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Dalí y Poincaré, la unidad entre la ciencia y el arte

Manuel Guzmán-Hennessey

Las artes son gobernadas por reglas innatas de desarrollo mental, y son el resultado de la evolución de una especie compleja y adaptativa: la nuestra. De todas las especies de primates, el hombre parece ser la única que sufre. Los demás son movidos por el instinto, y aunque ciertas especies de simios grandes tienen la capacidad de auto reconocerse, no hay indicios de que puedan reflexionar sobre su propio nacimiento y su eventual destino. En el hombre, en cambio, es recurrente la consabida pregunta por la vida y la muerte. La infinita complejidad del universo significa poco o nada para los primates, para el hombre sí.

La ciencia es otra cosa: ejercicio de un método guiado exclusivamente por la razón y la comprobación. Pero sucede que ni las ciencias ni las artes pueden considerarse completas sin combinar sus materias primas. La ciencia, ha dicho G. Steiner, necesita de la intuición y del poder metafórico de las artes, y las artes necesitan de la sangre nueva de las ciencias. Las artes, afirma E. Wilson, “mientras crean orden y significado a partir del caos aparente de la existencia cotidiana, también alimentan nuestra ansia de lo místico, nos sentimos atraídos por las formas sombrías que entran en el subconsciente y salen flotando de él”[1].

A principios del siglo XX, un científico y un artista, plantearon, cada uno por su lado, y sin que mediara entre ellos comunicación alguna, las bases fundamentales de esta unión  entre el conocimiento y el arte. Se trató de Salvador Dalí y Henri Poincaré.

Poincaré, físico francés, anticipó la Teoría del Caos, y vaticinó, en 1902,  el fin del mecanicismo; Dalí, pintor español, incorporó a su obra artística, desde 1929, las formas físicas de la materia que comprobaría la ciencia positiva desde 1982, aproximadamente.

No obstante lo anterior, el mecanicismo de la física clásica devino en reduccionismo, e hizo tránsito (ahora se dice ‘permeó’), durante la segunda mitad del siglo XX, y en forma de modo de pensamiento, a toda la ciencia y a toda la filosofía. Se han necesitado más de cincuenta años para que la ciencia empiece a admitir que la física newtoniana no tenía todas las explicaciones sobre el mundo físico y que, por lo tanto, todo el sistema conceptual derivado de este erróneo pensamiento, debía ser renovado desde sus bases mismas.

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Henri Poincaré

Por otro lado, se han necesitado los mismos cincuenta años para que el mundo empiece a admitir que la obra de un artista excéntrico y genial, Dalí, no entrañaba simplemente (y como tantas veces se ha aseverado con ligereza) un ejercicio insular de sinrazón, sino una profecía científica de enorme importancia para el reencuentro definitivo de las ciencias y las artes. La ciencia positiva desoyó por esos cincuenta años la voz de Poincaré, y el arte, por los mismos cincuenta, la profecía de Dalí. En un tono o en otro, de manera sutil o francamente explícita, con razón o sin ella (como dijera Henri Atlan), tanto Dalí como Poincaré han sido tildados de "locos" por muchos de sus contemporáneos[2]. Ni la pregunta que formulara Poincaré en 1908, ni la profecía pictórica de Dalí, que empieza en 1929, fueron tomadas lo suficientemente en cuenta por una ciencia que desdeñó las mutuas influencias entre la ciencia y el arte. Ambas cosas adquieren hoy una trascendental importancia, pues estamos ante la invención de un nuevo mundo, que se está construyendo, en buena medida, a partir de la pregunta de Poincaré. Sus respectivas estaturas históricas fueron, a todas luces, superiores, que las de sus críticos, lo cual da sentido al tono irónico con el cual Dalí solía responder a sus múltiples detractores: "la única diferencia entre un loco y yo es que yo no estoy loco".

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Salvador Dalí

La teoría del Caos, más arte que ciencia, y más que arte, expresión de la unión definitiva del arte con la ciencia, conecta las obras de estos dos grandes. Y esta teoría, y la escisión ya dicha, y también el reencuentro, nos lanzan juntos a preguntas que desde antiguo, se viene formulando el sapiens sapiens: ¿Qué es, en realidad, la realidad? ¿Cuál es el fin de la ciencia y del arte? ¿En qué contribuyen estas dos actividades, y el conjunto de ambas, a la comprensión que del caótico mundo contemporáneo necesitan a diario los humanos de nuestro tiempo?  

