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Escribir al tiempo. Una reflexión desde Los ensayos, de Montaigne

Simón Villegas

Hablar de los libros que admiro es difícil. Es hacerlo de mí mismo, y eso siempre genera un poco de vergüenza o de desconcierto. Esos libros son una fuente de verdad, una manera de entender mi vida y al mundo. Debo mi admiración a ese hecho, a que parecen conocerme mejor que yo mismo. Iluminan mi oscuridad interior o, como mínimo, me hacen darme cuenta de ella. Aunque quizá haga mal en decir “como mínimo”. Eso es lo que más cuenta, no lo de menos. Admiro los libros que me permiten alcanzar ciertos instantes de lucidez, cuyas frases parecen describir con una precisión insuperable lo que pienso, creo o siento, que no suele serme muy claro. Revelan esa confusión que me habita.
 
De ahí que sea complicado hablar de ellos. Parece vano comentarlos con las palabras propias cuando las suyas son mejores. Pero no es inútil, porque no hay dos lecturas iguales. Cada lector, por vanidoso que suene, tiene su propia verdad sobre los libros, así sean los más universales y así su lectura se parezca bastante a la de muchos otros. El esfuerzo del trabajo crítico, el tipo de comentario al que habría que dedicarse, consiste en aclarar y elaborar la propia lectura de determinado libro para compartirla con los demás. La crítica no debería ser tanto un ejercicio de juicio definitivo sobre una obra, mucho menos un acto de denigración, sino una invitación a que otro intente acercarse a ella con una perspectiva que le proponemos.
 
Solo hay una propuesta genuina que podemos hacer: la que surge de la manera como esa obra cobra sentido a la luz –u oscuridad– de nuestra vida. Comentar un texto de otro ha de ser una forma de comentarse a sí mismo; una manera de leer lo que uno es en lo que otro ha dicho. Y el hecho de que la vida propia pueda leerse a través de las palabras ajenas confirma que ella no es ni tan propia ni tan única ni tan irrepetible como podría creerse, sino que está hecha de relaciones con lo que creemos no propio; reafirma que, como famosamente exclamó Rimbaud, “Yo es otro”. Pero dejo esto aquí, porque es tema largo y complicado, que merece ser abordado de mejor manera. 
 
Ahora tengo varias preguntas por resolver. La primera de ellas, por supuesto, es para qué escribir de la propia vida, así sea a través del en apariencia impersonal género de la crítica literaria. Sin duda, la mayoría de las vidas son mediocres, incluida la mía. Todas las mañanas me levanto a las cinco y media, tomo un bus, voy a clase en la universidad… A nadie le importa eso, no hay nada extraordinario ahí, nada elogiable distinto al hecho de no morirme de tristeza con una rutina así. El hecho mismo de escribir sobre uno mismo viene a reforzar y a confirmar esa mediocridad. Quien escribe confía mucho en las palabras, en eso que no es nada más que viento, pero en lo que muchos queremos encontrar algo de comprensión sobre las propias vidas. Nos es indispensable el lenguaje, y lo necesitamos tanto para expresarnos como para ser escuchados o leídos, pues nadie escribe para sí mismo –esa es la gran mentira de muchos autores. Escribir es algo propio de lo poco que es el ser humano, y quizá por eso mismo la literatura –el hecho de hacerla y leerla– es de lo que mejor muestra nuestra condición.

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La segunda pregunta que se me plantea es qué es escribir la propia vida. No creo que sea relatar lo que nos ocurre cada día; tampoco puede ser recontar todo lo que recordamos. La vida es eso, pero es más. Es olvido, lo cual no aparece en el recuerdo. Es pensamiento, que no siempre sabemos organizar. Es deseo de muchas otras vidas tan inabarcables como la que ya tenemos. La escritura sobre sí mismo se hace siempre en tierra extraña y hostil. Es un intento de descubrir qué somos, cuál es ese terreno por el que andamos y cuál es nuestra misma forma de caminar. El problema es que la tentativa de descubrirnos puede caer con facilidad en la idea de definirse, de establecerse en una imagen determinada. Eso siempre constituye una falsedad. Pero escribir es fijar palabras, estancar, poner puntos finales; es algo que parece incompatible con lo mismo que es vivir.
 
