Vol 2 Ed 21 » Columnistas » Trump y sus significados

Trump y sus significados

Mauricio Jaramillo Jassir (Profesor de la Facultad de Ciencia Política y Gobierno y de Relaciones Internacionales del Rosario)

Este año, Donald Trump se convirtió en la sorpresa política para el mundo. Pocos confiaban en que pudiera conseguir la nominación del Partido Republicano, y contra todo pronóstico así lo hizo. Se vaticinó, a su vez, un desmoronamiento de su candidatura, pero sigue resistiendo y continua en carrera hacia la presidencia con un activo del mayor valor para cualquier político: con nada que perder.  
 
Trump, el mismo que ha insultado de todas las formas posibles a políticos, críticos e incluso a gente del común que lo ha desafiado, significa un punto de inflexión en la historia reciente de los Estados Unidos, gane o pierda la elección presidencial. No sólo rompe con la política tradicional, sino que puso en evidencia varios síntomas de la política en Estados Unidos, sin duda, una de las democracias más fuertes del mundo que enfrenta por cuenta del magnate un complejo reto.

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Primer síntoma. Crisis en el Partido Republicano y gran perderos al margen del resultado.  La crisis evidente del Partido Republicano que no consiguió detener a Trump a pesar de las críticas directas e indirectas de figuras tan emblemáticas como Mitt Romney, John McCain, Condolezza Rice, y Arnold Schwarzenegger, entre otros muestra con detalle el poder que acumula el polémico dirigente y empresario. Lo que es peor, esta crisis profunda refleja que el republicanismo perderá sí o sí. Ganando Hillary Clinton se completaría un ciclo demócrata, en el que el único consuelo para los  conservadores sería continuar con el control del Congreso.  Si Trump obtiene el triunfo, esa colectividad enfrentaría una división inédita y un dilema insalvable entre el apoyo al nuevo gobierno republicano y  mantener la dignidad y coherencia ideológica.
 
Segundo síntoma. La demagogia y su impacto en la política estadounidense. Ninguna democracia por robusta que sea, es inmune a la demagogia. Parecería una lección de la historia, que en varios Estados del mundo desarrollado, aparezcan fenómenos de ese corte, cuando a comienzos del milenio se veía con desprecio a algunos movimientos progresistas en América Latina, a los que se les tildaba de populismos, sin ninguna oportunidad de trascender. Pues bien, no sólo esas propuestas ideológicas trascendieron, sino que en algunos casos han sobrevivido. En Estados Unidos este populismo no es nuevo. Vale recordar que como fenómeno nació a finales del siglo XIX en ese país, aunque con rasgos muy distintos de los actuales. En las últimas décadas,  pocos hubiesen previsto la emergencia de un liderazgo como el de Trump, sexista, racista y con prejuicios que desdibujan  la grandeza que con justicia podría reivindicar Estados Unidos. ¿Cómo puede un mismo partido político tener entre sus dirigentes a Abraham Lincoln y a Donald Trump? ¿Es esto muestra de una desviación de la democracia en Estados Unidos, o es más bien, la muestra de que cualquier persona sin distingo tiene la oportunidad de llegar a lo más alto del sistema político?
Son cuestionamientos que introduce el populismo en cualquier democracia, sin importar el tipo de sistema ni nivel de desarrollo.

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Tercer síntoma. Se trata de un fenómeno global con expresiones en Estados Unidos.  El fenómeno de Trump no está desligado de la apatía y la desilusión frente a la democracia que recurre el mundo a un paso frenético. El británico Colin Crouch habla de una era postdemocrática, precisamente para describir el enorme descontento y la desconfianza por los resultados del sistema político que desde hace siglos se ha impuesto como el menos imperfecto. Donald Trump, encarna la simpatía que puede sentir el ciudadano común con un outsider que pide todo el tiempo cuentas a los políticos, les critica su falta de efectividad, y además recoge la queja generalizada, de que quienes trabajan como funcionarios públicos se enriquecen a costillas de los demás.  Se trata de un liderazgo que surge de la presión por establecer una democracia directa, y que acabe con los intermediarios entre la sociedad y las instituciones. Es un discurso que con justificable coherencia seduce pues basa sus promesas en una efectividad que millones reclaman.  
 
Estados Unidos tardará mucho tiempo en superar el fenómeno de Donald Trump, pues quedará en el ambiente el descontento generalizado, por las promesas y alianzas en las que tuvo que incurrir Hillary Clinton con tal de mantener una unidad en su Partido. Las concesiones a la izquierda escéptica que siguió hasta el final de Bernie Sanders, y aquellas de los sectores más neoliberales de Wall Street desnudan una riesgosa apuesta, con miras a una gobernabilidad mínima. Una vez Trump fuera de la contienda, los problemas para Clinton aparecerán, y para fortuna del magnate, éste quedará con un mandato, sin las responsabilidades serias que todo político que pasa a la oposición asume.
 
Estados Unidos enfrenta un escenario complejo en política interna, que podría conducir a un aislamiento. Será difícil mantener una apuesta internacional de tanta visibilidad con problemas internos tan apremiantes, y cuando los resultados son tan modestos. Son tiempos de polarización e incertidumbre. 

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