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Los talibanes: guerra, terrorismo y geopolítica en Afganistán

Hernán Burbano

Foto: Bandera de Afganistán , De Various -  CC BY-SA 4.0

La operación “Libertad Duradera”, que comenzó el siete de febrero de 2001 por orden del expresidente de Estados Unidos, George W. Bush, es el nombre de una serie de acciones militares ejecutadas como respuesta a los atentados del 11 de septiembre. Mediante ataques aéreos contra bases militares y campamentos de Al Qaeda y los talibanes en Afganistán, el Ejército de Estados Unidos, junto a otros países que conformarían la coalición, emprendieron una persecución sin precedentes por aire, mar y tierra, cuyos objetivos eran capturar o aniquilar a Osama Bin Laden y derrocar al gobierno talibán liderado por el emir mulá Mohammed Omar, quien según el gobierno de Estados Unidos brindaba apoyo y refugio a miembros de Al Qaeda. De esta forma se iniciaba lo que algunas potencias occidentales llamarían una guerra global contra el terrorismo.

Hasta el día de hoy, la determinación de intervenir militarmente en Afganistán ha tenido implicaciones en los ámbitos político y militar. Políticamente, las secuelas de la guerra han desgastado la imagen de Estados Unidos ante la comunidad internacional. La muerte de civiles, la violación de derechos humanos por parte de algunos integrantes del ejército estadounidense y la injerencia de este país por establecer gobiernos cercanos a sus intereses han repercutido en cuestionamientos hacia la promoción de la libertad que dice representar la mayor potencia mundial. De la misma manera, en el plano político, Afganistán es un Estado inestable, en constantes conflictos étnicos y religiosos que se entrecruzan con las pretensiones por controlar directa o indirectamente actividades criminales y la explotación y comercialización de recursos naturales de alta demanda mundial. Por su parte, en el ámbito militar, esta guerra muestra la complejidad que existe para que cualquier Estado derrote a actores armados no estatales, dado que las asimetrías del poder militar ponen de manifiesto cómo la capacidad de resistencia y resiliencia de los estos últimos juegan un rol significativo y de gran impacto en el deterioro de la legitimidad de las motivaciones políticas que llevan a los gobiernos a emprender acciones militares. Esto se debe, como lo señala Moisés Naím en su libro El Fin del Poder, a que las fuerzas armadas más grandes y costosas del mundo también son vulnerables a múltiples ataques, cuya represalia para los gobiernos reviste una altísima carga política y económica. Dos ejemplos de lo anterior son Vietnam e Irak.  El primero por el rechazo masivo y las consecuencias políticas de la intervención de Estados Unidos en el país asiático, y el segundo porque se estima que para el país norteamericano las pérdidas directas y los costes de respuesta por los atentados del 11 de septiembre ascendieron a 3,3 billones de dólares, frente a alrededor de quinientos mil dólares que gastó Al Qaeda para llevar a cabo dichos ataques.

Ante a este tipo de confrontaciones militares, donde por lo general los análisis se centran en atribuir victorias o derrotas con base en cuestiones morales en las cuales subyacen las pretensiones o intereses de los gobiernos, se presta poca atención a las capacidades que tienen esos actores armados dispuestos a enfrentarse y vulnerar la capacidad de los Estados. Es decir, que por lo general cuando a un Estado se le considera ‘derrotado’ en una confrontación con un agente no estatal, las causas de dicha ‘derrota’ suelen atribuirse a los usos y abusos de la fuerza del Estado, la ausencia de una planificación de la guerra o la inadecuada implementación de una estrategia por parte del mismo. De esta manera, se prescinde de un análisis capaz de revisar las capacidades de quienes, contra todos los pronósticos, son capaces de prolongar una guerra o de aprovecharse de la misma para reestructurarse y recobrar poder e influencia. En este sentido, es importante analizar cómo fue que surgieron, se expandieron y hoy operan los talibanes.
 
