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La marca de Serrano: una entrevista

Andrés Felipe Escovar

Enrique Serrano ha escrito cuatro novelas, dos volúmenes de relatos y un libro ensayístico. En su trabajo narrativo, que inició con el volumen de cuentos. La marca de España (en donde aparece “El día de la partida”, relato con el que obtuvo el premio Juan Rulfo, organizado por Radio Francia Internacional en 1996), aparecen personajes cuya gloria se acrecienta en sus caídas.  

Esta particularidad se enriquece con la presencia fantasmal de los nombres en torno a los que se erigen las historias: todos ellos son bosquejados por otros sujetos quienes, a su vez, escriben. Dentro de esta estructura, Enrique Serrano intenta dotar de voz propia a cada uno de esos “escribientes” que palpitan en los volúmenes que constituyen su obra.

En su trayecto narrativo se advierte un proyecto, delineado en su primer libro de relatos, cuya desembocadura, aún desconocida, se sospecha como un cruce de géneros; en varias de sus novelas y algunos cuentos emergen formas que lindan con el ensayo y, en sus trabajos ensayísticos, la oralidad empuja la sintaxis hacia caminos que no se circunscriben a los trayectos preconcebidos por el canon institucionalizado para la escritura académica.

El encuentro con Serrano se dio en su lugar de trabajo, en la Universidad del Rosario, poco antes de que los estudiantes ingresaran a cursar el segundo semestre de 2017. Aún persistía la calma tensa que precede a una inmensa ola, cuando se calculan los próximos menesteres desde la tranquilidad de quien sabe que todo se hunde en la finitud y el olvido.

La ruta de lo escrito

Atisbos del origen

Soy hijo de dos personas que estudiaron en escuelas normales. Eran personas de origen rural; mi papá era hijo de campesinos pero, como fue el numero doce, mi abuela lo destinó a ser maestro, lo mandaron a Pamplona a una de esas normales que los alemanes crearon en Colombia en los treinta; mi mamá, a los catorce años, fue enviada a la normal de Manizales. Eso forjó una cultura relativamente escritural y urbana en contraste con el origen provinciano que ellos tenían; yo entendí, muchos años después, esa dinámica de una cierta racionalidad en el orden de la explicación del mundo, convertida en el lenguaje.

La educación y la escritura del padre

Soy el mayor de los seis hijos que tuvieron mis padres. He teorizado respecto a nuestra formación y es como si hubiese sido protestante en un país católico; fue una educación de la racionalidad retórica. En el colegio del Rosario, donde estudié mi infancia, escribí. Era una cosa normal pues veía que mi papá se levantaba a las cuatro de la mañana a escribir sus libros; presencié esa parafernalia y esa sublime tarea que suponía sacarle al alma trozos y expresiones. Él no escribía necesariamente piezas poéticas, le encantaba una suerte de prosa dulce que semeja la de las cartas o el tono epistolar.

El pasado remoto de un escritor

Si no fuera por las cartas yo no existiría; mis padres se conocieron por ellas. Mi mamá, después de graduarse, trabajó en escuelas normales en ciudades como Popayán o Tunja; era una nómada de su tiempo. En su labor se hizo amiga de una bumanguesa que le dijo:

-En los campos de Cristalina, en Casave, hay un enfermero en los campos de petróleo que se aburre mucho, escribe y lee libros, ¿le gustaría escribirle cartas a ese señor?
Así empezaron a escribirse. Luego no es en vano que lo escrito marcara el destino desde el puro comienzo. En general, mi vida ha sido una vida de hablar, de escribir y leer. Recibí la convicción profunda de mi papá de que uno no es escritor sino no se vuelve lector; ese mundo autodidacta completa la formación académica.

En el mar

Cuando me gradué, en el año setenta y siete, se decía que si uno era bueno en matemáticas debía estudiar ingeniería. Yo obedecí ese precepto y fue desagradable porque eso no tenía nada que ver con mi convicción espiritual así que me fui al tercer semestre y trabajé con unos primos en depósitos farmacéuticos en Valledupar durante seis meses. Por aquellos días un tenía un amigo que era jefe de buques en la flota mercante; él me recomendó para ser marinero raso y, a partir de comienzos del 1981 hasta 1983, fui marinero de la flota. Era una empresa a la vieja usanza, con barcos relativamente viejos, de los años cincuenta; tuve una inserción en un mundo relativamente romántico y de otro tiempo. En mi camarote escribía cartas, ficciones y una cosa que después llamé latigazos, que eran una especie de aforismos; leí a Cioran por primera vez y a Nietszche, primero en español y luego, con mucho esfuerzo, en francés, en inglés. Mi intención multilingüe fue un verdadero vector en mi vida y esos años me marcaron profundamente.

Regreso a la universidad

Ya llevaba algunos años en la flota cuando se me venció el ICFES, que entonces duraba cinco años. Una novia que tuve en ese momento me dijo que presentara de nuevo el examen para así entrar a estudiar lo que me gustara. Yo tenía 23 años y me fue muy bien en la prueba; me metí en la Universidad Javeriana a estudiar comunicación social y, en segundo semestre, por instigación de una profesora, me inscribí en filosofía y estudié las dos carreras. En esos días sentí que podía ser la forja de un escritor; escribía en las clases cuentos, semblanzas de personajes… me acuerdo que, en economía, escribí un relato sobre los tres últimos días de la agonía de Alejandro en Babilonia.

