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La encíclica de la vida

Manuel Guzmán Hennessey

La encíclica de la vida

Llega la encíclica del Papa Francisco en un año que se considera crucial para el futuro de la vida. En noviembre de este año, los 196 países que integran el sistema de las Naciones Unidas enfrentarán una decisión histórica singular, la de acordar unas nuevas medidas que puedan frenar el avance del cambio climático.
 
El nuevo esquema que el mundo espera de sus líderes introduce una variante que podemos llamar del ‘todos ponen’. Esto quiere decir que ya no serán tan solo los países ricos, llamados también desarrollados, sino todos los países del mundo, quienes deberán hacer contribuciones efectivas para frenar el avance del problema.

El cambio de enfoque para la negociación incorpora también la sugerencia de que de esta manera los países podrán modificar estructuralmente sus economías para lograr con ello una verdadera economía ‘verde’ o sostenible, actuando desde la base de los sistemas productivos y de consumo. Y esto es algo más complejo que las reducciones de carbono y gases de efecto invernadero, pues nos enfrenta con la verdadera raíz del problema: los estilos de vida y la dependencia exclusiva de los combustibles fósiles.
 
En la encíclica Laudato Si, publicada la semana pasada por el Vaticano, se señala expresamente esta necesidad global: no hay que seguir actuando sobre los síntomas del cambio climático sino que hay que ir a las raíces; a la raíz humana de la crisis ecológica, como lo expresa el documento papal en su capítulo tercero:
 

 “No nos servirá describir los síntomas, si no reconocemos la raíz humana de la crisis ecológica. Hay un modo de entender la vida y la acción humana que se ha desviado y que contradice la realidad hasta dañarla. ¿Por qué no podemos  detenernos a pensarlo? En esta reflexión propongo que nos concentremos en el paradigma tecnocrático dominante y en el lugar del ser humano y de su acción en el mundo”

Coincide el Papa Francisco con muchas otras voces que han venido escribiendo, precisamente este año de 2015, sobre la necesidad de ir a la raíz del cambio climático.

El año pasado se publicó un documental que rastrea, como ningún otro de los muchos que se han publicado recientemente, la raíz primordial de la problemática: el modelo de crecimiento exponencial que está en la base del actual esquema global del desarrollo. Me refiero al documental Ultima Chiamata de Enrico Cerasuelo (2013), que expone el impacto que en su momento generó la publicación triple de “Los límites del crecimiento” (1972, 1992, 2004) de Jorgen Randers, Donella y Denis Meadows y William Behrens II.

A propósito de Laudato Si, he vuelto a ver este documental y encuentro que los datos que descubre y la manera como expone el dislate mayor de “una civilización en dificultades” (para decirlo en palabras de Lester Brown) representan el antecedente documental más conspicuo de los tiempos modernos que bien pudo haber tenido en cuenta el Papa para redactar su encíclica ateniéndose, como él lo reconoce, a los datos de que hoy dispone la ciencia más actualizada.

En “los límites del crecimiento” y especialmente en las columnas The global citizen que escribió Donella Meadows en el New York Times de los años ochentas, están todas las bases de la reflexión papal que hoy nos reconforta por su lucidez, pertinencia y compromiso: si este mundo es finito no podemos seguir estimulando un crecimiento infinito.

Pero para rectificar el rumbo del crecimiento solo resulta necesaria otra reflexión, también escueta y elocuente: actuar desde la sencilla lógica de la vida amenazada y emprender acciones humanas para defenderla. A esto llama el Papa Francisco y escribe que no se dirige, como sus predecesores a los gobernantes del mundo, sino a todos los seres humanos.

A los ciudadanos diría Danna Meadows, quien fue quizás la primera que escribió, mucho  antes de que esta crisis empezara a parecer catástrofe, que los ciudadanos deberían organizarse y actuar, pues más allá de las decisiones de sus gobernantes, eran ellos —son ellos— los verdaderos resortes de la sociedad y de la democracia.

Pero hay otros dos autores reciente con los cuales coincide el documento de la Iglesia católica. Thomas Piketty y Naomi Klein. Dos pensadores contemporáneos que hoy se preguntan desde diferentes ángulos lo que a todos nos inquieta cada vez más: ¿Para dónde vamos? ¿Desde dónde saldrán los cambios que necesitamos implementar para salvarnos? ¿Desde la economía? ¿Desde la ciudadanía? ¿Desde el empresariado? ¿Desde la academia? ¿Desde los gobiernos centrales o locales? O quizás, desde todos estos sectores, si somos capaces de construir —a tiempo y en forma—una nueva y urgente alianza entre quienes han sido excluidos de las grandes decisiones, un pacto entre ciudadanos, para la salvación común de nuestra civilización amenazada.

Explicaré por qué considero que entre Pikketty y Klein hay enormes coincidencias con la encíclica Laudato Si. Ambos coinciden en señalar que en este maravilloso invento de la libertad que hemos convenido en llamar capitalismo, y que algunos llaman capitalismo salvaje, algo nos quedó mal desde su origen. El economista francés lo atribuye al modelo de rendimiento financiero del capital, que en su opinión crece, por naturaleza, a un ritmo mayor que el de la economía y acaba beneficiando más a quienes tienen el capital que a quienes lo trabajan. Lo había escrito Marx con otras palabras: “el capitalismo es rentista por naturaleza”, pero Pikketty hoy, apertrechado en la matemática estadística, reelabora esta teoría a partir de información tributaria facilitada por los propios individuos, en lugar de usar las encuestas oficiales sobre los ingresos[1].

