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Cultura

El legado de Cuentos de Tokio, sesenta años después

Laura María Uribe Forero

Cuentos de Tokio quizá sea una de las películas japonesas más elogiadas por los críticos y la audiencia mundial. Dirigida por Yasujirō Ozu, la película se estrenó en 1953, con una historia que, al parecer, es bastante simple: una pareja de casados viaja a Tokio para visitar a sus hijos, a quienes hace muchos años no ven. Sin embargo, la simplicidad de la narrativa contrasta con la densidad y complejidad de los temas que, poco a poco, se van desenvolviendo para poner en evidencia la melancolía que predominó en la sociedad japonesa de la segunda posguerra.

La década de 1950 fue, sin lugar a dudas, una de las más importantes en la historia cinematográfica japonesa. Las producciones del cine mudo fueron agotándose para dar paso a los nuevos avances tecnológicos que permitieron la exploración de nuevas técnicas narrativas. En 1949, Yasujirō Ozu, natal de la prefectura de Mie, estrenó Banshu, la película que lo destacó como una de las grandes promesas del cine mundial. Asimismo, otros directores de gran renombre rodaron sus largometrajes más aclamados, como fue el caso de Rashomon, en 1950; y Los siete samurai, en 1954; ambas dirigidas por Akira Kurosawa.

Yasujirō Ozu tuvo una ávida carrera como director y escritor de guiones que empezó cuando su tío le garantizó un trabajo en el estudio de cine Shochiku, como asistente en el departamento de cinematografía. Ozu tenía diecinueve años y, a diferencia de sus hermanos, nunca se destacó en el ámbito académico ni mostró ningún interés por hacerlo. La mayoría de su tiempo libre lo invertía viendo películas de Hollywood en el teatro local, las cuales tuvieron un gran impacto en sus primeras producciones. De hecho, su trabajo más temprano –que abarca desde comedias hasta westerns y películas de gánsteres, con fuertes influencias de directores como Harold Lloyd– está lejos de parecerse a las historias de dramas que, años más tarde, se volverían su característica distintiva.

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Ozu nunca se casó ni tuvo hijos. Toda su vida la pasó de manera diligente al lado de su madre, quien falleció solo dos años antes que su hijo[1]. Después de la Segunda Guerra Mundial, Ozu exploró en sus películas las consecuencias de los cambios generacionales, así como la relación, muchas veces conflictiva y nostálgica, entre padres e hijos; temas que seguramente fueron catalizados por la relación con su madre. Si bien la orientación sexual de Ozu no ha sido un tema muy polémico, se ha especulado bastante sobre su homosexualidad; en especial, debido a una singular anécdota de su adolescencia, que cuenta cómo Ozu fue expulsado del colegio cuando un profesor encontró una carta de amor dirigida a otro estudiante. Sin embargo, nunca se corroboraron los rumores. 

En cuanto al estilo, Ozu es reconocido por la técnica del manejo de la cámara, la cual en la mayoría de escenas permanece estática y puesta casi a ras de piso; incluso en algunas ocasiones debieron cavar huecos en el suelo para alcanzar la altura propicia. Esto permitía enfocarse en la cara de los personajes y en las conversaciones que se mantenían mientras estaban sentados en el tradicional tatami. El particular manejo de la cámara, combinado con el diseño de sets minimalistas, pero a la misma vez expresivos y detallados, le ha brindado a Ozu un sello distintivo y le ha concedido una reputación como uno de los directores más “japoneses” de Japón, para diferenciarlo de aquellos directores que emulaban las técnicas de sus colegas estadounidenses y europeos. 

Cuentos de Tokio narra la historia de Shūkichi y Tomi Hirayama, una pareja jubilada que vive apaciblemente en el pequeño y alejado pueblo de Onomichi con su hija soltera, Kyoko. Tras muchos años sin ver a sus tres hijos residentes en Tokio, deciden soportar el largo viaje en tren para visitarlos y conocer a sus dos nietos. A su llegada, son recibidos en la casa de Koichi, donde son acomodados. La bienvenida es seca: nada de abrazos ni muestras de afecto, simplemente el tradicional saludo japonés. Es casi como si se acabaran de conocer. Y en cierta medida, es así. 

