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Si solo quedara una hora de vida

Ismael Iriarte Ramírez

“Habría que apartar las ilusiones, los trampantojos, quitar lo superfluo, ir a lo esencial, directo, pero ¿dónde está lo esencial?
¿qué sé yo y quién lo sabe?”[1]

Al leer Si solo me quedara una hora de vida de Roger-Pol Droit es inevitable dejar de lado las insalvables diferencias ideológicas que separan muchos de los postulados del filósofo francés de mi humilde y anónima opinión, para participar en el juego con el que el autor se propone no perder de vista los asuntos más importantes de la vida. Superado el instintivo rechazo a la insólita situación doy paso a la tarea de encontrar la mejor manera de emplear los últimos 60 minutos de existencia, para lo que no parece haber una fórmula universal.
 
La buena noticia es que la muerte misma, muy presente en las preocupaciones de la cultura de occidente, dejaría de ser un aspecto que nos angustie, lo mismo sucedería con esa clase de miedo que llega incluso a paralizarnos frente a la acción y que con frecuencia está asociado a su inminente llegada. Las enfermedades, la precariedad, la vanidad, la envidia o la pobreza tampoco ocuparían -o deberían ocupar- entonces nuestra energía, lo que constituye un inicio alentador.
 
Sin embargo, esto no resuelve la cuestión principal ¿A qué dedicar esa última hora de vida? El mismo Droit al principio de su obra -que como dato más que anecdótico no cuenta con un solo punto (.) a lo largo de sus páginas- apela a la necesidad de vencer a la muerte o más bien a la transitoriedad de la existencia y para ello recurre a la escritura como estratagema para perdurar más allá del plazo mencionado. Pero ¿Vale la pena este último esfuerzo para librar la batalla contra el olvido o para hacer un balance de los conocimientos y las teorías filosóficas asimiladas?

Parecería que la reacción general se aparta de los asuntos trascendentales y se encamina más en la dirección que nos muestra la historia de On the beach, del escritor británico nacionalizado australiano Nevil Shute, editada en español como La hora final, probablemente un título más adecuado para esta novela apocalíptica que narra los últimos días de la humanidad, tras una guerra nuclear. La obra, llevada al cine en 1959, no deja mucho lugar a la esperanza, pero sí nos muestra una secuencia de reacciones más cercanas a nuestra condición humana.
 
A la instintiva necesidad de intentar prolongar la existencia, siguen periodos en los que se entrelazan la negación, la resignación y el miedo, para dar paso a una estoica actitud ante lo inevitable. De esta forma Gregory Peck, Ava Gardner, Fred Astaire y compañía deciden continuar su vida con normalidad, permitiéndose incluso segundas oportunidades para la amistad o el amor y aprovechando el último chance para un acto de redención antes de partir.

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"En un mundo que se ha convertido en desierto, tenemos sed de encontrar compañeros; el gusto del pan partido entre compañeros nos ha hecho aceptar los valores de la guerra. Pero no tenemos necesidad de la guerra para encontrar el calor de los hombres vecinos en una marcha hacia el mismo fin. La guerra nos engaña, el odio no agrega nada a la exaltación de la marcha."[2]

Otro ejemplo de cómo sacar lo mejor de la condición humana en las situaciones más apremiantes proviene de una historia real, relatada por su propio protagonista, se trata de Tierra de hombres, una de las obras maestras de Antoine de Saint-Exupéry, en la que el francés hace mucho más que narrar los días en los que tras accidentarse el avión que tripulaba en compañía de su amigo André Prévot, estuvo a punto de morir en el Desierto del Sahara. Aún convaleciente Saint-Exupéry nos regala una serie de reflexiones nostálgicas pero muy acertadas sobre la vida, la muerte, la amistad y la dignidad, recordándonos el valor de las cosas más sencillas que por desgracia para muchos de nosotros son imperceptibles hasta cuando es demasiado tarde.
 
¿Habré dormido mientras los otros sufrían? ¿Acaso duermo en este instante? Mañana, cuando crea despertar, ¿Qué diré acerca de este día? ¿Que he esperado a Godot, con Estragón, mi amigo, en este lugar, hasta que cayó la noche?[3]

Al margen del ejercicio propuesto Roger-Pol Droit sería una pena que solo fuéramos capaces de diferenciar lo verdaderamente importante de lo superfluo en situaciones tan extremas como las descritas anteriormente y esto incluso sería una muestra más de la estupidez y la mezquindad humana. Sin embargo, es innegable que con frecuencia perdemos de vista la importancia de la familia, el amor o la fe, para empeñarnos en acumular riqueza o conocimientos. Esta conducta hace que de forma inevitable terminemos por parecernos a Vladimir y Estragón, personajes de Esperando a Godot, comedia de Samuel Beckett, que día a día soportan la ignominia para esperar a Godot, del que nunca llega a saberse si es una persona, si existe, o si alguna vez acudirá a la cita.
 
Parece improbable encontrar una receta perfecta para emplear los últimos momentos de vida, pero queda claro que convendría tener presente lo efímero de nuestra existencia y una noción bastante precisa y actualizada de nuestras prioridades y ¿por qué no? de vez en cuando, permitirnos el lujo de vivir como si no hubiera mañana.

Referencias
“Si sólo me quedara una hora de vida.” ePubLibre, 2013-12-01. iBooks.
La hora final (1959) Director: Stanley Krammer
Saint-Exupéry, A. (2016). Tierra de hombres. España: Berenice.
Beckett, S. (1995). Esperando Godot. Tusquets Editores.

[1] Pasaje de: Roger-Pol Droit. “Si sólo me quedara una hora de vida.” ePubLibre, 2013-12-01. iBooks.
[2] Saint-Exupéry, A. (2016). Tierra de hombres. España: Berenice.
[3] Beckett, S. (1995). Esperando Godot. Tusquets Editores.

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