Escribir

Uno está sometido a una especie de rapto mientras se busca un destino para uno mismo. En Colombia había dos ideas sobre la escritura: la que más me influyó cuando era niño es que es una especie de don o regalo que se reconoce en uno mismo; la otra es que el escritor se forma lentamente, leyendo a otros, perteneciendo a círculos y trabajando la técnica con rigor y asiduidad. Estos son los dos modelos de nuestro idioma.

Hacerse padre y profesor

En 1985 tenía otra novia; vivimos en una especie de desmesura que nos llevó a casarnos y a tener una hija, que hoy día vive en Italia. Esto me condujo por el implacable camino de ser profesor; mi hija nació en el ochenta y seis y empecé a ser profesor en el ochenta y ocho pues terminé mi carrera el año anterior. Ser profesor ha sido fundamental en mi historia como escritor porque un profesor es, de un lado, un actor que está en un perpetuo ejercicio histriónico que debe llenarse de contenido; sus preocupaciones y lecturas tienen que ser reensambladas y reenvasadas para ser un verdadero profesor, por eso he armonizado el oficio de escribir con el arte de ser un maestro con discípulos, con tendencias, con la perspectiva de hablar y opinar libremente sobre lo que uno ve en el mundo, fundamentalmente con una aspiración universalista no especializada. Ya el año entrante se cumplirán treinta años del comienzo.

Aparición pública de la escritura

La idea de escribir profesionalmente surgió cuando, de manera providencial, gané el Rulfo en el noventa y seis. Yo pensaba que uno escribía para uno mismo y que de pronto podía publicar alguna cosa pero no lo asumí como una profesión. Mi papá me había enseñado que escribir era una suerte de pequeño goce o lujo para que seres cercanos disfrutasen de lo que uno escribía; aquí la cuestión de la ficción histórica, de personajes, de motivos, no era más que un juego o un divertimento que la profesión de profesor me permitía. Con esas cosas en mente empecé mi actividad como escritor en los años noventa, en donde Colombia era distinta, era más autodidacta, menos especializada, más universalista; lo digo porque García Márquez, Mutis o López Michelsen valoraron la manera como me acercaba a la historia en La marca de España o Tamerlan, lo veían como una forma loable de literalizar la historia, no como una historia novelada.

Expresionismo e historia

Yo hago cuento histórico y un ejercicio de naturaleza expresionista. Tomo a los personajes y los describo a partir de sus rasgos más destacados o más dramáticos; es una suerte de expresionismo porque no tengo la experiencia o la paciencia de hacer una rígida biografía en el viejo sentido del término, como lo hicieron Zweig o Ludwig. Abordo al personaje y hago un despliegue narrativo de sus motivos en el mundo, de las fuerzas que lo han constituido.

El camino hacia La marca de España

Había escrito ocho relatos en 1992 para un concurso distrital; en ese tiempo el libro ya se llamaba La marca de España. Cuatro años después, cuando decidí participar en el concurso Juan Rulfo de Radio Francia, escogí El día de la partida. No tenía mucha ilusión pero consideraba que era un gran paso lanzarme a lo internacional y, afortunadamente, gané. Después, Juan Manuel Roca y Marisol Cano me reconocieron en el magazín cultural de El Espectador; eso me dio una centralidad que nunca había tenido y tuve una visibilidad tremenda, incluso en España, donde el volumen lo publicó Destino. Este 2017 se cumplen veinte años de la primera edición de La marca de España; en aquella época era un volumen de doce cuentos y ahora cuenta con diecisiete. Cuando gané el premio en Francia, Gabriel Iriarte, por aquel entonces miembro de editorial Planeta, me preguntó la cantidad de cuentos que tenía y yo le dije que ocho; él me aseguró que eran muy pocos e hice cuatro más. Se vendieron, por lo menos, unos dos mil ejemplares de modo que Iriarte me dijo que hiciéramos otro libro de relatos y, cuando creciera, diera el salto hacia la novela.

Implicaciones políticas y entresijos editoriales

Entre 2008 y 2012 fui considerado en el canon, era un tiempo en el que todavía la literatura no estaba tan cargada de implicaciones políticas en el sentido que los escritores no formaban un gremio políticamente activado. Esto comenzó con el final del gobierno Uribe y el comienzo del de Santos; apareció el antiuribismo y el asunto de la paz en la línea de Ospina, Abad, Vásquez, Gamboa y, como yo no estaba en eso, jamás he sido publicado por Alfaguara porque se convirtió en la editorial de los escritores progresistas de la vanguardia de izquierda. En cambio, Planeta es de los que sobran, es tan poderosa como Alfaguara pero no es reunida en tono gremial.

De parte de Dios

Este libro de cuentos resultó interesante en ciertos contextos porque era una apuesta de temática con personajes místicos; mostraba una erudición relativamente internacional más allá de lo puramente cristiano. El tono no era de defensa de alguna religión sino de la mística en sí misma. Este libro fue en una buena dirección; Gabriel (Iriarte) decía que tener un primer libro bueno estaba muy bien pero que la clave era tener un buen segundo trabajo y así se emparenta una marca y un estilo; en ese sentido, logré discretamente lo que estaban buscando y me dijeron que hiciera una novela y busqué la forma de crearla.

