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Construyendo un Palacio sin reyes

Maria Alejandra Soler Rangel

Construyendo un Palacio sin reyes

La fina lluvia nada usual de los días de junio se ha encarnizado con el centro de Bogotá. En la Plaza de Bolívar, los edificios del poder sudan pequeñas gotas y el olor a piedra mojada recorre el ambiente, excepto el Palacio Liévano, cuya construcción de mampostería y ladrillo al estilo francés no dan lugar sino para que las gotas resbalen.

Carlos Dueñas lleva cuatro años trabajando en el Palacio Liévano, admirando el lugar y estudiando los detalles más curiosos de su pasado. Ocupa un cargo administrativo dentro de la secretaría privada del alcalde Gustavo Petro, fue su compañero en el M-19 y cuida su espalda. Se entusiasma al contar que el lugar, que es hoy la sede de la Alcaldía Mayor de Bogotá, fue muchas cosas antes de albergar el poder municipal, entre ellas, una cárcel de mujeres.

Pocos saben que la edificación que hoy se extiende desde la calle 10 o Calle del Divorcio, hasta la calle 11 sobre la carrera octava, estaba fraccionada en varias casas, entre ellas la que alquiló la familia Sanz de Santamaría a los virreyes y que era vecina del sitio por el cual la calle lleva su nombre: la cárcel Divorcio, lugar de confinamiento para las prostitutas y la plebe femenina de la antigua Santafé. Paradójico es también que además de vecinos, esta prisión hubiera sido el único lugar seguro para la integridad de la virreina durante la sublevación del 20 de julio.

Diecisiete años más tarde, la mañana del 16 de noviembre de 1827 un fuerte sismo removió sus estructuras. El temblor acabó con el calabozo y sólo dejó para la posteridad el nombre de la calle.

A Carlos esta parte del relato le deja un sinsabor. Es muy poco lo que se conoce de la historia más antigua de la edificación e incluso del nombre mismo de la cárcel, por eso es que hoy colecciona libros y se rodea de gente que le cuente qué sucedió donde hoy pisa, pero los datos que suelta son los únicos que conoce.

Después del sismo, el gobierno municipal compró buena parte de la edificación ruinosa para construir su sede. Un edificio de dos pisos, construido en ladrillo sin marras y con una austeridad sorpresiva cuyos rezagos aún sobreviven.

La parte restante, donde se alzaban casas ilustres como la de los Sanz de Santamaría, la compraron los hermanos Arrubla.

De a poco, Juan Manuel, el mayor de los hermanos, fue haciéndose dueño de las casas de la Plaza y comenzó la construcción más innovadora de la época: las galerías de Arrubla, un centro comercial de tres pisos, primera edificación de comercio de ese estilo. Allí se albergaría a quienes sacaban sus puestos a la plaza que para entonces era conocida como la de ‘la Constitución’, en honor a la primera carta política firmada en Cúcuta por el Gral. Santander. Allí operaría también la administración municipal.

Pero no fue tan sencillo como parece. Como dice Carlos Dueñas, en la riqueza de los detalles está la proeza. No todos querían vender las casas y por ello el proceso tardó algo más de 15 años desde que ocurriera el sismo, así consta en la notaría primera de Bogotá donde se consignaban los documentos de compra venta.

En 1842 el Cabildo aprueba la construcción de la sede y los Arrubla ven la oportunidad para hacer negocios. El proyecto aprobado requería de un amplio pórtico en la fachada para que en el segundo piso operase el gobierno municipal, mientras la planta baja sería de locales. El tercer piso sería destinado como vivienda del alcalde; Juan Manuel, reconocido constructor y reparador, obtuvo el contrato no sin antes proponer prolongar el pórtico hasta su propiedad para crear una apariencia homogénea en la edificación, que hasta 1848 vio la luz.

Fueron 30 locales de escasos 4 metros los que se construyeron y donde funcionaron sastrerías, sombrererías y hasta una gallera perteneciente a los constructores de la obra.

Un día, sin más, a las 11 de la noche las galerías emblemáticas ardían en llamas. El fuego consumía una insignia de la ciudad. Era 20 de mayo de 1900 y el incendio comenzó en la sombrerería del alemán Emilio Streicher, quien lo provocó para cobrar un seguro y aunque la justicia intentó perseguirle, ya había huido a Alemania con el botín.

Aunque la página oficial de los bomberos asegura que las llamas duraron 30 días, los libros de historia coinciden en que fueron tres días en los cuales la edificación se convirtió en ruina.

Mientras recorre el zaguán que es antesala a la entrada del edificio distrital, cuyos requisitos de ingreso son estrictos, Carlos Dueñas sonríe con la cabeza baja y dice: el incendio quemó el acta de fundación de Bogotá y una cantidad de documentos que nos habrían permitido conocer de éste lugar antes de ser el Palacio Liévano e incluso antes de ser galerías.

Las llamas se han obstinado históricamente con los documentos que retratan la vida de una ciudad. El Palacio de justicia, el Bogotazo y el incendio en las Galerías de Arrubla dejaron huérfanos estantes importantes de los archivos de la historia. Por fortuna quedan pedazos de edificios que aun retratan lo que fue.

