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Rasgos góticos en los almuerzos de Evelio Rosero Diago

Jean Chevalier.

Como la ciudad y el templo, la casa está en el centro del mundo; es la imagen del universo.

Jean Chevalier.

Resumen: El objetivo de este artículo es aproximarse al estudio de lo gótico dentro de Los almuerzos, una novela de Evelio José Rosero. A pesar de ser más conocido por sus novelas sobre la violencia urbana y el conflicto armado colombiano, Rosero es autor de títulos como Señor que no conoce la luna, La carroza de Bolívar y Plegaria por un Papa envenenado, entre otros, en donde es posible identificar algunos aspectos de la tradición gótica anglosajona en nuestra literatura, como el exceso, la herejía y el erotismo. También está presente una figura clave en los textos mencionados: el personaje anómalo. Un personaje anómalo es aquel que no encaja en ninguna de las instituciones o formas de vida aceptadas por una sociedad (matrimonio, universidad, familia). En Los almuerzos, el anómalo más destacado es Tancredo, un ser que lleva una vida miserable (de esclavitud e insatisfacción, al ser tratado como niño y juzgado como adulto por los demás). Al igual que el protagonista, el resto (Sabina, las Lilias, Almida, Celeste Machado) son personajes atrapados no sólo en sí mismos, sino que viven con un temor al cambio que los separa de su entorno y los incapacita para afrontar su lugar en el mundo. La presencia temporal del padre San José Matamoros del Palacio en la parroquia hace perceptible esas dudas, y desata odios y fanatismos entre sus habitantes. Quiero con este análisis demostrar la forma en que está construida esta novela desde la tradición gótica, y comprobar el efecto que dicha interpretación tiene sobre esta sugerente alegoría de la sociedad bogotana contemporánea.

1. introducción

Antes de empezar a escribir la que sería una trilogía de novelas cortas (Mateo Solo, 1984; Juliana los mira, 1986; y El Incendiado, 1988), titulada “Primera vez”, Evelio José Rosero (Bogotá, 1958) se inició en la literatura con algunos cuentos y poemas, los cuales no tuvieron mayor repercusión fuera del ámbito familiar y universitario. Tuvo que esperar hasta 1978 para obtener su primer reconocimiento, el Concurso de Cuento Gobernación del Quindío, por Ausentes, un relato que tiene lugar durante una visita papal, y que inspiraría su más reciente novela, Plegaria por un papa envenenado (2014):

Cuando Pablo VI llegó a Bogotá, las autoridades escondieron en galpones y cárceles a todos los gamines, locos y locas y mendigos de la ciudad, para que el Papa no los viera a su paso. Con ese relato gané un premio nacional, y me vi publicado en forma de libro por primera vez. Treinta y cuatro años después volví a abordar el tema de un Papa, pero esta vez con una novela. (Rosero, 2014, p. 163).

En 1992, además de ganar el Premio Nacional de Literatura con el libro para niños El Aprendiz de mago y otros cuentos de miedo, la Editorial Planeta le publica Señor que no conoce la luna, una novela que escribió en Chía (Cundinamarca) entre 1988 y 1990. En el 2004, la editorial Eafit de Medellín, publicó su -hasta ahora- único poemario, titulado Las lunas de Chía. Hay que recordar que “Chía” significa en lengua muisca “luna”, que es el nombre de una divinidad relacionada con las artes de la hechicería y con la magia negra. Y que por supuesto, como todas las deidades indígenas americanas, se representa desnuda; característica que es tenida en cuenta dentro de Señor que no conoce la luna para referirse al protagonista narrador: “El título (de la novela) revela de inmediato la condición de recluso del protagonista, voz narradora: un hermafrodita que, como sus compañeros, nunca ve el cielo, viviendo encerrado en un armario. Él pertenece a los desnudos, a los cuales se contraponen los de afuera, los vestidos.” (Jossa, 2000, p. 104).

En 1998, Panamericana Editorial le publica a Rosero Las esquinas más largas, su libro de cuentos más maduro y notorio. En el volumen abundan historias donde los protagonistas son hombres, muy jóvenes, o adultos solitarios. En el primer caso encontramos ejemplos como los amigos que se dedican a secuestrar estudiantes de colegio (“Palomas celestiales”), el músico que debe escoger entre su banda de rock o una carrera profesional que les guste a sus padres (“Un beso frío”), o la persona que, luego de recibir la noticia, debe volver a la provincia de la que huyó, para enterrar el cuerpo de su hermano (“Nadie se hace cargo del cadáver”).

