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Cultura

Entre la pluma y los guantes

Carlos A. Cortés Martínez

Tuvimos el privilegio de entrevistar al autor de Los golpes de la esperanza y de El oro y la oscuridad: la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé, al cronista ganador de cinco premios internacionales y seis más nacionales, al narrador que ha hecho de sus relatos su mejor golpe y se ha convertido, hoy por hoy, en uno de los escritores de no ficción más reconocidos del continente.
 
En esta entrevista, Salcedo Ramos habla sobre su acercamiento a la escritura, su interés por el boxeo, su relación con los púgiles de sus historias, la interacción entre la pobreza, la raza y el boxeo, la responsabilidad del cronista con respecto a esta temática y, finalmente, explica su posición sobre el uso de las metáforas en sus escritos.
 
Carlos A. Cortés-Martínez (CC): ¿Cómo comenzó tu acercamiento a la escritura?
 
Alberto Salcedo Ramos (ASR): Mi acercamiento a la escritura se dio de una manera espontánea y casual. Yo crecí en una casa donde había poquísimos libros. Eran, más que todo, libros de texto; esos libros que son obligatorios en los colegios: de ciencias naturales, de Geografía, de Matemáticas. Cuando yo era niño miraba el Álgebra de Baldor por encimita: nunca pasaba de la primera página. Decía: esto no tiene absolutamente nada que ver conmigo. En cambio, me quedaba horas leyendo un librito que se llamaba Historia sagrada. Eran viñetas ilustradas sobre capítulos de la Biblia. A mí me fascinaba leer esas narraciones. Como era un libro religioso, recuerdo que, algunas veces, los adultos pronosticaban que yo terminaría siendo sacerdote.

Lo de escribir fue algo que brotó así, espontáneamente. Nadie me dijo que hiciera eso, ni cómo, ni por qué, ni si eso serviría para algo. Simplemente, a mí me daban ganas, y me sentaba a escribir. Al principio, en un cuaderno escolar y, luego, en una máquina de escribir Remington que había en la casa.
 
Era un niño introvertido. Me orinaba en la cama por las noches y eso minaba mi confianza. Siempre, al amanecer, me sentía miserable. Supongo que lo de escribir tuvo mucho que ver con esa circunstancia.
 
CC: ¿Cómo se desarrolló y avanzó esa necesidad de escribir, hasta llegar a la crónica?
 
ASR: Al principio escribía lo que se me ocurriera. No sabía de géneros ni nada: solo me sentaba con un cuadernito escolar y escribía. Nada más. Cuando estaba en último año de colegio, dije que quería estudiar Literatura, y mi madre se alarmó. “Te vas a morir de hambre”, sentenció. Entonces me propuso estudiar Periodismo, ya que, según ella, en este oficio por lo menos iba a tener un sueldo. Estudié Periodismo convencido de que se trataba de una simple parada en la ruta del tren que me llevaría a la literatura de ficción. Pero el caso es que apenas empecé a ejercer el Periodismo descubrí que, en este oficio, también es posible contar historias. Eso era todo lo que yo quería. Ahí entendí que me encontraba en un lugar donde quería estar.

CC: A lo largo de tu carrera, has escrito sobre diversos temas relacionados con la cultura popular, ¿cómo empezó tu interés por escribir crónicas deportivas en particular?
 
ASR: Mi interés en la cultura popular se debe, en parte, a que crecí en una región de naturaleza expansiva, donde la manera de ser se canaliza, en gran parte, a través de una oralidad muy viva y por medio de una maravillosa música. Cuando yo veía los periódicos, sentía que me hablaban de cosas ajenas a mi interés. En cambio, cuando oía cumbias o vallenatos, me narraban un universo con el cual me sentía identificado. De ahí viene, en parte, ese interés. 
 
CC: ¿Cómo empezó tu interés por escribir crónicas deportivas? 
 
ASR: Siempre me han gustado los personajes del deporte. Gente sencilla, elemental, que se muestra a través de sus actos en los escenarios deportivos. Nos enseñan sus almas, su carácter, mientras corren.
 
CC: ¿Cómo llegaste al tema del boxeo?
 
ASR: En cuanto al boxeo, te diré que me arrimé desde niño. Cuando Pambelé, nuestro campeón mundial, peleaba en Japón o Corea, mi abuelo me despertaba de madrugada en el pueblo colombiano donde vivíamos, para que viéramos juntos el combate. John Schullian, un periodista de Estados Unidos, dice que la curiosidad por el boxeo es una forma de voyerismo. Ya he dicho que tengo algo primario y por eso disfruto viendo a dos tipos moliéndose a golpes. Además me encanta la desnudez de los boxeadores. Es real, porque tienen el torso descubierto, y también es metafórica. El boxeo es un símil de la lucha del hombre por la supervivencia. Joyce Carol Oates nos recuerda que el boxeo es el único deporte en el cual no se utiliza el verbo “jugar”. Tú juegas fútbol, tenis, béisbol, pero tú no juegas al boxeo. Esa circunstancia lo convierte en una actividad donde lo dramático tiene un peso aplastante sobre el alma. Como contador de historias, eso me interesa.
 
CC: En algunas de tus entrevistas parece que eres un amante del boxeo, pero en Los golpes de la esperanza y en El oro y la oscuridad identifico una crítica muy fuerte a este deporte, ¿podrías por favor explicarme esta dualidad?
 
ASR: Ninguna dualidad: simplemente, al escribir como narrador hago el ejercicio de ver, a ratos, lo peligroso y rudo que es el boxeo. A veces es muy triste, además. Ringo Bonavena, el boxeador argentino, lo dijo de manera inteligente: “Cuando suena la campana te quedas solo, y ni el banquito te dejan”.
 
