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Cine y humanidad

Por: Hernán Urbina Joiro

Vivir el cine, esa pasión de imaginar y hacer que otros la imaginen, es un asunto que desde el siglo XIX
también nos define como seres humanos.


Por seguro tenemos que el hombre es lenguaje y que el lenguaje brota de la fantasía. Es sólido decir que a nuestro interior vivimos y pensamos en imágenes, en formas subjetivas, metafóricas, con las que sentimos, con las que encontramos el sentido de las cosas. No es casual que la ilusión de movimiento, por retraso en la capacidad del cerebro para registrar más rápido el cambio de fotogramas, tenga tanto poder sobre la humanidad desde el siglo XIX, puesto que se trata de un ingenioso aprovechamiento de la percepción y la condición humana. Mirándolo bien, en verdad, todos parecemos vivir en un cierto pasado inmediato  —si se fija, usted acabó de leer eso hace más de un segundo. Si lo reparamos bien, el presente se advierte cuando ya ha pasado por los sentidos y es difícil hablar de un «ahora puro», expresión que, por lo menos, usted volvió a leer hace otro segundo atrás. Vuelva a comprobarlo. Sin embargo, eso que pasó hace unos segundos no se ha esfumado, no se esfumará del todo1.

Las ilusiones que se han creado con el cine desde el siglo XIX no son fantasías fútiles e incluso han podido ser herramientas contra los grandes fantasmas que han asolado a la Humanidad. La fantasía se disfruta y tiende a ser creadora, los fantasmas se sufren y tienden a aniquilar. La Ilustración prometió desterrar los fantasmas a cambio de que se le restara credibilidad a la fantasía. Un primer problema con la promesa de La Ilustración surge del hecho de que ambos, fantasmas y fantasía, provienen de la misma fuente, del interior del individuo, que es donde en verdad ocurren «las realidades», y es muy difícil alterar deliberadamente a uno de esos dos —fantasma o fantasía— sin desencadenar alteraciones en el otro. Somos seres humanos, además, porque todo el tiempo fantaseamos, porque necesitamos inventar conceptos a cada instante a partir de lo que no se sabe con certeza para tratar de saber qué pasa, para saber qué hacer. El cine es de las mejores vías para impulsarnos a crear en nuestras mentes al suprimirnos la realidad formal y ponernos a imaginar las relaciones no visibles o no racionales. Vivir el cine, esa pasión de imaginar, y hacer que otros la imaginen, es un asunto que desde el siglo XIX también nos define como seres humanos.

Sin embargo, se ha dicho que estos adelantos que se dieron por la luz artificial y la velocidad misma de la luz parecieran indicar, como lo sugirió Paul Virilio2, que desde entonces los avances en casi todas las áreas se hayan dado con tanta rapidez que mucho parezca de vida muy corta, desechable, hasta banal, y ya con estas palabras, corta, desechable y banal empezamos a hablar en clave posmoderna. Pero, más bien, el origen de la banalización posmoderna, que pretende que cualquier cosa valga como cualquier otra, no está en lo legado por los genios de la velocidad y la luz, que más bien siguen abriendo caminos y vivificando incluso la no lógica de los seres humanos. El yerro de esta era posmodernista lo cargan los promotores de la idea de superar una época tan sólo con estancarla, como si no valiera la pena avanzar más; los promotores de la idea de que el individuo debía interesarse no tanto en el contenido de los mensajes sino en el grado de sugestión que pudiera tener; que se interesara más en la apariencia o en la imagen proyectada por los medios de comunicación; que sólo posara como una celebridad de la era del sólo divertir y el sólo consumir. Afortunadamente el buen cine, desde ese pasado inmediato, así sea sólo de hace 100 años, inspira y siempre inspirará a caminar más lejos que la vana tentación posmoderna.

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Los medios audiovisuales han sido culpados en buena parte por la implantación de lo que Mario Vargas Llosa llamo en 2009 a la civilización temida por Saramago como «La civilización del espectáculo»3, aclarando el Nobel que no está en contra de la diversión, sino de que todo sea diversión. Es sabido que antes, a finales de los sesenta del siglo pasado, Guy Debord acuñó la expresión «La sociedad del espectáculo»4, arriesgando que el espectáculo era el mal sueño de la sociedad moderna encadenada. Más acorde con la visión de Vargas Llosa, es preferible indicar que la actual y mayoritaria sociedad del desdén parecería abocada a lo suyo tal vez por no tenerle confianza al futuro, por lo que a menudo exige que todos sus asuntos sean dados ya, de una sola vez, instantáneos, aunque ello implique optar por cierta anestesia, por cierta duermevela en la que intenta escapar del propio vivir. El cine, pese a su cualidad alucinatoria, todo el tiempo exige interpretación, abstracción —que es ejercicio del juicio crítico— y por ello es de las mejores esperanzas ante la posmodernidad que sólo aúlla sus dos grandes imperativos categóricos: divertir y consumir5.

Las celebridades del entretenimiento fungen hoy como «nuevos pensadores» en tiempos en que las grandes preguntas manan, entre otras, de las fronteras de la ciencia que ya puede fabricar en sus laboratorios nuevas formas de células vivientes6, o surgen del debate sobre si los seres humanos merecemos antes de morir el cruel ensañamiento de los médicos o la programación de una ejecución por resultar una carga7; o surgen de preguntas que resultan de lo que plantean las nuevas y más temibles formas de iniquidad en una civilización que opta, mayoritariamente, por andar anestesiada. Quien auténticamente lidere estos debates además debería ser un buen educador sobre estos asuntos, cuestión problemática en una era en que las informaciones suelen ser untadas directamente a la corteza cerebral, especialmente por los medios audiovisuales. Claro que sí hay en las pantallas mucha información para ser procesada en conocimiento, pero se sirve a una civilización con un importante grado de atrofia, que parece tener cada vez más dificultades para digerir las informaciones y la lactosa. Pero son debates donde todos, idealmente, deben concurrir, incluso los aquellos que se declaran escépticos —un escéptico a veces es alguien que no puede pensar— y, por supuesto, las celebridades del entretenimiento que suelen proclamarse eclécticos, palabra que no sólo es rima de escéptico, sino además sinónimo: les importa todo, es decir nada.

