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Medio Ambiente

17 de junio 2020

Repensar la urgencia ecológica en tiempos de pandemia

Repensar la urgencia ecológica en tiempos de pandemia

Casi desde el inicio de las cuarentenas a raíz de la propagación del coronavirus, en los medios de prensa y en las redes sociales han circulado informes anunciando una notable disminución en los niveles de contaminación del aire de muchas grandes ciudades del mundo. También han circulado fotografías y videos de animales silvestres que se han paseado por calles y avenidas de urbes tan populosas como Santiago, Los Ángeles, Barcelona, o Tokio, mientras que delfines y otras especies marinas han retornado a las playas de distintos puertos del Caribe o el Mediterráneo. Entretanto, los políticos temen por el desempeño financiero y los ciudadanos de a pie temen por sus empleos. Surge así un contraste que incita a la reflexión: hay menores índices de polución ambiental y respiro de la fauna arrinconada por la acción humana pero también hay una inquietud creciente por el encierro forzado que se avizora para las próximas semanas o meses y por los efectos económicos adversos que ello trae consigo.
 

La pandemia muestra hasta qué punto el estilo de vida que consideramos normal y al que desearíamos retornar cuanto antes tiene facetas que, vistas críticamente, parecen anormales, sólo que las hemos normalizado. El anhelo de recobrar pronto la libertad de salir a la calle cuando queramos y sin sentir miedo a contagiar o a ser contagiados es normal. ¿Pero eso acaso no nos obliga a resignarnos a tener que vivir una vez más en medio de una atmósfera contaminada, soportando trancones monumentales y elevados niveles de estrés? Dado el lote de inconvenientes e incomodidades que viene junto con las ventajas del teletrabajo, la ambición de retomar las labores presenciales acostumbradas es apenas comprensible. ¿Pero cómo regresar a los puestos de trabajo sin perder esas gotas de reposo y de sabiduría adquiridas durante la cuarentena? ¿Cómo dejar de ser los cómplices distraídos de un estado de cosas en el que las otras especies vivientes seguirán siendo arrinconadas, cuando no condenadas a la desaparición?
 

Estas no son meras preguntas retóricas. La experiencia de pestes y epidemias de siglos pasados, tal como nos ha sido legada en textos clásicos −por ejemplo, A Journal of the Plague Year de Daniel Defoe− muestra que las temporadas de aislamiento, en las que el temor del contagio subraya a diario la fragilidad de todo lo humano, son propicias para la reflexión y el balance. Una pandemia es temporal y siempre cabe esperar que al cabo de unos meses sea controlada gracias a las medidas de distanciamiento social y superada mediante el desarrollo de una vacuna. El calentamiento global, la acidificación de los océanos, la pérdida de biodiversidad, en cambio, no son fenómenos transitorios sino duraderos que exigen respuestas mucho más profundas que atañen a los cimientos mismos de las sociedades contemporáneas.
 

Hasta ahora ha sido muy difícil desarrollar un sentido de genuina urgencia social con respecto a los problemas ecológicos globales por diversas razones, entre ellas que los humanos nos sentimos urgidos con respecto a riesgos o a peligros inminentes, previsibles para el curso de los próximos días, meses o incluso algunos años, mas no para colapsos llamados a producirse dentro de veinte, cincuenta u ochenta años, como los que anuncia la comunidad científica internacional a propósito del cambio climático. Cabe ser escépticos en torno a la capacidad del COVID-19 −que es una amenaza inmediata− para generar las acciones y los cambios de largo plazo requeridos a fin remediar o al menos mitigar el deterioro del planeta. Es probable que, a pesar de las señales y los avisos que nos envían los animales, los virus y la atmósfera, cuando finalice la cuarentena las cosas vuelvan a la anormal normalidad de antes. Por otra parte, no les falta razón a quienes dicen que la presente crisis sanitaria es un momento histórico. Pero todavía es demasiado pronto para saber qué tanto están en lo cierto, al menos desde una perspectiva ecológica, pues la prueba de fuego aún está por venir. Si la experiencia de la pandemia sienta las bases para un cambio en el ritmo y la tonalidad de nuestra forma de habitar el mundo, entonces podrá decirse que hemos sido capaces de extraer de ella una lección valiosa.

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