Su libro se ha convertido en un grito que aglutina la voz de muchos indignados por la creciente inequidad del mundo; por quienes no encuentran explicaciones en el auge del capitalismo pese a todas las crisis, en el derroche energético de la sociedad tecnológica avanzada y el crecimiento las economías emergentes.

Klein no es menos explícita —aunque sí menos diplomática— en su andanada contra el capitalismo. Cuestiona el escenario de los prometeicos que nos persuaden sobre las bondades salvadoras de la economía de mercados. Escribe que será precisamente nuestra adicción al lucro y al crecimiento las que acabarán hundiéndonos sin remedio. Se atreve a llamar al capitalismo por su apellido de crisis: un fallido sistema económico, e invita a aprovechar el cambio climático para empezar a construir una nueva economía. No lo ve muy factible pues, anota, la humanidad es demasiado codiciosa y egoísta como para estar a la altura de este reto histórico.

En el medio de ambos se sitúa Tony Judt, quien luego de plantear que ‘Algo va mal’ se pregunta: ¿Por qué nos hemos apresurado tanto en derribar los diques que laboriosamente levantaron nuestros predecesores? ¿Tan seguros estamos de que no se avecinan inundaciones? Y cita a Goldsmith: “Mal le va al país, presa de inminentes males, cuando la riqueza se acumula y los hombres decaen”. Antonio Muñoz Molina, refiriéndose al libro ‘Algo va mal’, escribe: “Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy. El estilo de la vida contemporánea, que hoy nos resulta ‘natural’, y también la retórica que lo acompaña (una admiración acrítica sobre los mercados no regulados, el desprecio por el sector público, la ilusión del crecimiento infinito) se remontan tan sólo a la década de los ochenta. En los últimos treinta años hemos hecho una virtud de la búsqueda del beneficio material, hasta el punto de que eso es todo lo que queda de nuestro propósito colectivo”.

El Papa escribe: Hago una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta. Y agrega: "una pequeña señal de la crisis ética, cultural y espiritual de la modernidad".

Y puntualiza en los temas de Laudato Si:

  1. La crítica al viejo paradigma y a las formas de poder que derivan de las tecnologías,

  2. La invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso,

  3. La necesidad de rescatar los valores propios de los ciudadanos y el sentido humano de las ciudades,

  4. La crítica sobre la responsabilidad de los organismos multilaterales y la diplomacia internacional,

  5. La cultura del consumismo y la búsqueda de nuevos estilos de vida.

El portal de BBC mundo ha hecho una buena síntesis de los cinco puntos centrales de la encíclica, que aquí me permito resumir:

El calentamiento global es real. En ese sentido el papa escribe que "hay un consenso científico sólido" que se trata de un fenómeno innegable.


Es principalmente el resultado de la actividad humana. Francisco reconoció que el cambio climático se da en parte de manera natural pero que los estudios científicos indican que su "principal" causa somos los humanos.
Sostuvo que el "consumismo inmoral" ha llevado a la sociedad a un comportamiento que permite la degradación continua del medio ambiente.
"La tecnología basada en combustibles fósiles muy contaminantes -sobre todo el carbón, pero aún el petróleo y, en menor medida, el gas- necesita ser reemplazada progresivamente y sin demora".

Los países ricos tienen una "deuda ecológica" con los países pobres.

Aseguró que los países en desarrollo están a la merced de las naciones industrializadas que explotan sus recursos para alimentar su producción y consumo, una relación que el Papa calificó como "estructuralmente perversa".
Rechazó el argumento de que solo a través del crecimiento económico se puede resolver el hambre, la pobreza y se puede recuperar el medio ambiente.
Llamó esa filosofía "un concepto mágico del mercado".

Creación de instituciones internacionales fuertes.

Escribe que se necesitan regulaciones a nivel gubernamental para frenar el calentamiento global, pero es esencial instituciones eficientes y organizadas con la potestad de sancionar a quienes incumplan las normas.

Presión a los líderes políticos y sacrificio individual El papa identificó que "muchos de aquellos que tienen más recursos y poder económico y político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas, tratando sólo de reducir algunos impactos negativos del cambio climático".


Y por último, al llamar a la encíclica con el nombre del poema de san Francisco de Asís nos entrega la señal del arte y de la vida, reiterada además en otros pasajes de su documento. Y llama a una educación para la alianza entre la humanidad y el ambiente subrayando que “no debe descuidarse la relación que hay entre una adecuada educación estética y la preservación de un ambiente sano”.

Dos oraciones, de indiscutible calidad literaria, cierran el histórico documento publicado esta semana por el Papa Francisco, obispo de Roma.

 


[1] Su exhaustivo trabajo está disponible en la página web de la Escuela de Negocios de París —World Top Incomes Database— con datos de más de 27 países.