En el segundo caso, tenemos a un funcionario público víctima de una agresión callejera por un piropo (“Las esquinas más largas”), a un divorciado que lucha por conservar a su mascota ante las quejas y amenazas de sus vecinos (“El perro no tiene la culpa”), y a un enfermo de amor que, no importando el qué dirán, desafía con su pasión por la vida hasta al menos optimista de sus familiares (“Con los zapatos desamarrados”). La crítica Beatriz Botero (2012) dedica unas líneas que describen muy bien no sólo la manera de pensar sino de actuar de esos personajes:

Los personajes de Rosero parecen deambular sin rumbo fijo, viviendo en los límites. Y en esas situaciones extremas el autor utiliza una fina ironía, una profunda crítica al sistema encarnada algunas veces en los poderosos, otras en los adultos frente a los niños, o simplemente en la manera como está organizado el mundo. (p. 126).

Existe un tema poco mencionado por la crítica, y es el de la ciudad. Urbe extraña, asfixiante y peligrosa, Bogotá es un telón de fondo que le proporciona a la obra literaria de Evelio Rosero momentos como éste, cargado de escepticismo e ironía:    

Contempló a Bogotá, la imaginó latente, a sus espaldas, sintió a Bogotá, y se alegró de abandonarla, aunque consideró que también eso era como una traición: abandonar a Bogotá odiándola de esta manera. ¿Qué hacer? Adiós Bogotá dijo, sentado a la ventanilla del avión, y recordó la ciudad, mientras volaba: una ciudad sin geometría, pensó, sin espacios donde los debe haber, sin ningún tiempo ni razón que la justifique, una ciudad hacia abajo como hacia arriba, y hacia ningún lado, una ciudad que se comerá sus montañas, y no crecerá una flor ni por azar porque un río de mierda se habrá salido de madre y la bañará, matándola de asfixia. (Rosero, 1998, pp. 117-18).

A partir de Señor que no conoce la luna (1992) se puede advertir la presencia de la tradición gótica dentro de la obra del escritor bogotano. La ambientación de esta novela es particularmente sombría, y contrario a los anteriores textos de Rosero, el protagonismo de la historia recae en un espacio que poca figuración tenía hasta entonces: la casa, pues el autor se había concentrado más en los personajes o en la acción de los mismos que en el escenario de sus historias. Pues bien, Los almuerzos, publicada por la editorial barcelonesa Tusquets en 2009, tiene lugar en una vivienda muy especial: la casa de Dios.

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2. Los almuerzos

En Los anormales. Curso en el Collège de France (1974-1975), el filósofo francés Michel Foucault, distingue tres tipos de sujetos: el monstruo, el incorregible y el masturbador/onanista (que es considerado un anómalo sexual). En el primero entran personajes que representan un riesgo para el cuerpo social, pero son también marginados de la sociedad que los creó; en el segundo, aquellos individuos que se enfrentan al statu quo y a las instituciones encargadas de mantener el control disciplinario y reprimir conductas que van en contra de las normas sociales que éstas imponen (la familia, la universidad, la cárcel, la iglesia, el estado, el manicomio, la policía, etc.), y en el tercero, los que luchan por vivir su sexualidad libremente, sin la vigilancia y el control del cuerpo por parte del poder. Ya en su primera aparición, Tancredo es consciente de pertenecer a la primera categoría:

Por lo general son las cinco de la tarde cuando da fin al aseo, y sólo entonces aparece una de las Lilias en la puerta diminuta; lleva la bandeja de plomo, con su almuerzo. Y almuerza solo, revuelto del sudor de la limpieza, oliendo a trapo, a desinfectante, doblada la cabeza sobre el plato, a veces casi que con miedo. Miedo, porque tarde o temprano levanta la cabeza y le parece que sigue acompañado de todos esos rostros con sus bocas desdentadas y babeantes que se abren cada vez más grandes y lo tragan, brazo por brazo, pierna por pierna, se sorben de un golpe su cabeza, y no sólo lo engullen con los ojos, esos ojos, ojos muertos. Da un puñetazo a la mesa, y tampoco desaparecen. «Yo soy los almuerzos», piensa con un grito, «yo soy el almuerzo, yo sigo siendo su almuerzo», y en un clamoreo como de viejos huyendo por las calles Tancredo da un último estertor, es tu cruz, le dice el padre, es tu cruz. Cierra los ojos, y ve más ojos, esos ojos. Entonces tiene un miedo terrible de ser un animal, pero un animal a solas, un animal consigo mismo, devorándose. (Rosero, 2009: 17).

