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Conversión de Santa Sofía, ¿religión o geopolítica?

Mauricio Jaramillo Jassir

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La polémica y fustigada decisión de Turquía de convertir la Basílica de Santa Sofía en Estambul que hasta hace poco era museo, en una mezquita ha despertado toda una serie de fundamentadas críticas por lo que se considera una política de revisión histórica que pone en peligro una suerte de equilibrio entre occidente y oriente y más concretamente entre cristianos ortodoxos, católicos y musulmanes.

Asimismo, la iniciativa reflejaría el proceso de islamización que tantos temores despierta interna como regionalmente. Más allá de la justificación que haya encontrado el gobierno de Tayyip Receip Erdogan que ha cabalgado sobre índices superlativos de popularidad para llevar a cabo reformas de todo tipo, es prudente revisar el contexto en el que ocurre el hecho y que podría explicar que la decisión reposa más sobre un fundamento geopolítico que religioso.

El templo fue terminado en el año 537 transformándose en lugar emblemático del Imperio Bizantino y de su centro Constantinopla, hasta que, en 1453 cayera bajo el dominio del Imperio Otomano y Mehmed II rebautizara la ciudad bajo el nombre de Estambul y Santa Sofía se convirtiera en mezquita. Tras la disolución del Imperio como consecuencia de la Primera Guerra Mundial y con el nacimiento de una República moderna bajo el mando de Mustafá Kemal Ataturk se trasformó en museo. Desde ese entonces, el proyecto de modernización de Turquía tuvo como uno de sus principales matices la concreción de un Estado laico donde religión y asuntos públicos siguieran caminos distintos. En esta era secular han emergido todo tipo de desafíos complejos, y durante la segunda mitad del siglo XX, Ankara enfrentó varios golpes de Estado militares algunos justificados en la necesidad de evitar una reislamización, combatir el secesionismo kurdo, o tal como en América Latina durante la guerra fría, para contener la expansión del comunismo.

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La convicción turca laica, moderna e incluso occidental fue palpable durante toda la guerra fría, y aunque tuvo buenas relaciones con Moscú, su alineamiento con el bloque liberal fue claro.  Fue el primer país musulmán que ingresó a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) al poco tiempo de su creación, y en reconocer a Israel, una decisión que la valió una relación ambigua con el mundo árabe del que, aunque no hace parte, es fundamental en su proyecto regional.

En el nuevo siglo marcado por el intervencionismo de Estados Unidos en Asia Central y Oriente Medio, las relaciones entre occidente y el mundo musulmán se vieron gravemente afectadas. La campaña lanzada bajo la etiqueta de guerra global contra el terrorismo contribuyó a estigmatizar al islam despertando tensiones que se habían aliviado en el último tiempo. Los esfuerzos de Estados Unidos por poner fin al conflicto entre Palestina e Israel (Acuerdos de Oslo) se vieron opacados por años de una insistencia errática por intervenir militarmente con el fin irrealizable de neutralizar las amenazas en una zona que George Bush definió como el Gran Medio Oriente y que pretendía democratizar por la fuerza. 
 
Al tiempo que eso ocurría, la Unión Europea consolidaba su proyecto. Luego de años de haber dado el salto a una política monetaria común -hecho inédito en la historia de la humanidad- y de dotarse de una dimensión política como ningún bloque lo había hecho, expandió sus fronteras para incluir a varios de los Estados que o fueron satélite o estaban dentro de la Unión Soviética. Las ampliaciones de la UE de 2003, 2007 y 2013 que incluyó a República Checa, Polonia, Hungría, Rumania Bulgaria, Eslovenia y Croacia entre otros, ponía fin a décadas de separación arbitraria y hacia pensar en el ingreso de Turquía, un aliado occidental a lo largo del siglo pasado. Ankara mostró un entusiasmo genuino y formalizó su candidatura que fue aceptada y con ello empezó un largo e infructuoso proceso de negociación que, en vez de acercar, terminó alejando peligrosamente a las partes.

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Turquía sufría por la forma como los europeos dilataban su entrada y cada vez hacían mas exigencias de reformas al sistema político, mientras las administraciones turcas insistían haber avanzado suficientemente. Aquello que Europa interpretaba como modificaciones estructurales para hacer a Turquía compatible en democracia, derechos humanos y economía, era interpretado en la otra orilla como concesiones cada vez más difíciles de materializar. 
 
Cuando estallaron las crisis financieras en varios Estados de Europa, ese bloque perdió atractivo y salieron a la luz los desequilibrios que por años habían pasado desapercibidos y evidenciaban una enorme vulnerabilidad de lo que se pensaba como una de las grandes potencias económicas del mundo. De esta forma, mientras Europa debatía los planes de rescate para Grecia, Chipre, España, Irlanda o Italia, Turquía vivía un esplendor económico que la hizo desistir definidamente de su candidatura. Con la moral herida, Erdogan fue avanzando en reformas que se alejaban del espíritu liberal de los años anteriores y emergía el islam como un elemento de cohesión. En 2010 se dio un fuerte rumor de golpe de Estado por la preocupación militar ante el avance de la religión y en 2016 se produjo el fallido intento. Ambos hechos contribuyeron en la consolidación del poder del actual presidente.

En este tiempo, Turquía no solo pasó de un semi-presidencialismo a un presidencialismo con poderes reforzados para el ejecutivo, sino que recreó sus lazos con el mundo musulmán acercándose a los palestinos, cuya causa no parecía una prioridad de política exterior hasta la llegada de Erdogan como primer ministro y luego como presidente. El papel de Ankara hoy en Irak, Siria y en algunas zonas del Oriente Medio donde combaten chiitas y sunnitas es fundamental. En ese proyecto de revigorización de su influencia en Oriente, la reconversión del templo de Santa Sofía y la reafirmación de Ankara como un territorio musulmán deben ser leídas como una reivindicación geopolítica. Luego de décadas de asumir valores y principios occidentales y de ser menospreciada por Europa, Ankara ha encontrado un nuevo equilibrio en sus relaciones con el mundo y la redefinición de su identidad será definitiva para un diálogo de civilizaciones que reemplace y anule cualquier choque como el que vaticinó Samuel Huntington.