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Cantar para rendir la muerte o la gracia de Orfeo

Hernán Urbina Joiro

La poesía y la música crean mucho más que simples recuerdos: dan acceso vívido a lo que se ha perdido, posibilitan relacionarse de nuevo —mejor— con lo extraviado, reconectan el pasado con el mañana, reaniman la confianza. Pero, en la soledad, sin la común-unión con otros, con la gracia de desafiar el inconsciente con el arte también se corre riesgo de sufrir la tristeza letal de Orfeo, derrotado por sus fieras internas antes de sacar viva a su esposa de los infiernos.

Nietzsche parece triunfar siempre que se recuerda su aforismo: «[solo] encontramos palabras para aquello que ya está muerto en nuestros corazones», lo que podría reformularse como: solo se canta porque algo se ha perdido o se teme perderlo. Acudimos a la música y a la poesía cuando se ha perdido —o se teme perder— algo, incluso en medio del éxtasis, que tampoco tiene paz. Al recordar al más grande cantor de la mitología griega, Orfeo, parece aceptable decir que la lira y el canto actúan, precisamente, en ese terreno, en la quietud de lo que no pareciera tener quietud alguna. Virgilio escribió que Orfeo era capaz de actuar sobre la naturaleza y que su lira pudo detener a la Luna. Parece también incontestable que lo que puede llegarnos del exterior y conmovernos, como indicó Freud, debe superar las barreras de la conciencia y desafiar las fuerzas —las fieras— del inconsciente. Pareciera obvio que la música y la poesía pueden llegar hasta nuestras fieras internas y vencerlas… la mayoría de las veces.

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Mis primeros versos, escritos a los once años, son tan vívidos como estos textos que ahora escribo; todavía me generan aquella emoción semejante a cuando conocí el río, que me pareció que estaba vivo. No sé, exactamente, qué es y cómo funcionaría la arte-terapia, pero antes de escribir versos a los once años y escribir canciones desde los doce, estuve enfermo por el asma y la migraña. A los 12 años, al ganar el Festival Nacional de Compositores Vallenatos, al entrar en común unión —comunión— con el resto del mundo con mis cantos, me sané de todo eso. Solo por esto pienso en tener la posibilidad de decir con Goethe: «Mis canciones me hicieron a mí y no yo a ellas». Igual, al recitar: Anda sin pensar: se fue la juventud, mi padre / Que yo soy esa parte / De la tuya que aún no muere, le recito de nuevo a una persona que me escucha, que celebra esos versos míos, con los que renuevo mi amistad y me llena otra vez de alegría —me vivifica— toda su vida, tras una década de haberse muerto. Eso, me parece, es mucho más que un simple recuerdo. Pero se sabe de antiguo que por las artes —o pese a ellas— también se puede llegar a la autoaniquilación. El análisis es complejo. Pero valga un intento, además, para no aceptar sin remilgos que en todas las situaciones el arte es bienhechor, sanador y compasivo.
 
En este instante, puede ser necesario subrayar que todo aquel que aprecia el arte conoce que por él se entra en contacto con el artista que lo creó, así sea de otro milenio; y que por una obra artística puede compartirse a distancia con otras personas, de manera muy cercana, los mismos buenos y malos momentos vividos. Y este es un punto central: la música, el arte, especialmente compartidos con otros, son los que incluso permiten vivir aquello que describía Víctor Hugo, que «la melancolía es la felicidad de estar triste». En la común-unión con otros, por el arte, está lo mejor que podemos esperar del arte mismo. Pero ya se ha adelantado en este texto: en solitario, las fieras interiores desafiadas por lo artístico pueden llegar a tener la ventaja, pueden llegar a ser muy lastimadoras, pueden llevar a la sin salida fatal de Orfeo.

De acuerdo con distintas tradiciones griegas, Orfeo, hijo de Apolo, de quien recibió la lira de siete cuerdas —luego Orfeo le puso nueve, en honor a las Musas—, al cantar o al tañer su lira conmovía y detenía al viento y a los ríos. Una mañana, descubrió entre ramas a una bella ninfa que lo escuchaba encantada, Eurídice. Orfeo también se enamoró de ella y poco después se casaron. Pero una serpiente no tardó en morder el talón de Eurídice, causándole la muerte. Los cantos y las melodías tristes de Orfeo conmovieron a los dioses del Olimpo que, empapados en lágrimas, le aconsejaron descender al inframundo para traerse de vuelta a su esposa. Camino a los infiernos, Orfeo convenció con su lira a Carón para que lo llevara en su barca a atravesar el río Estigia, que ningún mortal había cruzado.

Sorteó muchos peligros, siempre con su música. Frente a Hades, dios de los infiernos, entonó un canto tan afligido que le fue concedido llevarse de regreso a Eurídice al mundo de los vivos, con la condición de que caminara siempre delante de ella y no mirara atrás, hasta que hubieran alcanzado por completo el mundo superior. Ya casi en la superficie, Orfeo dudó de si realmente lo seguía Eurídice y volvió la cabeza para verla desvanecerse, a poca distancia de sacar el último pie del inframundo. Orfeo no pudo convencer, en adelante, a nadie para regresar de nuevo por Eurídice. Murió despedazado por las Ménades —enfurecidas— y solo las Musas se compadecieron de él, lo volvieron a unir antes de sepultarlo y pidieron a Zeus que resguardara su lira en las constelaciones.

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Hay muchas lecturas simbólicas en este relato. Una de ellas indicaría que, en principio, Orfeo se une a Eurídice porque no le bastaban su lira y su canto poderosos para aniquilar la soledad. Es palpable también que cantó para recuperar lo perdido y en efecto lo consiguió. Pero además es entendible que, en solitario —sin nadie a su frente y sin poder mirar atrás—, las fieras del inconsciente lo embistieron: la vacilación, la impaciencia, la aprensión, la falta de confianza, todas lo vencieron y lo llevaron a la fatalidad.

No hay mucho para poner en duda que la música y la poesía son medios, como pocos, que generan enorme placer, que vuelven a reconciliar lo que estaba destemplado, que encaminan en un sentido vitalista a los grupos humanos que logran una común-unión alrededor de ellas. Como expresó Alejo Carpentier en su libro Ese músico que llevo dentro, la música es «teatro para ciegos […] donde cada cual puede prestar al actor los rasgos, los gestos, el aspecto que les sean sugeridos por la propia imaginación». Pero aun entre ciegos, la música y el teatro son todo lo poderosos que pueden ser, especialmente, en medio de otros, concretados en la compañía de otros. A Orfeo parecieron faltarle amigos que le avivaran desde el reino de los vivos, o incluso desde el reino de los muertos, para salir cantando de los infiernos con su esposa viva.

Cantar para rendir la muerte es una de las invitaciones de este texto, pero invitación a cantar con el resto de la humanidad posible para que la de Orfeo sea auténtica gracia y no medio aniquilador; cantar para rendir lo perversamente destructor, para tocar aquello que aconseja el gran escritor y médico mexicano, Arnoldo Kraus, en la voz de uno de sus pacientes: «Nunca permitas que la muerte te borre o te mate antes de morir».

 
Lecturas recomendadas
Carpentier, Alejo. Ese músico que llevo dentro. Madrid. Alianza Editorial. 1980.
Kraus, Arnoldo. Dolor: notas. Revista Humanidad Ahora, número 5, 2016. Más información aquí
Píndaro. Odas y fragmentos. Madrid. Gredos. 1984.
Urbina, Hernán. El artista y la enfermedad. Revista Humanidad Ahora, número 1, 2014. Más información aquí

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