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La Kandake Amanirenas: la desconocida guerra entre Roma y Kush

Laura Díaz López

En la larguísima Historia de Roma, son muchos los que se enfrentaron al poder del creciente Imperio, pero pocos tan olvidados en la actualidad como el reino de Kush, quizás porque la propia Roma no quiso dejar demasiado constancia de su más que probable derrota contra aquel Estado del nordeste de África, ni presentar a la kandake Amanirenas como a la nueva, y en este caso, victoriosa reina Cleopatra.

Kush era una región situada a lo largo del Valle del río Nilo que comprendía el sur del actual  Egipto y se extendía por el norte de la actual Sudán, situada en concreto entre la segunda catarata y la confluencia del Nilo Azul y el Nilo Blanco. Se trataba, además, de una de las dos regiones en que se dividía la antigua Nubia, con Wawat (hasta la segunda catarata del Nilo) y la provincia egipcia de Ta Seti (“Tierra del Arco”) al norte. La gran riqueza en materias primas, sobre todo en oro, de Kush, despertó pronto el interés de Egipto por ese territorio, constatándose expediciones egipcias a la Baja  Nubia en una época tan temprana como la del faraón Narmer (hacia 3100 a.C) en el período arcaico. Sin embargo no será hasta el reinado de Senusert I (aprox. 1971-1928 a.C.), en el Reino Medio, que la conquista puede considerarse como concluida; de hecho será en el decimoctavo año de reinado de este último faraón cuando se mencione por vez primera el nombre de Kush. Se trató de momento de una conquista puramente militar pensada solamente para el control y aprovechamiento de recursos.

En el Segundo Período Intermedio de Egipto (aprox. 1750-1580 a.C.) los egipcios pierden el  control de la zona, pues, aprovechando la invasión del Delta del Nilo por parte del pueblo hicso, los nubios destruyen la totalidad de los fuertes egipcios establecidos en su región y liberan el territorio. Surgirá entonces en Kerma (al sur de la tercera catarata) una poderosa dinastía local, que convirtió a la ciudad en la primera capital del Reino kushita. Se han conservado incluso evidencias de acuerdos diplomáticos entre los hicsos del Delta y los kushitas contra el Alto Egipto, último reducto egipcio bajo control de la XVII Dinastía, tal como podemos leer, por ejemplo, en La Disputa entre Apopi y Sequenenra”, relato contenido en el papiro Sallier I.

Expulsados los hicsos del norte del Valle de Egipto la XVIII Dinastía reinició rápidamente la ocupación de Nubia. Ya bajo Amenhotep I (aprox. 1527-1506 a.C.), segundo faraón de la Dinastía, se creo el cargo de “virrey de Kush”, quién, con residencia oficial en Aniba, administraba la región y sólo respondía ante el faraón. Su sucesor, Tutmosis I (aprox. 1506-1494 a.C.) terminó de liquidar el Reino de Kush, ocupando ahora hasta la quinta catarata e iniciando, en toda Nubia, un período de fortísima aculturación egipcia que caracterizaría el resto de su historia: el pueblo kushita adoptó las costumbres egipcias, su religión, su arquitectura, su lengua, e incluso su administración.

No obstante, el finalizar la XIX Dinastía, y durante la XX Dinastía, la situación cambia: con Ramsés XI, un sacerdote llamado Herihor (aprox. 1090-1074 a.C.), se convierte en virrey de Nubia, y a la muerte del faraón se proclama rey. Se trataría del primero de una larga serie de movimientos separatistas que iniciaron, en el ocaso de la XX Dinastía, el denominado Tercer Período Intermedio, y supusieron el desmembramiento de Egipto en gran multitud de reinos independientes que dejaron a Nubia durante dos siglos por completo a su suerte.

