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El gran Gatsby y una generación perdida

Ismael Iriarte Ramírez

Foto: Hotel Plaza De Desconocido - NYPL Digital Gallery, Dominio público

Todo el glamur, la fascinación y los destellos cegadores de grandeza de una generación marcada por la frivolidad, la indolencia y la tragedia pueden representarse a través de un solo nombre: Jay Gatsby, enigmático millonario originario de Dakota del Norte, cuya aparición casi fantasmagórica en Long Island, N.Y., lo convertirá en el centro de atención de una sociedad ávida de ídolos a los que venerar por las razones menos indicadas, que sin vacilar lo hará depositario de su admiración, gracias a sus proverbiales fiestas, su espléndida mansión y su atractiva personalidad.

Su gran fortuna obtenida por medios desconocidos y a tan corta edad -apenas superaba los treinta años- pero sobre todo su inescrutable pasado, ayudaron a construir la leyenda alrededor de su figura y propiciaron las inverosímiles hipótesis acerca de su vida, que incluían varias historias de espionaje para distintas banderas y otras menos románticas que implicaban muertes violentas.

Su esperada aparición en escena, discreta, ordinaria, casi accidental, contrasta con el halo de misterio que lo precedía y evidencia en el comienzo mismo del relato, su asombrosa levedad y vulnerabilidad, logrando incluso tomar por sorpresa a Nick Carraway, narrador de la historia, de quien se vale su autor, F. Scott Fitzgerald, para dar vida no solo a Gatsby, sino también a un puñado de personajes sin los que su existencia no sería posible, siempre en medio de una perniciosa banalidad, de la que ninguno de los involucrados será ajeno.

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foto: Große Gatsby - De Bibmaniac - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0

La primera impresión generada por Gatsby en un desacralizador Nick Carraway comienza la desmitificación del personaje, que a pesar de su juventud, sus refinados modales y su aparente dominio de la situación, se muestra irremediablemente como un hombre ordinario, susceptible al miedo y la inseguridad, como cualquiera de los mortales que acuden por centenares a las celebraciones de la casa de West Egg, sin conocer del anfitrión, mucho más que su nombre y en muchas ocasiones ni siquiera haber estado en su presencia.

Más pronto que tarde el gran Jay muestra sus cartas a través de Jordan Baker, con quien Carraway está a punto de iniciar una relación amorosa, movido más por la inercia que por la pasión y quien actúa como catalizador del trance revelador. Y entonces no solo se hace la luz, sino que se posa como un reflector sobre Daisy Buchanan, hermosa y adinerada prima del narrador, con la que Gatsby había sostenido un fugaz romance durante su juventud y por quien, aún después del tiempo y de su matrimonio con otro miembro de la sociedad, seguía profesando una incontenible pasión, que llegó a convertirse en una obsesión.

El impacto inicial del reencuentro parece sacudir los cimientos de la perfecta y placentera existencia de Dasy, que accede sin mayor resistencia a una interacción que no puede llegar a considerarse como una nueva relación, pero que no pasa inadvertida para su esposo, Tom, arrogante y brutal, que tras un breve intercambio de impresiones con Gatsby comprende la situación, que considera inadmisible, a pesar de su constante infidelidad y en especial de su relación extramatrimonial con la señora Myrtle Wilson, con quien como un secreto a voces comparte ocasionalmente un apartamento en Nueva York.

El desenlace se precipita con ritmo frenético, cuando en un hotel de Nueva York los cinco personajes se ven envueltos en una discusión en la que con crueldad infantil Tom Buchanan y Gatsby, discuten por el amor de Daisy, quien se debate indecisa entre los dos. Mientras que en un segundo plano Nick y Jordan asisten como testigos de excepción, al contrataque fulminante del marido despechado, que les revela a los presentes la verdad sobre la historia de Jay, su origen humilde, su incursión en el contrabando de licor durante prohibición y su relación con el infame delincuente Meyer Wolfshiem.

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Foto:Beacon Towers 1920 De Desconocido - Spur Magazine, 1920, Dominio público

A continuación, la desgracia se hace presente y como resultado Myrtle Wilson muere atropellada por el flamante vehículo de Gatsby, que será señalado por Tom como amante y asesino de la víctima, lo que traerá consecuencias fatales, tras el desesperado intento del señor Wilson por vengar la muerte de su esposa.

Al retornar la calma no queda mucho de la grandeza de Jay, que ante la imposibilidad de recuperar a Daisy solo era un hombre inseguro con una fortuna vacía e inútil. Acallado el sonido de la música de jazz que solía amenizar las veladas presididas por el gran Gatsby, solo queda la realidad, fría y dura, desprovista de encanto, como su propio nombre de pila: James Gatz, denominación que no dejará huella entre quienes estuvieron a su lado. Los Buchanan que seguirán adelante con su vida de ensueño, sin ser apenas conscientes de la estela de destrucción que han dejado a su paso, la esquiva Jordan Baker y por supuesto Nick Carraway, el apático narrador, con ese aire de superioridad que lo llevará a ser indiferente incluso con el amor.

Así entre fiestas, carros de lujo y elegantes salones de hoteles transcurre la vida y la muerte en un sector de la alta sociedad de Estados Unidos durante el periodo entre guerras, marcado además por la Gran depresión, en la que una generación caracterizada por la apatía se convirtió en tema recurrente para escritores como F. Scott Fitzgerald, que además de la historia de El gran Gatsby, recreó los claroscuros de la época en obras como Hermosos y malditos, o A este lado del paraíso. Así como también lo hizo William Somerset Maugham, con una de sus obras maestras, El filo de la navaja.

 

 

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