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La generación del bicentenario: ¿libertad y orden o caos absoluto?

Ricardo Andrés Roa-Castellanos

La generación del bicentenario

En el libro “Líderes” de Richard Nixon, encontramos la virtud del General de Gaulle en relación con la naturaleza latina del carácter francés. En el pasaje se recuerda al gobernador de Puerto Rico, Luis Marín, quien indicaba la dificultad latina a la hora de equilibrar los principios orden y libertad.

La genuina herencia latina, que comprende desde el Mediterráneo hasta Cabo de Hornos -límite americano entre los océanos Atlántico y Pacífico- ha tendido al desequilibrio identificado por el boricua Marín como “demasiado orden y poca libertad, o demasiada libertad y poco orden”. En el citado libro, precisamente, el talento atribuido al católico De Gaulle, responsable de la Quinta República francesa, era el equilibrio práctico entre estas nociones rectoras.
 
Pareciese que cada 100 años Colombia tiende a entrar en periodos de delicada crisis en materia de la relación gubernamental entre la libertad y el orden. Hace 200 años, tras un prolongado periodo de inconformidades sociales, que tuvo por primer síntoma la Revolución de los Comuneros en 1781, luego, hacia 1819, vivía la decisiva Batalla de Boyacá y con ella la verdadera independencia del Reino de España. El famoso 20 de Julio de 1810 a la luz de los hechos no había sido contundente en su alcance de la libertad, teniendo en cuenta sus alcances reales.

LA PRIMERA GENERACIÓN EMANCIPADORA

Una generación de criollos cultos y bien educados como los alumnos del sacerdote, botánico y matemático rosarista, José Celestino Mutis, abrieron sus ojos en una nación ya alterada y víctima de un despotismo racista en tiempos de “criollos y chapetones”.

Voces encontradas hoy sobre dicho proceso, no obstante, controvierten la conveniencia de tal proceso independentista. En el infinito dominio de las especulaciones algunos se preguntan si nos hubiese sido más benéfico, a la postre, el seguir sujetos al orden ibérico o no. Pero un grupo generacional afrontó las vicisitudes de la emancipación que implicaba el principio “Ordo ab chaos” u orden a partir del caos que la racionalidad puede llegar a ver como “revolucionitis” o “reformitis” innecesaria al seguir a Mario Bunge (2013) en su obra Pseudociencia e Ideología.

Las guerras civiles intestinas (que Rafael Núñez llegó a contabilizar en casi 20 para su ensayo “La Paz Científica” con apenas tres periodos de paz), los desaforados individualismos e intereses personales, y la falta de unificación en torno a un proyecto de Nación dialogado, en 1830, provocaron la conspiración septembrina atentando contra Bolívar, metamorfoseado de libertador en dictador, con la posterior fragmentación de la Gran Colombia en las Repúblicas de Venezuela, Ecuador y Nueva Granada.

Calmadas las aguas, la Ley 3 de 1834 promulgada por Francisco de Paula Santander en su artículo 4, constituye el escudo de la república con elementos identitarios que han permanecido en el símbolo patrio, concretamente, con el lema de la Nación “Libertad y Orden” el cual emerge junto con el símbolo de sabiduría indígena andina, el Cóndor, que mirando al lado derecho es el símbolo de la “legitimidad”. Por tanto, es de recordar que el mismo Santander es el padre de la frase que enmarca la plaza de Bolívar o núcleo institucional de la Nación: “Las armas os han dado la independencia, las leyes os darán la libertad”.

Una expresión popular advierte que los árboles en ocasiones no dejan ver el bosque. En ese sentido, ayer como hoy, el discurrir regional o global se pierde para quienes quedan focalizados en las arengas, chismes y rifirrafes políticos del momento o los profusos discursos ideológicos de la política pauperizada, carente de metas nacionales de beneficio mutuo, que queda sobrecargada de venenos sociales malintencionados e incluso fratricidas por parte de grupos de interés egoístas.

