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Barranquilla en el año 2132 vista desde la literatura de ciencia ficción

Por: Jaime Luis Charris Pizarro*

Barranquilla, De Jdvillalobos - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0

Dentro de los distintos universos que la literatura permite penetrar, marca un territorio importante el género literario de ciencia ficción, en donde se otorgan licencias para especular, por ejemplo, sobre la estructura de la civilización en el futuro. Viajes interplanetarios, contactos con seres de otros planetas, ciudades futuristas con un desarrollo desbordado en la tecnología son, entre otros, los ingredientes o herramientas de mayor uso en los narradores de ciencia ficción, lo cual viene representando un tiraje de historias muy apetecida para los realizadores de cine.  Jules Verne, Isaac Asimov, Enrique Gaspar, etc., resaltan en este modelo literario.    

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Otros autores, por el contrario, visualizan el futuro en medio del caos y la lucha por la supervivencia ante la escasez de alimentos y agua, presagiando, bajo un escenario apocalíptico, el esparcimiento de enfermedades y los efectos devastadores del calentamiento global.  Por citar una obra, “I am Leyend” (Soy Leyenda) del estadounidense Richard Burton Matheson, desarrolla esa técnica.  Esta novela, publicada en 1954, ya ajusta tres adaptaciones cinematográficas, resaltando como una de las mejores, la versión dirigida por Francis Lawrence y protagonizada por Will Smith (2007).
 
Con este brevísimo bosquejo de lo que representa el amplio espectro de la literatura de ciencia ficción, podríamos aventurarnos a cuestionarnos, sobre todo los que somos del caribe colombiano, si ¿cabría la posibilidad de desarrollar una historia de ciencia ficción en la ciudad de Barranquilla?.  Sí, en la ciudad de Barranquilla, Colombia.  La arenosa, la puerta de oro de Colombia, el epicentro de uno de los mejores carnavales del mundo e incluso, la casa de la Selección de Fútbol. 
 
Aunque suene extraño esto ya ocurrió, y curiosamente fue un célebre escritor bogotano quién llenó las páginas de una admirable novela de ciencia ficción (futurista), tomando como sede la colorida ciudad de Barranquilla.  José Antonio Osorio Lizarazo (1900 – 1964), novelista, ensayista, político y periodista capitalino, en 1932, publicó BARRANQUILLA 2132, haciendo un ejercicio literario poco convencional para la época en nuestro país.  Como lo señaló una columna de Luis Fernando Afanador en la Revista Semana, a propósito de la edición de tres obras de literatura de ciencia ficción colombiana - entre ellas “Barranquilla 2132” – “La ciencia ficción, para mí, no tenía cabida en nuestra tradición literaria, marcada por el realismo. O a lo sumo, por el realismo mágico, muy distinto, en el cual la fantasía proviene del mito y del inconsciente colectivo. La ciencia ficción tiene que ver más con la razón o la imaginación razonada: es un juego especulativo con los descubrimientos científicos, con el desarrollo tecnológico.”.[1] 

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Barranquilla, De Jdvillalobos - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0

Con todo, Osorio Lizarazo logra plantear la trama en los dos ángulos descritos en el inicio de este artículo.  En el año 2000, se presenta un escenario apocalíptico, en donde la raza humana se vio manifiestamente reducida, producto de una crisis generada por la imposición de la maquinaria sobre la mano de obra.  La más tremenda de las miserias, trajo consigo una considerable reducción de los habitantes del planeta, para finalmente emerger una nueva concepción del mundo que permitió a la nueva generación el desarrollo ultra acelerado de la tecnología y simplificó las costumbres, usos sociales y al amor mismo.  Para entender con mayor claridad este planteamiento, echemos un vistazo al argumento de la novela:
 
A través de la controvertida técnica de la hibernación (técnica que reduce o anula las reacciones orgánicas por medio del frío), un médico, Juan Francisco Rogers, logra sepultarse en el interior de un edificio de la ciudad de Barranquilla, y su cuerpo fue encontrado doscientos años después - en el año 2132 -, cuando producto de lo que luego resultaría ser un ataque terrorista, la edificación fue reducida a escombros por cuenta de una explosión.  El cuasi cadáver es recuperado entre las ruinas de la construcción y posteriormente, el aventajado doctor Var, no tiene inconvenientes en devolverlo a la vida, dejando al reavivado a disposición de dos periodistas, J.Gu y M.Ba, quienes le enseñarían la nueva ciudad de Barranquilla y las costumbres que imperan en esta generación.
 
