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Un mundo que se encoge

Ismael Iriarte Ramírez

El hombre razonable se adapta al mundo; el hombre no razonable se obstina en intentar adaptar el mundo a sí mismo. Todo progreso depende, pues, del hombre no razonable".
George Bernard Shaw

La idea de disfrutar de Bogotá marchando a un ritmo más tranquilo de lo habitual ha sido durante los últimos años uno de los principales atractivos del breve periodo de receso que coincide con la celebración de la Semana Santa, implicaciones religiosas aparte. Sin embargo esto resulta cada vez más difícil por la cantidad de habitantes de esta ciudad que crece día a día a ritmo exponencial.

Y es que a menudo las acciones más sencillas se convierten en un auténtico calvario, un trámite en un banco, una visita a la taquilla del cinema o una modesta compra en un centro comercial, terminan siendo una prueba de resistencia y paciencia. Ni que decir de otras circunstancias cotidianas que desde hace una década se han convertido en todo un lujo como tomar un taxi, almorzar fuera el fin de semana o el simple hecho de llegar a una cita a tiempo, solo por mencionar algunas.

Queda claro que esta no es una situación exclusiva de Bogotá y que poco a poco las grandes ciudades del mundo empiezan a experimentarla, como lo representa hábilmente Dan Brown en su vendedora novela Inferno, que más allá de ser menospreciada por los puristas de la crítica literaria, pone el dedo en la llaga de la superpoblación del planeta. Esta visión del problema, aunque apocalíptica y sensacionalista se advierte en situaciones como la dificultad para visitar los lugares más emblemáticos y en otras más alarmantes como la escasez de  alimentos y agua.

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A pesar de la desbordada ficción de la obra, los hechos son innegables, los espacios habitables y los recursos no parecen ser suficientes para afrontar el crecimiento acelerado de la población y en la vida real no se encuentran a la vuelta de la esquina los científicos fundamentalistas obsesionados con Dante Alighieri, que planeen desatar una epidemia que controle -como lo ha hecho natura a lo largo de la historia- la explosión demográfica.

No, nuestra realidad se parece más a la versión cinematográfica de esta novela en la que en un típico giro hollywoodense Tom Hanks evita los planes del científico, dejando latente el problema, frente al cual no hay una solución de fondo que sea viable desde la ética, la moral, o la norma. Lo único que podemos hacer es racionalizar el uso de los recursos y aprender a convivir de forma civilizada en un mundo que tiende a encogerse.

“Hemos modificado tan radicalmente nuestro entorno que ahora debemos modificarnos a nosotros mismos para poder existir dentro de él”.

Norbert Wiener

Nada fuera de serie a primera vista, pero un examen más profundo de nuestra idiosincrasia enciende las alarmas, pues lo que en otras sociedades constituye comportamientos naturales, para nosotros pueden llegar a ser conceptos demasiado avanzados, en especial si tenemos en cuenta que nuestros exiguos 200 años de historia republicana no han sido suficientes para que interioricemos los más básicos principios de convivencia. Tal vez sea esa la razón por la que somos incapaces de hacer una fila de forma correcta, de conducir un vehículo con sentido  común o de respetar la propiedad privada, lo que sin necesidad de la mediación de un exhaustivo proceso de deducción, nos deja mal parados frente al futuro.
 
Si bien esta reflexión con ecos maltusianos no pretende mostrar solo la versión pesimista de las cosas, no parece una tarea fácil que estas normas básicas de urbanidad, vuelvan a la agenda de instituciones como la Organización Mundial de la Salud, o incluso del Club de Roma, ONG de científicos y políticos, que recoge en buena parte los postulados de Thomas Malthus, para procurar un mundo mejor. Unos y otros concentran sus esfuerzos en las grandes cuestiones, como la contracepción y el cuidado de medio ambiente, sin detenerse en aspectos, que ya se consideran superados.

Mientras tanto, a los habitantes de las grandes urbes y en especial de las del tercer mundo solo nos queda poner nuestro grano de arena frente al problema del que todos formamos parte, tratando de cambiar nuestro entorno más próximo con pequeñas acciones y claro está disfrutando los momentos -cada vez más escasos- en los que la maquinaria de las ciudades disminuye su ritmo.

“Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol”.
Martin Luther King

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