Pero al quedar a merced a la dinámica de Sísifo, repitiendo ciclos de condena al no encontrar soluciones definitivas fruto de la verdad, o al menos más certeras, para los problemas sociales, los hechos históricos tienden a la repetición aupada en la ignorancia sobre los antecedentes de una historia que es enseñada como materia aburrida cuando en realidad es un antídoto excepcional contra la iteración de los males sociales.

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DICOTOMÍAS Y LUCES PARA LAS SOMBRAS

En las complejas acciones de la generación independentista, un núcleo de personajes destacó como estructuradores de soluciones en tiempos caóticos. Mal que bien, los pensamientos antitéticos de Antonio Nariño y Camilo Torres sobre la discusión centralismo-federalismo o la pugna entre poder personalista y poder institucional entre Bolivarianismo y Santanderismo, o la disyuntiva económica entre Libre Mercado y Protección, dieron luz a una nueva organización política, inestable, difícil, pero que en apenas un par de siglos ha permitido un avance, si se ven las cosas de manera agradecida, en un desarrollo notable en poco tiempo para las jóvenes naciones americanas.

Tras las guerras civiles decimonónicas (Tabla 1), un siglo después, bajo los efectos estabilizadores de la Constitución de 1886 –también desde un prisma positivo y no meramente crítico sobre este orden normativo–, el país se dirigía a nuevos retos con mayores desarrollos institucionales. Gracias a la Generación del Centenario el desarrollo institucional se abrió paso de manera endógena, en medio de una eclosión ideológica que importaba, otra vez desde afuera, nuevas ideologías fratricidas complicando el panorama social, económico y político, nuevamente.

GENERACIÓN DEL CENTENARIO

Los ejes que identifica Brubaker (1986) alinean a Bolívar y a Santander a manera de los respectivos orígenes del Partido Conservador y Liberal. Asimismo, identifica el orden con el conservatismo republicano y la libertad con el liberalismo original.

La confusión creada con la política de colores haría palidecer a los auténticos padres de la patria con los rocambolescos movimientos que hacen elegir la democracia hoy en espectros de límites partidarios difusos y hasta anti-democráticos.

Los primeros 30 años del siglo XX, veían un progresivo empeoramiento de la gobernabilidad, amenazas cumplidas sobre la integridad territorial (Panamá), la inestabilidad económica debido a irreflexivas aperturas ideológicas del Libre Comercio no meditado contra productos nacionales (Tabla 1); en adición a un grado de tranquilidad social deteriorado por una animosidad política que fomentaba las animadversiones ideológicas entre hermanos connacionales y un sectarismo con diversos orígenes ideológicos internacionalistas. 


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La desestabilización nacional bio-psico-socio-política -entendida desde un prisma biológico como un fenómeno de incremento de muerte, riesgo de la misma agresión, conflictividad y migración forzada-, es gradual, y la que moldea a la Generación del Centenario, como lo evidencia la afectada zona post-liberalización comercial, en el Cauca, con efectos tales como las revueltas indígenas de Quintín Lame (1914), y otro malestar agrario que llega al culmen sintomático con la icónica Masacre de las Bananeras en 1928 –por su parte, un irónico monocultivo industrial, de enclave transnacional, protegido bajo amparo estatal, con mínima responsabilidad social, por parte de la empresa conocida antes como United Fruit Company, hoy Chiquita Brands / Dole Fruit Company-. El episodio incendiaría los problemas agrarios de tierras, en un contexto influyente de nuevas ideologías foráneas de Economía Política como el marxismo, el socialismo internacionalista y el modelo de liberalización smithiana o clásica de la economía (Roa-Castellanos, 2014).

Esta turbamulta de hechos tuvo que ser asumida por personajes cuyos ecos son reconocidos todavía:
 
Enrique Olaya Herrera, Mariano Ospina Pérez, Agustín y Luis Eduardo Nieto Caballero, Laureano Gómez, Alfonso López Pumarejo, Carlos Lleras Restrepo, Gabriel Turbay, el mismo Jorge Eliecer Gaitán, José Eustasio Rivera, Luis Cano, Carlos E. Restrepo, León de Greiff, y Eduardo Santos fueron algunas de esas figuras egregias, en evolución para entonces, que al sobrevivir la Guerra de los Mil Días (Brubaker, 1986), llegaron para mitigar esas y otras violentas convulsiones como la Crisis Económica de los 30’s, la llegada de intentonas revolucionarias insurgentes, y la agravación de una violencia bipartidista, que si bien fue amortiguada por unos de estos personajes sería atizada por otros de ellos.

