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La
educación liberal en la Escuela
de Ciencias Humanas |
"Toda educación que valga la pena es liberal."
Alan Simpson, The Marks of an Educated Man
Cada vez que termina una promoción de bachillerato, miles de jóvenes colombianos se preguntan: ¿Qué quiero ser? La respuesta es aparentemente obvia: ingeniero, abogado, arquitecto, psicólogo, sociólogo, médico, periodista, filósofo, y así sucesivamente. El sistema nacional de educación superior ofrece una amplia gama de posibilidades de ser algo. Sin embargo, ese mismo sistema ofrece muy pocas posibilidades de ser alguien. Testigo de esto es el desconcertante número de profesionales que persiguen corbatas, que sueñan con burbujas (preferiblemente Toyota) y que miden el tiempo en cuartos de hora. El cinismo resultante de gran parte de las élites colombianas no es remedio contra la progresiva banalización de nuestra sociedad, que terminó festejándose en novelas con protagonistas mafiosos y shows en los que "el que piensa, pierde".
Por eso, la pregunta central que se esconde detrás de ¿Qué quiero ser? es ¿Quién quiero ser? Y es a esta segunda pregunta a la que la universidad colombiana debería dar una respuesta. La Escuela de Ciencias Humanas y sus planes de estudio con un ciclo básico en artes liberales y sendos ciclos profesionales acentúa de manera particular este llamado a hacer de la formación universitaria una educación liberal cosmopolita. ¿Quién es, entonces, el estudiante educado liberalmente? |
Es
una persona que hace uso
de la razón
Nuestra relación con la razón es extraña. Por un lado, como somos herederos de la ilustración, creemos en la razón como algo dado. La razón parece ser un don ubicuo, no cuestionado, algo que se tiene de nacimiento y que no requiere de atenciones especiales. Por el otro lado, las experiencias propias y ajenas nos indican que la razón, más que asistirnos, nos falla. Algunas de estas fallas son de naturaleza psicológica: la memoria, la concentración, el cansancio y otros factores similares afectan nuestro uso de la razón. Curiosamente, estas fallas no son las más comunes y por demás son fácilmente detectables y corregibles.
Mucho más comunes son las fallas debidas a la pereza, la conveniencia y la mentira. Nos hemos acostumbrado tanto a ellas que cuesta trabajo siquiera detectar las más notorias. Cuando suceden en otra cultura todavía es relativamente fácil; el ministerio talibán "para la preservación de la virtud" nos sorprende por la aparente candidez de su contradicción. Pero dudo que exista la misma claridad con respecto a la "zona de distensión", las "entidades promotoras de salud", los "rellenos sanitarios", los comentaristas de fútbol ascendidos a "profesor" o la excusa de que "los derechos humanos impiden combatir a los criminales".
Vivimos entonces en tiempos que desean esclavizar al intelecto y encadenarlo al uso pomposo y al mismo tiempo sonso de las palabras. La distinción entre verdad y falsedad, opinión sustentada y expresión de una idea pasajera, argumento y falacia se torna cada vez más borrosa. En este entorno, la razón no es un don natural sino una virtud que necesita ser cultivada.
La educación liberal cultiva a la razón de manera especial. Más allá de la formación en la racionalidad técnica de las profesiones enfatiza el carácter integral del pensamiento, que se nutre de varias fuentes. Por un lado está la educación en las herramientas formales: la lógica clásica, los fundamentos de las matemáticas, los métodos de investigación. Por otro lado, el permanente e intenso trabajo con autores clásicos de la historia del pensamiento le da al estudiante la oportunidad de confrontar los mejores intelectos de todas las épocas y en todas las ramas de la producción cultural: las ciencias naturales, las ciencias sociales, la literatura, las artes, la filosofía. El análisis de estos clásicos permite apreciar el poder de la razón en sus mejores momentos y expresiones y así afinar la distinción entre ciencia y charlatanería, entre razón y sinrazón, entre argumento y falacia. Por eso, el estudiante educado liberalmente es una persona que hace uso de la razón.