A partir de allí, empieza una aventura realmente fascinante.  El doctor Rogers choca de frente con una civilización distante de la que había dejado doscientos años atrás; Ahora la vida es mucho más simplificada, el transporte aéreo (la gente se trasporta en lo que se describe como pequeñas avionetas que tienen asignadas unas líneas de vuelo específicas) reemplazó al automóvil tradicional, no hay distinción en la vestimenta entre hombres y mujeres, comer en la calle es un acto que merece repudio, pero ante todo, el mundo se mueve con absoluta desatención respecto a sentimientos como el amor, que en esa era se limita a un mero contrato.  Ni hablar del arte, considerado por aquellos seres como la máxima expresión de malgastar el tiempo. 
 
En este punto de la narración, el lector termina sumergido en un sentimiento de nostalgia y temor al ver que Barranquilla, nuestra Barranquilla - tan bulliciosa y carnavalera, y en cuyo centro, aún en el 2017, se instalan ventas ambulantes de exquisita comida -, ante el afanoso deseo de convertirse en la ciudad del futuro (dado el actual empoderamiento de la industria y el comercio), pueda resultar transformada en el conglomerado de un millón de habitantes que vaticina Osorio Lizarazo, en donde en el año 2132, estaría prohibido degustar una butifarra en las inmediaciones de los Almacenes Tía de la calle 35 con carrera 43.
 
La prosa del bogotano, describe con precisión el entorno de la capital del Atlántico para esos días futuros, en donde la arquitectura que había contemplado el autor en los años 30 y subsiguientes, en el año 2132, pasarán a ser reliquias de una ciudad de museo, “- El edificio Eckhardt … Sí.  Es el edificio Eckhardt – repetía emocionado al descubrir una comprobación de su anterior existencia -. Y allí San Nicolás, el edificio Correa, el Palace …”
 
En otro aparte, al referirse al Hotel El Prado, “Todavía estaba allí el Prado.  Las habitaciones casi rústicas y ahora anticuadas ostentaban su aspecto pintoresco y sólo en torno del Hotel, conservado prodigiosamente, se levantaban grandes edificios, que procuraban competir con la grandiosidad de aquel monumento”.  Y sobre el aspecto de la ciudad en términos generales: “Volvía hacia los barrios más viejos.  Las calles que en otro tiempo fueran centrales, llenas de actividad intensa, ofrecían ahora un aspecto vacío y desolado.  Estaba acostumbrado a contemplarlas llenas de automóviles, guiados por faros reguladores, cubiertas de multitud inquieta; ahora solo ambulaban algunas personas, sin la antigua agitación, con la parsimonia y con la solemnidad que parecían impregnar todos los actos de la nueva humanidad.  La calle San Blas, la Avenida 20 de julio, el Paseo Colón, prolongado durante algunas cuadras en 1975, que parecía una brecha abierta entre las techumbres incontables, ofrecían un aspecto arcaico, que penetraba en el espíritu de Rogers, …”.

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José Antonio Osorio Lizarazo, de Biblioteca Nacional de Colombia

En el mismo instante en que se llega al límite de la desesperación e impaciencia por el desértico panorama de Barranquilla, el mismo personaje, Juan Francisco Rogers, después de superar un enfrentamiento directo contra un terrorista que pretende apoderarse del mundo, se sume en profundas reflexiones que desembocan en la añoranza de aquella ciudad que ya no existe, en donde no hay Carnaval (aunque no se hace alusión expresa a esta festividad en la novela), los valores y principios se esfumaron, la apreciación del arte se destruyó como también, se derrumbó ese pedestal que ostentaban las mujeres como portadoras de la representación de la belleza.  El sentimiento más cercano a la amistad para el acucioso médico, es la relación que le ofrecía el periodista J.Gu, cuya máquina de escribir ahora correspondía a “un tablerito que movía con destreza … Ahora se escribe por sílabas.  No siempre sale bien la ortografía, pero algo hay que sacrificar a la comodidad.”, señala un pasaje de la novela en una impresionante anticipación a lo que hoy representa el iPAC.
 
Finalmente, ante lo poco esperanzador del panorama, el doctor Rogers decide terminar su vida arrojándose al mar desde un tajamar de Bocas de Ceniza “Las olas verdes e inquietas se cerraron sobre la segunda existencia de Juan Francisco Rogers”.  Al cerrar el libro el lector se preguntará ¿Qué pasará con el Junior de Barranquilla en el año 2132?.

 
[1] http://www.semana.com/cultura/articulo/ciencia-ficcion-colombiana/249544-3

 

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