LA GENERACIÓN DEL BICENTENARIO

Quizás cuando todo cambia, todo queda igual. Revolución, etimológicamente, después de todo, quiere decir llegar al punto de origen. La llegada del bicentenario representa, de nuevo, un país convaleciente tras el furor de una guerra declarada por otras rebeldías de turno incapaces de vivir en paz con el prójimo.

Los campos de fuerza partidarios han sido tan centrifugados y desdibujados en los últimos lustros, que es posible notar reubicaciones de consignas y estratagemas en partidos políticos perdidos para la actualidad.

El liberalismo de partido en Colombia, inexplicablemente para un contexto internacional, pide la hipertrofia de los organismos burocráticos, los jueces, las cortes variopintas. Etc.; los libertarios, los liberales clásicos y los conservadores en cambio componen la trinchera del liberalismo económico (propiedad privada, capitalismo, libre asociación, economía de mercado) y la Libertad individual mientras el principio separador de Credo-Estado es roto pues se busca someter a los ciudadanos a las creencias particulares de los políticos de turno, sin respeto por los otros; la Guerra Popular Prolongada parece cumplirse en partidos políticos de pretensión estatista enmascarados en una izquierda light de colores de centro, cuyas raíces son movimientos insurgentes que criticaban una hegemonía que ahora quieren imponer en desmedro de la Libertad individual por medio de posiciones “despistemológicas” de veleta ideológica.

Los políticos charlatanes se sintonizan con dictámenes, dimes y diretes de una oclocracia que como se ve con los casos de los movimientos anti-vacunas, dietas nocivas, creencias tierraplanistas (si, que creen que la Tierra es plana…), misántropas (neomalthusianas), anti-científicas, animistas, macumberas, o panteístas, brindan a la pseudociencia, el pseudoambientalismo, el retroceso social, y el caos una oportunidad de oro para su apogeo pese a sus absurdos. Pero es humano que el animal social quiera pertenecer a grupos, por ilógicos que estos sean…

En consecuencia, estos pseudointelectualismos incitados en el contexto de la intolerancia política (polarización) y violencia psicológica de las redes sociales han trasladado los conflictos a los diversos grupos de edad, socio-económicos, sexuales, de origen, religiosos, etc., haciendo ahora del instinto gregario o de mutua protección por medio de la unión, una simple nostalgia. La nueva lucha de clases parece regirse por un principio inculcado por líderes negativos: el “todos contra todos”. Figuras conciliadoras y objetivistas son requeridas como nunca con fuertes bases intelectuales estructuradas desde la evidencia, el espíritu de unión, y no los activismos de las subjetividades sofistas que garantizan la decadencia.

Figuras de las Generaciones X, Y y Z, deben contrarrestar al borde del abismo el Desorden, la corrupción, la desconfianza institucional y el menosprecio de la Libertad responsable (no libertinaje) dejado por las generaciones de la guayaba y otras genealogías de antecesores. En el 2008, Santos Molano identificaba en los hermanos Galán prospectos prometedores como Bicentenaristas. Nuevos personajes como el propio presidente Iván Duque, el republicanista Andreas Althoff Ospina (bisnieto de Ospina Pérez) con su planteamiento de Democracia militante o defensiva, Miguel Uribe Turbay sobresaliente bogotano como funcionario y por su don de gentes, la periodista Vanessa Vallejo, Rodrigo Lara, David Luna, Ángela Garzón, Andrea Nieto, Gloria Díaz, los Libertarios y una pléyade de talentos jóvenes ya madurados y sobrevivientes a múltiples debacles desde el final del siglo XX e inicio del XXI (narcoterrorismo, violencias de alzados en armas, quiebras macroeconómicas, amenazas geopolíticas varias, etc.) insinúan la avanzada de concertación nacional. Hay que unirse o aumentaría el caos.