Es
una persona que se hace entender
Pero la razón, así como el hombre, no es una isla. El ser humano es un ser que vive de la comunicación: es el único que tiene uso de lenguaje. La cultura incluso puede ser caracterizada como una "gran conversación", un diálogo milenario sobre los diversos problemas que genera la condición humana.
Sin embargo, en la civilización contemporánea el lenguaje se encuentra en franco deterioro. Un importante elemento de este deterioro es la vaguedad deliberada, la falta de compromiso y de claridad. Para ilustrar este punto, George Orwell en su "Politics and the English Language" cita el siguiente pasaje de la Biblia (Eclesiastés 9:11):
Me volví y vi debajo del sol, que ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes, ni aun de los sabios el pan, ni de los prudentes las riquezas, ni de los elocuentes el favor; sino que tiempo y ocasión acontecen a todos.
Este pasaje trasmite su idea con fuerza pero tiene un cierto aire de antigüedad. Las ideas son expresadas con precisión, los ejemplos son dicientes y las imágenes que evocan vívidas. Pero, de nuevo, el pasaje es antiguo así como lo es su lenguaje. Orwell propone (con intenciones satíricas) la siguiente "traducción" contemporánea:
La consideración objetiva de fenómenos contemporáneos obliga a concluir que el éxito o el fracaso en actividades competitivas no exhibe ninguna tendencia a ser proporcional a las capacidades innatas, sino que un elemento considerable de lo impredecible tiene que ser, invariablemente, tenido en cuenta.
Esta versión es construida, pero la semejanza con la realidad no es fortuita. Todos conocemos por experiencia - y hemos padecido - innumerables textos escritos así, con el propósito de oscurecer antes que esclarecer. Esta vaguedad, esta falta de compromiso con la idea, esta falta misma de una idea concreta se conoce como "smog verbal" porque envenena cualquier intento de comunicación y de entendimiento.
La educación liberal cultiva el uso apropiado del lenguaje. Los clásicos de nuevo ponen a los estudiantes en contacto con los mejores: un buen estilo se forja estudiando a los maestros. Adicionalmente, el estudiante aprende a comunicarse en los formatos más importantes (la reseña, el ensayo, el artículo y el discurso). Por eso, el estudiante educado liberalmente es una persona que se hace entender.
Es
una persona sensible
El entendimiento, sin embargo, no se limita al uso adecuado de la razón y del lenguaje, porque no todas las distinciones son entre verdad y falsedad y no todo lenguaje es literal. Como seres humanos, tenemos la facultad de distinguir adicionalmente entre lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo valioso y lo carente de valor y de estremecernos tanto ante lo uno como ante lo otro.
De nuevo, los tiempos modernos parecen conspirar contra lo que es valioso. ¡Saber es poder! Este grito de batalla inauguró la modernidad tecnológica. Ahora, siglos después, nuestro saber es extraordinario e igualmente lo es nuestro poder. Pero en vez de usarlo con sabiduría nos hemos dejado tentar por él. Hacemos muchas cosas por el simple hecho de que se pueden hacer y convertimos los medios en fines.
Gracias a la técnica podemos viajar rápidamente de un lado al otro y entonces lo hacemos; pero ¿Miami realmente vale la pena? También podemos comprar un CD con las obras de Picasso y mirarlas en la pantalla del computador; pero ¿por qué nos duelen los ojos? Podemos administrar nuestras empresas de manera científica y entonces lo hacemos; pero ¿esto nos hace bondadosos? Los misiles pueden matar personas a distancia y entonces los usamos; pero ¿la guerra deja por eso de ser horrible? Y si después de tanto poder y tanto hacer nos sentimos cansados y tristes acudimos al psiquiatra: él tiene la técnica que podrá aliviarnos.
