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El enfoque territorial complejo

Manuel Guzmán-Hennessey

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“Las ciudades son sistemas complejos. No se pueden definir ni conocerlas por sus partes. Cada subsistema o componente considerado por separado no nos dice nada sobre la ciudad como totalidad. Para cambiarlas entonces es necesario también cambiar la red de relaciones que la componen. Sólo así será posible crear una ciudad democrática, segura, sustentable y socialmente justa”: Olaf Jovanovich

La regiones deben ser estudiadas a partir del reconocimiento de sus complejidades. Este enfoque de planificación debe guiar las acciones adaptativas hacia un futuro climático determinado, hoy, por las incertidumbres. Es necesario que los planificadores reconozcan e integren en el pensamiento de los ‘territorios deseados’, a los nuevos actores del cambio climático (ciudadanos, empresarios, comunidades campesinas, gobiernos locales). Es necesario insertar a todos los territorios de Colombia en el escenario del Acuerdo de París (2015), y tener en cuenta que las acciones de estos nuevos actores girarán principalmente en torno al eje de la adaptación de las ciudades.

El enfoque de gestión de complejidad que aquí se esboza, si bien reconoce a la complejidad como un proceso multisectorial por naturaleza[1], se centra en el factor de transición energética de las ciudades, como motor de una sostenibilidad de largo plazo y factor coadyuvante tanto de las transiciones nacionales hacia esquemas menos dependientes del carbono, como del cumplimiento de las metas de país en el marco del Acuerdo de París. En el escenario de este último, los gobiernos locales pueden desempeñar un papel decisivo si estimulan acciones ciudadanas relacionadas con una mayor conciencia sobre la vulnerabilidad climática e incorporan esquemas de generación de energías descentralizadas, cambios en los modelos de gestión y propiedad de las centrales eléctricas e iniciativas de pequeña escala basadas en energías renovables. Hoy es posible referenciar el futuro energético de la ‘Colombia imaginada’ con múltiples experiencias y movimientos de ciudades (que se están dando en todo el mundo) hacia una era de bajo carbono: alianzas para las transiciones, cooperativas locales, alianzas para la descentralización energética, iniciativas de autoconsumo eléctrico sostenible, alianzas locales para pequeños emprendimientos energéticos, microcentrales de generación hidráulicas.

Las ciudades son grandes sistemas complejos (Aranda Anzaldo, 1997, Morin, 1999, Kauffman, 2003, Holland, 2004, Maturana y Varela, 2004, Reynoso, 2012) [2], de manera que los ciudadanos actúan (en y desde) sus intrincados engranajes de infraestructuras y servicios como sujetos determinados por las leyes y dinámicas que caracterizan a los sistemas complejos. Los ciudadanos forman parte de ese gran sistema y no pueden salirse de él. No obstante, no siempre son conscientes de formar parte de él, y en estos casos pueden actuar desde perspectivas individualistas y simples —incorporando ‘ruido’ (comportamientos desestabilizadores) en la dinámica del sistema— lo cual perturba su armonía. Ahora bien, las ciudades son también sistemas vivos, que evolucionan a partir de sus múltiples complejidades, diversidades y vulnerabilidades, de manera que la adaptación de las ciudades al cambio global, puede entenderse mejor desde el enfoque que Murray Gell Man (1994) llama “los sistemas complejos adaptativos”[3]. En este sentido conviene interpretar la evolución de la complejidad de las ciudades en el contexto histórico de la actual crisis global. La adaptación de las ciudades a un entorno cada vez más incierto requiere una mirada cada vez más compleja, que integre todas las disciplinas, los saberes ancestrales, y las artes y las humanidades que a diario contribuyen a construir los sueños de quienes participan del devenir histórico.

