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Borges para millones: 40 años después

Por: Ismael Iriarte Ramírez

En 2018 se cumplen 40 años del estreno de la producción cinematográfica Borges para millones, dirigida por el argentino Ricardo Wullicher con el propósito de acercar el legado de Jorge Luis Borges a la mayor cantidad posible de personas. Sin duda una empresa tan loable como pretenciosa, en especial si tenemos en cuenta que, a pesar del reconocimiento generalizado de la figura del autor y el vínculo indeleble de su nombre con la literatura latinoamericana, sus páginas continúan siendo para muchos un laberinto impenetrable, destinado a una élite erudita.

El documental, que transcurre por un sendero más emotivo que enciclopédico, recorre de forma tangencial la vida y obra del autor, combinando una imperdible entrevista, fragmentos de algunos de sus versos más significativos y dramatizaciones de algunos de sus relatos, en un montaje austero, pero que cumple con creces con el objetivo de despertar el interés del público. Durante 61 minutos Wullicher nos presenta a un Borges modesto, al grado de desvirtuar el valor de su propia creación, pero también generoso y brillante al abordar asuntos relacionados con la literatura, la existencia e incluso su vida personal.

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Jorge Luis Borges 

Una forma de felicidad
 “Si un libro los aburre, ¡déjenlo!”: esta es la enfática recomendación de Borges frente a la lectura, sobre la que además afirma que debe ser “una forma de felicidad” y no una obligación impuesta por la fama del autor, la antigüedad del texto, o una rígida estructura curricular, alejándose de lo que denomina “triste lectura universitaria”, hecha de fichas, referencias y citas.

“Creo que la frase lectura obligatoria es un contrasentido, la lectura no debe ser obligatoria. ¿Debemos hablar de placer obligatorio? ¿Por qué? El placer no es obligatorio, el placer es algo buscado. ¿Felicidad obligatoria? La felicidad también la buscamos.[1]

La isla

Al referirse a su proceso creativo Jorge Luis Borges recurre a la metáfora de la isla en la que se ve con claridad uno de los extremos y el otro en la lejanía, pero se desconoce lo que hay en medio. Y era en esa tentadora noción de lo desconocido en donde se gestaba la inspiración del autor, cuyo trabajo a continuación consistía en recorrer el camino intermedio.

El laberinto

Bajo árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos... Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros.

Fragmento de El jardín de los senderos que se birfurcan[1]
 

Una de las mayores barreras que muchos hemos experimentado al enfrentarnos a la obra del argentino es una suerte de aprensión por considerarla laberíntica e incluso excluyente, como sucede también con Chesterton, uno de sus máximos referentes. Sin embargo, Borges, parecía estar bastante familiarizado con este concepto, que para él adquiría una connotación positiva, pues lo consideraba como el símbolo de la perplejidad y el asombro, este último estado en el que se declaraba de forma permanente.
En su mundo particular el laberinto era una idea de esperanza por su naturaleza coherente, a diferencia del universo, del que más allá de algunos indicios, ignoraba si se trataba de una estructura coherente. También se declaraba apenas un principiante en este arte y libraba su responsabilidad al señalar que “si alguien se ha perdido en el laberinto borgiano es porque no ha seguido el hilo dorado de Ariadna”.

La ceguera y la eternidad
La generosa intervención de Borges en el documental alcanza un tinte más que emotivo cuando el autor habla sin tapujos de su ceguera, cuya certeza llegó en 1955 y sobre la que aseguraba que lo había acompañado desde la propia infancia. Jamás volvería a ser el mismo, pues desde entonces, entre él y la página en blanco sería necesaria la presencia de un intérprete, de un intermediario, papel que ejerció su madre hasta 1975.
De esta condición se destaca la compañía de sus libros como amigos y ante la imposibilidad de leerlos, la agradable sensación de su presencia tutelar. Resulta también llamativa la evocación de los colores perdidos, la familiar presencia del amarillo y la certeza de que lo acompañaría hasta el final. La añoranza de la oscuridad, que asegura haber perdido para siempre y que solo podrá recuperar con la muerte, sobre la que a modo de colofón sentencia:
“[…] Cuando me siento desdichado pienso en la muerte. Es el consuelo que tengo, saber que no voy a seguir siendo, pensar que voy a dejar de ser”.


Everness[1]
Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
Dios, que salva el metal, salva la escoria
y cifra en su profética memoria
las lunas que serán y las que han sido.
 
Ya todo está. Los miles de reflejos
que entre los dos crepúsculos del día
tu rostro fue dejando en los espejos
y los que irá dejando todavía.
 
Y todo es una parte del diverso
cristal de esa memoria, el universo;
no tienen fin sus arduos corredores
 
y las puertas se cierran a tu paso;
sólo del otro lado del ocaso
verás los Arquetipos y Esplendores.
 
Referencias
Borges para millones. Ricardo Wullicher. 1978.
Borges, J.L. (1996). Ficciones. Emecé.
Borges, J.L. (2005). El otro, el mismo. Emecé.
Borges, J.L. (1998). Obra poética 1. Alianza Editorial.
 

 
[1] Borges, J.L. (2005). El otro, el mismo. Emecé.

[1] Borges, J.L. (1996). Ficciones. Emecé.

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