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Un ermitaño en las orillas del mundo habitado – Sobre Nicolás Gómez Dávila

Tomás Molina

Las siguientes líneas fueron escritas por Martin Mosebach para servir de introducción a una edición de Notas. Hasta el momento no habían sido traducidas al español, pese a que son uno de los pocos testimonios de primera mano sobre Nicolás Gómez Dávila. Aquí el escritor alemán nos habla de sus visitas a la casa del pensador bogotano, al tiempo que explica de manera muy clara y acertada algunos de los puntos centrales de su pensamiento. Es un texto verdaderamente bello que seguramente encantará tanto a los lectores habituales de Gómez Dávila como al público en general.

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Su casa se erguía en solemne silencio. Setenta años antes había adquirido su forma final. Una delicada palidez flotaba por encima de todo. Solo con dificultad puedo imaginar que sus cuartos interiores ya no existen, pues se parecían a las cámaras mortuorias de los egipcios, las cuales sirven su propósito solo después de la muerte de su amo. Nicolás Gómez Dávila, por otra parte, no habría entendido el lamento de sus amigos al ver destruido, poco después de su muerte, el ambiente que una vez creó y luego nunca fue cambiado. Numerosas anécdotas acerca de la residencia bien preservada de un poeta no habrían encajado bien con la antigua y lacónica calidad de su trabajo. Uno podría hablar de su casa como un vestido que no se llevó consigo a la tumba. Y sin embargo, vale la pena recordar su pátina, además de la ya histórica e impersonal atmósfera de sus cuartos, en los que se movía como si fueran las calles y mercados de una ciudad abandonada.

En mi primera visita, vi a una mujer indígena vendiendo flores frente a la casa Tudor. Yo no llevaba ningún regalo, pues el viejo amigo de la familia Gómez que me acompañaba me advirtió que “don Nicolás no come, bebe, ni lee nada ahora”. También me dijo, con cierto desprecio, que no podía llevar flores. En aquella casa, removida de la vida trivial, las flores frescas tendrían un efecto chocante, como si de manera indecente mostraran su vitalidad. Las villas que la rodeaban estaban protegidas por muros cubiertos con alambre de púas y guardias armados que se agachaban en sus cabinas. La casa Gómez Dávila solo estaba protegida por sus pequeñas ventanas teñidas con plomo. Caravanas de buses pasaban. Al otro lado de la calle había un supermercado ultramoderno con un monitor computarizado encima de cada pila de mangos. La casa estaba muy lejos del casco antiguo barroco, en una avenida recta, a lo largo de la cual la nueva Bogotá se expandía sobre campos vacíos. La meseta andina, crecientemente llena de chozas de campesinos inmigrantes y monstruosidades de concreto, usualmente está envuelta en una nube de llovizna. Aunque la ciudad está situada a una gran altitud, se siente como un inframundo. Santa Fe de Bogotá es un lugar de exilio. Es desconcertante que un hombre como Nicolás Gómez Dávila haya vivido aquí y no en Neuilly o en las colinas de Parioli. Pero luego uno se pregunta, ¿dónde más sino en las orillas del mundo habitado pudo un hombre así haber vivido?

