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Macron y el retorno de Francia

Mauricio Jaramillo Jassir (Profesor de la Facultad de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario)

A pesar de los intentos que desplegó la extrema derecha en Francia, nada pudo hacer para revertir una tendencia que se veía clara, desde que se anunció el resultado de la primera vuelta. Emmanuel Macron se había perfilado como el principal favorito para convertirse en presidente de Francia, desde que salió de carrera el candidato, Jean-Luc Mélenchon del movimiento Francia Insumisa, el único rival que hubiera sido capaz de arrebatarle la victoria.
 
Una vez en el poder, empezaron los problemas para Macron del partido liberal En Marcha! pues buena parte de los electores que escogieron su nombre, lo hicieron como una forma de impedir que Marine Le Pen llegara a la presidencia, y no tanto por un apoyo genuino. Toda Francia se volcó para apoyarlo en la segunda vuelta, pero tal expresión duró tan solo el transcurso de esos comicios.
 
Ahora Macron debe enfrentar el reto complejo, de recibir feroces críticas tanto de la derecha como de un sector amplio de la izquierda, mientras el modelo francés pasa por una de sus más duras pruebas a lo largo de varias décadas de subsistencia exitosa, y que lo han convertido en un modelo de conquistas sociales reproducible en otras latitudes. Tal vez la medida más emblemática relativa al trabajo fueron las 35 horas que cambiaron por completo las costumbres de los empleados. En 1982, la izquierda con François Mitterrand a la cabeza había logrado una reducción pasando de 40 a 39 horas. Luego entre 1997 y 2002, el gobierno socialista de Lionel Jospin en la atmosfera conciliatoria de la cohabitación, instaló el sistema que consagró las 35 horas de trabajo a la semana, un salto que no sólo aumentó la calidad de vida de millones de trabajadores franceses, sino que generó unos 350 mil empleos.
 
No obstante, desde 2002 las horas extras a las que apelaban los trabajadores quejándose de ingresos insuficientes, se dispararon motivando a varios gobiernos a  proponer reformas laborales apuntando por una flexibilización. En esos intentos también ha tenido que ver la presión de la Unión Europea, por la puesta de marcha de políticas más liberales, en las que se generan empleos en detrimento de las condiciones laborales. En 2006, la propuesta de llevar a cabo una ley de primer empleo, como una apuesta de flexibilización, llevó a masivas demostraciones de afecto por el régimen laboral instaurado por la izquierda a finales de los noventa  y comienzos de siglo.
 
No han parado desde ese entonces, los debates sobre la rigidez del modelo francés, y la supuesta inviabilidad del modelo de desarrollo en el que el Estado es partícipe del desarrollo por la vía de subsidios y limitaciones-correcciones al mercado. En buena medida, por las dificultades de la clase media y especialmente del campesinado, el Frente Nacional avanzó sustancialmente en elecciones regionales, municipales y para el Parlamento Europeo. No se debe perder de vista como movimiento, por más que haya resultado derrotado en las elecciones, pues aún tiene un peso considerable en la política, especialmente en la local. 
 
De igual forma y en la otra orilla ideológica, aparecen los 7 millones que dieron su voto a la Francia Insumisa de Mélenchon, y que no ven con ninguna simpatía la moderación de Macron –paradójicamente en la que otros advierten una virtud-. En ella denuncian una indulgencia imperdonable frente al capitalismo, que poco a poco ha ido debilitando el proyecto europeo despojándolo de su carácter político. Esta fractura de la izquierda ya asomaba en 2005, cuando se le preguntó al pueblo francés sobre la constitución europea que consagraba la economía de mercado como un valor europeo. Mélechon fue un enérgico crítico de aquella carta magna, que un sector moderado de la izquierda apoyó efusivamente. Ésta fue derrotada en las urnas.
 
Este es el panorama que le espera a Macron. Estos cinco años que vienen, el presidente francés más joven de la quinta república, enfrentará una sociedad debilitada por las agresiones del terrorismo, pero que a diferencia de otros pueblos no ha delegado en el simple nacionalismo las respuestas para tan compleja realidad.  A su vez, tendrá bajo sus hombros el peso de una Europea debilitada por la eventual salida del Reino Unido del bloque, mientras Estados Unidos vuelve a escena en un crítico unilateralismo apoyado en la insolencia de Donald Trump. Solo la historia dirá si Emmanuel Macron tiene la estatura política que el momento exige. La Europa humanista ha sido durante mucho tiempo una fundada esperanza en medio de tanto escepticismo.  

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