El origen de Tamerlán

Estaba en Francia estudiando un DEA en ciencia política y, en la biblioteca de la universidad de Grenoble, me encontré una biografía de Tamerlán que empecé a leer porque el personaje me había sonado un poco; arrancaba con una anécdota en donde Tamerlán tenía un visir muy sabio llamado Mohamed Koagin con el que jugaba ajedrez mientras ideaba alternativas de estrategia militar para alcanzar sus victorias. Un día llegaron a una fortaleza particularmente difícil de tomar y además poco apetecible pero era un desafío estratégico; Koagin, en un alarde de sabiduría y sensatez, le recomendó que no la tomara y a Timur Leng le dio tanta rabia que lo degradó y lo hizo pinche de cocina; los ocho años siguientes, Koagin se convirtió en un sujeto sucio que iba con los trastos, estos tiempos coincidieron con los últimos años de vida de Tamerlán. A partir de esto, ideé que, en el momento en que Timur recibe la certeza de morir en seis meses, llama a Koagin y le dice que como ha conocido el esplendor y la desgracia de su imperio, haga una historia dedicada a su nieto, quien después sería el famoso astrónomo Ulugh Beg. Este fue el detonador para hacer una novela epistolar en donde Koagin le dirigía cartas al nieto del gran emperador. De modo que el libro tuvo la estructura de cuatro estaciones con proemios, exordios y notas en las que aparece el conocimiento propio de la astronomía y astrología que tenía Koagin. Estudié las predicciones del libro Safarname y todas eran creíbles, luego elaboré los exordios, que eran los consejos morales de los viejos a los jóvenes y, finalmente, narré la historia del abuelo de quien iba dirigidas las cartas.

Los efectos de Tamerlán

En España tuvo buena acogida pues estaba en auge la novela histórica y fueron novedosos la estructura y el tono que escogí. Muchos pensaron que era español y así promocionaron en varios lugares el libro. Incluso, una serie de tipos juiciosos leyeron Safarname y plantearon que yo había leído muy bien ese volumen porque había conexiones estilísticas pero yo no leo persa ni nada de eso. Creo que logré el verosímil en la lógica literaria.

En Colombia, el éxito era más diferido aunque a Tamerlán le ha ido bien y ello propició que me llevaran a diferentes lugares y ferias como un escritor colombiano.

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Donde no te conozcan

La idea de este libro es vieja; desde los años ochenta, en virtud de mis investigaciones, busqué la reconstrucción de una hispanidad a partir del conocimiento de la historia de España y de su relación con la historia americana. Para mí la España mora, la que durante siglos que marcó la pauta de florecimiento de la España del sur, estaba fuertemente mezclada con el mundo semítico mientras que la España del norte estaba conectada con el mundo germánico. Incluso la romanidad se quebró en dos: en realidad, la romanidad más cercana a la propia Roma era la del sur, la bética, la de córdoba, la de Adriano, Trajano y los emperadores tardíos españoles; este fue el escenario que los árabes mejor asimilaron a su mundo y tuvo un esplendor y una decadencia lenta pero gloriosa como la de Al Andaluz. Pensé que este final se conecta con la expulsión, el descubrimiento, la conquista y, sobretodo, con la colonia, entonces me planteé hacer una indagación en España sobre cómo unos individuos que se llamaban Menahem ben Israel o Ib Nai Alag Mar pudieron llamarse Nuno Rodríguez o Pedro Martínez. La suerte me conectó con un señor excelente llamado Julio Baldeón, de la Universidad de Valladolid, que me dijo que lo que yo perseguía, además de correcto, explicaba ese trozo de la historia de América de cómo floreció una hispanidad de cuatrocientos millones de personas a partir de un pequeño enclave que comprendió a Extremadura y Andalucía porque la población de Castilla, Aragón, Asturias se marchó al sur a repoblar España. Así fue como gran parte de la España del sur se marchó a América y muchos de ellos se convirtieron al catolicismo, ya fuera de manera forzada, inducida o sincera, de modo que se hicieron indianos. A estas alturas de mi investigación apareció la idea de Quevedo, la cual es el epígrafe de la novela. La perspectiva de que una nación entera fingiera ser otra cosa me parecía extraordinaria y así nació este libro que trató a dos familias judías, una de Mallorca y otra de Lucena, un pueblo del sur de Andalucía que fue importante por su judería. Me había dedicado a indagar en archivos en Simancas y me encontré con uno que corroboraba mi idea del cambio de nombre pues decía: “Yo, Menahem ben Israel dejo de llamarme así para convertirme en Nuno Fernández”; antes del siglo XV no se tenía apellido, aunque los judíos usaban patronímicos pero esa lógica no la tenían ni los castellanos o asturianos. A este trabajo se sumó el dato de que 1391 es el primer año clave de persecución sistemática de los judíos en España; a partir de ese año las cosas tomaron un tono creciente de rechazo y persecución; el rechazo siempre había existido pero no tocaba las células fundamentales de la sociedad. Curiosamente, era más fuerte el antisemitismo en Inglaterra en 1215 o en Francia, que ya no se los toleraba a los judíos en 1250; en otras palabras, España tuvo 150 o 200 años de retraso en antisemitismo. Esta matanza tuvo muchas implicaciones que empecé a indagar por medio de notas: así se fue haciendo la novela; descubrí, además, documentos de los reyes católicos, los famosos portulanos de Mallorca, los chuetas, en fin, hallé una cantidad de cosas apasionantes.