Las artes —y no escapa de esto el cine—  a veces parecieran estar más al servicio del sólo divertir y el sólo consumir, lo cual es triste porque el arte, como lo hace el cine, se dirige primero al espíritu y luego desde allí se dirige al cuerpo, como lo hacen, incluso, también muchas enfermedades y, por lo mismo, la música, el cine o  la literatura, pueden ser terapéuticas. Sin duda, las palabras y las creaciones pueden aliviar al que sufre: en la catarsis el cerebro convence al individuo de que es la misma persona que actúa en el filme o canta en el audio; el arte tiene un fuerte poder cognitivo, pero, en general, hoy no se aprovecha para restablecer sino para consumir.  Un renacimiento de esa forma de arte donde, en palabras de Yeats, es imposible separar al danzante de la danza8, al sufrimiento del sufriente, incluso al pathos del logos, podría ayudar en mucho a estirar la conciencia encogida por los fantasmas del existir.

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Cierto es que el ocio es en realidad el que permite ejercer el arte, pero si se está inconsciente o anestesiado, como suele ser en el esparcimiento de estos días, difícilmente habrá auténtico ocio y auténtico arte. No se trata de negar, sino de crear. Al respecto, Kierkegaard sugería:

La habilidad de olvidar depende del método de recordar […] Cuanto más poéticamente uno recuerde, con más facilidad olvidará [lo que debe olvidarse]9.

El medio empleado para promover el conocimiento, como lo audiovisual, no es la barrera, sino que es barrera para el conocimiento todo aquello que mine la abstracción. El gran rival del hombre siempre ha sido y será el hombre mismo. El conocimiento es esfuerzo mental, no son meros datos o informaciones sueltas o acumuladas. Pero para una buena abstracción es importante la elección de los contenidos. No es casualidad que leer derive del latín legere, que significa escoger y hay que señalar de una vez que legere también significa recoger10, es decir: recogerás eso mismo que lees. Tampoco es puro albur que la palabra libro haya sido tomada del latín liber —libre—  y que el lenguaje audiovisual haya mostrado ser muy efectivo para llevar libertad a mayor distancia.
 
No se puede perder de vista que desde que hay cine y cultura audiovisual se concretan cada vez mejores significantes de la palabra communicare: compartir, tener ideas en común, entendimiento. Mejorar la comunicación entre los seres humanos ayudará a conocernos más y por ello a tolerarnos más: ser tolerantes es tener conciencia de lo que dice el otro, de lo que hace sufrir al otro, conocer quién es, qué puede decirme y saber distinto a mí. Ser tolerante es propiciar el acercamiento para que no nos teman porque no saben quiénes somos y no tener miedo por no saber quiénes son los demás. Quien sabe tolerar sabe vencer siendo aliado creativo de eso que amenaza, cuestión que puede ser favorecida por el cine y la cultura audiovisual, que puede unirnos y ayudar a más personas a hacerse partidarios de más cuestiones que entrañen lo mejor de lo humano.

Un auténtico amante del cine, de lo audiovisual, un apasionado de la fracción de segundo retardada que nos regala esa enorme ilusión, no vacilará en reconocer que siempre se le habla a otros desde un pasado inmediato que no pierde conexión con lo mejor que fuimos y siempre podemos ser, un pasado inmediato que nos verifica en lo que somos al momento que ocurre la experiencia y que atiende nuestras auténticas preguntas.

Los que no entiendan esto tal vez prefieran imponernos un lenguaje con 0 y 1, como se conectan las computadoras, lo que no es un lenguaje pasional o humano. Artistas y seres humanos, en general, desean entender el mundo e irá más lejos aquel que mejor domine la abstracción, lo que es igual decir: quien mejor domine el cine, el sueño, el mito, lo no puramente racional. El ejercicio del cine es un ejercicio del hombre frente a la naturaleza, esa que el ser humano transforma mediante su propio talento fantástico.
 

Referencias

1 Urbina Joiro, Hernán. Humanidad Ahora: Diez ensayos para un nuevo partidario de lo humano. Segunda edición. Cartagena, Humanidad Ahora. 2016.
2  Rial Ungaro, Santiago. Paul Virilio y los límites de la velocidad. Móstoles. Editorial Campo de ideas. 2003.
3 Vargas Llosa, Mario. La civilización del espectáculo. México. Revista Letras Libres. Febrero de 2009.
4 Debord, Guy. La sociedad del espectáculo. Valencia. Editorial Pre-textos. 2000.
5  Urbina Joiro, Hernán. Humanidad Ahora: Diez ensayos para un nuevo partidario de lo humano, op. cit.
6 Gibson, Daniel G. et al. Creation of a Bacterial Cell Controlled by a Chemically Synthesized Genome. Science Express. Published Online May 20, 2010.
7 Urbina Joiro, Hernán. op. cit
8 Yeats, William B. Entre los niños de la escuela. En: Poesía Escogida. Bogotá.  El Áncora Editores. 1996.
9 Kierkegaard, Sören. La rotación de los cultivos y el más desgraciado. Santiago de Chile. Editores Be-Uve-Drais. 2006
10 Corominas J., Pascual J.A. , op. cit

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