La educación liberal prefiere a Platón sobre Prozak porque el Prozak puede aliviar nuestra depresión pero sólo los clásicos pueden aliviar nuestra condición humana; prefiere a Víctor Hugo sobre el Advil porque, si bien el segundo adormece nuestro dolor, el primero nos abre los ojos ante el dolor ajeno; prefiere a Ghandi sobre el Valium porque reconoce que es mejor enfrentar la realidad que huir de ella.
La educación sentimental a través del contacto con las artes, la literatura, la música, el teatro y el cine enseñan al estudiante a maravillarse con lo bello y a aborrecer lo feo. La filosofía moral y la discusión de sus aplicaciones le permiten apreciar la bondad y la justicia y rechazar la maldad y la opresión. Las grandes teorías científicas y el desarrollo de la técnica en la historia le permiten descubrir el valor del conocimiento y su elegancia y criticar la estupidez pomposa. Por eso, el estudiante educado liberalmente es una persona sensible.
Es
una persona que conoce el mundo
Razón, lenguaje y sensibilidad: con estas herramientas bien se puede conquistar el mundo. La razón permite entender todo lo razonable, el lenguaje permite acceder a todo lo expresable y la sensibilidad a todo lo valorable. Nada tiene que permanecer ajeno.
Así, la educación liberal derriba las fronteras que los burócratas del saber, celosos, han trazado para su propia protección. El dogma contemporáneo decreta que lo razonable tiene que estar dividido en disciplinas sin conexión entre ellas, que cada una de las disciplinas tiene su propio lenguaje inconmensurable con cualquier otro y que los hechos son objeto de la ciencia y los valores objeto de las artes (y de algunas subdisciplinas filosóficas). Pero si la razón es usada para entender el mundo, el lenguaje para abarcarlo y la sensibilidad para maravillarse ante él, el dogma queda reducido al absurdo porque el mundo es uno; lo que varían son las perspectivas, sin que alguna pueda pretender exclusividad.
Si el mundo es uno, la discusión de problemas relacionados con la sociedad siempre es también una discusión sobre problemas relacionados con las artes; el análisis de la economía nos remite siempre al análisis de la ciencia y la tecnología; el desarrollo en el tiempo y el espacio siempre depende del desarrollo político. Cualquier parte del mundo es tan compleja como el mundo en su totalidad. Por eso, el estudiante educado liberalmente conoce el mundo.
Es
una persona que tiene criterio
Sin embargo, simplemente conocer el mundo no es suficiente. El hombre no es sólo sapiens sino también faber, o como dice Fausto, "en el comienzo está la acción". Pero ¿cómo actuar? Cuestiones de hecho, cuestiones de valores y cuestiones de decisiones son diferentes y frente a cada una de ellas se requiere de criterio para la acción.
Es el criterio el que nos permite distinguir la acción del activismo. En un mundo lleno de bomberos dedicados a apagar incendios, el curso de los hechos queda determinado por los mismos hechos y no por las voluntades. Pero frente a un problema la pregunta central no es ¿Cómo le hago? sino ¿Qué hay que lograr y qué es lo adecuado? Muchas veces nos quejamos de no disponer de tiempo para la reflexión, pero no es el tiempo lo decisivo sino la preparación.
La educación liberal prepara para la acción porque afina el criterio. El cultivo de la razón frente al caos generalizado, del lenguaje frente a la confusión rampante, de la sensibilidad frente a la desvalorización de todo lo humano es un ejercicio en la aplicación de criterio a las cuestiones del mundo. Por eso, el estudiante educado liberalmente es una persona que tiene criterio.
Es
una persona libre
La libertad no consiste en hacer lo que se quiere sino en hacer lo que se escoge. El estudiante educado liberalmente y desde una perspectiva cosmopolita es una persona que hace uso de la razón, se hace entender, es sensible, conoce el mundo y tiene criterio. Esto significa que dispone de todo lo necesario para no ser ni víctima de sus circunstancias ni esclavo de sus pasiones sino artífice de su propia vida. Es una persona libre, y por eso toda educación que valga la pena es liberal.
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