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La recomposición del progresismo en América Latina

Mauricio Jaramillo Jassir

La recomposición del progresismo en América Latina

A pesar de que hace unos años, el ciclo de izquierda (o izquierdas) parecía clausurado definitivamente en América Latina, en determinados contextos y en circunstancias muy distintas a las de veinte años atrás, surge inesperadamente una nueva oportunidad para que el progresismo recupere espacios en la zona.

 

Eso sí, deberá readaptarse moderando su discurso y aprendiendo las lecciones del pasado reciente.

En México Andrés Manuel López Obrador, supo imponerse en las elecciones más de diez años después del aparatoso intento de 2006 cuando por un estrechísimo margen perdió frente al derechista Felipe Calderón.  Desde la victoria de AMLO el año pasado, la izquierda de la región parece dispuesta a adaptarse a las nuevas condiciones regionales. La primera y más determinante, sin duda alguna, ha sido la agudización de la crisis venezolana, epicentro del giro a la izquierda veinte años atrás.

El triunfo de la revolución chavista en las urnas en 1998 y una refundación que pareció funcionar alrededor de una redistribución aceitada por la renta del petróleo, conoció en los últimos años una caída espectacular, en la que el régimen ni siquiera se preocupa por mantener las formalidades mínimas que debería brindar una democracia liberal. Para colmo de males, Caracas está en un punto muerto en el que ni avanza hacia un modelo popular como el cubano, ni emprende una apertura que permita una transición hacia un sistema liberal.

El segundo punto, ha sido la sorpresa provocada no solo por la victoria de Donald Trump, sino algo que parecía aun menos probable: que consiguiera niveles más que suficientes de gobernabilidad, haya mantenido una aceptación popular por encima de lo esperado y que, hoy por hoy, se contemple seriamente su relección. A pesar de todas las salidas en falso y la justificada indignación alrededor de su figura, el actual presidente no parece enfrentar un fracaso categórico al estilo de Jair Bolsonaro en Brasil. Y, finalmente, la llegada de gobiernos conservadores en la mayoría de países, parecería el último rasgo al que se ha debido adaptar la izquierda en el último tiempo.

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Al margen de este nuevo panorama, la izquierda parece recuperar terreno y al caso mexicano se podrían sumar en el corto plazo, Argentina y Bolivia, donde prontamente habrá elecciones presidenciales, con posibilidades reales para movimientos progresistas.

En cuanto al primero, es evidente el desgaste de la derecha luego del mandato de Mauricio Macri en el que políticas de austeridad fueron ampliamente rechazadas por los argentinos, que hace un par de años incluso revivieron los peores temores por una crisis como la de 2001 que terminó en el catastrófico corralito financiero. Las acusaciones contra Cristina Fernández parecían suficientemente contundentes como para acabar con el kirchnerismo. Se trataba de un amplio catálogo que iba desde su participación en el asesinato del fiscal Alberto Nisman, su contribución posterior con el gobierno de Irán para que no fueran juzgados los responsables del atentando contra la mutual judía AMI en 1994, hasta el lavado de activos, la asociación ilícita y la apropiación indebida de fondos públicos.

Nada de eso ha podido desmontar al kirchnerismo que en las encuestas parece tener una venta significativa, mas no contundente, sobre el oficialismo. Claro está, se trata de una fórmula en la que Alberto Fernández aparece como candidato a presidente y Cristina Fernández como su compañera.

Los comicios a finales de octubre, tendrán una alta dosis de polarización, que crecerá en la que medida en que se acerque la crucial jornada.  La resurrección del krichnersimo no solo obedece a la impopularidad de Macri y a las malas expectativas por la situación económica, sino a una moderación en el seno del progresismo argentino que ha tratado de enviar el mensaje de haber aprendido las lecciones del pasado. 

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En el caso boliviano, el camino de Evo Morales ha sido menos ortodoxo. Todo inició cuando el gobierno se dio a la tarea de revertir su derrota en las urnas de febrero de 2016, cuando una mayoría se expresó en contra de reformar la Constitución y permitir una segunda relección del actual mandatario. Desde que es presidente, ha sido la única derrota de Morales.

El Movimiento al Socialismo en el poder desde 2006, acudió al máximo tribunal constitucional quien basado en el argumento de que no se le podían negar derechos políticos, dio vía libre a una nueva elección. Aunque Morales encabeza las encuestas, de no poder imponerse en primera vuelta, tendría enormes dificultades para hacerlo en una eventual segunda, pues se impondría la muy eficaz estrategia de “todos con uno”. 

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Ahora bien, el hecho de que el actual presidente boliviano tenga posibilidades reales de llegar a un nuevo mandato, demuestra, entre otros, una izquierda que reestructuró la política y logró conquistas socio-económicas que poco están dispuestos a arriesgar. Aun así, por primera vez desde que está en el poder, el MAS irá a una elección reñida y con la posibilidad real de perderla.

Argentina, Bolivia y México podrían convertirse en referentes de gobiernos de izquierda que obligados a una adaptación al nuevo contexto tendrán que recomponer el progresismo, alejándose de la ortodoxia ideológica y de radicalismos. En el continente parecen muy lejanas las épocas en las que la nueva izquierda parecía hegemónica y la derecha conservadora apenas se replegaba. El mayor reto consiste en entender que se debe abandonar la idea de que el chavismo es inviable en las actuales condiciones, que el conservatismo ha ganado espacios y por ende debe apostar por una cohabitación regional constructiva. El apoyo a cualquier precio al establecimiento venezolano solo puede ahondar las actuales divisiones regionales.

Finalmente este progresismo recompuesto debe aprender de los errores del pasado, especialmente cuando se vulneraron los derechos de la oposición y se ajustaron los sistemas políticos a la medida de determinados gobernantes. Solo una izquierda verdaderamente renovada y desprovista de revanchismos puede de nuevo trascender.