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Revista Nova Et Vetera 2021 - Cultura biográfica - Jacqueline Nova: El arte de Dionisio y la vanguardia
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Cultura biográfica

Jacqueline Nova: El arte de Dionisio y la vanguardia

Antonio José Giraldo Herrera

09/09/2021

Volumen 7 - Nº 73 sep./2021
ISSN: 2422-2216

Jacqueline Nova: El arte de Dionisio y la vanguardia

Apolo y Dionisio, estas dos divinidades del arte, son las que despiertan en nosotros la idea del extraordinario antagonismo, tanto del origen como de fines, en el mundo griego, entre el arte plástico apolíneo y el arte desprovisto de formas, la música, el arte de Dionisio.” Friedrich Nietzsche, El origen de la tragedia

En la década de los treinta, ante una decisión aventurera, el joven colombiano Francisco Nova Carreño se enfrascaba en una travesía europea, dispuesto a realizar sus estudios profesionales de ingeniería en Bélgica. Sin embargo, encontró eso y mucho más: se enamoró de una mujer belga de nombre Palmyre Marcell Sondag. Fruto de ese enamoramiento llegó el matrimonio y, con él, el nacimiento, un 6 de enero de 1935, en la ciudad de Gante, de una portadora del arte dionisiaco cuyo nombre designado sería Jacqueline (Romano, A. 2002. p.29). 

El destino le deparaba a Jacqueline no reposar en tierras europeas, pues a los pocos meses de su natalicio, por designios de la familia Nova Sondag, sería alejada de su lugar de origen, ya que la familia emprendería rumbo a Bucaramanga (Romano, A. 2002. p.29). Ahí, a la edad de 7 años, Jacqueline iniciaba su vida musical con unas clases de piano y, sin saberlo, empezó la historia de un presagio, enmarcado por una curiosidad infinita por las ondas sonoras (Romano, A. 2015).

Al cumplir la edad de veinte años, Jacqueline seguiría su vida en Bogotá, y allí, tres años después de su llegada, empezaría sus estudios en el Conservatorio de la Universidad Nacional, un ambiente predominantemente masculino que podría parecer amenazante para una lesbiana declarada. En aquellos años, el Conservatorio de la UNAL estaba bajo la dirección de Fabio González Zuleta, quien venía con el estigma de las vanguardias del siglo XX y cuyos experimentos sonoros estarían impregnados por la disposición de las ondas sonoras audibles de La consagración de la primavera de Stravinsky de 1913 (Castro, D. 2017).

El estigma que era portado por González Zuleta se propagaría y buscaría nuevos portadores, llegando a encontrar en la mente de Jacqueline una huésped idónea para ser habitada al hallar en su curiosidad el mejor alimento para expandirse. La marca que ahora se encontraba en Jacqueline le abriría las puertas de un nuevo entendimiento sonoro, empezando a escuchar la música con unos oídos distintos más afilados, agudos y susceptibles. Ahora las partituras perderían el protagonismo de la creación musical y serían desplazadas por “lecturas” filosóficas que harían los oídos de Jacqueline buscando la transgresión en la creación audible (Castro, D. 2017). 

Como es de esperar, una epifanía de tal magnitud transformaría el proceder musical de Jacqueline; el piano ya no lo era todo; se alejó de la línea tradicional que se suponía debía seguir. Ahora, la composición era la labor más cercana a Dionisio y la más digna del espíritu de la música (Romano, A. 2015). Los frutos de aquella revelación no se hicieron esperar, pues desde aquel momento ya se leía en los ojos de Jacqueline el deseo de estar en la cabeza de las vanguardias y romper con los valores musicales preestablecidos en la tradición. Este deseo fecundaría su mente y dejaría como hijos obras novedosas como lo fueron Transiciones para piano (1964-1965), Metamorfosis III (1966), y la aclamada Doce móviles para conjunto de cámara (1965), con la cual fue merecedora de un galardón en el III Festival Latinoamericano de Música de Caracas.

Los cambios no siempre son bien recibidos por los oídos necios, encerrados en las celdas de la tradición y los valores del pasado, y esto no fue ajeno a la vida de Jacqueline. Su nueva producción artística fue “mal escuchada” por las orejas (no oídos, ya que este es el sentido) ultraconservadores de las academias de Bogotá, pues para ellos no se trataba sino de ruidos bizarros (Barriga, J. 2015). El peso de las críticas bogotanas y el carácter tímido e introspectivo propio de los genios como el de Jacqueline eran elementos propicios para que se tomaran decisiones de vida radicales, especialmente cuando se era portadora del estigma con hambre insaciable (Romano, A. 2015). 

