de las revoluciones liberales son naturalmente conservadores. Los críticos de derecha, en cambio, presentan al liberalismo como una amenaza revolucionaria que destruyó las viejas comunidades orgánicas, el antiguo régimen y la religión.

El carácter del liberalismo es, en efecto, doble: primero,  participa de la revolución de la filosofía política moderna y la profundiza aliándose con la Ilustración. Con la llegada de las fuerzas liberales la vieja sociedad queda transformada de manera irreparable. Sin embargo, el liberalismo al mismo tiempo participa de la lógica simbólica de aquello que destruyó. En el inconsciente liberal permanece reprimido el Otro que antes vivía a la luz del día. En consecuencia, tiene un carácter profundamente conservador. Entender lo anterior exige una mirada histórica y filosófica. Solo ella nos mostrará con claridad la doble y confusa realidad del liberalismo.

Los antiguos y medievales veían el problema político-moral a la luz de la más alta virtud del hombre: la vida filosófica. El mejor régimen, en consecuencia, sería aquel que más se acerque a ella. No obstante, la ciudad tal y como existe es la caverna compuesta por ciudadanos incapaces de alcanzar un grado aceptable de perfección filosófica. Los filósofos, por lo demás, tampoco están bien dispuestos a gobernar. Hay un abismo que solo puede ser atravesado por medio de la suerte. El mejor régimen es altamente improbable. Por otra parte, para los filósofos premodernos el bien común era esencialmente político y naturalmente sólo se podía alcanzar dentro de la esfera política. La justicia y la amistad, verbigracia, son parte del bien que debe perseguirse políticamente, es decir, en el espacio público de la polis. En otras palabras, la política es el espacio donde se realiza el bien más alto del hombre.

El primer paso del giro hacia la modernidad es dado por Maquiavelo. Para el florentino no deberíamos entender la política a la luz de la vida filosófica, sino a la luz de los intereses básicos de los hombres comunes y corrientes: i.e., de la seguridad y prosperidad material. El político debería buscar los medios para conseguir esos fines, de tal modo que la realización de un régimen aceptable sea posible. Subyace aquí la idea de que incluso los hombres más corruptos, siempre y cuando tengan líderes lo suficientemente inteligentes, pueden organizarse por medio de la coerción y la razón para alcanzar sus deseos básicos. Ya no hace falta que la caverna aspire a la vida filosófica. Basta un gobierno de los hombres cuyas instituciones ejerzan una función domesticadora. El régimen aceptable solo demanda individuos que cumplan leyes y horarios.

Maquiavelo también señala que deberíamos rechazar la noción premoderna de bien común porque proporciona a los hombres excusas para hacer el mal. Aquí degollinas son justificadas por un altísimo bien; allá injusticias se cometen en nombre de una justicia más elevada. En consecuencia, el florentino propone un rebajamiento de los estándares políticos. El hombre debe buscar la limitación del mal y el ejercicio restringido de sus intereses personales dentro de lo conveniente y útil. El orden político meramente debe crear las condiciones para que los hombres puedan perseguir sus intereses de manera estable y razonable. Una nueva filosofía había nacido.

El segundo paso en el giro hacia la modernidad consistió en una reinterpretación del antiguo derecho natural. Hobbes lo entiende solo como derecho de auto preservación. El hombre ya no está obligado a reglas trascendentes, sino a conservar su vida y su integridad. Locke añadiría a esta lógica el derecho a una vida cómoda. Falta solo un paso para completar el giro. En el mundo premoderno solo se reconocían propiamente dos esferas de asociación humana: la privada, i.e., la del hogar, y la pública, i.e., la política. La sociedad moderna es un momento intermedio en el que, como dice Arendt, lo privado se trae a lo público. Pero no se trata aquí solo de traer a la luz lo que antes estaba en la penumbra. La sociedad reemplaza a la política como la esfera donde el bien humano se realiza o al menos se puede alcanzar. El individuo moderno liberal persigue sus intereses personales principalmente en la esfera social.

Pero el liberalismo no es simplemente el resultado de una nueva concepción de la política en la recién formada sociedad moderna. El liberalismo profundiza la Modernidad al participar de su etapa más importante y radical: la Ilustración. En consecuencia, termina por minar el discurso del amo que gobernaba las monarquías absolutas. Dicho discurso puede esquematizarse de la siguiente manera:

Discurso del amo
S1 (las palabras del amo)   →      S2 (sujetos y significantes)
 
Las palabras del amo (S1) son los significantes maestros del discurso. En este caso tienen la función de servir como creadores fundamentales de la realidad político-social. El S2 son los significantes que reciben su significado del significante maestro. Lo anterior quiere decir que el amo tiene el poder de nombrar y dar sentido a las cosas en el mundo. Por ejemplo, la palabra del rey absoluto da realidad a las clases sociales: el duque es duque porque el rey lo dice. La misma lógica existe en las sociedades teocráticas: Dios es el amo que da sentido a las cosas en el mundo.  

El liberalismo, en cambio, funciona con el discurso de la Ilustración:

Discurso ilustrado
S2 (razón/conocimiento científico)   →      S1 (significantes maestros)
 
Aquí la lógica es otra: los significantes maestros son creados por la sociedad misma a través de la razón y el conocimiento científico. El conocimiento (S2) podría liberar al sujeto creando significantes maestros nuevos (S1) que permitan relaciones sociales más justas y racionales. En consecuencia, la razón y la ciencia se convierten en las bases fundamentales de la sociedad. La crítica del liberalismo le quitaría legitimidad al orden del amo: ahora la razón determina lo bueno y lo malo, el éxito y el fracaso. La Revolución francesa no pretendía ser guiada por la Razón por mera casualidad. Después de ella la palabra del amo antiguo no solo no basta, sino que carece de la credibilidad de la ciencia y la razón.