Los orígenes y la guerra contra los soviéticos

Entre 1978 y 1992, los muyahidines, quienes estaban conformados por diversas organizaciones políticas, religiosas y militares, se enfrentaron a las fuerzas armadas de la República Democrática de Afganistán, las cuales eran apoyadas por el ejército soviético. Este fue un conflicto característico de la Guerra Fría, dado que no enfrentó directamente a las dos potencias (Estados Unidos y la Unión Soviética), pero sí materializó los intereses de los dos países por establecer gobiernos proclives a sus intereses. Sin embargo, y a manera de antecedente, es importante señalar que todo comenzó cuando en 1973, Mohammed Daud Khan, ex primer ministro y príncipe de este país, dio un golpe de Estado al rey Mohammed Zahir Shah y estableció la república.

Este nuevo régimen impulsaba profundos cambios en materia de liberalización económica y una separación de la religión de los asuntos políticos. No obstante, el régimen de Daud tenía una importante oposición política, especialmente liderada por el Partido Democrático de Afganistán (PDPA), de afiliación comunista, quien realizó diferentes protestas ante la precaria situación económica y social que atravesaba Afganistán. Esto significó una ola de represión por parte del gobierno de Daud, la cual tuvo su detonante con el asesinato del destacado militante del PDPA, Mir Akbar Kaibar. Sumada al asesinato de Kaibar, la cruenta represión también se propagó mediante encarcelamientos y arrestos a líderes políticos opositores, provocando finalmente un levantamiento de las fuerzas armadas que condujo al derrocamiento y asesinato de Mohammed Daud Khan. De esta manera, en 1978 se estableció la República Democrática de Afganistán.

Por su simpatía hacia el comunismo, el gobierno del nuevo régimen, liderado por Nur Muhammad Taraki, era apoyado por la Unión Soviética y las fuerzas armadas afganas, quienes desde décadas atrás eran influenciadas y apoyadas por los soviéticos. Sin embargo, internamente el gobierno de Taraki se enfrentó a una intensa oposición que en adelante fue capaz de adherir dos casusas: la de los anticomunistas y la de los islamistas. Esta convergencia se enfocó en un soporte a los muyahidines, los cuales estaban constituidos por diferentes vertientes políticas y religiosas que encontraron apoyo financiero, militar y político por parte de Estados Unidos, Arabia Saudita y Pakistán.

Por obvias razones, el interés de Estados Unidos por contener la expansión del comunismo llevó al gobierno del país norteamericano a brindar apoyo a los muyahidines. Las canales para la ejecución de dicho apoyo, principalmente económico, eran Arabia Saudita y Pakistán. Estos dos últimos países, además, perseguían otros objetivos que, si bien tenían características políticas, estaban ligados al aspecto religioso. Es importante señalar que la convergencia de intereses entre los sauditas y paquistanís obedece a que en los dos países la corriente sunita es mayoría y, por lo tanto, la pretensión de ambos era establecer un gobierno perteneciente a esta rama del islam. A su vez, tanto en Arabia Saudita como Pakistán, el papel de la religión tiene una particularidad: la visión supremamente radical y conservadora del islam, inspirada por el wahabismo de los saudíes y propagada a través de diferentes mezquitas, escuelas y madrazas en Pakistán. No obstante, se debe aclarar que los muyahidines no estaban constituidos únicamente por sunitas, sino por diferentes movimientos, algunos más afines a la religión que otros, que también contaban con una importante cantidad de musulmanes chiitas, como por ejemplo aquellos que habitaban en la ciudad de Herāt, que limita con Irán en el occidente de Afganistán. De allí se explica por qué el régimen iraní también apoyó a facciones de los muyahidines.