Permítanme empezar por Poincaré (1854-1912). Formuló, a principios del siglo XX, la pregunta más importante de cuantas se han formulado, en la llamada edad moderna de las ciencias; se trató de una pregunta circunscrita al campo de las ciencias físicas, pero de honda repercusión en la filosofía. La historia registra que esta pregunta, a pesar de su importancia, permaneció sin respuesta durante más de cincuenta años. Y ello no se debió a que los científicos carecieran de la respuesta, pues todo parece indicar que, precisamente, por conocerla, intuirla o quizás temerla, eludieron el asunto de manera sutil, por todos los años que les fue posible. Poincaré afirmó, muy a principios del siglo XX, en su libro Ciencia y Método, que "una causa muy pequeña, que se nos escapa, determina un efecto considerable que no podemos dejar de ver y entonces decimos que ese efecto se debe al azar…"[3]. Más tarde anticipó la limitación de las ecuaciones lineales para llevar a cabo cálculos donde es necesario trabajar con muchos decimales; y avizoró, con ello, la necesidad de una nueva matemática, la matemática no lineal, y de paso probó que el caos puede aparecer, inclusive, en presencia de sistemas aparentemente simples, como puede ser un sistema conformado por sólo tres cuerpos, como las bolas en un juego de billar. Poincaré era un intuicionista, que no se preocupaba del trabajo de formalización de sus teorías, lo cual dejaba para otros; opinaba que tenía demasiadas ideas en la cabeza para dedicarse a esas cosas.

El 3 de julio de 1992, tres años después de la muerte de Salvador Dalí, y exactamente ochenta, después de la de Poincaré, apareció en la revista Science un artículo firmado por los investigadores G. Sussman y J. Wisdom, en el cual se describe un modelo de cálculo por integración numérica de nuestro sistema solar, y se demuestra que su comportamiento evidencia signos concretos de caos. Palabras más, esto era lo que había intuido (y también sugerido) Poincaré, noventa años atrás. Para hacer el cálculo reseñado en Science, fue necesario que se utilizaran cuatro ordenadores de alta velocidad que "corrieron" un programa de cálculo infinitesimal por espacio de un mes. El objetivo de la experiencia consistía en conocer la evolución y el movimiento de los nueve planetas que giran alrededor del sol, durante los próximos cien millones de años. Además de demostrarse, como ya he dicho, que el sistema solar no es estable, y por lo tanto que su movimiento no puede predecirse con exactitud, se llegó a la conclusión de que el subsistema compuesto por Júpiter y sus satélites, es caótico, y la órbita sobre la cual gira Plutón, también.

Cuando Poincaré hizo sus cálculos y se preguntó si el sistema solar podía llegar a ser inestable, no disponía de ordenadores de alta velocidad[4]. Tampoco disponía de ordenadores sencillos, y por esta razón, la mayor parte de sus cálculos debía realizarlos con el apoyo de ayudas rudimentarias que no aproximaban con exactitud las cifras decimales. No obstante, el físico tenía serias dudas acerca de la estabilidad de ciertos sistemas complejos, y a instancias del Rey Oscar II de Suecia, se dio a la tarea de averiguarlo. El Rey había instituido un premio de 2.500 coronas suecas para el científico que respondiera la crucial pregunta ¿Es estable el sistema solar?, y Poincaré llegó a la conclusión que no lo era. Tal conclusión no sería, para nada, inocua en el alma de Poincaré, un científico con alma de poeta; por ello se sintió con el deber de agregar: “Todo lo que no es pensamiento es la nada, puesto que no podemos pensar más que el pensamiento, y todas las palabras de que disponemos para hablar de las cosas no pueden expresar sino pensamientos… El pensamiento no es más que un relámpago en medio de una larga noche, pero ese relámpago lo es todo”. [5]

La pregunta del Rey de Suecia obedecía a una duda planteada entre otros, por el mismo Poincaré. Tal duda se conoce como “el problema de los tres cuerpos” y se entiende mejor con la analogía del juego del billar. Cuando chocan dos bolas, es posible predecir el curso de cada una de ellas, pero si chocan tres, nada se sabe ¿Por qué? La duda planteaba que el sistema de ecuaciones lineales inventado a partir de las leyes de Newton, no bastaba para predecir el resultado debido al choque de tres partículas en un espacio determinado.
 