Luego de ser la primera mujer en graduarse del Conservatorio de la Universidad Nacional en 1967, parecía inevitable alejarse de la tierra sobre la cual había crecido. Sobre todo, luego de tener la posibilidad de ser becaria del Instituto Torcuato di Tella de la ciudad de Buenos Aires, en el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales (CLAEM) (Romano, A. 2002. p. 29). En este nuevo rumbo que tomaba su vida, Jacqueline tendría la oportunidad de dejar de ver su estigma con rareza, ya que podría experimentar esos sonidos añorados que eran incomprendidos por sus pares colombianos, dando rienda suelta a la imaginación y al deseo. 

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Jacqueline Nova - elmamm org

El CLAEM era un espacio que parecía ser hecho a la medida de Jacqueline, pues contaba con un ambiente propio de la vanguardia, con los medios tecnológicos de punta para que una genio de la talla de Jacqueline se diese la oportunidad de explotar su potencial dionisiaco, el cual había adelantado en Colombia, pero que no había podido profundizar debido a la carencia de herramientas (Romano, A. 2015). Así, el espíritu musical de Jacqueline sería cultivado y, finalmente, ella y su mancha se convertirían en un solo ente. 

La travesía de Jacqueline por la capital argentina le dejó como regalo la experimentación constante con la música electroacústica, la cual fungiría como estrella del norte que guía su proceder. Adicionalmente, el carácter revoltoso de la vanguardia que pudo experimentar en carne propia y con mayor libertad en Buenos Aires le abrió todo un panorama nuevo donde concebía con mayor facilidad el desarrollo de la creación artística de forma interdisciplinar (Romano, A. 2015). Esta etapa de su vida también le dejó obras que definieron su estancia en Buenos Aires. Entre ellas se encuentran De las hojas secas del verano (1967), Los seres quietos impenetrables (1968), El movimiento se detiene en el aire (1968) y Oposición-Fusión (1968)

Luego de un año intenso en la ciudad de Buenos Aires, Jacqueline se disponía, como buena hija pródiga, a regresar a casa. Sin embargo, el regreso a Colombia llegaría con miras que trascenderían la labor dionisiaca de la composición, pues era consciente de la existencia de otras prioridades en las tierras cafeteras. Por esto, vio la necesidad de encontrar formas de compartir su experiencia casi religiosa en el Instituto Torcuato di Tella e invitar a quien quisiera a ser parte de ese mundo que configuraría la música contemporánea de las vanguardias en Latinoamérica (Barriga, J. 2015). 

Para lograr su objetivo difusor de la música nova, Jacqueline fue partícipe del ciclo radial denominado “Asimetrías”, que fue auspiciado por la Radiodifusora Nacional de Colombia entre los años de 1969 y 1970, en donde con claridad pronunció las siguientes palabras: “Lo nuevo debemos abordarlo como una necesidad, no como una fórmula. Lo nuevo se producirá por necesidad histórica”, que denotan el hambre de su espíritu por la innovación creadora y su necesidad de poner en tela de juicio todo valor estético que busque levantarse como un monolito indiscutible (Romano, A. 2015). Adicionalmente, mediante la conferencia-concierto “La música electrónica” y el ensamble de la Agrupación Nueva Música, Jacqueline encontró otro medio difusor de la música contemporánea que tuviese sus raíces en las tierras latinoamericanas, dejando una firma que se alza sobre la piedra para concebir nuestra identidad regional en la música contemporánea (Barriga, J. 2015). 

Jacqueline ya había madurado su labor creadora y su estigma se transformó en referente. Ahora Jacqueline moldeaba su arte para realizar creaciones conjuntas, para materializar su perspectiva interdisciplinar del arte (Romano, A. 2015). Uno de los resultados de esta visión del arte le permitió a Jacqueline elaborar la obra Luz-Sonido-Movimiento (1969), junto a la artista Julia Acuña, donde el personaje central de la obra recae en el público que transformaba su presencia mediante su participación. En una especie de metamorfosis, el público saldría del capullo del espectador para convertirse en un actor con protagonismo dentro de la creación artística, en una suerte de invitación a dialogar entre lo conocido y lo desconocido (Romano, A. 2015). 

Jacqueline empieza a sentir la satisfacción de la labor cumplida en la tierra donde creció. Sin embargo, la vida le agradecería su esfuerzo y sus creaciones, regalándole un nuevo viaje a la ciudad que alimentó su espíritu dionisiaco. Al respecto, la maestra Graciela Paraskevaídis anota lo siguiente del regreso de la maestra Jacqueline a las tierras de la Pampa: “En 1972, cuando pudo haber optado por algún estudio de música electroacústica en Europa o los EE-UU, Jacqueline retornó a Buenos Aires, gracias a una beca Guggenheim para realizar un proyecto de Investigación sobre la voz humana y sus transformaciones electrónicas, en el Estudio de Fonología de la Universidad de Buenos Aires en 1972-73, y trabaja con Francisco Kröpfl” (Paraskevaídis, G. 2002). Sería esta dosis argentina la que terminaría por revitalizar la energía artística de Jacqueline, permitiéndole dar a luz la que sería una de sus obras más reconocidas: Creación de la tierra (1972).