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Foto: Bandera Talibán - Dominio público

En términos militares y políticos, se considera que la guerra de Afganistán fue para los soviéticos lo que Vietnam significó para Estados Unidos. Esto quiere decir que, además del rechazo político hacia los soviéticos por mantener un régimen cercano a sus pretensiones, el desgaste militar y, por ende, económico, fue ocasionado en buena medida por la resistencia de los muyahidines, quienes a través de verdaderas tácticas de guerra de guerrillas y terrorismo provocaron la retirada del Ejército soviético en 1989 y la caída del gobierno del PDPA en 1992. De esta forma, la guerra en Afganistán no solo se convertiría en una victoria para una parte del mundo islámico, sino que de ella surgirían los talibanes y personajes como Aymán al-Zawahirí, Abu Musab al Zarqaui y Osama bin Laden, quienes más adelante expandieron el yihadismo a través de organizaciones como el Estado Islámico y Al Qaeda.
 
La creación y consolidación de los talibanes

Para entender quiénes son los talibanes resulta incompleto clasificarlos únicamente por su condición de musulmanes sunitas con una visión supremamente radical y violenta del islam. También vale aclarar que, a diferencia de otros movimientos y organizaciones islámicas de mayoría árabe, persa o kurda, los talibanes son en su mayoría pastunes. Esto es importante, ya que explica por qué la violencia en Afganistán no solo está supeditada en la religión, sino también por conflictos étnicos entre pastunes, árabes, uzbekos y tayikos, entre otros. El orden institucional de Afganistán, al igual que en muchas regiones de Oriente Medio, África y Asia, se caracteriza por una importante presencia de tribus y comunidades que, al margen de abogar por una mayor autonomía económica y política, reivindican su origen étnico. Por este motivo se explica la dificultad para que exista subordinación hacia gobiernos que no representan las motivaciones e intereses de ciertos grupos, y de esta manera también se intensifican las disputas, la violencia y los conflictos.

Se cree que los talibanes surgieron en 1994, como resultado de dos movimientos que constituyeron los muyahidines: El Hizb-e-islami y el Harakat-i-Inquilab-i-Islami. Estos dos grupos representan la formación ideológica y fundamentalista de los talibanes, puesto que su doctrina se sustentaba en un regreso a lo que ellos consideraban una visión originaria del islam, en la cual se aplica estrictamente la ley islámica a través de castigos como la mutilación y la lapidación, la restricción de las libertades para las mujeres, y la imposición de rígidos códigos de conducta y vestimenta para los hombres. Evidentemente, este tipo de leyes y normas, tal como lo señala la historiadora británica Karen Armstrong, son una especie de rechazo al advenimiento de la modernidad y la intención del establecimiento secular por erradicar la religión. Por esta razón, la expansión de los talibanes vino acompañada de una ola de represión y violencia en contra de determinados progresos económicos y sociales logrados por los regímenes anteriores; por ejemplo, la incursión de la mujer en el trabajo y la educación, y la difusión de la cultura occidental a través de la televisión y la radio.

Durante el desplome del gobierno del PDPA (1992), el surgimiento de los talibanes (1994) y su llegada al poder (1996), Afganistán experimentó un estado de anarquía que fue aprovechado por diferentes movimientos y organizaciones pertenecientes a los muyahidines, quienes estrepitosamente establecieron enclaves políticos a lo largo y ancho del país. A partir de esta fragmentación del país, los jóvenes radicales islamistas afganos educados en diferentes madrazas de Pakistán empezaron a conformar y expandir una organización militar y política cuyo éxito se explicaría por tres factores: la relación con el vecino país Pakistán, la rápida ocupación de los vacíos de poder en el territorio afgano y la aplicación de un estricto código de justicia que en buena medida representaba el descontento frente a la corrupción de la clase política tradicional.

La combinación de estos tres factores propició la conquista de Kandahar en favor de los talibanes en 1994, por lo cual se convertiría en el primer logro político y militar de este movimiento. Las causas geopolíticas que dan cuenta del porqué Kandahar fue el punto de partida para la expansión de este grupo se basan en que tal provincia, en el sur del país, limita con Pakistán, un país que mediante sus servicios de inteligencia y las madrazas que promulgan el islam radical ha proporcionado no solo armamento y una formación religiosa y militar basada en técnicas de insurgencia y terrorismo, sino también un esparcimiento hacia el norte del país, con el objetivo de atacar y generar inestabilidad en la región de Cachemira, donde persiste otro conflicto entre India y Pakistán. Además, Kandahar es considerada como el corazón de la etnia pastún.