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El giro maquiavélico/lockeano sumado al discurso ilustrado da como resultado un liberalismo donde el bien humano se realiza en una esfera social crecientemente perfectible por medio de la razón y la ciencia. La política solo tiene el legítimo propósito de crear las condiciones que les permiten a los individuos prosperar. El liberalismo más radical quiere incluso eliminar por completo la esfera política para que la social y la privada reinen supremas. Indudablemente el liberalismo ha cumplido con parte de su promesa. La mayoría de individuos ha abandonado toda esperanza de conseguir un bien común tal y como lo concebían los antiguos en la esfera política. Los gobiernos liberales y el capitalismo probablemente usan más la razón y la ciencia que los regímenes y sistemas económicos anteriores. En verdad, el liberalismo es la revolución constante con la que soñaron los marxistas del siglo pasado. La verdadera transformación del mundo ha venido de su mano.

Pero es justo aquí donde retorna el rostro trágico de la condición humana. El liberalismo descansa sobre la Verleugnung fundamental de la Ilustración: el orden simbólico no depende únicamente del conocimiento y la razón, sino que necesita de la creencia y la autoridad. En verdad, una sociedad puramente racional estaría abocada al desorden eterno. La razón significa argumento, pero todo argumento es susceptible de ser probado falso, o al menos de ser puesto en duda por un argumento más inteligente o mejor formulado. Todo lo que se razona hoy puede ser destruido mañana. Razonar sin límites es pulverizar. Lo mismo sucede con la ciencia: es una empresa esencialmente nihilista pues todos sus logros quieren estar lo más pronto posible en la nada, quieren ser sobrepasados en un proceso sin fin. Su autoridad es temporal, limitada, cuestionable. En consecuencia, la razón y la ciencia no sirven como bases únicas para una sociedad estable. Solo podemos abrazarlas si creemos en algo que las supere: un principio, una autoridad, un dogma. La civilización moderna es posible únicamente si los hombres creen en un Otro fundamental que la ordena y le da sentido.

El amo se infiltra imperceptiblemente en el liberalismo ilustrado como una ondulante serpiente metafísica.
El liberal, sin embargo, presume que el orden que construye es transparente, racional, directo, carente de un amo. La creencia y la autoridad son cosas del pasado. La ilusión que le permite pensarlo se sostiene en una diferencia aparente entre el amo antiguo y el suyo. El primero afirmaba su autoridad directamente: soy el amo legítimo: ¡obedeced! El segundo, sin embargo, pretende ser una nada: el mercado, el capitalismo y el progreso nos interpelan mediante el discurso de la ciencia, diciéndonos que carecen de realidad sin nosotros.

Meramente son instrumentos de nuestras libres interacciones sociales. Simples técnicas al servicio de una humanidad sufriente. Por lo tanto, no parece que fueran instituciones al servicio de un amo distinto de nosotros mismos.

No obstante, la verdadera lógica del sistema es otra. Los individuos modernos solo son sujetos de facto en tanto son reconocidos por el mercado, el capitalismo y el progreso. Solo quien se acerque a ellos de la manera más perfecta goza de verdadera realidad. Los demás, aunque pertenezcan formalmente a la sociedad, no tienen un lugar verdadero dentro de ella. El amo no ha perdido su capacidad de dar sentido y orden al mundo. Las interacciones entre los individuos liberales nunca son así transparentes, sino que, al contrario, están mediadas por el reconocimiento del Otro. La triada liberal es el centro del cuerpo social, el Uno que lo totaliza. Todo lo que se salga de ella es irracional, ilegítimo, ilógico.

La negación del amo resulta en su represión: ha sido relegado a un inconsciente donde elabora la materia de sus epifanías futuras. Así, toda obediencia parece voluntaria y toda resistencia absurda. Los individuos se perciben como “liberados” y “autónomos” mientras están plenamente dominados por un amo inconsciente que les exige incesantemente colaborar con sus empresas. El banquero exitoso renuncia a cualquier semblante de humanidad para obedecer el deseo del Otro: ¡trabaja, produce y disfrútalo! En efecto, el individuo ahora no solamente debe hacer caso, sino que debe gozarlo. Ningún esclavista antiguo pretendió tanto. La subyugación no podía llegar a esos límites. El amo de hoy le exige al sujeto que disfrute su mandato, que lo goce todo, que el placer sirva como justificación del acto. Solo un amo reprimido puede lograr una dominación tan perfecta.

El liberalismo solo ha hecho un giro parcial hacia la Ilustración auténtica. Lo anterior se debe a que la razón misma es insuficiente para crear un verdadero orden, a menos de que se eleve a la condición de diosa, i.e., que funcione como principio fundamental e incuestionable, i.e., que se vuelva irracional. En consecuencia, la Ilustración total es un proyecto imposible. Al mismo tiempo, su parcialidad ha logrado transformar al mundo de maneras impensadas y muy positivas. ¿Qué hacer entonces? ¿Debemos aceptar este amo y traerlo al nivel de la conciencia? ¿Eso no le quitaría su efectividad y su legitimidad?  ¿Deberíamos mantenerlo en el inconsciente? ¿Pero no está produciendo ya una neurosis insostenible? ¿Y no habrá, en todo caso, mejores amos?

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