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Nietzsche y la verdad como enfermedad

Felipe Cardona

Detrás de toda verdad hay formas encubiertas, toda imagen llega viciada a nuestros ojos. El filósofo alemán Friedrich Nietzsche, indignado por el vicio diplomático de las imágenes se abalanza sobre esta procesión con la intención de arrancarles el velo. Y decimos arrancar y no cuestionar, porque el filósofo alemán es un pensador frenético, de esos que involucra el cuerpo en el acto filosófico.

En tal atrevimiento, Nietzsche propone una vuelta de hoja. En una primera instancia se lanza a lo que podemos de llamar una reivindicación del presente; para tal efecto nos solicita   mancillar a nuestros ídolos del pasado, reclama con firmeza nuestra deslealtad. Esto debido a que el pensador alemán  cree que  cuando la memoria acude al presente hay transvaloración, es decir una reacción contra las formas hegemónicas de verdad. La batalla en la historia es una confrontación entre las memorias, por eso la forma más efectiva de superar el conflicto es olvidando nuestro pasado. Nietzsche condensa este pensamiento afirmando que “sólo mediante el olvido puede el hombre alguna vez llegar a creer que posee la verdad[1]”.

Es pues a través de esta suerte de elevación más allá del tiempo que el hombre puede iniciar ese camino que lo conduce a la verdad. Al desestimar la tradición el sujeto  puede abordar el mundo sin la telaraña del prejuicio, es algo así como la vuelta a un estado de febril curiosidad,  la regresión a la perspectiva infantil del mundo.  Pero esta rebelión direccionada a la inocencia no nos aleja del conflicto, por el contrario nos arroja a una traumática colisión.  Esta  insurrección nos deja un primer sin sabor: La verdad se edifica a partir de nuestras debilidades, es una especie de consuelo, un paño de agua tibia para nuestro escaso entendimiento de las cosas.

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Esta concepción de Nietzsche a grandes rasgos revela la flaqueza la verdad y se  convierte en  afrenta contra la propia filosofía, que en su principio fundacional anhela la certeza y la seguridad. Para el filósofo es pues la verdad un síntoma de enfermedad, un remedio que lejos de curarnos, hace que empeoremos. Pero ¿cuál es el elemento que tanto irrita Nietzsche de la verdad? ¿Por qué su recelo hacia la certeza? Se trata en un principio de que la verdad atenta contra la vida porque la reduce a su mínima expresión. ¿Cómo la reduce? A través del discurso, con el arma del lenguaje.

Para Nietzsche el lenguaje no es otra cosa que la interpretación literaria de la realidad. Vemos ese árbol y lo nombramos para esclavizarlo a través de la enunciación. Nos sentimos seguros, respaldados por el lenguaje. Sin embargo esa seguridad sólo lo logramos a través de la fe, entendiendo la fe como la certeza en algo que no vemos. Esto se debe a que siempre, en todos los sujetos u objetos que observamos hay algo que no podemos conocer, se trata sobre todo de una limitación de corte físico-sensorial que nos impide ver las cosas desde distintos ángulos a la vez. Solo vemos una cara del mundo, una perspectiva.
 

Esta condición limitada de nuestra visión, esta perspectiva unidireccional, hace que obremos como feligreses de la verdad; la seguimos, confiamos en lo que nos dice, aunque nunca podamos conocerla. Divinizamos entonces al lenguaje y creemos apoderarnos de las cosas. Sin embargo para Nietzsche ocurre todo lo contrario. El filósofo alemán  ve en la verdad una forma de esclavitud del hombre, porque considera que se edifica desde criterios extra estéticos y obra más como una construcción moral más que como una construcción sensible;  es lo que él llama “impulso moral relativo a la verdad”.  La verdad no es otra cosa que saber mentir  “ser veraz, esto significa usar las metáforas usuales, por tanto moralmente expresado: el compromiso de mentir de acuerdo a una firme convención, de mentir al modo de rebaño, es un estilo obligatorio para todos[2]”.

Cuando Nietzsche usa el término rebaño se refiere a la sociedad. Para el pensador alemán  hay una forma encubierta mediante la cual todas las sociedades mantienen su equilibrio y su autoridad. Esta armonía se logra obligando al individuo a tener una perspectiva comunitaria para que desestime sus apreciaciones individuales. La verdad entonces saca a relucir su carácter represivo, la fe en lo que no vemos se convierte en ordenanza, en un criterio legislativo que reprime cualquier intento de diferenciación, y  es de esta forma que el lenguaje se convierte en nuestro mayor peligro.

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En este punto, luego de la arremetida que hace Nietzsche contra la verdad, es inevitable que surja una aspiración por evadirnos de la dictadura del lenguaje. Pero ¿Existe realmente la posibilidad de escape? A nuestro pesar Nietzsche no propone nada contundente, y aunque no hay un respiro para nuestro desasosiego, esto nos deja un buena impresión del filósofo alemán, que fiel a su concepción literaria de la filosofía sólo nos esboza los caminos a seguir a través de pequeñas reflexiones.    

Una posibilidad, o mejor dicho, una de las alusiones filosóficas que nos deja el filósofo alemán  nos habla del arte como vía de escape a la pesadez de la verdad. Si bien la filosofía desde los tiempos de Platón había considerado el arte cómo una entretención trivial, es a través de Nietzsche que adquiere un carácter conciliador con nuestra naturaleza. Es sólo en el arte, a través de su susurro nebuloso y embriagador, que podemos reinventarnos.  Esto se debe principalmente a que el arte cambia el orden del lenguaje y por consiguiente el orden de la experiencia. Es en el río inagotable de la metáfora artística que podemos evocar nuestra verdadera esencia y rozar aquella huella de la divinidad que se resiste a morir en cada uno de nosotros.  

 

[1]  NIETZSCHE Friedrich. Sobre verdad y mentira en el sentido extramoral. Ed Jorge Castillo, Bogotá 2006.

[2]  Ibíd., página 67

 

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