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Finalmente, el rey Alara (aprox. 775-760 a.C.) unificaría toda Nubia Superior, desde Meroe hasta la tercera catarata del Nilo y establecería en Napata la capital religiosa de Kush, situada tras la cuarta catarata de Nilo. Esa primera etapa del reino kushita, conocida como etapa napatiense (aprox. 750-300 a.C.), tendría todavía una fuerte impronta cultural egipcia. Alara sería sucedido por Kastha (aprox. 760-747 a.C.) y Pianjy (aprox. 747-716 a.C.), quién conquistaría gran parte del Alto Egipto hasta establecer la nueva frontera del reino kushita más allá de Tebas. La ocupación, no obstante, no fue permanente, siendo su sucesor, Shabaka (aprox. 716-701 a.C.), quién afianzó el mando nubio en el Valle del Nilo, facilitado por el hecho de que en esta época, Egipto, en teoría bajo control total de la Dinastía XXII de origen libio, se hallaba en realidad dividido en pequeños reinos (con sede en las Leontópolis, Heracleópolis Magna, Hermópolis Magna, o Licópolis), que podían por tanto presentar poca oposición.

Durante casi un siglo (aprox. 747-664 a.C.), bajo el gobierno de la XXV Dinastía, Egipto fue controlado por su antigua provincia Nubia, hasta que en 660 a.C. obtuvo de nuevo la independencia con ayuda de los asirios. Fue Taharqa (aprox. 690-664 a.C.) quién debería enfrentarse a la invasión asiria para, tras una serie de victorias iniciales, verse obligado a replegarse a Napata. A su muerte, el rey asirio Assurbanipal, en el año 663 a.C., saquearía la ciudad de Tebas. Con el sucesor de Taharqa, Tanutamón (aprox. 664-656 a.C.), finalizó el dominio de Nubia sobre Egipto. La XXV Dinastía, sin embargo, siguió gobernando el sur del territorio algún tiempo más, así como la totalidad de Kush.

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Tras la retirada, Napata entró en lenta decadencia. Tanutamón fue el último de los soberanos locales en hacerse enterrar en la necrópolis de El-Kurru, en Napata. Sus sucesores serían sepultados en la localidad cercana de Nuri. Nubia se mantuvo integrada, pero por completo aislada de la escena internacional y, paulatinamente, se iría africanizando. Todo cuanto sabemos de ese período es que se produjeron pequeñas luchas contra los pueblos nómadas de los medja/meded y rehreh, tradicionales enemigos de Kush, y los blemios, un pueblo del sudeste. Se conoce también la sucesión y las fechas aproximadas de los reinados de los siguientes cuatro reyes (Atlanersa, Senkamanisken, Anlamani, y Aspelta), pero nada de los hechos acaecidos durante sus respectivos gobiernos.

En 591 a.C. durante el reinado de Aspelta, el faraón Psammético III invade Kush al frente de un ejército de mercenarios griegos, capturando Napata, con lo que la capital debe trasladarse al sur, cerca de la sexta catarata, a Meroe, fundada probablemente bajo Pianjy. La nueva ocupación egipcia sin embargo apenas dura, y, tras la retirada, Napata continuará como la capital religiosa y necrópolis real durante algún tiempo más.

De nuevo, de los reyes posteriores a Aspelta, durante los siglos V y VI a.C., se conoce muy poco: se conservan algunos monumentos y, a menudo, únicamente sus pirámides. Egipto finalmente será conquistado por el rey persa Cambises II y, más tarde, por el rey macedonio Alejandro Magno, pero ambos, sin embargo, fracasarán al intentar extender su control hacia Nubia. Desde finales del siglo V a.C., los nubios se fortalecen, aumenta la actividad constructora y se tiene mayor constancia de su desarrollo histórico, si bien el conocimiento de la escritura jeroglífica se va perdiendo.

Arkakamani (aprox. 280 a.C.) fue el primer rey de la nueva época meroítica. Bajo el nombre  Ergamenes, es uno de los pocos reyes kushitas que los autores clásicos-en este caso Diodoro Sículo- mencionan. Bajo su reinado Meroe, desde hacia tiempo capital de Kush en sustitución de Napata, se convirtió también en la necrópolis real; la cultura kushita abandonaría de forma definitiva los rasgos egipcios, finalizando su africanización, e incorporando ahora también elementos helenos, por clara influencia del vecino reino ptolemaico de Egipto, si bien conservaron los enterramientos reales bajo pirámides de pequeña altura como uno de los rasgos más distintivos de su cultura, y al dios Amani, nombre nubio del egipcio Amón, como dios principal aunque paulatinamente será desplazado por el dios Apedemak, deidad nubia vinculada a la nueva dinastía meroítica.