Los rezagos del antiguo palacio de gobierno aún se sostienen como sobrevivientes de los embates del tiempo. Algunas arcadas quedaron en pie. Cuando destaparon toda la parte de mampostería del límite entre el edificio nuevo y el viejo, encontraron que no había rastro de hierro sino que la edificación se erigió de mezcla cruzada de materiales como ladrillos, adobes, piedra y barro, la sorpresa de Carlos al ver la fortaleza de una construcción centenaria se nota en su relato. Esos detalles son los que más disfruta el guardaespaldas de Petro, apenas bachiller y reciente visitante asiduo de las tertulias de historia.

En la época del incendio, el propietario mayoritario de los locales de la galería era el ingeniero y astrónomo Indalecio Liévano Reyes, con quien la nación tenía una cuantiosa deuda. Él coordinó la construcción del nuevo edificio y de ahí el nombre con el que lo conocemos.

Cada día cuando recorre el trecho entre la entrada principal hacia la del palacio de gobierno ve los huecos de las balas en el antiguo paredón de fusilamiento de Rafael Reyes. La pared interior pintada de rojo del edificio donde trabaja todos los días y que linda con el paredón de las balas es la única de la que se conservó buena parte desde el incendio. Además de ése, son tres los edificios que encierra el Palacio.

Son espacios relativamente nuevos que expandieron la edificación hacia el occidente cuando el Distrito se hizo propietario único en 1960, comprándoles a los descendientes de los Liévano. El más nuevo edificio es una modernísima construcción con fallas en los detalles, llamado el Bicentenario.

Los operarios de alturas que son quienes deben hacer el aseo de toda la estructura, dicen que las canaletas del Bicentenario distan mucho del modo prolijo en que se construyó el edificio antiguo. Jhon, que es uno de los operarios encargados de la limpieza del majestuoso Palacio dice que el desnivel y la malla de recolección de aguas del edificio antiguo permite que las aguas corran naturalmente y la limpieza manual sea poca. Mientras tanto, en Bicentenario, no se hizo desnivel y la canaleta es tan ancha que sólo con ayuda humana el flujo de lluvias es posible.

Los diseñadores de la época fueron muy sabios, muy inteligentes e hicieron edificios perennes, dice Carlos. Y tiene razón.

Gastón Lelarge, un francés llegado al país con pocos años fue el encargado de construir el Palacio. Su técnica tenía el corte europeo, igual que su estilo. De ahí que el edificio Liévano tenga amplios ventanales que aun relucen en la fachada y que son los más afectados por las piedras y objetos que se lanzan en las manifestaciones en la Plaza de Bolívar.

Reparar estos daños es la tarea de Martha Piñeros, ingeniera de mantenimiento de la Alcaldía. En aquellas construcciones que son declaradas patrimonio histórico nacional, como la sede de gobierno distrital, hacer mantenimiento requiere de trámites administrativos largos. Por ejemplo, en el caso de los vidrios rotos, si bien es de las pocas cosas que no hay que consultar con el Instituto distrital de patrimonio cultural –Idpc- Piñeros debe asegurarse que el tipo de vidrio utilizado conserve las mismas características del que se ha roto, en color, grosor y apariencia.

De igual forma, cualquier tipo de mantenimiento debe seguir los patrones dictados para la preservación exacta del edificio, teniendo en cuenta tanto apariencia como funcionalidad. Esa prerrogativa no pudo cumplirse cuando se mejoró el sistema de gas de la edificación.

Justo en medio de los jardines, para hacer menos notoria la zanja que se abrió para instalar el gas natural, se construyó un pasaje en madera que podrán recorrer los funcionarios dentro de algunos meses.

Jhon señala que hasta con el lavado de la piedra hay que tener cuidado. Cualquier fisura puede implicar una reparación correctiva que es de la que más trámites hay que cumplir. Por eso, el lavado de la fachada se hace sólo una vez al año.

De piedra, el palacio solo tiene el basamento, las columnas y el marco del vano de las ventanas. Mientras tanto, las edificaciones que lo circundan en la plaza son todas construidas en ese material. Por los poros que poco a poco ahuecan la piedra, las pequeñas gotas de agua se pegan como el rocío a las hojas. Lelarge le dejó una tarea difícil para quienes tiene que limpiar las fachadas.

El edificio que se terminó de construir en 1907, reluce ante la presencia de sus vecinos. La nueva sede de gobierno, que se concertó a pocos días del incendio de las galerías logró unir a los propietarios de entonces para pagar una suma de dinero importante para que la pieza arquitectónica fuera el símbolo que es hoy.

Carlos menciona uno de los detalles menos conocidos del sitio, en alguna foto hace un tiempo atrás hizo un hallazgo: los altillos que albergan gran cantidad de las palomas de la Plaza, cuyo excremento amenaza la ruina de esa zona del edificio, no eran dos como vemos hoy, sino tres. La mansarda central del edificio se removió porque tras un nuevo sismo en febrero de 1967 algunas áreas sufrieron daños, entre ellas el altillo. Por tal razón, el entonces alcalde Mayor Virgilio Barco y la secretaría de obras públicas aplanaron la mansarda siendo esta la modificación más importante del Palacio desde su construcción.

Aunque quien cuida la espalda de Gustavo Petro no conoce que la anterior es la razón de la falta del tercer altillo, pues mucho se especula de aquello, dice enfáticamente que las palomas se encargaran de acabar con los restantes.

A pesar de la amenaza, el edificio Liévano sigue en pie tan solemne y admirable como siempre. Singular en comparación con sus vecinos, sobrio y digno del título que ostenta: monumento

urevista@urosario.edu.co o alberto.campillo@urosario.edu.co