Conviene recordar que el término “sistema” se refiere a “todo conjunto organizado que tiene propiedades, como totalidad, que no resultan de la suma de las propiedades de sus elementos constituyentes” sino de la interacción dinámica de todos sus componentes, donde muchas veces intervienen el azar y el caos[4]. La noción de complejidad viene de la raíz complexus, que significa “lo que está tejido en conjunto”; en este sentido el término ‘complejidad’ no alude a lo que es “complicado” o “difícil”, como erróneamente se asume algunas veces, sino a lo que está interrelacionado y múltiplemente imbricado. Así las cosas, la dinámica evolutiva de las ciudades no sólo está determinada por el crecimiento de sus unidades funcionales (los edificios, los sistemas productivos y las vías que la conforman) sino principalmente por lo que ocurre entre las personas, la productividad, los edificios, los árboles, las avenidas, los cuerpos de agua, el ciclo del carbono, la gestión de los residuos, la educación, la recreación, el deporte y la cultura, actuando en dinámico fluir constante, caótico e indetenible. Los seres humanos son los agentes principales de la dinámica ciudadana, de manera que influyen significativamente en su ecosistema realimentando o compensando sus fuerzas evolutivas. Pero los seres humanos interactúan también con todas las formas de vida que participan del devenir de las ciudades; y aquí es preciso incluir no solo a los animales domésticos que conviven con los humanos sino al resto de la fauna urbana que en conjunto dinámico con la flora y los elementos constitutivos de la vida conforman la diversidad biológica de cada entorno urbano.

La dinámica evolutiva de las ciudades se rige por su condición auto organizativa (Doyne Farmer, 1992). La condición de equilibrio estático que caracteriza a otros sistemas complejos de tipo físico no existe para las ciudades. Existe la estabilidad dinámica o los estados cambiantes y estacionarios, donde el sistema se mantiene dentro de sus parámetros constitutivos sin perder la estructura que los cohesiona. Cuando al sistema de las ciudades se le inyectan nuevos componentes, o se estimulan ciertos procesos auto organizativos en marcha, el sistema se reorganiza y puede conformar un nuevo orden. Se dice entonces que “la ciudad cambió”, debido a que cambiaron tales o cuales de sus atributos, o su estructura funcional y aparecieron entonces cualidades emergentes que podrán perdurar, consolidarse o transformarse.

Para que los procesos auto organizativos de las ciudades —que generalmente se producen de manera cuasi autónoma— conduzcan al ecosistema a los mejores escenarios posibles, es preciso anticiparlos (sistema complejo adaptativo). Para ello la visión compleja resulta una herramienta útil. Las visiones simples, lineales y deterministas, por el contrario, no facilitan la anticipación ni la planificación de los mejores escenarios posibles. Esto se debe a que el pensamiento simple ignora las interrelaciones y las dinámicas entre los diferentes y diversos actores de la ciudad. Y con frecuencia propicia autoritarismos que menoscaban el fortalecimiento de las democracias locales y de las libertades individuales y colectivas.

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El pensamiento complejo, por el contrario, estimula la expansión de las libertades ciudadanas y fortalece los procesos democráticos locales. Amarthya Sen nos recuerda que “el desarrollo es el proceso de la expansión de las libertades humanas, y su evaluación ha de inspirarse en esta consideración” (Sen, 1999). Edgar Morin propone los siguientes principios de la complejidad, que hoy resultan aplicables a la planificación compleja de las ciudades:

  1. El principio Dialógico, que alude a la coexistencia dinámica de dos principios que pueden ser contradictorios (ejemplo: caos orden)
  2. La recursividad organizacional, relacionada con la yuxtaposición de elementos causales y efectuales. Ejemplo, cuando el efecto se vuelve causa y la causa se vuelve efecto; el individuo hace cultura y la cultura hace a los individuos.
  3. El Principio hologramático, cuando el menor punto de la imagen del holograma contiene la casi totalidad de la información del objeto representado. No solamente la parte está en el todo, sino que el todo está en la parte.