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De los reyes que sucedieron a Arkakamani se conoce muy poco, y de la mayoría únicamente se tiene constancia por sus pirámides. Hay algunos indicios de que Kush atacó el Egipto ptolemaico y capturó Baja Nubia, donde se conservan templos de los reyes kushitas Adikhalamani (constructor del templo de Debod, situado actualmente en Madrid), y Argamani. Shanakdakhete sería la primera reina nubia, o kandake, que gobernó Kush, y si bien bajo su reinado aparecen los primeros ejemplos de escritura meroítica, es Amanirenas la más destacada e importante kandake kushita aunque será su sucesora, Amanishakheto, la más conocida, gracias a su extraordinaria colección de joyas hallada en 1832 por el explorador italiano Guiseppe Ferlini (hoy en el Museo Egipcio de Berlín y en el Museo Egipcio de Munich), y al hecho de ser posiblemente ella la reina Candace -nombre que derivaría del título kandake- mencionada en la Biblia, con ocasión de la evangelización de Felipe (Hechos de los Apóstoles 8, 27)

Pero, ¿quién era Amanirenas?. Las inscripciones la otorgan los títulos de Qore y Kandake, lo que sugiere que actuó como reina y gobernadora de Kush, entre los años 40 y 10 a.C. De esta forma aparece de hecho representada en el pilono de entrada del Templo del León de Naqa, aferrando con la mano derecha el cabello de sus enemigos antes de decapitarlos con el arma de su mano izquierda; situada sobre una hilada de cautivos con los codos atados a la espalda; y bajo la protección del dios halcón Horus con el símbolo shen entre las garras; una representación que, en épocas anteriores, se reservaba en exclusiva para el faraón de Egipto. Así mismo, se acepta en general que Amanirenas es la reina Candace que Estrabón (XVII, 53-54) menciona en su breve relato sobre la guerra romana de Meroe (27-22 a.C.), describiéndola únicamente como “ciega de un ojo”, y considerándola “especie masculina de mujer” (Estrabón XVII, 54). Su nombre se asocia además con el de los reyes meroítas Teriteqas y Akinidad, posiblemente su esposo y su hijo.

Según Estrabón fueron los kushitas bajo el mando de Teriteqas-a quién el autor no menciona  en ningún momento de su relato, pero cuyo fin de reinado coincide con la fecha de comienzo de las hostilidades-, los que iniciaron la ofensiva aprovechando la ausencia del prefecto de Egipto, Aelius Gallus, en la campaña de Arabia del año 24 a.C. Sin embargo, atribuir el principio del conflicto a un enemigo y no al propio Estado romano es un recurso extendido en la historiografía romana pensado para descargar de toda responsabilidad a Roma en las guerras que llevara a cabo, ya que presentaba las mismas como campañas legítimas de defensa y no como ofensivas ilegítimas sin mediar ninguna provocación, que era, en verdad, lo más frecuente.

De hecho Estrabón no encontrará más razón para justificar este ataque kushita a la provincia de Egipto que afirmar que los meroítas “estaban envalentonados por el hecho de que una parte de la fuerza romana de Egipto había viajado lejos con Aelius Gallus” (Estrabón XVII, 54); la causa es tan extraña e inverosímil que el propio Petronio, sucesor de Gallus, “envió embajadores (a los kushitas) (…) a preguntar las razones por las que había comenzado la guerra” (Estrabón XVII, 54), no dando el autor la respuesta que ofrecieron los kushitas. El hecho de que Estrabón mencionara, además, que “(los kushitas) estaban mal armados, pues tenían grandes escudos alargados hechos de piel de buey cruda, y como armas algunos sólo tenían hachas, otros picas, espadas y demás” (Estrabón XVII, 54) nos hace pensar que, en lugar de estar bien pertrechados y preparados para la guerra -lo que sería de esperar de haber sido ellos los que iniciaron el conflicto-, sus soldados se vieron obligados a recurrir a lo que llamaríamos “armas de oportunidad”, o, lo que es lo mismo, se sirvieron de cualquier cosa que encontraron a mano que pudiera servir como arma, lo que correspondería más bien a un ataque sorpresa por parte de los romanos cuando los kushitas no estaban listos para defenderse del mismo.