El desconocido lugar donde conocen

Yo pensé que esta novela iba ser del interés de España pues se podía ver las cosas que pasaron después de 1492. Pero allá están signados por la leyenda negra y el negacionismo. Este libro empezó a no caer en terreno abonado. Además, en Colombia, pareció una pretensión literaria no importante; saber de esos temas al pueblo colombiano no lo trasnocha en lo absoluto…América está obsesionada con la modernidad y posmodernidad que no son compatibles con esto. Entonces este libro, del cual me siento muy orgulloso y me ha deparado muchas alegrías, sobretodo, cuando lo escribí, me condujo a una vertiente nueva. Si bien fue publicado, no vendió lo necesario y, en ese entonces, Gabriel Iriarte se fue de Planeta, la editorial pasó por un periodo de crisis, Norma, a donde iba a ir, abandonó este campo y todo quedó en un limbo.

El hombre de diamante

El cuento más largo que había escrito en los borradores de De parte de Dios era sobre Orígenes de Alejandría pero decidimos no incluirlo. Lo que hice después fue desarrollarlo en forma de novela, valiéndome de la historia de Antonino el griego, que fue esclavo del místico cristiano; con ello hacía explícita mi intuición de que la relación entre los esclavos y sus amos era muy filial y muy cercana y no la idea que hoy se tiene de la misma: si al amo le iba mal, al esclavo también. La relación entre estos dos hombres me permitió trazar un paralelismo entre el cristiano ferviente y un escéptico. Antonino era, además, un gentil y, sin embargo, amaba a un cristiano. A esto se sumaba una tercera arista del paralelismo: hay un sujeto sobrio que quiere una vida tranquila, la cual contrasta con la de un hombre de acción que quiere que su existencia sea una gran peregrinación ética. El título del libro responde a que así se le decía a Orígenes porque él era indiferente al frío, el desierto o la ciudad; la razón de ser de la historia es que, al morir el místico, Antonino, ya manumitido, escribe, en un acostumbrado gesto de gratitud, una anécdota que es una especie de biografía de su amo y así abordo el contrapunto entre un escéptico y un teólogo. Cuando el volumen salió, hubo indiferencia; la gente se cuestionaba sobre lo que tenía que ver esa historia con Colombia; escribir sobre esos asuntos no es muy bien recibido porque las personas están predispuestas a que los temas de los escritores deben versar sobre el momento que vivimos… este libro fue el primero que me dio la sensación que yo estaba fuera del espectro de los escritores, que me constituía como alguien raro.

Lecturas críticas de la segunda década del siglo XXI

Por aquel entonces salió Lejos de Roma de Pablo Montoya; esa novela era una especie de llamado, a la manera de Pablo, por supuesto, parecido a lo que yo estaba haciendo. Curiosamente, el mismo Pablo escribió, en 2011, un ensayo sobre varios autores y, al final, escribió sobre mí; decía que yo era una especie de nostálgico del clasicismo, pero no como Borges, que se burla de alguna manera, sino como un alumno obnubilado por la antigüedad, como una especie de nostálgico irreflexivo de un mundo que ya no puede existir, que ya no conmueve a nadie. Él postula que estoy fuera de la época y que soy un escritor que pertenece a otras generaciones, que llama un mundo que no existe; dice que la prosa es buena y es legible pero que el contenido es muy propio de otros tiempos, muy arcaizante. Me llamó la atención ese escrito porque lo curioso es que yo tengo mi público y hay gente que cree que escribo razonablemente parecido a los demás, aunque los temas sean eruditos. También están quienes se adscriben a lo que dice Montoya y afirman que escribo como si fuera de la generación anterior a la de Borges, es decir, finisecular del siglo XIX. Esa buena primera impresión de Mutis, García Márquez, López Milchelsen e, incluso, de Darío Jaramillo Agudelo, murió y ahora quedo en mano de críticos como los de la revista Arcadia. No me importa mucho pero no sé, en este 2017 a qué mundo pertenezco y en qué medida me he quedado fuera; Luz Mery Giraldo hablaba muy bien de mí cuando empecé pero, de pronto, no solo quedé fuera sino que no valió la pena hablar más de mí porque me convertí en un tipo que se quedó en cosas que prometían grandes asuntos que no cuajaron.

