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Turquía, un nuevo protagonismo a propósito de la migración

Mauricio Jaramillo Jassir (Profesor de la Facultad de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario)

Por años, Turquía fue humillada luego de presentar su candidatura a la Unión Europea, pues  quedó congelada indefinidamente por la posición ambigua de algunos Estados, que por distintas razones, veían con recelo la entrada de lo que hubiese sido el país más poblado del bloque y con un componente musulmán considerable. Hace diez años, el contexto europeo era bien distinto del actual.

El tema de la ampliación hacia nuevos Estados, era tal vez una de las caras más visibles de la institución regional más exitosa, desde que existe consciencia sobre una integración entre Estados nación. Indudablemente, la UE era y sigue siendo sinónimo de armonía, evolución y desarrollo. En ese momento, las autoridades europeas se pudieron dar el lujo de exigir reformas de hondo calado en Turquía, muchas de las cuales fueron puestas en marcha, sin que eso hubiese persuadido a europeos de admitirla en el seno de la Unión.

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Con la crisis financiera que ha golpeado a algunas naciones del bloque, quedaron en evidencia al menos dos desajustes que la han restado credibilidad y prestigio al bloque.  En primer lugar, la falta de sintonía entre la política fiscal de todos los Estados, y que desnudó que la diferencia en las ideologías respecto a la inversión pública y gasto social, sí tiene efectos en el proceso integrador. Esto minó seriamente el ideal regional, pues una de las ideas clave es precisamente la unión en medio de la diversidad, y esto debe incluir la ideológica. Jamás se pensó en una unidad tecnócrata, como la que se ha venido exigiendo en el último tiempo. El enfrentamiento entre Yanis Varoufakis, ex ministro de finanzas griego, con sus pares del Eurogrupo (reunión de ministros de finanzas de los Estados miembros de la UE cuya moneda oficial es el euro), especialmente con Wolfgang Schäuble de Alemania, muestra una disparidad marcada a la hora de entender el rol del Estado en la economía.   

En segundo lugar, el tema migratorio también ha puesto en evidencia limitaciones europeas a la hora de construir un proyecto regional. Algunos de los Estados que ahora se quejan por la ola migratoria, especialmente en Europa Central y Oriental, apoyaron efusivamente la guerra en Irak, suceso determinante en el éxodo de millones desde entre algunos países de Medio Oriente (Líbano y Jordania principales receptores), y hacia Europa. Hungría que hoy tiene una postura recia frente a los migrantes, en 2003 apoyó la iniciativa de George W. Bush, igual que España, Italia, Portugal, Reino Unido, Dinamarca, Polonia y República Checa.  Esos mandatarios que ya no están en el poder, deben hoy un mea culpa en frente de toda Europa, por causar una de las peores tragedias humanitarias de las últimas décadas. Esa fatídica intervención, allanó el camino para que el Estado Islámico surgiera tras los escombros de la abatida Al Qaeda en Mesopotamia. Varios gobiernos europeos aún no entienden los vínculos con Medio Oriente, y reducen el tema migratorio a cuestiones de seguridad nacional.

En todo este escenario, Turquía vuelve a ser indispensable para Europa, como lo fue para Occidente durante la Guerra Fría. Ankara vive un momento particular pues el gobierno de Recep Tayyip Erdogan que completa un largo ciclo en el poder (desde 2003 como primer ministro y desde 2014 como Presidente), ha emparentado de nuevo a la nación con los valores islámicos y nacionalistas, que parecen distanciarla de una Europa secular. Turquía es clave no sólo para Europa sino para el conjunto de la llamada civilización occidental. Es en últimas, la posibilidad más seria de reconciliación con el mundo musulmán luego de años de errores repetidos, y sistemáticos que condujeron en la caída de líderes, probablemente abyectos dictadores. No obstante, su caída o transición posterior, no debía recaer en la voluntad de gobiernos ubicados en latitudes bastante apartadas de Medio Oriente y Asia Central.

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Los migrantes, esas olas de desprotegidos que huyen especialmente por razones políticas, y menos económicas, son una oportunidad para que Bruselas y Ankara rencaucen el rumbo de sus relaciones, y cooperen trascendiendo la cuestión de la membresía de Turquía al bloque, y ejecutando acciones concretas que requieren el concurso de Estados rivales durante siglos, para el caso de este último y de Grecia.  

En uno de los peores momentos de la historia europea, Alemania y Francia acudieron a la imaginación para poner fin a una enemistad que solo dejó nefastas consecuencias que encontraron su punto más dramático en le Segunda Guerra Mundial. En esa empresa de integración, no sólo consiguieron el éxito inicial por reducir las chances de guerra a la casi imposibilidad absoluta, sino que contagiaron a Estados como Reino Unido y algunos de Europa Central y Oriental, de los que jamás se pensó que pudieran formar parte de semejante apuesta.  La migración más que una amenaza, es una oportunidad única e irrepetible para Europa, como ha sido para otras naciones del mundo. Por ende, Turquía es y será parte de la solución para Europa.

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