En definitiva no debe ni puede descartarse que apenas seis años después de haber convertido Egipto en provincia romana, el Imperio, en plena expansión, no hubiera puesto también sus ojos en la rica Kush y deba atribuírsele a Roma y no a Meroe-que vivía, como hemos visto, replegada sobre si misma, hasta el punto de que, según afirma el propio Estrabón (XVII, 54) “no sabían quién era el César y dónde debían ir a buscarlo”-las primeras hostilidades, que Estrabón sin embargo no registra. Para el autor, en cambio, el inicio de la guerra se debió a los ataques kushitas contra Syene, actual Asuán, y las islas de Elefantina y Philae, situadas en la frontera tradicional entre Egipto y Kush.

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La conquista de estos tres enclaves, no obstante, se debieron no a Teriteqas, sino a su esposa e hijo, Amanirenas y Akinidad, puesto que el rey kushita, al parecer, murió poco después de iniciada la guerra, tras haber organizado las primeras líneas de defensa. Madre e hijo volverían a Meroe, con numerosos prisioneros y un enorme botín incluyendo varias estatuas del emperador Augusto, una de las cuales, realizada en bronce, sería enterrada por la reina bajo la entrada de su enemigo, de forma que ella y todos los que iban y venían pudieran pisar la cabeza de su enemigo, tal y como revelaron las excavaciones del siglo pasado. La victoria, no obstante, no duraría mucho, siendo expulsados los kushitas de Syene un año más tarde por Publio Petronio, el sucesor de Aelius Gallus en la prefectura de Egipto.

Petronio, establecido con menos de diez mil infantes y ochocientos de caballería contra treinta mil hombres, primero los obligó (a los kushitas) a huir de nuevo a Pselchis, una ciudad etíope, y envió embajadores a exigir lo que habían tomado, como también a preguntar las razones por las que habían comenzado la guerra (…) y cuando (los kushitas) habían solicitado tres días de deliberación, (Petronio) no hizo nada de lo que prometiera e hizo un ataque y los obligó a entrar en batalla (…) algunos fueron expulsados de la ciudad, otros huyeron al desierto, y otros encontraron refugio en una isla vecina, habiendo vadeado el canal. Entre estos fugitivos estaban los generales de la reina Candace (Amanirenas), que era el jefe de los etíopes en su tiempo (…) él (Petronio) también atacó Pselchis y la tomó (…) De Pselchis fue a Premnis, una ciudad fortificada (…) y después de haber realizado un ataque, tomó la fortaleza en el primer intento. Después de esto, se dirigió a Napata. Esta era la residencia real de Candace; y su hijo estaba allí. Pero aunque ella envió embajadores para trabar amistad, y se ofreció a dar vuelta a los cautivos y las estatuas traídas de Syene, Petronio atacó y capturó Napata también, de la que su hijo había huido; Petronio podría haber esclavizado a sus habitantes, se volvió otra vez con el botín, habiendo decidido que las regiones más adelante serían difíciles de atravesar. Pero fortificó Premnis, tiró una guarnición y alimentos para cuatrocientos hombres durante dos años, y se dirigió a Alejandría (Estrabón XVII, 54)