Tancredo es un jorobado que se encarga de atender los numerosos comensales que semanalmente llegan a la parroquia del padre Juan Pablo Almida a saciar su hambre. Esta actividad se ha convertido para él en una carga de la que busca librarse, y que al final parece conseguir de manera impensada, con la muerte de su protector. Así, Los almuerzos se convierte en una narración de estructura circular, pues Tancredo vuelve a estar en la misma situación del comienzo: a la espera de un nuevo sacristán para la parroquia, y de continuar con sus labores de rutina dentro del restaurante de la misma.

Este hecho revela una realidad social en que la presencia de dinero fácil, producto del narcotráfico (representado en la figura de don Justiniano, quien es el benefactor de la parroquia en la novela), transformó los valores y paradigmas morales de todas las esferas de la ciudad. La decadencia de las instituciones encargadas de preservar el orden religioso y político significó la entrada de nuevos actores que agilizaron la fragmentación de la oligarquía y que acentuaron, con su control y padrinazgo económico, el círculo de violencia y opresión paraestatal que sufre la sociedad colombiana desde entonces.

3. Rasgos góticos presentes en Los almuerzos

En la actualidad, según el filólogo y periodista argentino César Fuentes Rodríguez, el gótico es una amplia categoría estética, pues no se limita a las características propias del género, sino que incluye múltiples perspectivas dentro de sí:

Gótico. Esta palabra designa algo más que una joven subcultura, una tribu urbana, una estética siniestra o un género literario. Alude también a un enfoque filosófico (una “visión del mundo”, según dijo el novelista irlandés J. Sheridan La Fanu, en su libro Las escrituras del espejo); es el cosmos en negativo, invertido (lo extraño y espeluznante son sólo lugares comunes, mientras que el día a día es algo en verdad misterioso y extraordinario). Aquí lo oscuro y lo amenazador poseen un irresistible encanto, mientras que la normalidad y la vida acomodada sólo prometen hastío y decadencia. (Fuentes Rodríguez, 2007: 11).

Tres elementos hacen de Los almuerzos una novela gótica: el primero: la presencia de un espacio de opresión: la parroquia, en la que Tancredo se asfixia a diario, sin posibilidades reales de crecer como ser humano (sus estudios universitarios, prometidos por Almida, con el paso del tiempo se han convertido en una quimera). Tancredo teme convertirse en un objeto más del lugar, en envejecer como las paredes que durante años han sido testigos mudos de su humillación cruel por parte del párroco, de sus fieles y ayudantes. Su único aliciente, es el deseo sexual que despierta en Sabina, la ahijada del sacristán. Según la crítica española Miriam López Santos (2010):

El espacio de las novelas góticas presenta, asimismo, la particularidad de ser siempre doble: el espacio de la opresión, por un lado, en el que el personaje sufre una gran ansiedad e inquietud ante el medio hostil que le rodea, y el espacio de la protección, por otro, que genera sensaciones más satisfactorias y placenteras y en el que los mismos personajes ven paliados todas sus ansiedades y angustias. (p. 280).

Microcosmos de la sociedad, el espacio de la parroquia se asemeja a un purgatorio, en donde contrario a la concepción espiritual de estos lugares, no hay redención alguna para nadie. Sabina Cruz o Las Lilias (tres mujeres encargadas de las labores domésticas) son constantemente ignoradas por una sociedad patriarcal hipócrita y machista encabezada por Almida y Celeste Machado, su sacristán. Su presencia es una ofensa no sólo para ellos sino para el excluyente y tradicional contexto de las relaciones sociales bogotano. En ese ambiente caótico y hostil, no sorprende que ambos terminen muertos y que, tras su desaparición -a pesar del deseo de Sabina de escapar con Tancredo a los llanos- ellas acepten, como este último, continuar con el encierro al que durante tanto tiempo se han visto obligadas por parte de sus carceleros, y de la feligresía.

Segundo: el silencio. Reina en toda la parroquia, cubre los asuntos más nimios e importantes que ocurren en la misma. La notoria soledad de la iglesia, tanto de día como de la noche, ese aire de abandono y de tristeza en el lugar que, a excepción de la misa cantada de Matamoros, es común tanto a los personajes como a los muros en que transcurren sus vidas, son un claro ejemplo de su influencia en la obra. Anota López Santos que:

Frente a lo esperable, el silencio en el espacio gótico tiene una significación determinada y contribuye a enriquecer la lectura, añadiendo información extra necesaria para rellenar «vacíos» y comprender el desarrollo de la trama. Este espacio de silencio, caracteriza toda la atmósfera y genera una sensación de desasosiego que aumenta el misterio y aviva los miedos y terrores ya presentes en los personajes. (p. 287).