Fin de ciclo

Creo que entre los años 2010 y 2014 cambió el paradigma literario en Colombia; la adscripción a las vanguardias se hizo más fuerte, vanguardias a lo español o de Estados Unidos, aunque acá lo que hay una especie de emulación política de las vanguardias pero no estética. Yo me quedé fuera y mi idea fue reinsertarme. Los de Planeta me dijeron que hiciera una novela histórica y entonces hice La diosa mortal como homenaje a Robert Graves. Hice esto usando la estrategia del testimonio: tomé el caso de Livia Drusila, un personaje tan extraordinario que la historia le ha reconocido un lugar propio, fue un ser humano anticipado a su tiempo, de una gran valía; había leído biografía muy buena de Anthony Barret sobre ella y luego hallé más trabajos que me permitieron relacionar personajes y se me ocurrió hacer testimonios favorables o desfavorables para que el flamen (funcionario religioso del imperio y república romanos) decidiera sobre el carácter divino de ella. Esta novela cerró ese ciclo en el que podía volver a ser una suerte de escritor plausible, por lo menos con su público, con sus dos mil o tres mil seguidores; yo le decía en chiste al director de planeta: “publíqueme porque tengo unos doce mil alumnos y por lo menos dos mil me compran el libro, entonces no se preocupe.

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El ensayo irrumpe en una novela

Fui a Alemania en 2013 y me interesé en escribir una novela sobre Brecht y Marlene Dietrich pues compartían algunas circunstancias: ambos vivieron en Berlín entre 1921 y 1933, eran jóvenes en ese entonces (los dos nacieron en 1900) y tenían un hermano o hermana; Marlene era la mayor y Brecht el menor. Pensé en hacer una novela desde la perspectiva de esos hermanos segundones (Lizell Dietrich y Walter de Brecht) que fueron seres grises, arropados por la sombra de esos personajes… esa novela no la he podido terminar; no le he encontrado todavía el quiebre y el tono o la clave aunque uno sabe que es de esos textos, que si se tiene tiempo, se concretarán. Estando en este asunto sentí el influjo de un ensayo sobre Colombia.

Negada y sigilosa Colombia

Mis viejas investigaciones sobre la cuestión morisca y la expulsión de judíos y árabes me condujeron a teorizar sobre el origen de la nación colombiana, entonces incursioné en el territorio del ensayo con Por qué fracasa Colombia cuyo título original era La nación negada, emulando La nación soñada, un libro de Posada Carbó que apareció en 2004. Este libro ha tenido mucha acogida; es un ensayo ligero pero pega en la medula de un asunto que no es tratado: el origen de una nación y los años de secreta paz y discreta condición de los colombianos. Este asunto me ha dado para escribir otro libro ensayístico que, hasta ahora, se llama La nación sigilosa y aborda el modelo de fundación y de vida que marcaron las orillas del río Magdalena desde 1500 hasta 1800, de modo que me acerco a la forma de vivir de esos pueblos, a cómo eran los curas y las monjas y a qué diferencias se erigen entre Antioquia y Santander, por ejemplo. He encontrado una cantidad de cosas entre las regiones como la cuestión de la arriería, la dieta, el matriarcado o la endogamia, que solo han sido sugeridas por los historiadores y que no cuentan con documentos porque muchos individuos, que eran refugiados, no querían que hubiera textos en donde constaran estas características.

Serrano polemista

Parece que he salido de la condición de escritor para convertirme en polemista. Esto rinde más en Colombia y me permite conectar con otras polémicas de ese tenor que se dan en México, Argentina, Venezuela y otros países. Este es el giro que, hasta ahora, quiero darle al asunto pero mi idea no es convertirme en ensayista sino retornar al cuento y a la novela cuando tenga cierta soledad y haya dejado de ser profesor pues ya no habrá esos compromisos institucionales y formales propios del trabajo.

Los muertos, los que viven, lo que fue y quizá será
El giro en la tradición de lectura en Colombia

Hasta los ochenta, la lectura entre nosotros era, esencialmente, un ejercicio admirativo: la gente estimaba que se escribiera. Hasta 2010 se leía con una cierta serena imprevisión, se leía para ver qué pasaba o qué encontrábamos y esa lectura era la que yo mismo hacía. Me acuerdo que leíamos sobre la dinastía Tang, por ejemplo, con esa especie de frescura y serena curiosidad que encontraba cosas agradables… eso era en una sociedad provinciana relativamente bien intencionada en sus lecturas, sin alguna pretensión salvo algunos individuos pedantes. Pero en 2011 llegaron unos individuos de Barcelona, de Madrid, de París, de Nueva York, expertos en tres o cuatro asuntos que dijeron qué había que leer. El tono de lectura que se ha impuesto proviene de los doctorados, de gente insoportable, pesada, que desestima cualquier esfuerzo que se haga en esta provincia porque, en principio, todo lo que se hace es una mierda. Los del mainstream también terminaron un poco opacados; como en Game of Trones, no hay protagonista que no sea apuñalado; esa condición marca la pauta de un nuevo ambiente, de gente que es prevenida y se abstiene de escribir para no dar papaya. Estamos ante la deformación propia de las vanguardias agresivas que se ha venido a instalar; estos nuevos lectores tienen hoy de 38 a 42 años y con ellos no se puede hablar, nada les interesa salvo sus cuentos y les dicen a los jóvenes cómo hay que leer y escribir. Lo segundo, es normal, pero lo primero es una intervención directa en los hábitos.

