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“Hay que formar profesionales más colaborativos, solidarios y conscientes de las necesidades de la sociedad”

Mediante ‘Tecnologías de Asistencia’, que se trabajan desde hace tres años en la Universidad del Rosario, el profesor William Rodríguez enseña a estudiantes de ciencias de la salud e ingeniería biomédica, la importancia de realizar una labor en equipo, para alcanzar un mayor desarrollo tecnológico en beneficio de la sociedad. Uno de los resultados obtenidos en el aula, es un brazo robot para la alimentación de personas con discapacidad.

Por: Magda Páez Torres

La ciencia y la tecnología se ha convertido en un poderoso cohesionador de los estudiantes de ciencias de la salud e ingeniería biomédica de la Universidad del Rosario, quienes desarrollan iniciativas tecnológicas implementando un diálogo de saberes que enriquece su formación académica y su futura labor profesional.

Se trata de una estrategia didáctica que busca fortalecer competencias interdisciplinarias. “El curso sobre tecnologías de asistencia surge a partir de un premio que nos ganamos de innovación pedagógica. Propusimos una materia electiva con un enfoque interdisciplinar, ello significa que lo puede tomar cualquier estudiante de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud. En su mayoría, aprenden tecnologías de asistencia para discapacidad, de bajo costo”, explica William Rodríguez, profesor de Ingeniería Biomédica de la Universidad del Rosario, y pionero de este proyecto que comenzó en el año 2017.

Uno de los trabajos que nació en medio de estos debates, fue la adaptación de un brazo robot para personas con discapacidad, que, si bien ya existe en el mundo, fue acondicionado a la realidad colombiana por parte de los estudiantes, de tal manera que constituyera una alternativa sencilla y asequible, para los beneficiarios.

“Como la intención era que fuera de bajo costo, los estudiantes buscaron en Internet un brazo robot que ya existía, descargaron los planos y los imprimieron en 3D. Ellos modificaron la cuchara que llevaba el alimento e hicieron un prototipo sencillo, para llevar yogur de un recipiente a la boca de un usuario”, explicó el profesor Rodríguez.

Como se trata de un proyecto a largo plazo -planeado inicialmente a dos años- los estudiantes de semestres posteriores han realizado mejoras a la iniciativa, que, hasta ahora, funciona con alimentos blandos, y que se convierte en una opción para muchas de las personas con discapacidad que habitan en Colombia.

Si bien, hasta el momento, el brazo robot cumple una función didáctica, el objetivo, a largo plazo, es lograr un prototipo avanzado, con características acordes al panorama colombiano, y con un valor moderado, que facilite su adquisición. “Podríamos pensar en un dispositivo que se fabrique de manera masiva, y que se convierta en una herramienta de usuario. Este robot lo venden en los países del primer mundo a precios que pueden llegar a varios miles de dólares, ya que tiene una electrónica y mecánica muy avanzada. Sin embargo, pagar cerca de 15 millones de pesos por un aparato para consumir yogur, en nuestro contexto, es casi impensable”, afirma el investigador.

Esta es sólo una de las propuestas que han surgido en el aula de clase, donde también se lleva a cabo un ejercicio llamado hackathon, en el cual se les otorga un tiempo determinado a los estudiantes para idearse una solución tecnológica frente a un determinado problema de personas con discapacidad, con los recursos disponibles. De esta forma, se desarrollan competencias interdisciplinares en los estudiantes y se reta su ingenio.

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¡Un trabajo en equipo!

Más allá de la innovación tecnológica, el profesor William Rodríguez aclara que, con este curso, se busca formar profesionales más colaborativos, solidarios y conscientes de las realidades y las necesidades de la sociedad.

“A través de un proyecto, integramos estudiantes de diferentes carreras para que propongan una solución en conjunto, aprendan a hablar con otros profesionales, a respetar la opinión ajena. Hay grandes dificultades de comunicación, sobre todo en el mundo de la salud. Tenemos problemas de egos y también desconocimiento de lo que hace el otro profesional, por esa razón, cuando se tiene que trabajar en el escenario real, se sufren muchos choques”, explicó.

Fisioterapia, medicina, psicología, ingeniería biomédica, terapia ocupacional, entre otras, son las carreras que confluyen en esta cátedra. Cada una, hace su aporte, desde el área de su competencia. “Lo que definitivamente está impactando es el enfoque interprofesional. Ello facilita que, cuando llegue una nueva tecnología -bien sea que se importe, que se compre lista o se cree aquí- ya tengamos unos profesionales que puedan trabajar con ésta, en grupos interprofesionales. Las personas de rehabilitación, por ejemplo, van a tener más claridad de los conceptos técnicos; y los ingenieros van a tener más claros los conceptos de rehabilitación… así se beneficia más fácilmente el usuario final”, indicó Rodríguez.

Camila Navarrete fue una de las estudiantes que formaron parte de este curso y que hoy, ya graduada en ingeniería biomédica, reconoce la importancia de esta experiencia pedagógica. “Trabajar en conjunto con estudiantes de otras áreas es algo enriquecedor, ya que como ingenieros -en mi caso- pudimos darnos cuenta de que la persona es más que un usuario final, y que se deben tener en cuenta diversos factores, no sólo la condición física. Asimismo, nuestros compañeros de otras profesiones adquirieron conocimientos sobre el desarrollo de tecnologías de asistencia y fueron parte fundamental para el desarrollo del proyecto”, enfatizó.

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Y es que, además del diálogo de saberes, se lleva a cabo un juego de roles, para que los involucrados se pongan en los zapatos del otro, no sólo del profesional, sino del paciente, del padre de familia, de cualquier persona del común que esté involucrada en el contexto de la discapacidad.

“Ellos tienen que hacer un dramatizado como si fueran profesionales, asumiendo su rol. Un estudiante asume ser la persona o el niño con discapacidad. También, uno de los integrantes hace de padre de familia o cuidador del niño, y en el simulacro salen problemas de la vida real, como que el papá no entendió la forma de usar el dispositivo, que no tiene plata para comprarlo. Esa es justamente la esencia de la actividad académica: el estudiante debe aprender a manejar estos problemas que son de la vida real, pero que rara vez se abordan en una universidad”, señaló el investigador.

De esta manera, se les prepara para su profesión y para la vida. El objetivo es trascender de lo magistral, a la exploración, a la vivencia. Según Camila Navarrete –ya graduada- la utilidad de este tipo de ejercicios la percibe, diariamente, en el desempeño de su carrera. “Actualmente, para el desarrollo de cualquier tipo de tecnología de asistencia que realice, es necesario comunicarme con diferentes profesionales de la salud para tener en cuenta sus ideas, sugerencias y problemáticas, ya que son ellos quienes harán uso de esta. Con el curso logré adquirir esas habilidades comunicativas fundamentales para expresar mis ideas a cualquier profesional, teniendo en cuenta sus conocimientos”, explica.

Con esta iniciativa pedagógica, el profesor William Rodríguez rompe esquemas, brechas y enormes distancias que afrontan los profesionales de la salud, una vez salen de las aulas. De tal forma que, el día de mañana cuando, tal vez, se encuentren en un hospital una enfermera, un ingeniero, un médico, un fonoaudiólogo y un psicólogo, puedan sumar unidos para hacer más fructífero su trabajo y más amable la vida del paciente.
 

 

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