Preocupada porque sus padres se van a aburrir, Shige, la hija mayor, le pide el favor a Noriko que los lleve a conocer la ciudad. Noriko, una mujer bondadosa y amable, felizmente lleva a la pareja a un viaje por Tokio. Más tarde, se revela que Noriko estuvo casada con un hijo de Shūkichi y Tomi, que murió en la guerra hace ocho años, pero ha decidido no volver a casarse con nadie y vivir una vida solitaria en un pequeño apartamento. La escena de los dos ancianos y Noriko en un bus de turismo es una de las pocas instancias donde se presentan los paisajes urbanos de Tokio. La ciudad no es un protagonista, como tal vez lo puede sugerir el título de la película. Por el contrario, es un simple telón de fondo; un contenedor que se llena de significado no con su arquitectura, sino con las acciones cotidianas de sus habitantes. Es más, la mayoría de la película transcurre dentro de los hogares donde se hospedan Shūkichi y Tomi, e incluso se llega a insinuar que están en una parte bastante alejada de la ciudad.  

Dos hechos más se destacan en el trascurso de la historia que son decisivos para comprender cómo Ozu pone en contraste las actitudes y costumbres de generaciones dispares. El primero de ellos sucede cuando los hijos mandan a sus padres a un balneario en Atami, para que pasen unos cuantos días de relajamiento junto al mar. No obstante, la vida nocturna de los jóvenes que se hospedan en el hotel impide que la cansada pareja duerma bien. La imagen de dos pares de zapatos, situados ordenadamente frente a la puerta del cuarto, mientras que Shūkichi y Tomi tratan de dormir, es una de las escenas que mejor capta la resignación de dos personas que parecen no encajar en este ambiente. Frente al bullicio y la energía de una nueva generación, no hay lugar para ancianos. Shūkichi y Tomi deciden regresar temprano a Tokio. Enojada, Shige les reclama a sus padres su súbita llegada: la única razón por la cual insistió en que fueran a Atami es que necesitaba el cuarto para entretener a sus amigos. 

El segundo hecho decisivo sucede en el último día de visita de los padres en Tokio. Shūkichi y Tomi se van por caminos separados. Tomi pasa la noche en la casa de Noriko, donde ambas tienen una sincera conversación sobre el futuro. A Tomi le duele que Noriko siga apegada a la imagen de su difunto esposo y que no haya encontrado a alguien más. Por su parte, Noriko demuestra estar cómoda con su vida y evade los consejos de su suegra. Sin embargo, cuando ambas se acuestan, Noriko parece estar al borde de las lágrimas.

Mientras esto sucedía, Shūkichi estaba reencontrándose con dos viejos amigos, con los cuales sale a un bar a tomar sake, como lo hacían en su juventud. La conversación entre los tres se torna amarga cuando hablan de sus hijos: uno de ellos los perdió en la guerra, mientras el otro se queja del poco éxito que han alcanzado los suyos. Shūkichi también confiesa que, si bien sus hijos han forjado carreras dignas, no puede evitar sentirse un poco decepcionado de que su hijo mayor fuese un simple médico de barrio. Borrachos, los tres amigos son llevados por la policía a la casa de Shige.  

Hasta ahora, el viaje de Shūkichi y Tomi ha resultado ser más que decepcionante. Ninguno de sus hijos se tomó la molestia de pasar algún tiempo con ellos y, de no haber sido por Noriko, ambos se hubieran tenido que quedar todo el día encerrados en un cuarto. El día del regreso, los hijos llevan a sus padres a la estación del tren. Su ida es tan fría como su llegada: no hay lágrimas de tristeza ni abrazos de despedida. Aliviados por la partida de sus padres, los hijos siguen con su vida. Pero la normalidad no alcanza a llegar. Un telegrama informa a Shige que su madre está en condición crítica en Osaka, en la casa de Keizo, otro de sus hijos. Poco después de que todos se reunieron en Osaka, Tomi muere. La familia hace un modesto funeral y al día siguiente, todos los hijos, menos Noriko, regresan a Tokio a atender asuntos pendientes. De vuelta en Onomichi, Shūkichi se sienta a ver el paisaje por su ventana mientras usa un abanico para refrescarse en  la calurosa tarde.