Un sistema de dos cuerpos se llama hamiltoniano, y para este sistema sí funcionan las ecuaciones de Newton, pero cuando entraba un tercer cuerpo en escena, la dificultad para prever se volvía infinita. Newton había demostrado que el movimiento de un planeta alrededor de la Tierra, es un problema de dos cuerpos, que se puede resolver con exactitud. Al extender este problema a los tres cuerpos, Poincaré encontró el potencial para la no linealidad, para la inestabilidad, para el caos incipiente. Este descubrimiento sólo se comprendió del todo en 1954, como resultado del trabajo del académico ruso A.N. Kolmogorov, y luego del de Vladimir Arnold y J. Moser.  La idea expresada por Poincaré sobre las “pequeñas modificaciones que tienen el efecto de producir grandes cambios” sería retomada muchos años más tarde por los científicos de la ciencia del caos, para expresarla como “ley de la excesiva sensibilidad a las condiciones iniciales” o “efecto mariposa” (Lorenz, 1965); pero lo dicho por Poincaré en 1909 tenía el poder de cuestionar todo el modelo newtoniano de análisis de la realidad física, y muchos se preguntaron si en efecto la presencia del caos podría destruir todo el sistema solar.

Poincaré tuvo conciencia de que sus ideas eran “pan duro” para las mentes de su época; dijo: “estas cosas son tan extravagantes que no soporto pensar en ellas”; Dalí tuvo esta misma conciencia sobre el resultado pictórico de su propio fenómeno creativo, y cuando le preguntaron sobre el “método paranoico crítico” que él había inventado para desarrollar su arte, contestó: “muchas veces me ocurre que ni siquiera yo se el verdadero significado de mis cuadros y tampoco se porque los he pintado”. En el caso de Poincaré, hubo que esperar hasta mediados de los años sesentas, cuando el mayo parisino entregó a la humanidad un nuevo y definitivo vigor creativo desde la fuerza espiritual del arte y de la vida. En el caso de Dalí había que esperar hasta el 2004, cuando los científicos reunidos en Figueras, en simposio convocado por Jorge Wagensberg, volverían a preguntarse con renovado afán: ¿Cuál es la verdadera relación entre la profecía de los artistas y el avance de la ciencia?. Es probable que desde entonces el mundo haya comenzado a considerar las profecías contenidas en la obra del propio Dalí, como fuente invalorable del enfoque del caos y la totalidad, y como interpretación anticipada de los descubrimientos de la nueva física, conocidos aproximadamente hacia la segunda mitad del siglo XX, y que cambiarían por siempre la historia de esta disciplina. Los modelos mentales que habían dominado el mundo comenzaban a ceder: el modelo aristotélico, el modelo Galileo-Newton-Descartes y el modelo del positivismo lógico. Cuando Poincaré vuelve a ser tenido en cuenta por la ciencia de principios del siglo XXI, muchos recuerdan a otro iluminado, Diderot, quien escribió: “La ciencia acaba de empezar; la mecánica racional no era más que una primera tentativa, los niños ya ríen, y los filósofos ya replican”[6].

Erwin Lazlo anota que en este contexto de vitalismo contra automatismo “el conocimiento filosófico de la naturaleza está más cerca del genio artístico y de la actividad del creador que entra en resonancia directa con la naturaleza creadora y productora de las formas, que con el trabajo del científico. El hombre de ciencia, agrega, no es capaz de dirigirse a la naturaleza sino como un conjunto de objetos manipulables y controlables; es una naturaleza que intenta someter y medir, pero que no conoce. El verdadero conocimiento queda por fuera del alcance de la ciencia”.[7]

En el próximo artículo continuaré con la profecía de Dalí.


[1] Wilson Edward O., Consilience, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 1999, p 336.

[2] Dalí y Poincaré coincidieron en países limítrofes, España y Francia, entre 1904 y 1912. Cuando Dalí pintó sus primeros cuadros y empezaba a revelar sus dotes de genio, murió Poincaré.

[3] Esta idea fue retomada por los científicos del caos, a finales del siglo XX, con el nombre de “ley de la influencia sutil” o “sensibilidad a las condiciones iniciales”.

[4] En 1992, si bien había ordenadores de alta velocidad, no resultaban suficientes para entregar las respuestas con la celeridad necesaria para la investigación; actualmente la ciencia cibernética avanza hacía el desarrollo de ordenadores de lógica no lineal, que acelerarán ostensiblemente la velocidad de los cálculos.

[5] El valor de la ciencia, París Flammarion, 1913, p 276.

[6] D. Diderot. Pensées sur l’interpretation de la nature, 1754, Obras completas, Tomo II, París, Garnier, p 11.

[7] Erwin Lazlo, La gran bifurcación, Gedisa, Colección Límites de la ciencia, Barcelona, 1999.p 119.

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