Destierro de lo bonito

Una vez le pregunté a un tipo por qué esa admiración tan güevona por el jazz ¡acá quien hijueputas entiende el jazz! Desterraron lo bonito: ahora algo debe ser “chévere” o “interesante”. A uno le podía gustar más un tango o la balada y no esta musiqueta que uno se la aguanta veinte minutos y después empieza a subir por el estómago. Esto también le ha pasado a la literatura; incluso, la megalomanía de Fernando Vallejo es aguantada por algunos pero a los jóvenes les da por las pelotas. Prácticamente, todo lo literario se fue al piso; esa condición nos ha dejado en un desierto que se instituye como el nuevo paradigma de la literatura.

Redes sociales

El Magog de nuestros días son las redes sociales. Se convirtieron en un canal para validar la propia personalidad y los propios gustos; además se debe militar en una causa y, cuando esta cae en desgracia me voy a otra, de manera que siempre habrá un lugar del cual sostenerse para mantener la altura sin riesgo de caer al suelo…cómo convencer a un muchacho de que es importante leer a Leonor de Aquitania, por ejemplo: una mujer en el sentido medieval del término; era la vagina convertida en máquina de guerra, de conquista y de dominio; no sólo la vagina, la feminidad, la atracción, el devaneo, el juego de palabras y cosas imprecisas que, sin embargo, estaban trasuntadas por deseos importantes. ¿Cuál es el valor de Livia desde el punto de vista del género?, me preguntaron, pues el género que dominaba era el femenino; el puñal y el veneno estaba más lejos de ella que de los hombres, ella era la que leía las cartas en la noche, la protegía el paso de las estaciones y no era el tonto que se iba a las campañas conquistadoras.

Megalomanía imperial del yo

Detesto la autobiografía y sobretodo la que se hace hoy; me parece no solo desvergonzado sino una mentira, una cosa fraudulenta. Prefiero que los personajes sean producto de anécdotas, de cuentos de otros, desde lejos, desde una perspectiva lejana o remota porque me parece que la sinceridad de una literatura en primera persona está muy comprometida. Esa literatura autobiográfica me parece un vicio pasajero. Un individuo que escribe más de diez páginas sobre sí mismo alardea y empequeñece a los demás. La mayoría de la literatura contemporánea me produce la misma sensación de las películas de acción: todas las obras son iguales y, en esas vidas, no hay nada radicalmente interesante.

La escogencia de los personajes

A estos personajes los escojo porque ellos, en si mismos, son interesantes; imagínese a Tamerlán o a Livia o a Orígenes desde hoy; al hombre contemporáneo le cuesta trabajo llegar hasta los lugares a donde ellos llegaron. Los judíos cartógrafos del siglo XIV de Donde no te conozcan, hacían sus portulanos con paciencia, sabiendo que probablemente no eran para ellos sino para las generaciones por venir. A todos los escogí porque ellos no son fundamentales y, sin embargo, cada uno hizo su pequeño tejido de apasionada humanidad; son imperfectos, tuvieron vacilaciones, sus vidas fueron un mar de vacilaciones en las que tomaron algunas decisiones importantes. No me siento a la altura de Tamerlán para escribir en primera persona su historia. Además, en aquellos tiempos, se hablaba de oídas, había un oneroso sacrificio de distancia porque ellos eran intangibles e inasibles y quedaba una imagen imprecisa. La segunda razón para escoger a esos personajes radica en que hoy día la literatura se alejó del relato de los motivos profundos, de los motivos secretos; Zweig, por ejemplo, sacaba los motivos secretos de quien abordaba y auscultaba en los detonadores que hicieron que ese individuo fuese como fue; esto lo ha extirpado la literatura contemporánea: habla de una cierta interioridad, al estilo Houllebecq, pero es muy del “niño malo”, del enfant terrible que quiere horrorizar a los demás. Mis personajes no quisieron horrorizar, vivieron su vida mezclada con la de los demás y lo que ocurrió fue que dejaron una huella excepcional.

Misticismo y literatura

Si la literatura no trata de la cuestión mistérica, no hay otro espacio de la cultura para tratarla. El único espacio donde se puede hablar desvergonzadamente es la literatura. Hay una contigüidad entre mística y literatura; muchos místicos fueron literatos, quizá hasta Rilke sufrieron estos arrebatos, piense en Dostoyevsky o Tolstoy, sin la mística son inimaginables. Cuando uno llega a Borges o Sábato ese espíritu ya está gastado; ellos plantean una especie de relato racional del mundo aunque en la sombra aparecen los místicos y ciertos espíritus. Gabriel García Márquez y Mutis aceptan la existencia de ese mundo como algo que rodea el cosmos literario pero ellos se dedican a una especie de reportería de la vida plausible, incluyendo cosas extraordinarias. La mística y la literatura están ligadas y, en algún momento, puede que regrese un cierto hálito parcialmente místico aunque hoy hasta la novela gótica está contaminada de un excepticismo secular muy prepotente.

