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¿José Asunción silva fue asesinado?

Felipe Cardona

Hasta en la muerte inmaculado. Todo indica que todavía está del lado de los vivos, que pronto despertará y saldrá a tomar el sol en la Alameda del Parque Centenario. Entonces será como otros días, las señoritas dejarán empezado el rosario para asomarse a ver al poeta que cruza, mientras los hombres lo estudian de reojo para robarle esos gestos que lo hacen parecer tan exquisito.

Pero ha llegado el día en que Bogotá se quedará esperando, porque lo que envuelve al poeta no es el sueño.  La noticia empieza como un grito en la boca de la Negra Venancia, que encuentra a su amo desvanecido en su cama con un hilo de sangre azorándole el pecho. Luego, el grito sale a la calle y se transforma en un relato aterrador que salta de oreja a oreja, para finalmente terminar su marcha convertido en una nota del periódico Telegrama del lunes 25 de mayo de 1896, donde se anuncia el trágico y prematuro final del más afamado de los escritores bogotanos: José Asunción Silva.

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De Msorel - Trabajo propio, Dominio público

La ciudad, en ese entonces, un pequeño villorrio de molinos y gallinas, se asombra con la muerte del joven escritor. Su trágico desenlace se convierte en la cantinela más tocada en cafés y Chicherías. Se habla de un Silva agobiado por las deudas y por el desamor, de un hombre desencantando de la vida que pregunta a su amigo médico Juan Manrique el sitio exacto del corazón para luego truncárselo de un balazo.

El infeliz muchacho, tranquilo en apariencia, al acabar con su vida les ha dejado fábula para rato. Pero la fábula que se propaga no lo reivindica, sino que empaña su memoria con una mentira infame y malintencionada. Lo cruel del asunto es que ninguno de los involucrados está para desmentirla. Se trata de un chisme que habla del poeta enamorado de su pequeña hermana Elvira, fallecida años antes. ¿Querían un motivo? Ahí lo tienen, José Asunción Silva el incestuoso, quiso volver a reunirse con su amada en el más allá.

Lo asombroso del caso es que la infame historia de Silva llega sin variaciones hasta nuestros oídos del presente, en los textos escolares se enseña como una anécdota de nuestra historia literaria, y si hoy cruzamos por la que fue la casa del poeta en el barrio La Candelaria, se nos reitera la leyenda de su fracaso económico y el supuesto idilio con su hermana.

Sin embargo, pese al atractivo truculento que genera la historia en una ciudad cada vez más presta a ser descubierta, para fortuna de Silva hay dos literatos incautos que en los últimos años se dieron a la tarea de reparar su memoria ultrajada, Ricardo Silva Romero y Enrique Santos Molano. La ostentosa teatralidad de la historia los arrojó inicialmente a un terreno de incertidumbre, había que poner en tela de juicio todo lo dicho y escrito, porque detrás de la franqueza, de la que es verdadera, se esconde la duda, no se llega por costumbre a un nuevo descubrimiento.

Dos simples interrogantes dieron pie a una investigación alucinante que concibe una teoría que nadie antes se había planteado. La primera incógnita cuestiona el por qué no se encontró una nota suicida en la alcoba de Silva, siendo que los escritores que han cometido suicido siempre dejan una epístola memorable que explique su determinación. El otro enigma es más simple, pero no por ello deja de tener un peso perturbador: ¿cómo fue posible que ninguna de las mujeres que vivían con Silva, su hermana, su madre o su ama de llaves, escucharan el disparo del arma?

El inagotable escritor Ricardo Silva Romero en su novela El libro de la envidia,  un relato abundante en puntos de giro inesperados, se adentra en los días posteriores a la muerte del poeta a través de la mirada del Loco Cacanegra, uno de los personajes más notorios de fines del siglo XIX inmortalizado en un retrato hecho por José María Espinosa, el abanderado el Libertador.     
 

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El loco Cacanegra inmortalizado por Espinosa


La historia muestra desde un inicio su carácter polémico. Transcurre el 31 de agosto, 3 meses después de la muerte del poeta, en una ciudad turbada por la superstición y la antipatía. El Loco intenta a toda costa revelarle a toda la ciudad las verdaderas circunstancias de la muerte de José Asunción Silva. Por obra del destino, él es el único testigo presencial del asesinato del poeta a manos de 4 hombres en las cercanías de su rancho en Fontibón. Lo irónico del asunto es que nadie, a excepción de una prostituta que es su protectora, le pone atención a su revelación. ¿Por qué poner algo tan revelador en la boca de un loco? A través de su novela Ricardo Silva pone en tela de juicio los preceptos de lo que consideramos sensatez. A veces no oímos a los locos porque nos muestran lo aterrador de nuestra condición humana, no obstante nos olvidamos que sólo en la locura somos capaces de referenciar eso que está más allá de lo evidente  y que siempre evitamos mirar. Preferimos la niebla, la historia a medias que no pueda desestabilizarnos.

Ricardo Silva advierte que escribió esta historia inspirado en lo que planteó inicialmente el historiador Enrique Santos Molano en su libro El corazón del poeta, publicado ya hace dos décadas. Un libro que no tuvo mucha resonancia y que no pasó de ser una delirante acotación que no fue bien recibida en los círculos intelectuales porque aseguraba que Silva había sido asesinado. El libro sostiene que el poeta fue ultimado porque sabía de un millonario desfalco que varios miembros de la élite bogotana habían hecho al gobierno después de falsificar billetes gracias a la imprenta de un reconocido editor de periódicos.

Pero si Silva fue asesinado, ¿cómo apareció en su cama al otro día? En la novela de Silva se reconstruye paso a paso como los asesinos entraron a su casa el cadáver del poeta en la madrugada y lo dejaron en una posición que hiciera pensar lo que ya sabemos. Tanto Ricardo Silva como Enrique Santos además se apoyan en otras evidencias que se alejan cada vez más de la tesis del suicidio del poeta. Según sus familiares y amigos, Silva no estaba pasando por una situación económica precaria, por el contrario, se mostraba dichoso porque su fábrica de baldosines resultaba próspera y días antes de su muerte había sido notificado por el gobierno de turno para ocupar un puesto diplomático en Centroamérica.  
      
Otras razones que develan la entrañable pasión que el poeta profesaba por la vida aparecen en los libros de estos dos investigadores que, a través de la literatura reviven un Silva desconocido para muchos. Un José Asunción Silva que lejos de abocar por la decadencia, reclamaba para sí la vitalidad en medio de una sociedad hostil. El camino entonces queda abierto para el lector que  quiera conocer la verdad a toda costa, incluso si eso implica aceptar que hemos sido manipulados. Una senda se abre para ser transitada ¿Por qué no tomarla ahora antes que sea demasiado tarde? Que no pase otro siglo para rescatar la memoria del más celebrado y envidiado de nuestros poetas.

*Fuente de la imagen principal: De AlejandrokH - www.banrepcultural.org coleccion-de-arte-banco-de-la-republica, CC BY-SA 4.0,

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