Es ciertamente inusual hablar de un filósofo describiendo las habitaciones de su casa. En el caso de Nicolás Gómez Dávila es útil, puesto que allí se revela una unidad de pensamiento y vida. El recibidor era simple. Tenía piso de piedra y una gruesa alfombra de color amarillo sulfuroso con un patrón en el medio que se parecía a un escudo de armas, pero no lo era: la familia carecía de uno, a pesar de su linaje y de una historia que se remontaba al periodo colonial. La única decoración en las paredes era el retrato muy oscuro de un monje del siglo XVIII: un virrey español. Se había hecho llevar en un carruaje estatal a un monasterio franciscano para convertirse en un hermano más. En el fondo del recibidor había una puerta de vidrio que llevaba al patio. Un Buick negro de los años cuarenta estaba estacionado allí. En el parabrisas descansaba un polvo amarillento: la limosina de Barbarroja en Kyffhäuser se vería así. Rara vez alguien se sentó en la sala de estar. Tapicería roja y plateada, además de muebles lujosos en un estilo colombo-barroco desfilaban ante los muros: eran herencias de la familia Dávila de Santa Marta, una ciudad que comerciaba esclavos. En la mitad se erguía una mesa Boulle del Segundo Imperio, seguramente comprada en París durante la Feria Mundial. Un espejo veneciano de color gris plomo reflejaba una virgen colonial barroca del mismo color, cuyos vestidos formaban una pirámide. Su pequeña cabeza era de piel oscura, como de indígena. El comedor estaba amueblado con piezas Art Deco muy cool de barniz negro y fundas de  almohadas grises. Se parecía al interior de un yate. El hombre que después de su juventud en París solo viajaría una vez más a Europa después de la Segunda Guerra Mundial, podía sentirse durante sus comidas como si estuviese en un paquebote. El comedor había sido un regalo de sus padres para el recién casado don Nicolás. El inicio del matrimonio había sido opacado por algo dramático. El veinteañero recién llegado de París se había enamorado de una mujer de veintiún años que ya estaba casada. Los esfuerzos necesarios para anular este matrimonio en la Colombia de los años veinte los desconozco, pero el nuevo matrimonio estaba destinado a durar sesenta años, hasta la muerte de don Nicolás.

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Portada Escolios a un Texto Implícito

Ya he descrito en otra parte cómo fui recibido en mi primera visita a la casa de Gómez Dávila. Nada se movió detrás de la pesada puerta, ajustada con clavos de hierro, cuando timbré. Finalmente, apareció a través de una pequeña ventana el rostro redondo de un empleado de la casa. La puerta fue abierta y la familia Gómez Dávila entera, ordenada por rango y edad, formó una suerte de línea de honor que llevaba hasta el viejo. Este había tomado su puesto en frente de la puerta de vidrio y el empolvado Buick. El octogenario Gómez Dávila tenía dificultad para permanecer en pie y estaba ligeramente encorvado, como probablemente lo estuvo toda su vida, pues las personas altas suelen encorvarse ligeramente para el prójimo. Estaba vestido con una bata de baño y tenía un cigarro frío entre sus labios. Mientras me saludaba se le cayó al piso, lo que me dio la oportunidad de caer a sus pies y recogerlo. Vi un cráneo grande con una frente encorvada, le front bombé, como una estatua del gótico tardío. Sus mejillas se veían vacías; sus labios formaban una delgada línea roja. Con un gesto de su mano me pidió que entráramos a su biblioteca. No sonreía. Tampoco empleó ningún recibimiento convencional, ni realizó preguntas rituales sobre mi travesía. Había viajado miles de kilómetros para verlo. En el continente entero de Suramérica solo me interesaba él y en Colombia solo lo que estuviera conectado con él tendría algún sentido para mí. Aunque pocos lectores extranjeros lo habían encontrado, le pareció natural que yo quisiera verlo y conversar con él. La biblioteca era un cuarto relativamente pequeño con libros desde el suelo hasta el techo. Los libros cubrían completamente una larga mesa y se apilaban incluso debajo de ella, como si crecieran del suelo. Nos sentamos frente a la chimenea; en el borde había un viejo diccionario castellano del siglo XVII. Frente a ella había un pequeño calentador a gas, pero a pesar del frío nadie lo encendió. Afuera había llovizna; adentro bellas y tenues habitaciones que por décadas habían estado en proceso de petrificación. Gómez Dávila podía ver su casa como una pieza de historia del pasado distante, como una pieza de una edad abolida para siempre, con la que podía simpatizar sin creer que podía restaurarla. Practicaba el arte de no estar en casa, al tiempo que no se separaba de su frío calentador. No se veía a sí mismo como un ciudadano de su país, ni como un contemporáneo. Su pasión era la Historia, pero no para escapar de su propio tiempo hacia habitaciones llenas de espíritus, aunque creía que los siglos entre Constantino y Dante eran una era dorada. La Historia no era para él un declive constante. Periodos creativos, cimas de la cultura, eriales, barbarismo y esterilidad alternaban de un modo impredecible bajo sus ojos. Este camino a través de la historia lo llevó sobre unos cuantos puntos altos, pero sobre todo a través de valles, pantanos y abismos. La visión cristiana de la historia la describía de este modo: “La historia comienza con una catástrofe, experimenta un milagro en el medio y termina con un cataclismo”. Como resultado, no hay posibilidad de permanecer en tiempos mejores. En cambio, buscaba un resquicio que le permitiera escapar de la Historia. En su desdén del presente se deleitaba al declararse a sí mismo “reaccionario”, porque la palabra no cuenta con prestigio en ningún campo político. Pero para los lectores superficiales –que por supuesto no le importaban–, había creado un malentendido: el reaccionario, de acuerdo al marxismo, lucha en contra de la revolución para devolver la rueda de la historia. Frente a tal intención Gómez Dávila solo habría movido su cabeza.