Decir qué es una vida humana no puede ser como decir qué es una silla. Esta admite definiciones, la otra no. El hecho mismo de vivir es imposible de enunciar en una proposición común. Pero es igual de imposible creer que no se puede decir nada sobre la vida, pues la trasegamos a fuerza de afirmarnos en cierta imagen, de decirnos que somos de esta u otra manera. Una parte de vivir consiste en tratar de definir nuestra propia vida, aunque sea mal. Además, como dije, en la escritura y en la lectura muchos creemos encontrar alguna verdad sobre lo que somos. Algo tiene que poder decir la escritura sobre la vida, aunque siempre sea sobrepasada por ella. Esa es mi fe; lo cual, sin embargo, no significa que no sea una fe errada, otra de las falsas ilusiones que necesitamos para vivir.
 
No sé bien qué sea ese algo o cómo escribirlo. Sospecho, sin embargo, que hay libros que me pueden dar –a mí y a todos– respuestas a esta pregunta, o al menos acercarme a una. Entre ellos está una de las obras que más admiro, por la cual me senté a escribir esto: Los ensayos, de Michel de Montaigne. Empecé hablando de la admiración porque me parecía justo decirle al amable lector las razones que movían a comentar a este hombre lúcido, lleno de verdad, aunque sea escéptico. Me he desviado de mi plan original, pues he dilatado seis párrafos más de lo necesario la aparición de su nombre. Creo que esta dilación ha hecho que yo mismo entienda mejor por qué quería escribir de Montaigne, a qué se debe mi admiración.
 
Los ensayos parten de una perplejidad: la necesidad de conocerse –o descubrirse– a sí mismo, acompañada de la conciencia de lo compleja, casi imposible, que es la tarea. Montaigne asume para sí mismo el llamado délfico de conocerse a sí mismo, para lo que se vale de la escritura. Necesita, no obstante, dedicarle horas y horas. No me detendré mucho en su figura histórica –me interesa más su texto–, pero cabe recordar que Montaigne empezó a redactar Los ensayos cuando, a sus 38 años, renunció a su vida pública para encerrarse en la torre de su castillo a leer, comentar sus libros y anotar sus reflexiones. Le dedicó el resto de su vida a ese proyecto.
 
Para Montaigne, sin embargo, ocuparse de sí mismo no consiste en contar los hechos de su vida. Como dice: “No escribo mis acciones, me escribo yo, mi esencia” (II, 6, pág. 547)[1]. Renuncia a lo biográfico como lo conocemos hoy o como lo había hecho, en su momento, un san Agustín. Por supuesto, llena sus páginas de anécdotas personales y trata varios acontecimientos fundamentales de su vida, como su relación con Étienne de La Boétie, sobre la cual escribió el maravilloso ensayo La amistad. Pero para tratar de sí, Montaigne mira no tanto lo que ha hecho, como la manera en que lo entiende y lo comprende; observa sus pensamientos, sentimientos e intuiciones. Y esto lo hace, además, en tiempo presente. La pregunta por él mismo –“¿Quién soy yo?”– es formulada con una precisión fundamental: “¿Quién soy yo en este momento?”.

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Y debe ser así porque nada le garantiza que aquel que fue antes sea el mismo hombre que ahora es al escribir. Él sabe bien que, aunque a diario nos concibamos de manera unitaria y continua, con la idea de que hoy somos el de ayer, “ni nuestro ser ni el de los objetos poseen ninguna existencia constante” (II, 12, pág. 909). Montaigne, no obstante, no solo enuncia y defiende a la inconstancia como el principio de la vida humana, sino que su misma obra la tiene. Ocurre, por ejemplo, que en unas páginas defiende que hay que controlar los apetitos y los deseos, y en otras que hay que entregarse a ellos. Estas contradicciones son fundamentales en Montaigne, hacen parte de la misma riqueza de su libro, pues, en el fondo, terminan por darle consistencia y coherencia con el espíritu general del texto. Contradecirse es propio de quien ensaya, entendido este verbo en su sentido más literal y común. Por ello dice:
 
La constancia misma no es otra cosa que un movimiento más lánguido. No puedo fijar mi objeto. Anda confuso y vacilante debido a una embriaguez natural. Lo atrapo en este momento, tal y como es en el instante en el que me ocupo de él. No pinto el ser; pinto el tránsito: no el tránsito de una edad a otra, sino día a día, minuto a minuto (…). Esto es un registro de acontecimientos diversos y mudables, y de imaginaciones indecisas y, en algún caso, contrarias, bien porque yo mismo soy distinto, bien porque abordo los objetos por otras circunstancias y consideraciones (…). Si mi alma pudiera asentarse, no haría ensayos, me mantendría firme; está siempre aprendiendo y poniéndose a prueba.
(III, 2, pág. 1203)
 