Así pues, según Estrabón, las tropas romanas, tras recuperar la actual Asuán, obligaron a los kushitas a retroceder hasta Pselchis (actual El-Dakka), y, una vez allí, a pesar de haberles concedido tres días para deliberar las exigencias de Petronio, los engañaron, atacándolos por sorpresa y, como consecuencia, derrotándolos y obligándolos a huir. Destacar que Akinidad, según el relato del autor, no se hallaba en el frente de batalla, sino protegido y a salvo en la retaguardia, en Napata, por lo que el mando de las tropas correspondió en exclusiva a su madre, Amanirenas, situación de explicación difícil dado que desconocemos las leyes de sucesión kushitas: podía deberse a la posible minoría de edad de Akinidad; a que madre e hijo compartieran el poder en régimen de corregencia -en situación similar a la ocurrida casi milenio y medio antes, en el vecino Egipto, con Hatshepsut, y su hijastro y sobrino Tutmosis III-; a que Teriteqas hubiera legado el poder a su esposa en vez a su hijo; o bien, a que la verdadera gobernante de Kush fuera Amanirenas habiendo detentado antes el poder Teriteqas únicamente en calidad de consorte de la misma y Akinidad, tras él, como sucesor de ésta.

Los romanos, según Estrabón, no tardaron en retirarse del nuevo al norte, dejando solamente atrás una guarnición en Qars Ibrim (Premnis), que se convertiría, durante menos de un lustro, en la frontera más meridional del Imperio romano. Sin embargo, aunque los romanos hubieran “decidido que las regiones más adelante eran difíciles de atravesar”, resulta extraño que decidieran replegarse al norte en vez de permanecer en Napata, devolviendo a Amanirenas un enclave tan simbólico para su dinastía y su pueblo, o continuar un poco más hacia el sur hasta conquistar Meroe, la capital. Eso nos hace pensar que Estrabón -ya sea por desconocimiento o intencionadamente- nos está ocultando otra vez la verdad de los hechos, y que quizás la verdadera causa del repliegue del ejército romano a un lugar fortificado como el campamento de Premnis se debió a alguna contraofensiva kushita.

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Tras la muerte de Akinidad en El-Dakka hacia 24 a.C., que dejaría a su madre Amanirenas al frente del gobierno kushita en solitario durante los siguientes catorce años, se iniciaron las primeras negociaciones de paz. De nuevo la iniciativa partiría de los meroítas, según Estrabón (XVII, 54), los cuales enviaron embajadores a Augusto, entonces residente en la isla de Samos. El tratado, firmado entre los años 21 y 20 a.C., estableció no sólo que los kushitas quedaban exentos de pagar cualquier tributo a Roma, si no también que los romanos devolverían todo el territorio kushita hasta entonces conquistado, incluida la fortaleza de Premnis; los romanos ocuparían nuevamente el Dodekashoinos como zona fronteriza militar, por lo que la frontera entre la provincia romana de Egipto y el reino de Kush se situaba de nuevo cerca de Hiere Sycaminos (Maharraqa), igual que en el año 31 a.C., con la conquista del reino ptolemaico.

Sorprende un tratado tan favorable para Kush, y tan perjudicial para los intereses de Roma, a pesar de que, según Estrabón, la ventaja militar se decantaba a favor de éstos últimos; ello nos lleva a pensar nuevamente que el escritor nos está ocultando la verdad de los hechos y que los kushitas de alguna forma habían logrado neutralizar a las tropas romanas o decantar la balanza de la guerra a su favor. El tratado, que debemos atribuir únicamente a Amanirenas, continuó vigente hasta finales del s.III-momento en que el reino de Kush desaparece-siendo hasta entonces las relaciones entre Meroe y el Egipto romano completamente pacíficas.

Bibliografía:

Aldred, C. (1980): El Egipto del crepúsculo: de Tanis a Meroe (1070 a.C.-siglo IV d.C.). Madrid: Aguilar

Dove, N. (1998): African Womanism: An Afrocentric Theory. Journal of Black Studies, Vol.28, Nº 5, 515-539

Edwards, D.N. (2004): The Nubian past: an archaelogy of the Sudan. London: Routledge

Stol, M. (2016): Women in the Ancient Near East. Boston: De Gruyter

Welsby, D.A. (1996): The Kingdom of Kush: the Napatan and Meroitic empires. London: Published for the Trustees of  the British Museum

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