El antropólogo catalán Manuel Delgado describió a las ciudades como composiciones espaciales definidas por una ‘alta densidad poblacional’ a la que llamó ‘una colonia humana densa y heterogénea conformada esencialmente por extraños entre sí’. Las ciudades, hoy, son cuerpos territoriales ampliamente heterogéneos, desiguales y conflictivos. Masas gigantes e informes donde ‘conviven’ personas, estructuras, vehículos, recursos, naturaleza, basuras, animales y sueños compartidos. Son, como escriben Rogers y Richard ‘ecosistemas urbanos impuestos a la estructura natural del espacio, alterando la arquitectura espacial de nuestro planeta’ (Rogers, Richard. 2003).

De este modo, las ciudades emulan un conjunto de organismos que no solo cobran vida propia, sino que obedecen a dinámicas interdependientes —de algún modo entre si y, con otras entidades en diferentes escalas— además, estos megaorganismos son cada vez más sustantivos, cobrando mayor relevancia por su personalidad, es decir, modificando constantemente su nivel de especialización con relación al conjunto urbano y el sistema económico en el cual funcionan. En ningún otro momento de la historia de la humanidad las ciudades habían sido tan grandes y tan densamente habitadas. La mitad de la población vive en zonas urbanas. En América Latina alrededor del 80 por ciento de sus habitantes viven en grandes ciudades. Se prospecta que en cuarenta años 6 mil 300 millones de personas vivirán en las grandes ciudades.

La teórica del urbanismo Jane Jacobs (1961) creyó que las ciudades no eran más que un proceso autónomo de ensayo y error de ‘una civilización que no sabía lo que hacía’ (W, I, Thompson, 1984). En este orden de ideas, el cambio climático puede entenderse como el último eslabón de esta cadena de pruebas fallidas, o como lo ha dicho Nicholas Stern, el ‘fallido mayor de la economía global’. Adaptarse al cambio climático es hoy, de alguna manera, la posibilidad de concebir a las ciudades como organismos complejos, y tratar de salvar en ellas la vida colectiva, mediante prácticas preventivas del riesgo y acciones planificadas de adaptación.
La relación que hoy existe entre el cambio climático global y las ciudades es cada vez más evidente y también más alarmante. Las presiones de los efectos del cambio climático sobre los sistemas urbanos pueden agravarse en el futuro (UN-Habitat, 2011). Debido estas presiones conviene abordar cuanto antes, y mediante el uso de herramientas de planificación eficientes e innovadoras, tanto las manifestaciones del cambio en las ciudades como sus alternativas de adaptación y transición hacia esquemas más sostenibles y resilientes.

Buena parte de la actual población del mundo que antes ocupaba mayoritariamente los campos (como ya se ha dicho) se ha ido trasladando paulatinamente a las grandes ciudades. La transición energética local, la planificación del crecimiento emergente, la conservación de sus áreas estratégicas naturales, el mejoramiento de sus servicios sociales, humanos y culturales, emergen como una respuesta a este nuevo fenómeno urbano y a la necesidad de ofrecer alternativas de sustentabilidad frente a las crisis del clima. Un proceso integral de adaptación territorial a los efectos de la variabilidad climática, relacionado con la necesidad de construir territorios más resilientes y menos dependientes del carbono, se impone como interpretación compleja de las nuevas realidades que hoy vivimos. En la actualidad, más de la mitad de la población del mundo reside en grandes centros urbanos. Las ciudades aportan más del 80 % del total de emisiones de carbono y son los motores del desarrollo en cada uno de los países. Si bien esto indica que en ellas se darán las grandes batallas por la sostenibilidad global, también hay que tener en cuenta que son centros de conocimiento y cultura, donde se debaten las ideas sobre el futuro y se desarrollan los proyectos de innovación social que pueden ayudar a la construcción de una nueva sociedad. Ahora bien, muchos de estos grandes centros urbanos son también los más vulnerables, debido a que las ciudades han crecido desordenadamente y con ello se han intensificado las condiciones de pobreza[5]. De esta manera, sus habitantes, que no cuentan con servicios adecuados de infraestructuras urbanas y de servicios sanitarios, se ven expuestos a los impactos del cambio climático. Según datos de expertos, más de mil millones de residentes urbanos viven hacinados en viviendas de mala calidad, en barrios subnormales o en asentamientos informales (Monteiro et al., 2011). Muchos de estos lugares están en riesgo de sufrir inundaciones o remociones en masa.