El reconocimiento de la variabilidad interior muestra también por qué el autorretrato de Montaigne no es una autobiografía, una narración constituida de certezas y hechos sobre la propia existencia que no se ponen en discusión. Lo que hay de biográfico en Los ensayos está en la medida en que el pasado y el futuro hacen parte también del instante presente. Pero el presente que busca Montaigne no es el de la eternidad de Dios. Es el de los hombres, seres que siempre, como dice él, somos “o nacientes o murientes” (II, 12, pág. 912). La realidad temporal del instante, del escurridizo presente, solo puede descubrirse si se piensa que el yo que se es en cierto momento, en cierto renglón o cierto párrafo, es lo que es porque hay otro que ha muerto y porque él mismo ha de morir. El pasado autobiográfico, la anécdota, está en Los ensayos en cuanto ilumina el presente. Por la misma razón está el futuro, esas imaginaciones y meditaciones que realiza Montaigne sobre su porvenir. Montaigne reconoce y vive en la fragilidad del instante, en su propia contingencia.
 
Al seguir la máxima socrática, Montaigne se descubre a sí mismo como tiempo, como un tener que y poder ser otro. Es que, “si permanecemos siempre idénticos y unos, ¿cómo es que nos alegramos ahora de una cosa y luego de otra?, ¿cómo es que amamos u odiamos, encarecemos o censuramos cosas contrarias?” (II, 12, pág. 911). De ahí que él mismo sea un extraño para sí. Lo diferente y lo diverso no están tanto en los otros como en él: la diferencia es, por el contrario, lo que lo hace comulgar con el mundo. Y de ahí, también, que su trabajo por comprender su vida se alimente de una constante pregunta por la muerte, por la mortalidad propia, pues los seres humanos “tememos neciamente una clase de muerte cuando hemos pasado ya y estamos pasando tantas otras” (II, 12, pág. 911).
 
Vivimos muriendo, y debemos, tal como hace Montaigne, sentar nuestra reflexión en ese hecho. Bien lo dice: “No tengamos nada tan a menudo en la cabeza como la muerte. Nos la hemos de representar a cada instante en nuestra imaginación, y con todos los aspectos” (I, 19, pág. 92). La pregunta por la propia vida, que es la que hemos tratado aquí, se plantea en Montaigne acompañada de una pregunta por la muerte. Esta no es más importante que la otra, pero es la base de la misma, la que despeja el panorama para pensar qué es vivir y cómo ha de hacerse, que son dos de las preguntas esenciales del hombre, sin las que nada puede comprenderse.
 
Debemos pensarnos siendo tiempo, lo cual, como dije ya, implica sabernos extraños, reconocernos habitados por lo que Antonio Machado llamó “la esencial heterogeneidad del ser”[2]. En el pensamiento de Montaigne, esto tiene varias consecuencias. La más importante, diría yo, es su escepticismo. Ahora bien, este ha de entenderse más como una actitud vital frente al acto de conocer que como una negación radical de cualquier saber. Montaigne es un tipo de escéptico compatible con la vida, con lo que ocurre en la cotidianidad. Su epoché, su suspensión del juicio sobre lo que se sabe o se ignora, es una forma de luchar contra la vanidad, de liberarse de ella, pues preciarse de poder saberlo todo, de ser dueño máximo del conocimiento, es una consecuencia de la soberbia humana. Nuestra razón no puede ser la de un dios que lo sabe todo, sino la de alguien que se tropieza, que cambia, que duda, que es superado por la realidad. “La peste del hombre es el convencimiento de saber” (II, 12, pág. 713).
 
El escepticismo de Montaigne es una lucha contra el fanatismo, que es creer que el mundo solo puede ser de una manera, ser incapaz de imaginar lo otro. El fanático piensa su verdad como absoluta. En cambio, el escéptico se abre a considerar el pensamiento diferente y a concederle la razón, aunque luego se la quite para dársela a otro. Aquí aparece, entonces, la segunda consecuencia de ese reconocimiento de la propia temporalidad: la apertura y el elogio a la diversidad. Si la razón no puede ser totalizante, bien haríamos en escuchar y tratar de comprender lo que otros piensan y creen. Si el mundo es más grande que nosotros, debemos explorarlo y entenderlo con humildad, con conciencia de su multiplicidad. Y si, además, lo más propio de nosotros es cambiar y ser inconstantes, no ser homogéneos, entonces tenemos que pensar la realidad como algo que nos es distinto y de la que hacemos parte precisamente porque “la diferencia que hay entre nosotros y nosotros mismos es tanta como la que hay entre nosotros y los demás” (II, 1, pág. 488).
 
