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De huracanes e insomnios

Manuel Guzmán-Hennessey

Foto: Huracan Vince- De Naval Research Laboratory - Dominio público

En la “Carta de san Francisco de Asís a los jóvenes de hoy” de Leonardo Boff (Nueva Utopía, 2013) se lee, a mi juicio, un resumen ‘anticipado’ del mensaje que dirigió el Papa Francisco a los jóvenes de Bogotá, reunidos, en bulliciosa algarabía, en la Plaza de Bolívar. “No se dejen robar los sueños” les dijo. Francisco habla en metáforas grandes, quizá para abarcar con ellas mucho más del alcance que pudieran tener las verdades escuetas, los fríos datos de la ciencia o la técnica, las dudosas leyes de antiguos preceptos morales, acaso hoy en desuso. Cuando se refiere al cambio climático no ofrece datos de los científicos sino elaboraciones del sentido común, reflexiones de un humano cualquiera, observador consciente de su realidad y de su tiempo.
 
Por eso cuando dijo ‘sueños’, quizá quiso abarcar no solo su acepción de la esperanza, sino la simple posibilidad de dormir bien, que el cambio climático ya ha empezado a escamotearnos a todos, como lo revela una reciente investigación científica a la que me referiré más adelante.   

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Foto: San Francisco de Asis - Dominio público

En la carta aludida escribe Boff, parafraseando a Francisco, el de Asís: “Dejadme que me traslade a vuestro tiempo y os diga lo que me inspire el Espíritu de Dios: hay que aprender a habitar la Tierra de una manera diferente”. Y quiero traerla a esta página debido a que algunos han leído la seguidilla de desastres naturales que han ocurrido por estos días, como “castigos divinos”, o también, como ‘venganzas’ de una Tierra asolada y explotada por el hombre. No es cierto que los desastres se deban a voluntad de dioses (ni buenos ni malos), sino a fenómenos que suelen ocurrir con impredecible periodicidad (caso de los terremotos) y que no tienen relación alguna con otros (los huracanes) cuya predecible periodicidad se ve hoy exacerbada por el cambio climático. Atribuir a la improbable ira de los dioses fenómenos antropogénicos comprobados como el cambio climático, no contribuye a que asumamos colectivamente una responsabilidad que nos compete: la de acelerar las transiciones necesarias hacia una sociedad sin carbono. Solo así podemos aspirar a que haya cada vez menos desastres acentuados por la crisis climática que hoy vivimos, y que, muy probablemente, continuaremos viviendo en las décadas por venir, si no emprendemos cuanto antes las modificaciones que la ciencia ha señalado ya a la sociedad, y que aun están al alcance de las grandes economías del mundo: el reemplazo gradual, pero acelerado de las energías de origen fósil por energías renovables.
 
Uno de los amigos en atribuir a un supuesto dios malo los desastres del mundo es el escritor Fernando Vallejo (Entre fantasmas, 1993): “¡Dios mío, ya, por favor, ya basta!”… olvidando en la confusión que lo que Él primero tumba son las iglesias…”. No es el único. También es responsabilidad de los intelectuales basar sus opiniones en la ciencia.

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Foto: Huracan Patricia - De NASA, Dominio público

La Carta de san Francisco, en cambio, es tan premonitoria como científicamente correcta: “No podemos continuar tal como estamos. Hasta ahora habitábamos dominando con el puño cerrado y sometiendo todo a nuestro interés. Soñábamos con un progreso ilimitado. Estamos al borde de sus límites. Y porque seguimos forzando esos límites, la Tierra responde con huracanes, inundaciones, sequías, terremotos y tsunamis. Tenemos que cambiar si queremos sobrevivir”.
 
Para cambiar, lo primero que hay que hacer, como lo destaca una reciente publicación del Ideam[1] con ocasión de la tercera comunicación nacional sobre el cambio climático, es conocer la realidad. Pues bien, una de las realidades que más fácilmente podemos conocer, pero que extrañamente insistimos en ignorar, es el aumento de la temperatura promedio de nuestras ciudades. Los datos de la Tercera comunicación nacional del Ideam indican que esta ha aumentado en Colombia 0,8ºC entre 1971 y 2015. Y este aumento, que para ciudades como Bogotá, pueden representar un efecto positivo, debido a que atenúan el nivel de frío que molestó en otros tiempos a sus habitantes, no resulta igualmente agradable para las ciudades de ‘tierra caliente’, en donde 0,8ºC repercuten en la salud pública ocasionando golpes de calor que ponen en riesgo la vida de los más débiles: los viejos y los niños. Ya murieron en la India y Pakistán miles de seres humanos en el año 2013 por una ola de calor. En Karachi, el centro financiero de Pakistán, murieron en un solo día mil cien habitantes.
 
Seguramente muchos de los lectores habrán notado, cuando van a ciudades cálidas, que los aires acondicionados parecen no funcionar como antes. Pues la realidad es que no funcionan como antes, pues calibrados como están, casi todos, a una temperatura de 14ºC, no alcanzan a transferir el calor exterior en cortos periodos de tiempo y trabajan a marcha forzada para ‘enfriar el aire’. La realidad es sencilla: no es lo mismo producir 14ºC cuando la temperatura exterior es de 28ºC que cuando esta es de 34 o 35ºC. Esto le sucedió a un investigador durante la ola de calor de San Diego (California) del pasado 2015. No pudo dormir debido a que el aire acondicionado jamás alcanzó los 14ºC. Entonces se preguntó por la relación entre el calentamiento global y la falta de sueño. Y el resultado de esta investigación, publicada en la revista Science Advances, (Obradovich, 2017) concluye algo que a pesar de parecer verdad de perogrullo, no lo es tanto si admitimos, como lo sugiere Ideam, que conocer la realidad no es virtud colectiva en nuestras sociedades.
 
"En los seres humanos, explicó al HuffPost, EEUU, Obradovich, el sueño depende de la temperatura ambiente para regularse". Y agregó: "Cuando la temperatura ambiente es inusualmente alta, y no se esperaba que lo fuera, puede provocar alteraciones en los patrones del sueño". Para demostrar su teoría, comparó las respuestas de 765.000 ciudadanos estadounidenses encuestados por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades entre 2002 y 2011 con los datos meteorológicos locales. En las noches más cálidas de lo normal, se aprecia un aumento en el número de personas que dicen haber tenido dificultades para quedarse dormidas o para dormir de un tirón. Ahora bien (dice el Huffpost) “la falta de sueño está relacionada con las enfermedades cardiovasculares, la obesidad y los trastornos de salud mental. A corto plazo, la falta de sueño afecta negativamente a las funciones motoras y cognitivas, lo que provoca irritabilidad (así que tiene sentido que también afecte al rendimiento en el trabajo), y, además, tiene un precio”.

 

[1] Conocer: el primer paso para adaptarse, Ideam, 2017.

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