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El Conflicto de Leticia: Un Capítulo Desconocido

Juan Camilo Vargas

Mapa de territorios cedidos por Perú a Colombia

Nuestro país, a lo largo de su historia, siempre ha mantenido su intención de mirar hacia el futuro y no volver la vista atrás, algo que puede interpretarse como cualidad de una república relativamente joven o como un problema que necesariamente nos aproxima al rezago histórico. Abundan en nuestra historia, tanto republicana como virreinal, episodios que han sido manipulados, exagerados o simplemente olvidados. Quizá uno de éstos últimos sea el de la afamada «Guerra con el Perú» en la década de los años 30.

Cuando los pobladores de Leticia, que para entonces no pasaba de ser una pequeña villa, despertaron el primero de septiembre de 1932, su sorpresa era enorme. Poco menos de 50 hombres, entre militares y civiles peruanos, tomaban por sorpresa el puerto que desde 1922 había sido reconocido como territorio colombiano por el tratado Lozano-Salomón. El trapecio amazónico fue una concesión hecha por el gobierno del presidente Augusto Leguía y que los gobiernos colombianos habían buscado para dejar en la geografía nacional una salida al río Amazonas. Por aquél entonces se vivía la llamada «fiebre del caucho» y un puerto fluvial era de vital importancia para la exportación nacional. Los hombres que entraron a Leticia armados con carabinas Winchester, ametralladora y cañones, reclamaban ese territorio por pertenecerle a Perú y haber sido robado al departamento de Loreto.

Es importante resaltar que, en las primeras décadas del siglo XX, territorios como Caquetá, Putumayo y el Amazonas colombiano, estaban profundamente aislados por su condición selvática, además de las constantes guerras civiles que a lo largo del siglo XIX habían impedido la exploración de la geografía nacional a profundidad. Precisamente el tratado firmado para delimitar la frontera entre Perú y Colombia buscaba poner fin a una disputa centenaria que hallaba su origen en mapas y cédulas del Reino de España.
 
El presidente Enrique Olaya Herrera, electo bajo la premisa de poner fin a los conflictos partidistas, inicialmente hizo frente a la crisis a través de la diplomacia de los Estados Unidos, país que buscaba fortalecer sus vínculos con una Colombia que todavía resentía la pérdida de Panamá. Olaya buscó una solución diplomática desde el primer momento, pero sabía que la opción militar no debía ser descartada. Por su parte, el dictador peruano Luis Miguel Sánchez Cerro, conoció los hechos ocurridos en Leticia a través de varios telegramas enviados desde Iquitos, pero no rechazó ni sancionó a quienes habían emprendido la misión de recuperar un territorio que, según ellos, pertenecía a Perú. Sánchez Cerro era militar y había derrocado a Leguía, ganándose la admiración de muchos peruanos, pero enfrascándose en persecuciones políticas internas que luego jugarían un papel fundamental en la conclusión del conflicto.

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Destacamento colombiano en el conflicto de 1932 - Dominio Público

Tampoco se debe olvidar que en 1932 los estragos de la depresión no dejaban de hacer mella en la economía mundial. Colombia no era ajena al problema del dinero, prueba de ello es que las Fuerzas Militares no estaban en condiciones de enfrentarse a Perú en el teatro de operaciones, por lo que el presidente Olaya pidió al congreso la aprobación de un empréstito de diez millones de pesos para financiar la guerra. En una efervescencia de patriotismo que puso un alto a la violencia entre partidos y congregó a miles de colombianos en torno a una sola causa, en menos de una semana se habían recaudado los diez millones a través de la venta de bonos de guerra. Aquí hubo manifestaciones y sucesos curiosos que merecen ser recordados: las misiones diplomáticas de Colombia recaudaron fondos para enviarlos al país; gobernaciones y alcaldías instaron a sus funcionarios para comprar bonos que ayudaran «en esa victoria del honor y de la soberanía nacionales», como dijo el gobernador de Antioquia, Julián Uribe Gaviria. Uno de los más llamativos fue el de la donación de argollas matrimoniales fabricadas en oro y reemplazadas por unas de plata en las que se leía Pro Patria. Puede resumirse esta espontánea muestra de patriotismo con la frase del líder de la oposición, Laureano Gómez, que decía «paz, paz en lo interior, guerra, guerra en las fronteras».