Gracias al apoyo de Pakistán y cierta legitimidad hacia los talibanes en determinadas zonas rurales del país, este movimiento logro un control vertiginoso del mismo en un transcurso de cinco años. Para algunos investigadores, el gran alcance político y militar de los talibanes fue resultado de una convergencia entre la experticia militar de líderes como el mulá Mohammed Omar y el soporte ideológico propagado desde Pakistán. Las tomas de ciudades como Kabul o Herāt, donde tanto el impacto de la cultura occidental como la presencia de musulmanes chiitas chocaban con las creencias de los talibanes, fueron, en definitiva, la evidencia de que el control del país era de este joven movimiento.

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Foto: Guarda Taliban en 2001 - By bluuurgh - Own work, Public Domain

Después de asumir el control de casi todo el territorio afgano en 1996, el país inicio una nueva etapa bajo el control de los talibanes que, pese a la poca proyección política y económica, fue logrando paulatinamente aceptación en el contexto internacional, explicado en buena parte por el interés de diferentes países en alcanzar acuerdos económicos que permitían acceder con mayor facilidad a rutas comerciales o tener participación en la explotación de la fuente de riqueza afgana: hierro, cobre, gas natural, petróleo, tierras raras, litio, oro, carbón, potasio, aluminio, uranio o piedras preciosas; la cual contrasta con una abundante pobreza, corrupción y violencia. 
 
El derrumbamiento del régimen talibán y la guerra contra el terrorismo

Aspectos ajenos a los intereses del movimiento talibán serían determinantes para la posterior caída de su régimen en 2001. El principal fue cómo, después de una serie de vaivenes por Arabia Saudita y Sudán, la organización que había creado el antiguo muyahidín, Osama bin Laden, terminó instalándose en Afganistán en 1996, después de que el millonario y radical saudita fuera expulsado por propagar el terrorismo en esos dos países. La expansión de la ideología de Al Qaeda por Yemen, Libia, Bosnia y Chechenia significó una nueva ola de jóvenes que, en nombre de la yihad, declararían una guerra a Occidente.

Si bien Estados Unidos y varios países de Occidente ya tenían a Al Qaeda en el listado de organizaciones terroristas antes de los atentados del 11 de septiembre, este ataque contra las torres gemelas y el pentágono propició lo que se conocería como la guerra global contra el terrorismo. A partir de este momento no solo se iniciaban ataques militares contra Al Qaeda y los talibanes en Afganistán, sino que en cuestión de política exterior varios países apoyarían esta bandera política, con el objetivo de enfrentar sus propios conflictos.

De esta manera, todo el poder militar que concentraron Estados Unidos, la OTAN y la Alianza del Norte (Afganistán) ocasionó la caída del régimen talibán y su retirada de las principales ciudades en un par de meses. Esto hacía pensar que Afganistán abrazaría un nuevo camino hacia la libertad, auspiciado por la presencia de países que respaldaban la democracia. Sin embargo, lo que parecía ser un relativo control por parte del bloque de Occidente, dadas sus capacidades militares, sería una encrucijada de carácter político-militar que se extendería hasta hoy. La complejidad para establecer gobiernos locales y regionales en zonas donde operaban los talibanes como una insurgencia acrecentó una espiral de violencia que, acompañada por la presencia del Al Qaeda, convirtió a la población civil en su principal víctima.