Mover la rueda de la historia para adelante o para atrás era igualmente absurdo para él. Lo que quería era dejar el contexto histórico en su totalidad. La ley del Sacro Imperio Romano tenía una designación para las más pequeñas, incluso las diminutas, entidades políticas que no estaban sujetas a ningún señor, excepto al distante emperador (y frecuentemente a nadie en la realidad): la designación de Reichsunmittelbarkeit. Resulta desconcertante que alguien del siglo XX que vive en los Andes aplique este término a sí mismo, pero eso es exactamente lo que Gómez Dávila hizo, y además en alemán, idioma que leía sin esfuerzo alguno. Reichsunmittelbarkeit era para él como el ultramontanismo, el cual era imputado a los católicos alemanes en el siglo XIX, significando que eran leales a un poder “más allá de las montañas”. Su hogar no era Colombia, pues el país estaba en una posición subordinada por su pasado colonial, ni el siglo XX, barbarizado por su mentalidad económica dominante. Se veía a sí mismo como el hijo de la Iglesia Católica, pero no en el sentido de una confesión cristiana entre tantas, sino como la gran recolectora de todas las religiones, como la heredera de todo el paganismo, como la religión original que aún vive. Gómez Dávila era muy consciente de que la Iglesia después del Vaticano II no correspondía con ese ideal. Fue muy fácil así que eligiera emigrar del presente, el análisis del cual, claro está, le ayudó a formular fragmentos de una “antropología eterna” en su contra.

Los amigos más jóvenes de Gómez Dávila lamentaban que lo haya conocido por primera vez en la fragilidad de la vejez, pues ya no era el elegante e incluso dandy jinete y hombre de sociedad de hacía años. Pero me parecía que esta vida, en la que continuó después de una enfermedad muy grave; este estar sentado y vestido con una bata en su cueva fría llena de libros, encajaba con su obra en el más alto grado. Puesto que sentía que su tiempo ya no era capaz de entender grandes catedrales intelectuales como la Summa de Santo Tomás, trataba a sus sentencias pulidas y comprimidas al máximo como si fuesen semillas de dientes de león listas para ser sopladas al mundo. Pocos escritores han tratado su obra con menos respeto. Si los libros, a los que se les dieron títulos sin pensar en su efecto en el lector, como Notas, Textos y Escolios, no aparecían en ediciones privadas, de todas maneras solo aparecieron en escasos números y por editoriales fuera del ámbito comercial. Es uno de los placeres dentro de un mundo literario amenazado por muchos lados por el comercio, que esta obra haya sido gradualmente llevada a muchos países, como por ósmosis y sin publicidad ni apoyo público. Como Pavel Florensky, quien está muy cerca de él a pesar de tener un contexto y una herencia espiritual completamente distinta, Gómez Dávila fue conocido antes en el mundo de habla alemana que en su propio país.

El esfuerzo con el que don Nicolás me habló y las pausas que realizaba entre sus oraciones, eran una suerte de guía sobre cómo leer correctamente la aparentemente desordenada secuencia de aforismos en las tres colecciones de Escolios. Su pensamiento se reveló a sí mismo en la calma de su biblioteca como un altamente compacto kit de emergencia para una indefinida estadía en el ártico. Durante las varias visitas que hice, también vi al hombre anciano rodeado por su familia y amigos, pero nunca perdí la sensación de que había encontrado a un ermitaño como uno de los grandes padres del desierto.

*Fuente de la imagen principal: Nicolás_Gómez_Dávila - dominio Púlbico

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