 CC: ¿Cómo es tu relación con los boxeadores antes, durante y después de escribir una crónica?
 
ASR: Mi relación con los boxeadores es igual a la que tengo con todos mis personajes: una relación cercana mientras investigo y no tanto cuando ya termina mi labor. Es un trabajo. Y por eso, en términos generales, solo los frecuento mientras hago la investigación.
 
CC: ¿Cómo seleccionas a los personajes de tus crónicas y a las fuentes de información?
 
ASR: Las historias de las cuales me ocupo están sugeridas en las noticias de la prensa, o las oigo por la calle en boca de la gente, o me las tropiezo por ahí cuando voy andando. Yo, cuando estaba muchacho, creía que cualquier cosa medianamente exótica ya era un tema.
Quería contar todo lo que encontraba en la calle: la historia del vago, la del payaso de andén, la del fotógrafo de plaza. Un día vi que muchas de esas historias las contaba sin estar seguro de que me interesaran, solo por contar algo. Entonces decidí que solo contaría historias que me hicieran morir de ganas de echar el cuento. Necesito esa pulsión para arrancar.
 
CC: En Los golpes de la esperanza consultaste a varios campeones de boxeo. ¿Por qué decidiste escribir este libro sobre boxeadores anónimos y púgiles retirados, en vez de enfocarte en las historias de las grandes leyendas del boxeo en Colombia?
 
ASR: Porque en este caso iba a oír voces que no habían sido oídas. Sencillamente, fluyó así y ya. 
 
CC: Para escribir sobre el boxeo, has utilizado diferentes géneros periodísticos: la crónica, el reportaje, el perfil... ¿Qué hace distintivo a cada uno de ellos en su forma de aproximarse al boxeo? 
 
ASR: Fíjate que he usado tres géneros narrativos. Para contar esas historias, yo narro. Me da igual si es crónica, perfil o reportaje, o un género inexistente que sea un híbrido de los tres. Nunca me propongo, de antemano, voy a hacer crónica o perfil. Simplemente, fluye así y listo.
 
CC: En tus historias sobre el boxeo, el papel de la pobreza es explícito. ¿Cuál es el rol de la raza en lo que has visto del mundo del boxeo?
 
ASR: No me imagino al hijo del ministro de Hacienda yendo a practicar boxeo en un gimnasio. Este es un oficio para gente que tiene el agua hasta el cuello. Cuando tienes la panza llena, ves cine o bailas cumbia. Pero fíjate que no me quedo nunca en la parte obvia del hambre: para mí se trata de algo más profundo, algo que está más allá de lo que vemos. El boxeador es un héroe romántico porque insiste en defenderse con los puños, en una sociedad que ha refinado sus métodos de destrucción y se mata con armas de fuego o con motosierras pavorosas.
 
CC: ¿Por qué crees que la mayoría de boxeadores en Colombia son afrodescendientes?
 
ASR: Porque los negros –perdona que no te secunde en eso de decir “afrodescendiente” – son los más excluidos en Colombia. En Irlanda, los pobres son blancos y por eso los boxeadores también son de esa raza. En Colombia, país con una larga tradición de exclusión racial, los boxeadores son mayoritariamente negros.
 
CC: Has escrito dos libros y varias historias sobre el boxeo, ¿qué factores en común has encontrado al conocer la vida de los púgiles sobre los que has escrito?
 
ASR: Las manos son iguales, pero cada ser humano tiene sus huellas dactilares únicas. Lo mismo pasa con los boxeadores. Cualquiera cree que las historias son la misma historia, pero te dedicas a ver y a oír con atención y pronto descubres que se trata de algo especial.
 
CC: ¿Cuál es la responsabilidad del cronista con relación a la exclusión racial que mencionas?
 
ASR: El periodismo es responsabilidad. En cualquier género. Si la historia que cuento contiene ese elemento de exclusión racial, el lector lo va a encontrar en mi relato. 
 
CC: En el pasado dijiste sobre el uso de las metáforas: “Yo no mido a un cronista por el valor de sus metáforas, sino por el polvo que tiene en sus zapatos”. Sin embargo, quisiera conocer tu posición con respecto al impacto que pueden tener las metáforas en el lector de crónicas.
 
ASR: No tengo nada contra las metáforas. Lo que sí te digo es que son difíciles. A menudo se cae en analogías obvias, o gastadas. Acuérdate de lo que decía Voltaire: “El primero que comparó a la mujer con una flor, fue un poeta. El segundo, un imbécil”. Ahora bien: supongamos que eres un brillante hacedor de metáforas, o que, en términos generales, escribes con precisión y belleza: ¡maravilloso, aplausos por tener ese don! Pero ojo: hay que buscar los datos, hay que remover archivos, hacer entrevistas, hablar con mucha gente, caminar. Yo reivindico el trabajo del reportero diligente. Primero, me das una investigación sólida y, luego, ya veremos cómo vas a escribir eso.
 
CC: Muy raramente te incluyes como protagonista en tus relatos. De hecho, a través de tus libros, solo lo haces una vez: al final de El oro y la oscuridad. ¿Cuál es la razón?
 
ASR: Creo que sí me incluyo varias veces en mis crónicas. Lo hago cuando veo que mi presencia contribuye a revelar algo que no podría ser revelado o resultar creíble si yo no apareciera en la escena.
 
CC: ¿Hay algo más que yo no haya preguntado y que tal vez quieras señalar sobre tu experiencia escribiendo sobre el boxeo?
 
ASR: Te quiero decir, nada más, que yo me considero afortunado porque puedo ganarme la vida contando historias. Fue algo que soñé desde niño.
 

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Advertencia: las opiniones expresadas en los artículos aquí presentes no corresponden a las de la Revista Nova et Vetera o la Universidad del Rosario, sino únicamente a las de sus autores.

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