Según datos del National Consortium for the Study of Terrorism and Responses to Terrorism de la Universidad de Maryland y el índice de terrorismo global del Institute for Economics and Peace, Afganistán es el tercer país —después de Iraq y Pakistán— con mayor número de atentados terroristas entre los años 2000 y 2015. Los atentados, para efectos de letalidad y en el mismo periodo de tiempo, ubican a este país en el segundo puesto, con más de veinticinco mil muertos, sin contar con las bajas tanto de los combatientes como aquellos que en el contexto de la guerra mueren por causas diferentes al terrorismo. Más del setenta por ciento de los ataques han sido perpetrados por los talibanes, en su mayoría a través de explosiones y bombas.
 
Resurgimiento de los talibanes y estado actual

La expulsión de los talibanes del poder en 2001 no significó la derrota ni su desaparición. Según el periodista británico Patrick Cockburn, la llegada de las tropas de la OTAN y el ejército afgano de la Alianza del Norte propicio una retirada de los talibanes de las ciudades hacia las zonas más rurales, lo cual posteriormente ha servido para poner en entredicho la campaña de Occidente de darle más estabilidad política al país. A través de su presencia en diferentes vías de comunicación y el control de la producción, comercialización y distribución del opio y la heroína, los talibanes fueron adquiriendo gradualmente un mayor control político en determinadas zonas en donde han contado con apoyo de la población. Tal apoyo, así como ha sucedido en Iraq, se explica por dos cosas: el rechazo a la presencia de Occidente y la incapacidad de determinados gobiernos locales por demostrar cambios sustanciales tanto en lo social como lo económico. Asimismo, los cambios políticos suscitados después de 2001 no han acabado por completo con la enorme corrupción estatal ni las retaliaciones hacia la población civil.

Lo anterior, valga decirlo, viene acompañado de una coyuntura política en Oriente Medio que ha facilitado la expansión de organizaciones como el Estado Islámico, quien, aprovechando la retirada progresiva de las tropas de la OTAN, ha empezado a consolidar feudos en la provincia de Nangarhar, en el nororiente del país y frontera con Pakistán. El despliegue del Estado Islámico por Afganistán, según investigaciones de Estados Unidos, es una medida para contrarrestar sus pérdidas en Siria e Iraq. Sin embargo, también representa una ruptura al interior de los talibanes, explicada por la retirada de algunos de sus comandantes que, apoyados por agencias de inteligencia pakistaníes, han conformado tropas en su mayoría integradas por extranjeros de Asia central.

La presencia del Estado Islámico en Afganistán no ha mermado la importancia que tienen los talibanes para el gobierno afgano. Pero en términos militares, la presencia de otro agente no estatal ha significado para los talibanes una escalada de confrontaciones para tratar de mantener el control territorial y de sus redes criminales. Igualmente, y en contravía del despliegue mediático que tienen las guerras en Siria e Iraq, el actual escenario de violencia afgano no es totalmente diferente al de estos dos países. La lucha contra el Estado Islámico en Afganistán, como si se tratara del final de los años ochenta, nuevamente pone a Estados Unidos y Rusia en una encrucijada geopolítica que, al margen de los objetivos —no tan diferentes— por combatir el terrorismo, colisionan con el propósito de ejercer una mayor influencia en la región. Los reclamos de Estados Unidos hacia Rusia por suministrar armas a los talibanes para luchar contra el Estado Islámico contrastan con el propósito que ha llevado a Washington a permanecer por más de una década en territorio afgano, y establecer un gobierno así sea a su medida. Por esta razón, se explican el lanzamiento de la ‘madre de todas las bombas’ por parte de Estados Unidos y la resistencia a retirar las tropas estadounidenses de Afganistán, pese a los anuncios del expresidente Barack Obama. Estos son claros mensajes de que la lucha contra el terrorismo representa un juego geopolítico que, a diferencia del realismo puro de la guerra fría, hoy es multipolar, porque incorpora a más países y actores armados no estatales que materializan en la guerra sus intereses en un país que parece estar condenado por siempre a ser un Estado fallido para la insurgencia y el terrorismo, y un Estado tapón para las grandes potencias.

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