Cuentos de Tokio es un relato del choque entre dos generaciones separadas por una brutal guerra que destruyó muchos lazos familiares. Mientras Japón experimentaba el boom económico de la recuperación, padres e hijos se alejaban cada vez más. Los valores tradicionales se iban perdiendo en las demandas de la modernidad y el individualismo. Ya no había tiempo para los recuerdos del pasado, solo había tiempo para trabajar. El viaje en tren que hacen los padres no solo demuestra la larga distancia geográfica entre Onomichi y Tokio, sino también el distanciamiento emocional con sus hijos.

Por un lado, los padres simbolizan los valores de una generación moribunda que se basa en la disciplina, el respeto hacia los mayores y el cultivo de las relaciones familiares. Por otro, los hijos demuestran el cambio inevitable hacia otra forma de vida mucho más laxa pero, al mismo tiempo, consumida por el trabajo y el egoísmo. Esto se ve demostrado en la actitud de los nietos de Shūkichi y Tomi, dos niños maleducados, que le hablan mal a su madre e ignoran a sus abuelos.

La melancolía por los valores de un tiempo pasado claramente predomina en el tono de la película. En pocas palabras, se puede decir que Cuentos de Tokio es una representación del Japón de la segunda posguerra; momento en el cual el tejido social se vio lentamente desgarrado y transformado para dar paso a nuevas dinámicas familiares que, en el caso de la experiencia de vida de Ozu, este toma el lado de los padres.

No obstante, hay ciertos momentos en la película que indican que no todo era perfecto en el pasado. Así, con el ánimo de no idealizar las costumbres de las generaciones anteriores, Ozu también da cuenta de las dificultades que sufrieron los hijos de Shūkichi y Tomi. Por ejemplo, las andanzas de Shūkichi con sus amigos y su posible abuso del alcohol, hecho que llenaba de angustia y rencor a Shinge. Estos sutiles cambios narrativos indican que la película no es una batalla entre personajes buenos y malos y que, tanto padres como hijos, tienen virtudes y defectos.

La singularidad del ambiente de Cuentos de Tokio –su énfasis en las costumbres japonesas como el vestuario, la comida y los hogares– contrasta con la universalidad la historia. A pesar de que la película fue hecha en el contexto japonés, sus temas resuenan en casi todos los lugares del mundo. Más de sesenta años después, Cuentos de Tokio sigue siendo tan actual como el día de su estreno. En un sentido más abstracto, la película trata sobre la manera en la que los seres humanos afrontamos las difíciles relaciones familiares: desde las inevitables decepciones hasta la búsqueda de la independencia y la felicidad en momentos de adversidad.

Muchas veces las preguntas sobre al amor, la vida y la familia son demasiado dolorosas para ser afrontadas, por lo cual los personajes de Cuentos de Tokio se refugian en charlas insignificantes sobre la comida y el clima. Entonces, la crítica no es necesariamente que los hijos no tengan tiempo para hablar con sus padres, sino que ellos han organizado su vida de esta manera para no tener que lidiar con las tristezas del pasado y las incertidumbres del futuro. Y solo la muerte nos recuerda que hemos evadido esta responsabilidad y que, desafortunadamente, el tiempo que antes abundaba ahora se ha acabado. Resuena, en este punto, una de las últimas frases de la película, pronunciada por Shūkichi, respecto de la repentina muerte de su esposa: “si hubiese sabido que las cosas iban a terminar así, hubiese sido más amable con ella cuando estaba viva”.
 
 


[1] La tumba de Ozu, situada al lado de la de su madre, es adornada solo por el carácter japonés “mu”, que significa la nada o la ausencia, características que le brindan armonía a la naturaleza. 


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