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Preservar el silencio

Manuel Guzmán Hennessey

Preservar el silencio

En muy pocos lugares del mundo se escucha tan bien el silencio como en aquellas pequeñas poblaciones que habiéndose percatado de la posibilidad de la catástrofe, deciden reaccionar y pensarse de nuevo. Evitan que la desmesura del crecimiento se imponga sobre sus raíces genuinas y poblanas, y deciden parar. Hasta esta calle creceremos, hasta este bosque o hasta este río. Y modifican la dinámica de sus economías y se dedican a progresar a escala humana, conservando los bienes que les son comunes y privilegiando los sistemas de producción y comercio locales.

Empezaré por destacar que en estas pequeñas aldeas, llamadas también ecoaldeas , lo primero que deciden preservar es el silencio. Bien público de supremo valor, como la lluvia, como el aire puro, como el paisaje.

Dije antes catástrofe, ‘la catástrofe’ y no simplemente una catástrofe, debido a que estoy pensando en el libro que Elizabeth Kolbert publicó en el año 2009: “la catástrofe que viene”. Pues bien, empezando como estamos el año de gracia de 2016 nos resultará relativamente fácil constatar que aquella catástrofe que anunciaba Kolbert ya llegó. Nos bastará para ello revisar las cifras publicadas por la NASA sobre las temperaturas que registró el año 2015 y colegir (es muy fácil) que si estas temperaturas han superado los límites que permiten muchas cosechas, ha habido un detrimento notable de la producción de alimentos y de efectos asociados.

Una semana antes de empezar la Cumbre de París, hace apenas un mes, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) presentó los datos de temperatura global actualizados hasta el mes de octubre del 2015. Y la principal conclusión que señalaron durante su publicación en Ginebra indicaba precisamente que 2015 podía convertirse en el año más caliente de la historia.

Así sucedió, pero no es todo, según el secretario general de la OMM, Michel Jarraud, el año 2016, podría ser incluso más caluroso que el 2015, a consecuencia del fenómeno meteorológico de 'El Niño' que en este momento avanza desde las aguas, hoy cálidas del océano pacífico.

Según la OMM en su avance preliminar, que analiza el periodo enero-octubre, la temperatura global del planeta fue de 0,73ºC sobre la media del periodo 1961-1990, que es 14ºC, y aproximadamente 1ºC por encima de la etapa preindustrial, con datos de 1880 a 1899.

El informe señala que los años 2011 a 2015 fueron el quinquenio más cálido desde que se tienen datos. Los océanos han absorbido más del 90% de la energía acumulada en el sistema climático debido a las emisiones de gases de efecto invernadero. Se han aumentado la temperatura, la acidez y el nivel de los mares.

Ahora bien, el análisis meteorológico de 2015 también indica que la extensión del hielo marino en el Ártico ha disminuido desde los años 70 y en 2015, la extensión máxima del 25 de febrero fue la menor desde que se tiene constancia, con 14,54 millones de kilómetros cuadrados.

A la investigadora de la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA) de EEUU Julianne Stroeve le preguntaron si ella creía que veríamos al Ártico sin hielo durante nuestras vidas, y no dudó en contestar: "Sí, me temo que sí". Le insistieron ¿Es ya demasiado tarde para limitar el aumento de temperatura global a 2ºC? Y dijo: "Yo creo que probablemente es ya demasiado tarde para que no veamos el Ártico libre de hielo dentro de unos años. Pero no es un punto sin retorno. Si reducimos las emisiones de gases de efecto invernadero y la concentración de CO2 de la atmósfera disminuye volveremos a ver hielo en el Ártico durante el verano".

Lo que indican estos datos, pero sobre todo los resultados de la Cumbre de París COP 21, es la catástrofe inminente sucederá gradualmente a medida que crezca la temperatura y se desencadenen los efectos sistémicos del cambio climático.

Pensaba en todo esto en Barichara. Y me preguntaba si la única salida posible de la civilización en su conjunto no sería la de achicar nuestras ciudades, volver al sentido de las pequeñas comunas e intentar economías locales basadas en criterios colaborativos y no necesariamente competitivos. Barichara bien podría ser un buen ejemplo nacional de pueblo autosostenible, especialmente si contrastamos lo que ocurre allí cuando el pueblo es apacible y silencioso y cuando llegan a él los turistas con su ruido, sus camionetas y su impacto ecológico.

En el primero de los casos es posible percatarse del silencio y pensar en la sacralidad que perdemos cuando decidimos violentar aquella paz mediante la invasión incontrolada de ciudadanos ‘modernos’. Roza una hoja contra otra, y cae, toca la tierra que en este pueblo es del color de la tierra y este pequeño golpe se puede escuchar, canta un pájaro, y un poco más allá, una gallina apresurada en sus quehaceres acompasa la música del viento. Cae la tarde sobre el cañón del río Suárez y entonces uno encuentra que en ese justo instante es cuando entran las nubes en acción.

Viaja el alma con ellas y se pierde, y la noche trae consigo los silencios más graves.

