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Notas sobre Julio Quevedo Arvelo, el “Chapín” Quevedo

Por: Leonardo Palacios-Sánchez, Luis Octavio Tierradentro-García, Jesús David Charry-Sánchez, Juan Sebastián Botero-Meneses

Julio Quevedo Arvelo nació en Bogotá el 16 de marzo de 1829. Fue un importante músico colombiano del siglo XIX, lamentablemente poco conocido, y cabe decir con una suerte para nada envidiable, cuya interesante vida y obra motivaron a los autores a escribir estas notas.

Quevedo se formó al lado de su padre, Nicolás Quevedo Rachadell (1803-1874) compositor, violinista y director venezolano, quien le proporcionó las bases de lo que sería su pasión a lo largo de su vida: la música. Su madre fue la señora Concepción Arvelo y Rodríguez. Se dice que su hogar se encontraba por los lados de San Victorino y fue bautizado en la iglesia La Capuchina. A la temprana edad de cinco años, cantaba romanzas compuestas por su padre quien lo acompañaba tocando el violín.  Aprendería también a tocar violín y piano. Su padre le enseñó además teoría musical, solfeo y composición. Recibió clases de este instrumento con la pianista bogotana Teresa Tanco de Herrera.

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Julio Quevedo Arvelo

Una de las personas que se ha referido con mayor profundidad a este connotado músico colombiano,  es el escritor antioqueño Eduardo Escobar, quien además de artículos, escribió el libro “Fuga canónica. En torno de la figura desdichada de Julio Quevedo Arvelo, llamado el Chapín y otras notas sobre la música y la amusia”. De forma llamativa, el libro de Escobar comienza con la siguiente frase: “La pura y santa y siniestra verdad, es que no sé por dónde comenzar a contar esta historia con cojo” que hace alusión a la truncada existencia de un desdichado artista que en vida solamente consiguió pescar desgracias.  (1)

Julio Quevedo fue miembro de la Sociedad Filarmónica, participó en los conjuntos orquestales de las compañías de ópera, enseñó música en casas de familia, en el colegio la Concordia dirigido por Lorenzo María Lleras. También fue profesor del colegio regentado por Sixta Pontón de Santander, donde estudiaban las hijas del general Francisco de Paula Santander. De esa época datan sus canciones patrióticas escolares. Fue miembro del Consejo Directivo de la  Academia Nacional de Música que había sido fundada en 1882 por Jorge Wilson Price quien le encomendó las cátedras de Armonía y composición. Fue fundador, en unión con el pianista Daniel Figueroa, del Sexteto de Armonía, uno de los conjuntos más destacados en la vida cultural bogotana. Allí era pianista, contrabajista, arreglista y director. Algunas de sus composiciones se publicaron en el mercado local de partituras editadas,  fue uno de los pioneros en la composición de obras bajo la influencia del nacionalismo musical colombiano,  se destacó en el repertorio religioso, y contó con amplios conocimientos teóricos en comparación con los músicos de la época.
 