 

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En todas las regiones del mundo han crecido las grandes ciudades, si por ello entendemos ciudades de más de un millón de habitantes, pero las llamadas mega-ciudades han crecido especialmente en Asia, África y América Latina. Allí se encuentran hoy muchos de los nuevos centros urbanos con más de diez millones de personas, según lo revela Urban Age (www.urban-age.net) El enfoque que generalmente se utiliza para examinar la relación entre el cambio climático y el desarrollo de las grandes ciudades consiste en proponer medidas de mitigación (Sánchez y Bonilla, 2007) que, sin embargo, no enfrentan el problema a largo plazo, pues no tocan la raíz causal de los factores de la mitigación: la creciente producción de gases de efecto invernadero de las ciudades. Este enfoque se hace insuficiente debido a que todos los escenarios del cambio climático (IPCC, 2014) indican que si las tendencias actuales de emisiones se mantienen, las ciudades llegarían antes de 2080 o 2100 a temperaturas que rebasan los límites tolerables para mantener las condiciones actuales de bienestar. Los recientes episodios de calor y otros fenómenos extremos, deben interpretarse como parte de esta nueva problemática. Un nuevo enfoque que incorpore las variables complejas de la crisis del clima en la gestión integral de los territorios debería empezar por plantear que la adaptación debería tener muy en cuenta la modificación, en el mediano plazo, del modelo energético y de consumo actual, centrado en el uso de combustibles fósiles, por un modelo más amigable, basado en energías renovables y esquemas descentralizados de suministro eléctrico.

 

 


[1] Involucra factores como la conservación y restauración de la naturaleza, los problemas sociales ligados a la inequidad y el crecimiento inadecuado, el ordenamiento del territorio, las actividades productivas, los servicios ecosistémicos, y la cultura, la educación, la recreación y el deporte.

[2] Buena parte de las ideas contenidas en este artículo han sido inspiradas por los trabajos de Carlos Reynoso sobre aplicaciones de complejidad en la gestión de las ciudades, especialmente su trabajo “Análisis y diseño de la ciudad compleja, perspectivas desde la antropología urbana (2010). Se retoman también, algunas ideas contenidas en el artículo ‘Transiciones y complejidad: El desafío de Bogotá 2020-2050’ (Guzmán-Hennessey, M, en ‘La construcción del territorio sostenible’, Guhl Nanetti Ernesto, Guzmán Hennessey Manuel, Carrizosa Umaña julio, Pacheco Montes Margarita, Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá, 2018. 

[3] Sistemas sujetos a las leyes de la naturaleza, a su vez fundamentadas en las leyes físicas de la materia y el Universo, compuestos por flujos de datos incidentales o arbitrarios que se organizan en forma de información sobre aspectos regulares o azarosos que le confieren una dinámica propia susceptible de ser anticipada (Gell Man, El quark y el Jaguar, Tusquets editores, 1995, p 40)

[4] La teoría del caos propone que el caos y el desorden son la esencia del orden. Los sistemas caóticos se caracterizan por la tendencia de pasar de un comportamiento irregular y aparentemente al azar, a otro estable u ordenado. El caos hace que el universo no sea estrictamente determinista porque sería sin devenir, sin innovación, sin creación. El enfoque del ‘Caos’ es una nueva manera de percibir el universo. Refleja el cambio de lo cuantitativo a lo cualitativo, del determinismo a la comprensión general, del orden como fuente de creación al caos como fuente de creación. 

[5] La vulnerabilidad es una variable compleja que se relaciona con la interacción entre la exposición, la sensibilidad y la resiliencia de las sociedades. Implica una pérdida de activos y recursos y, por ende, de capacidades para la adaptación. En este contexto, el concepto de vulnerabilidad se refiere a las condiciones sociales, ambientales, económicas e institucionales que determinan la capacidad de una sociedad para sufrir o evitar daños.