La novela, incluso, va más lejos: la piadosa obra social de los almuerzos esconde la cara bifronte de la nación oportunista e insatisfecha que es Colombia. Sus dueños imponen un sistema corrupto e intransigente al resto de la población, invisibilizando sus necesidades y silenciando sus aspiraciones, conservando el poder al precio que sea y por el tiempo que les plazca; mientras, en medio de la desigualdad económica y de los sueños de progreso no cumplidos, la insatisfacción y el servilismo crecen en todas las clases sociales ajenas al poder.

y tercero: la noche. Complemento de los dos rasgos anteriores, en Los almuerzos, los sucesos narrados sólo tienen lugar durante la noche y la madrugada del día siguiente: el encuentro sexual de Tancredo y Sabina, la llegada providencial de Matamoros para atender la eucaristía, la implacable lluvia que cae sobre la ciudad, el agasajo que brindaron las Lilias -con grandes cantidades de licor- a Matamoros, los envenenamientos mortales de Almida y de Celeste Machado, el ahogamiento de los gatos que vivían en la parroquia por parte de las Lilias y de algunas señoras de la Asociación Cívica del Barrio:

Frente a la claridad del día, la noche distorsiona la geografía que conocemos, los límites y los objetos se alternan de manera amenazante y estas transformaciones misteriosas contribuyen a intensificar la sensación de terror en los personajes. Percibimos la contraposición del espacio del día frente al de la noche en cada pasaje de las novelas góticas. (pp. 287-88).  

vida y muerte se entrecruzan, lo que acerca esta obra a la sensualidad y a la perversión que encontramos en los relatos de Edgar Allan Poe, con personajes victimas de tormentos mentales, presos de obsesiones morbosas, en plena consonancia con la atmósfera de un lugar tedioso, anclado en un pasado no menos restrictivo, corrupto y mortalmente rutinario como lo es una parroquia aislada, en una ciudad grande, indolente y fría como Bogotá:

Si Poe tenía un tema predilecto, además de la muerte, fue lo perverso. No necesariamente la perversión sexual (si bien su pasión por las damiselas muertas o agonizantes lo expone a sospechas de necrofilia), sino ese impulso primitivo del corazón humano que conduce a la transgresión, no sólo en contra de otros, sino en contra de uno mismo. Pariente cercano de la locura, Poe la describió como un anhelo insoldable del alma de irritarse a sí misma, de ofrecer violencia a su propia naturaleza, de hacer el mal simplemente porque sí. La exploración de este impulso masoquista, ese impulso de lo perverso que tanto preocupaba a Poe, ha sido un tema preeminente del arte gótico desde aquel momento. (Baddeley, 2007: 61).     

A pesar de considerarse por la crítica como un género agotado, poco creativo y exigente, la publicación de una obra como Los almuerzos (más en el ámbito hispánico) demuestra que la novela gótica, nacida en la lejana Inglaterra del Siglo de las Luces -con sus castillos, monstruos, macabros hallazgos y transgresiones eróticas, entre otros elementos- es capaz de adaptarse a los tiempos que corren, de sobrevivir a todos los ataques (justificados o no), gracias a la atracción que por siglos la oscuridad ha inspirado en el hombre, como podemos comprobar en la no menos extraña escena final, en la que otro anómalo, como Matamoros del Palacio, sale sonriente y triunfal de la iglesia por la mañana, luego de una noche de aquelarre y de muertes inexplicables.

Bibliografía:

Baddeley, Gavin. (2007). Cultura Gótica. Una guía para la cultura oscura. Barcelona: Ediciones Robinbook.
Fuentes Rodríguez, César. (2007). Mundo Gótico. Barcelona: Quarentena Ediciones.
Jossa, Emanuela. (2000). “El espacio claustrofóbico de Evelio Rosero Diago”. En Hojas                universitarias, 49, 104.
López Santos, Miriam. (2010). “Ampliación de los horizontes cronotópicos de la novela gótica”. En Signa, 19, 273-292. Disponible en: http://revistas.uned.es/index.php/signa/article/viewFile/6237/5970
Robledo, Beatriz Helena. (2012). Todos los danzantes… panorama histórico de la literatura infantil y juvenil colombiana. Bogotá: Editorial Universidad del Rosario.
Rosero, Evelio José. (2014). Plegaria por un Papa envenado. Bogotá: Editorial Planeta.
________________. (2009). Los almuerzos. Barcelona: Tusquets Editores.
________________. (1998). Las esquinas más largas. Bogotá: Panamericana Editorial.

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