El ejemplo más famoso de la apertura a la diversidad de Montaigne es el ensayo Los caníbales. Hablar de sí mismo es hacerlo sobre los indígenas del Nuevo Mundo. Lo lejano, lo distinto, hace también parte de lo que somos. A diferencia del pensamiento predominante en su época, Montaigne cuestionó la imagen de que los pueblos nativos americanos eran salvajes y, digámoslo así, malévolos. Sin negar la veracidad, por ejemplo, de los relatos que decían que los indígenas eran caníbales, Montaigne rechazó que los europeos se pensaran moralmente superiores por ese hecho. Incluso, quizá adelantándose a la antropología del siglo XX, propuso, en ensayos como La costumbre y el no cambiar fácilmente una ley aceptada (I, 22), la validez de formas sociales distintas a las europeas; sin, no obstante, decir que todas eran buenas. Creer que están mal por el mero hecho de ser distintas es una consecuencia de la costumbre, que nos hace creer que solo es posible una manera de ser de las cosas. Pero no solo ocurre con las cosas: también con nosotros mismos. Si no tuviéramos ni rutinas ni hábitos, si no nos repitiéramos en casi todo cada día, sería casi imposible reconocernos una identidad.
 
La costumbre es en verdad una maestra violenta y traidora. Establece en nosotros poco a poco, a hurtadillas, el pie de su autoridad; pero, por medio de este suave y humilde inicio, una vez asentada e implantada con la ayuda del tiempo, nos descubre luego un rostro furioso y tiránico, contra el cual no nos resta siquiera la libertad de alzar los ojos.
(I, 22, pág. 127)
 
La fuerza de la costumbre, sin embargo, nos engaña, pues suele arrebatarnos la conciencia de que vivimos muriendo. Claro, es imposible ser lo que somos sin tratar de repetir cada mañana lo que fuimos ayer. Decirnos a cada instante que moriremos es muy poco práctico, e incluso puede ser muy doloroso. Pero acaso haya que aceptar eso si queremos vivir en la verdad, en su búsqueda constante. Me parece imposible pensarnos sin ocuparnos de nuestra condición temporal, incluso si se defiende la inmortalidad del alma. Al principio, pensaba en la dificultad que hay para conciliar la escritura con la vida. Acudí a Montaigne para tratar de resolverla. La lectura que he hecho de él –que he intentado plasmar aquí– me plantea, en el fondo, una cuestión ética: cómo vivir sin olvidarnos de la pregunta misma por la vida y de lo que ella misma implica.
 
Una vez más, Montaigne me acerca a una respuesta: hay que adoptar una ética de la soledad. Esto consiste en aprender a vivir con nosotros mismos, con ese extraño que somos, sin dejar de sentir la extrañeza. “Debemos reservarnos una trastienda del todo nuestra, del todo libre, donde fijar nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro y soledad. En ella debemos mantener nuestra habitual conversación con nosotros mismos” (I, 38, pág. 327). La escritura sobre la vida solo puede lograrse si es el modo de hacer ese diálogo, de buscarnos y no encontrarnos. El género del ensayo, tal como lo inventó Montaigne, no permite lo que su autor creía que ocurría a menudo: “que el artesano y su obra se oponen” (III, 2, pág. 1203). El lenguaje y la escritura nos abren a la vida cuando se usan para ensayar, para intentar, para experimentar, para tratar de que nuestra vida no sea un mero objeto que observamos desde lejos, sino algo que hacemos nosotros mismos en el acto mismo de escribir.
 
Montaigne no escribe sobre sí mismo: él es su misma escritura, pues ella es su única posibilidad de hacerse presente a su propia vida. “La cosa más importante del mundo”, dice en La soledad, “es saber ser para uno mismo”.


[1] En adelante, para citar Los ensayos, lo haré de la siguiente manera: libro, capítulo y página. Para este caso, he utilizado la edición de Acantilado, en la traducción de Bayod Brau.

[2] La cita original de Machado se encuentra en Juan de Mairena y es así: “De lo uno a lo otro es el gran tema de la metafísica. Todo el trabajo de la razón humana tiende a la eliminación del segundo término. Lo otro no existe: tal es la fe racional, la incurable creencia de la razón humana. Identidad = realidad, como si, a fin de cuentas, todo hubiera de ser, absoluta y necesariamente, uno y lo mismo. Pero lo otro no se deja eliminar; subsiste, persiste; es el hueso de roer en que la razón se deja los dientes. Abel Martín, con fe poética, no menos humana que la fe racional, creía en lo otro, en “La esencial Heterogeneidad del ser”, como si dijéramos en la incurable otredad que padece lo uno”.


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