Secularismo y literatura

El problema del secularismo, pese a sus ventajas, es que hace a los individuos prepotentes frente a las cosas que no comprenden en el mundo. La literatura tiene que defender a la mayor parte de la humanidad que no es escritora ni escéptica y vive de las creencias; una viejita a la que se le ha muerto un hermano no puede ser racionalista, un tipo que pide dinero en los buses no puede ser racionalista. En cambio, un joven universitario sí puede jugar esa carta, luego va a Inglaterra o Barcelona, por ejemplo, y le dicen que el mundo es un mundo racional; esto no puede ocurrirle a un literato, es decir, que se resigne a eso. Si le pregunto a un tipo si es posible, en este 2017, La piel de zapa, se reiría; los tiempos que corren no están para cuestiones mistéricas y místicas; eso para quien ha matado a cientos de miles en juegos de video no es plausible porque el mundo de hoy es resuelto, es un mundo de respuestas y realizaciones inmediatas. La literatura es ese ejercicio inmediato de llegar a efectos digamos al estilo Harry Potter, al estilo Tolkien, son un descenso de la fantasía a una especie de modernidad funcional que la convierte en asunto terrestre. Yo añoro los tiempos en los que se aceptaba cierto pedazo para la mística; ya Thomas Mann sabía que no iba a ser posible; por eso, en La montaña mágica, hizo alusión a los tiempos en que, como les ocurrió a Goethe o Lessing, era posible creer en esas realidades.

En segunda persona

Los ensayos que yo hago están más cercanos a la oralidad. El tono de ¿Por qué fracasa Colombia? es oral. A veces yo dictaba pedazos de mis libros, lo hacía en parques con un amigo; yo le dictaba, porque la idea era habitar en esos personajes en un tiempo, no en los protagonistas sino en los testigos, los que daban cuenta, es decir, los narradores, porque yo tenía que apersonarme de ellos para que fueran creíbles, lo hacía oralmente, él escribía y luego yo corregía. Lo oral le da frescura al texto, le da una fluidez que, a veces, lo puramente escritural seca. Me preocupo por la verosimilitud, porque un lector desprevenido se crea que le esté hablando este o aquel personaje. Siempre busco el tono de la carta, del testimonio, de la declaración dirigida a alguien; espero que se genere la sensación que no me dirijo a ellos sino a esos interlocutores pretéritos; en ese sentido, utilizo una estrategia que casi no se usa que es la segunda persona. Antes gustaba mucho leer cartas, ahora no, ahora no porque suena parecido a cierto modelo periodístico que es como el del testigo de primera que cuenta a tal persona en particular cómo le fue en este o aquel asunto. La literatura canónica ha establecido a la tercera persona para hablar a un público amplio y yo creo que se ha gastado, le falta frescura, intimidad, entonces, para no caer en la primera persona, uso esa segunda que es la referencia a una especie de destinatario.

La memoria

La palabra memoria ha sido objeto, a mi juicio, de un abuso terrible: se ha convertido en reivindicación. Yo huyo de esa reivindicación y de militar en causas; quiero que se vean a los personajes como se vieron en su tiempo, no como militantes sino como seres que se explican dentro de su propio mundo; yo sé que no se puede reproducir fielmente pero busco una memoria lúcida que no rehúya las partes vergonzosas, difíciles y contradictorias de un sujeto, en ese sentido, humanizo a Livia, Orígenes o Tamerlán, los doto de motivos humanos y entonces un lector, además de lo que puede leer en la Wikipedia, halla los anhelos del personaje. Me interesa mucho lo que se postula pero no se realiza, lo que los individuos prefiguraron pero no fue posible hacerse y las frustraciones naturales de todos los seres. Hoy, a la mayoría de los escritores, les interesa lo realizado y, en ese sentido, me parece que reducen a la vida a un itinerario positivista, en cambio, estos personajes que abordo quedan marcados por sueños y fracasos que fueron la marca más creíble. Tener un sentido de memoria es acordarse de lo que no fue posible.

Ser profesor

Yo intento ser un buen profesor que además trate toda la materia. Aunque me encantaría tener esas islas, como Borges tuvo, en las que pudiera hablar de lo que le diera la gana, eso sería magnífico… pero hay que salir del salón de clase y hacer eso en un café… Borges era un ciego, incluso antes era una especie de lisiado en su mundo y lo trataban como tal; él no era de la corriente que construyó a Argentina ni de la de los profesores y académicos. La palabra académico tiene implicaciones tremendas: académico es un ser soberbio. Uno juega a ser académico bajo el supuesto de que uno se sabe unas cuántas cosas, con limitaciones, claro está, y siempre habrá unos que llegan más lejos en esas prolijidades. Ser profesor en Colombia tiene la ventaja que si usted sabe tres temas, está bien. En cambio, en España o Francia, si usted no sabe una cosa al detalle, se jodió. Yo soy buen profesor en Colombia, si tocara las mismas clases en Canadá o en Francia, sería distinto porque probablemente no habría leído un informe salido hace tres semanas. Es decir, los académicos son periodistas y están al servicio de la novedad, de la última hora, del último artículo y la última cita; nosotros nunca hemos podido serlo ni lo seremos, somos nostálgicos que mantienen el cuerpo de la doctrina que tratamos enseñar. Los académicos de hoy son ultrapespecialistas. Un académico habla de memoria y la expresión más siniestra que usa es “esto está superado”. A mí me han dicho que lo que digo está superado y yo les contesto que lo que ocurre es que les da pereza seguir pensando. Uno puede seguir reflexionando en la muerte o la vejez. Esa condición de “hablemos de lo nuevo” es el sino del presente y el signo de los tiempos; por eso uno se estrella duro contra ellos y piensan que uno está equivocado porque no nada en esas aguas; es como el tipo que contempla el río Nilo y se pregunta por cómo crecieron unos jacintos ¡a quién le importa los jacintos si lo importante es el Nilo! En el 2009 fui a Japón con otros escritores colombianos; a ellos no les importaba saber algo sobre ese país, les interesaba que sus novelas y escritos se publicaran en ciertas revistas mientras que yo me preparé con lecturas sobre el período Murayama y demás aspectos durante tres meses. A mí la literatura, si es lo que ellos afirman, no me interesa; escribir sobre quién tiene el pene más grande es irrelevante, en cambio, abordar a un místico del siglo VIII puede desembocar en una novela. Se escribe para destacar pequeñas cosas, para ponerlas otra vez en el marco de lo universal.