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Julio Quevedo Arvelo

Sin duda, uno de los aspectos más fascinantes de este compositor es el carácter romántico de su figura. Su personalidad era muy particular desde la infancia, con momentos irascibles y de aislamiento, un tanto paranoico, alternando con momentos de entusiasmo, participando de la vida mundana de la ciudad, pero regresando siempre al ostracismo y al aislamiento. También fueron definitivos en su vida sus amores y desamores, y en particular, una condición física de nacimiento que hizo que se le conociese como “el Chapín Quevedo”, posiblemente como una forma de asociarlo en forma satírica a la gran figura de la música romántica Federico Chopin. Fue su padre quien en cierto modo suscitaría la animadversión del Chapín por sus contemporáneos, por el maltrato que sufrió tratando de corregir los defectos de la naturaleza en sus pies. Su obra, altamente influenciada por sus tormentos, es comparable con la de otras figuras de la música clásica europea que padecieron aflicciones físicas particulares. Para buscar la corrección de dicha condición física a los cinco años fue sometido a una difícil y cruenta cirugía a pesar de lo cual quedó con una discapacidad física por el resto de su vida, pies deformes con importante dificultad para la marcha. La cirugía radicó en “...cortar ciertos músculos, desplazar algunos tendones e inmovilizar los pies en cepos de hierro.” La recuperación tomó dos años, durante los cuales pasó gran parte del tiempo postrado en cama, haciendo planas, ejercicios melódicos y cantando y haciendo trazos al carbón y acuarelas. A pesar de los esfuerzos ejecutados, de nada sirvió la tribulación ortopédica y tuvo que empezar a andar con ayuda el resto de su vida.  A los ocho años su padre lo matriculó  en el colegio La Concordia, donde gracias a sus habilidades musicales terminaría siendo profesor.  Para desplazarse por la ciudad debía hacerlo en silla de manos dado que todavía no estaba en condiciones de deambular sólo. Finalmente lo lograría con ayuda de muletas, con dificultad, cojera y deformidad física que ocasionaría desagradables reacciones y comentarios de una parte de la sociedad. Estudiaba con ahínco a Bach, que junto con Chopin fue uno de sus favoritos, además a Beethoven, Haydn, Schubert, Mozart, Gluck y Rossini, entre otros.  A pesar de su asiduo aire melancólico, se comentaba que tenía impulsos de brío en donde emprendía tareas musicales y mundanas: asistía a eventos sociales, formaba agrupaciones artísticas  e incluso visitaba a sus amigos más cercanos. Luego de algún tiempo volvía a su vida frívola y afligida. Un buen día decide darle un giro a su vida e ingresa al convento de Santo Domingo. Este tipo de comportamiento, se puede asociar con períodos de manía o hipomanía, lo que hace pensar en un perfil típico de Trastorno Afectivo Bipolar.
Demostró desde muy temprano grandes habilidades musicales por lo que su padre hizo todos los esfuerzos para enviarlo a estudiar a uno de los conservatorios europeos. Para tal fin organizó veladas musicales para reunir fondos, pero la asistencia fue escasa por lo que dicho sueño quedó truncado.  Cuando ingresó al convento de Santo Domingo, decidió raparse la cabeza y las cejas, estudiaba el latín, la teología,  e interpretaba el armonio en las noches. Compuso en ese entonces “canto al búho”, marcha fúnebre para orquesta.  Su deformidad le impidió acceder al sacerdocio por lo que renunció a la vida religiosa, luego de diez años de insistencia. A pesar de esto, fue prolífico durante sus estancia en el convento: además de las obras ya mencionadas, escribió otras como la Oración de Jeremías, Pésame a Nuestra Señora de los Dolores y Marcha Fúnebre para Jesucristo en la Cruz en donde se reflejaba un carácter lánguido y pesaroso. Decidió viajar a Venezuela, donde permaneció  diez años. Lo hizo con la compañía hispano italiana que dirigía el maestro Rius. Trabajó como contrabajista y violonchelista, y se dio placeres y gustos que antes no había conocido. En Michelena (Venezuela) construyó un órgano, luego construiría el de Zipaquirá. En medio de despechos amorosos,  sufrimientos y penas, retornó a Bogotá, repatriado por el gobierno colombiano.  Tuvo un apasionado romance en Cúcuta que lamentablemente terminó muy mal. La madre de su amada haría hasta lo imposible por evitar que su hija se casara con un músico deforme y decidió envenenarlo. Sobrevivió al intento de asesinato pero decidida a acabar con él, nuevamente la suegra atentó contra su vida contratando una pandilla que le propinó una paliza que casi lo deja muerto. Por tal motivo, se dice que se cortó el miembro viril y se lo envió de regalo a su amada.

Sumido en la depresión, murió en Zipaquirá a los 69 años, el 26 de mayo de 1896. Se menciona que algunos días antes de su muerte llamó a su cuñada, doña Concepción Zornosa de Quevedo y le dijo “me dicen que ya… ¿no oyen?”. Murió en medio de una estruendosa carcajada. Aparentemente como consecuencia de neumonía. Sus restos estuvieron en el cementerio de dicha ciudad, con un epitafio con el siguiente epígrafe: “Aquí, en este humildísimo silencio, reposa el altísimo artífice de la armonía Julio Quevedo Arvelo, que, si preclaro artista, no halló aliciente en el mundo”.  Sin embargo, se consideró que su nombre se debía honrar y su despojos mortal fueron trasladados a la capilla anexa a la catedral que fue convertida en un salón de cine, dejándolos bajo el suelo del mismo.

Es considerado por algunos, como David Feferbaum como el más importante compositor colombiano de música religiosa. Escribió a los 15 años una Salve Pastoral. Entre sus obras se destacan su Misa negra (Misa de réquiem), la Misa en Re menor, el Te Deum en La bemol y las Lamentaciones de Semana Santa (2)

Fue un intérprete destacado de violín, piano, flauta, cornetín, contrabajo y chelo.

Su labor como profesor de música fue también muy importante. Con él estudiaron: Oreste Sindici, Santos Cifuentes, Andrés Martínez Montoya, Federico Corrales, fray Anacleto Acevedo, Pedro Morales Pino, entre otros, muchos de ellos grandes músicos con enorme reconocimiento.

El triste relato del Chapín Quevedo hace parte del enorme, oscuro y poco visitado capítulo de las antiguas leyendas urbanas bogotanas. Su valor como referente cultural y como adalid del dolor capitalino es enternecedor y despierta gran interés por su vida y su menospreciada obra.

REFERENCIAS

  1. Escobar, E. Fuga canónica. En torno de la figura desdichada de Julio Quevedo Arvelo, llamado el Chapín y otras notas sobre la música y la amusia. 1ª edición: septiembre 2002. Medellín, Colombia. Fondo Editorial Universidad EAFIT. 2002.
  2. Feferbaum, D. Vacíos V La música religiosa y coral. Disponible en: http://revistatempo.co/vacios/vacios-de-nuestra-memoria-v/. [Consulta realizada el 2 de noviembre de 2017]

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