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Jacqueline Nova - vice

En Creación de la tierra (1972), Jacqueline deja más que claros sus intereses: la voz humana y los medios electrónicos. La artista nos ubica en las fronteras que se encuentran entre el ruido y la música, sus ondas sonoras retadoras nos ponen de presente los extremos de la oralidad (lo que se pronuncia) y la auralidad (lo que se escucha) en un marco de alteraciones de grabaciones que hacen difusa la distinción entre la voz y el ruido (Castro, Daniel. 2019 p. 2). Esta alteración señala la implicación que se tiene de la inteligibilidad del discurso, de la historia y del lugar para las comunidades indígenas (Castro, Daniel. 2019. p. 2). Su estructura se convirtió en una parada obligatoria para los estudiosos de la música electroacústica del continente, y una experiencia mística para un público que queda perplejo y más que satisfecho ante esta manifestación del espíritu de Dionisio. Estamos frente a una obra que se levanta ante nosotros como los cantos de la creación que hace la comunidad indigena U’wa (Romano, A. 2015). 

Los oídos de la composición que poseía Jacqueline ya se encontrarían en un nivel casi insuperable de complejidad para la década de los setenta. Con todo esto, Jacqueline nos dejó como regalos un total de 50 obras que elaboró en un periodo de 11 años de su vida, donde encontramos colaboraciones con otros artistas como la escritora Dora Castellanos, el director Francisco Norden y sus colaboraciones en las artes plásticas y visuales con artistas como Feliza Bursztyn y Julia Acuña (Barreiro, C. 2001). 

Ahora bien, tal como las ondas de sonido necesitan del viento para poder propagarse, la muerte solo se propaga en la medida en que existe la vida. Esta realidad afecta a todo ser, por más extraordinario que haya sido, y por eso, no fue ajena a Jacqueline. Por esto, en el año 1975, a la corta edad de 40 años, Jacquelin fallece a causa de un cáncer de huesos que se propagó por su cuerpo. Su intempestiva partida dejó un vacío en los avances de la música electroacústica colombiana por más de una década debido a la insistencia de resaltar los valores tradicionales de la música (Romano, A. 2015). No obstante, la vanguardia regresaría de las manos de Guillermo Gaviria, quien fundó el Departamento de Música de la Universidad Javeriana en 1990, trayendo nuevas opciones más allá del Conservatorio de la Universidad Nacional y la Facultad de Música de la Universidad Pedagógica, las cuales aún tenían un gran talante tradicional de la música. La propuesta educativa de Gaviria le daba gran importancia a la composición experimental e interdisciplinariedad, tal como las entendía Jacqueline (Barriga, J. 2015). De este nuevo espacio se han conocido grandiosos artistas como Alba Triana o Juan Pablo Carreño, quienes han desarrollado obras con gran acogida en el extranjero y que han mantenido viva la tradición vanguardista que en su momento impulsó la gran Jacqueline Nova (Barriga, J. 2015).

BIBLIOGRAFÍA 
Barreiro, C, (30/11/2001), Jacqueline Nova, Instituto Cervantes, https://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/noviembre_01/30112001_02.htm 
Barriga, Juan Sebastian (13/04/2015), Los herederos del ruido, Revista Semana. https://www.semana.com/musica/articulo/la-musica-conteporanea-colombiana/41909/ 
Castro, Daniela (22/02/2017), Jaqueline Nova: la pionera de la música electroacústica en Colombia.Vice.https://www.vice.com/es/article/783peq/jacqueline-nova-la-pionera-de-la-musica-electroacustica-en-colombia 
Castro, D. (2019), Jacqueline Nova Creación de la Tierra. Exhibition Essay, Blaffer Art Museum, Houston, EEUU.  
Paraskevaídis, G. (2002) Homenaje a la compositora Jacqueline Nova, A contratiempo No. 12. p. 12-28. 
Romano, Ana María (15/06/2015), Homenaje a la precursora de la música electroacústica en Colombia: Jacqueline Nova Sondag. Mincultura. https://www.mincultura.gov.co/prensa/noticias/Paginas/Homenaje-a-la-precursora-de-la-musica-electroacustica-en-Colombia-Jacqueline-Nova-Sondag.aspx 
Romano, Ana María, (2002), Jacqueline Nova, un recorrido biográfico, A contratiempo No. 12. p. 28-43.

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