Ante este panorama el presidente Olaya dispuso el fortalecimiento de las Fuerzas Militares y nombró al general Alfredo Vázquez Cobo encargado de adquirir barcos y material militar en Europa. Colombia sólo contaba con tres embarcaciones militares antes del conflicto y Vázquez Cobo consiguió para el país cuatro barcos nuevos, ametralladoras y cañones. La Fuerza Aérea del país era un proyecto casi olvidado desde que la expedición suiza contratada en años previos dejara de trabajar en el desarrollo de esta. Se contaba con 16 aviones, pero luego se integraron y adaptaron los aviones comerciales de la aerolínea Scadta, empresa colombo-alemana que luego se convertiría en Avianca. El piloto alemán Herbert Boy, veterano de la Primera Guerra Mundial y líder de los pilotos en Scadta, fue un hombre clave en el desarrollo de la Fuerza Aérea nacional y un pionero de la aviación en Colombia, sus acciones durante la guerra serían decisivas para la victoria colombiana.

Todas las mejoras y adquisiciones militares del país hicieron posible que el 19 de Diciembre arribara al puerto de Belem do Para la flotilla colombiana, encontrándose las fuerzas en cabeza de los generales colombianos Rojas y Vázquez Cobo, iniciando la preparación para lo que sería la primera batalla del conflicto. Mientras las Fuerzas Militares planificaban su ataque, el presidente Olaya seguía buscando una opción diplomática que pusiera fin a la ocupación de los peruanos, que amenazaban ya con romper relaciones diplomáticas al enterarse de la expedición militar en el Amazonas. Sus conversaciones con el embajador de Estados Unidos eran frecuentes y los telegramas entre Washington y Bogotá son un testimonio del esmero de Olaya por evitar la confrontación armada. A pesar de todos los esfuerzos del colombiano, su contraparte Sánchez Cerro se inclinaba sin vacilaciones por una verdadera guerra.

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Tropas peruanas en Leticia - Dominio público

El 14 de febrero de 1933, la expedición militar al mando de Vázquez Cobo llegó al territorio de Tarapacá a través del río Putumayo. La primera acción militar de la guerra se dio en aquel pequeño poblado donde el Ejército Peruano abrió fuego contra los barcos colombianos que buscaban una manera de desembarcar la tropa, respondiendo con el bombardeo de los cañones. Los aviones peruanos no tardaron en llegar y empezaron a soltar las bombas sobre las naves colombianas, pero no contaron con el ataque de los cazas colombianos que llegaron desde la base de Pedreras y les pusieron en retirada. Frente a este escuadrón aéreo se encontraba el ya mencionado Herbert Boy. Los peruanos en Tarapacá estaban sometidos a un constante bombardeo que, sin embargo, les afectó poco y les dio tiempo para escapar. Los aviones y los barcos continuaron bombardeando y sólo al día siguiente se detuvieron para ocupar un territorio abandonado en el que se apropiaron de un par de cañones y poco material de guerra.

Tras Tarapacá, Perú decidió romper relaciones con Colombia y en Lima saquearon y destrozaron la casa de Fabio Lozano, cabeza de la legación nacional en ese país. Las arengas guerreristas de Sánchez Cerro motivaron a una turba enfurecida que al grito de «¡Muerte a Olaya Herrera!» robó joyas, alfombras y posesiones del diplomático colombiano que debió esconderse durante cuatro horas mientras asediaban su hogar.

En realidad, el conflicto no tuvo muchos, ni significativos, encuentros bélicos entre ambos ejércitos. Tarapacá es una de las «batallas» con más renombre, pero no llegó a ser un estremecedor enfrentamiento frontal. De no haber sido por el asesinato de Sánchez Cerro el 30 de abril, quizá el conflicto hubiese escalado y sus magnitudes hoy serían distintas, pero no fue así. El mandatario peruano fue asesinado y su sucesor, Óscar Benavides se mostró dispuesto a encontrar una solución más pacífica que la de las Winchester y las bombas. El futuro presidente colombiano Alfonso López Pumarejo conocía a Benavides y éste último le invitó a Lima para hablar de paz. En mayo se firmaría el armisticio y en Junio la Sociedad de Naciones tomaría posesión de Leticia mientras se desarrollaban los encuentros entre colombianos y peruanos en Río de Janeiro. El conflicto llegó a su fin con la firma del Pacto de Rio en mayo de 1934, y el 19 de junio volvió a ondear el tricolor nacional en el trapecio amazónico.

Aunque la solución del conflicto fue una victoria colombiana que puso a prueba el entrenamiento y poderío militar nacional, además de la eficiente diplomacia patria, hoy sólo vive en algunos libros de historia y en la memoria de pocos académicos. Sin duda, hay que ahondar en la historia nacional con mayor profundidad, pues de nada sirve que sepamos de memoria el Acta de Independencia de los Estados Unidos cuando ni siquiera conocemos nuestras propias raíces. Una solución para resolver los problemas históricos de la identidad se halla en pequeños detalles como éste: conocer a Colombia.