Novela y cuento

El cuento para mí, independiente de la longitud, es una semblanza en la que los protagonistas son un pretexto para mostrar un cambio que se produjo y que tuvo espirituales consecuencias, no hay tiempo para hacer atmósferas ni delinear personajes. El cuento es el relato del impaciente para los impacientes. Yo pensaba que era un cuentista o eso me han dicho, el novelista se demora en la creación de una atmósfera, puede meterle cosas suplementarias al asunto en el sentido que Cervantes lo hacía: voy a hablar del Quijote pero ahora hablemos de Cardenio, haciendo cuadrar las circunstancias en un escenario de mora y postergación. La verdad es que un individuo que está haciendo una novela se siente bastante presionado porque el cuento se cuenta en veinte segundos o en dos minutos; cada quien intenta hacer un ejercicio de alargamiento, de cambio de ritmo en el sentido técnico literario. Se puede ir despacio, describiendo lugares, como en el cine, que tiene eso que llamo “narración secuencial” la cual consiste en que una escena no puede ir antes de la otra de manera indiferenciada sino tiene que ir encadenada; ese tiempo de encadenamiento es el que más le consume al novelista. El cuentista sabe a lo que va, el cuentista opera como en las historias de Marcel Schwob de Vidas imaginarias: nació, creció, pasó en su juventud esto, de pronto, al casarse, ocurrió tal cosa, su hija le dijo algo, sintió que estaba envejeciendo y murió. El novelista es un individuo que taja el lecho con paciencia y el agua va bajando, en cambio el cuentista se tira por la cañada; esa dimensión de la narración depende de los estados de ánimo del escritor y lo que percibe de los lectores. En mi concepto, el lector de hoy resiste cuentos pero se refugia en las novelas.

La gloria y el crepúsculo

La vida de los hombres de hoy es muy larga, comparada con la vida de cualquier individuo de la humanidad anterior, y descubre verdades radicales sobre la vida misma desde muy temprano. La adultez es una especie de enfermedad que se adquiere en la adolescencia y se lleva hasta los ochenta o noventa años. Esa especie de delirio o tensión es muy larga; lo crepuscular se experimenta muy pronto, se envejece con rapidez en el sentido de que se sabe todo de la vida y nada causa asombro; “todo es normal”, como dicen los adolescentes de hoy porque todo es plausible, nada es raro y contranatura, todo ese mundo de cortapisas e indefiniciones que caracterizaba a las generaciones anteriores se ha perdido. El tono crepuscular es una especie de compromiso vital de mi parte con la idea de que uno, de todos modos, con leer más y aprender más, se siente renovado, se siente extendido como habitante de un misterio que continuará en los siglos por venir. A mí me parece que el destino más grave de la gente de hoy es que ya no puede asombrarse sino cuando le llega la auténtica vejez, cuando, a los sesenta o setenta años, la vejiga no funciona bien, el vigor sexual ha desaparecido y aún puede vivir treinta años más.

Preámbulo de la muerte

Mi papá, a sus cincuenta, decía que había llegado al segundo chorizo, el cual era la alborada de la muerte. Uno la va contemplando con cierta lucidez cuando el mundo ya no le fluye a la velocidad; uno empieza a ver que pertenece al ancianato del mundo, en donde habita las márgenes y no el centro. Hace poco estuve en Wolfsburg (Alemania) y me encontré con un pueblo habitado principalmente por viejitos; las calles tienen almacenes para vender aparatos de sordera, gafas, sombreros, chaqueta demodé, de los años setenta, es decir, es un pueblo para esos ancianos. Así es casi cualquier ciudad intermedia europea; en España estuve en un pueblo llamado Chinchón, cerca de Madrid, en donde el setenta por ciento de sus habitantes tiene más de setenta años; los viejitos se pasan en el café ocho horas al día; es un retorno a la infancia y es una senectud que no tiene nada importante que decir, está al margen de la vida de la sociedad española, habla incluso con nostalgia de cosas que ya están consideradas caducas. La actitud crepuscular de los personajes de mis historias es el anuncio de una cosa que todos tendremos que enfrentar: nuestra propia inanidad; con nosotros o sin nosotros el mundo sigue igual. Leer sobre estos personajes que escribo es un ejercicio de habitar ese mundo aparte, esa especie de retiro que supone fijarse en los gestos, los movimientos, los motivos secretos de la gente y las secretas intenciones.

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