“Tú, espejo milagroso que no reflejas mis tinieblas y reflejas la luz que ya no es mía” ¿de la montaña, del mar? Sube hasta Barichara Dulce María Loynaz para compartir con nosotros la inusitada idea de que la música que hace el silencio de las montañas es más grave que la música del mar. Y tales profundidades nos sumergen en otras simas, donde la luz que huyó tras de la tarde ya no es nuestra, no es de nadie, y su ausencia atisbamos por dentro de la piel, cuando acuden a nosotros los más negros presagios, de una civilización obcecada por el vano progreso que ve perder su paz y su alegría por haber equivocado su rumbo en la historia y por no haber sido capaz de rectificarlo a tiempo.

Espejo que refleja la luz que nos fue escamoteada, el silencio que ya no es nuestro. Ah poder salutífero que tiene la poesía para mostrarnos lo que no alcanzamos a ver, aún antes de sucedan las cosas.

He ahí el silencio más grave. El de la inminencia de un colapso global, para el que la escueta contemplación de la vida sencilla en un pueblo cualquiera de este mundo no alcanza. De todas manera sucederá el colapso. Lenta respiración y encrucijada, pensamientos y sentimientos vibrando en la inédita y última melodía.

No quisiera aconsejar este silencio. Inevitables son las tristezas anticipadas que suelen venir envueltas en las intuiciones que nos facilita el arte. Los que han muerto o sufrido, los que vieron la luz y hoy tinieblas, los que acunaron una buena esperanza y la perdieron, desheredados del bullicio que les era propicio, de la música ajena que llevaban por dentro, errantes de la tierra y de sí mismos, habitantes efímeros de los silencios que nadie jamás podía escuchar.

Los habitantes de las pequeñas islas del pacífico ya no tienen territorio seguro donde vivir. Los de las islas Tuvalú y la polinesia, los de Naurú, islas Marshal, Ralik y Ratak. Vi al rey de Lesotho hablar en la cumbre de París, su drama es el de una isla de tierra rodeada de pobreza y sin salida al mar.

Vuelvo a las comunidades que reaccionan y se reinventan. Hay muchas en el mundo, los nuevos ‘desertores sociales’ de Escandinavia, los ‘neo-rurales’ de Francia (5% de la población, jóvenes casi todos), las comunas de alta tecnología en Inglaterra, la eco-aldea Lakabe en España, los de Ithaca en EEUU, las ecoaldeas de Findhorn, en Escocia, The Farm, en  Tennesee, USA, Lebensgarten en Alemania, Crystal Waters en Australia, Ecoville St.Petersburg en Rusia, Gyûrûfu en Hungría, el Proyecto Ladakh en la India, el Manitou Institute en Colorado, USA y las múltiples ecoaldeas y comunidades sostenibles de Dinamarca como la isla de Samsoe en Dinamarca, en la que el 100% de los isleños usan electricidad que proviene de numerosas turbinas eólicas.

Samsoe ha reducido sus emisiones de dióxido de carbono, dióxido de azufre y óxido nitroso en un 142%, 71% y 41% respectivamente. Y este año tienen un nuevo desafío: el sector del transporte movido por aceite de semillas de canola.
Aprender a vivir, en últimas, como respuesta global de sostenibilidad para un planeta que ya no es vivible, que ya no es respirable ni sostenible dentro de sus actuales paradigmas de progreso. El Global Ecovillage Educators for a sustainable Earth está ayudando a muchos jóvenes a optar por esta vida. Su principal objetivo es desarrollar cursos en diseño de comunidades sustentables aprovechando la experiencia de las ecoaldeas más exitosas del mundo. Han creado el Ecovillage Design Curriculum (desarrollo curricular en diseño de ecoaldeas), patrocinado y apoyado por el instituto de entrenamiento e investigación de las naciones unidas (UNITAR). También está la Gaia University de Australia y USA, que ofrece un acceso a licenciaturas, maestrías y diplomados, a través de experiencias prácticas y autoguiadas.

Vuelan los pájaros por el cielo azul. Es invierno en otra parte del mundo y no ha llegado la nieve. Se apaga la ciudad muy temprano y ruge el mar su sinfonía de aguas festivas. Entonces pienso que el silencio también puede exaltar, y resulta jubiloso cuando confluyen celebración y carcajada, cuando el amor se esparce por el mundo como fruta posible y don perenne, cuando cantan los niños y el paisaje, cuando vuelve la lluvia y bendice las esquivas cosechas de la tierra.
Cuando retorna a nuestra vida cotidiana la esperanza.

Quisiera terminar esta nota con un momento de silencio por los niños de la etnia wayuu que murieron el año pasado por falta de comida y por falta de agua. Proclamo mi esperanza en la paz de Colombia. Deseo desde lo alto de esta montaña que ahora miran mis ojos que nunca más la muerte pueda reinar sobre ella, que una nueva deidad reine sobre la tierra, como escribió Holderlin. Que la paz sea posible en el silencio escueto de la vida. Y sé muy bien que será muy largo el silencio que debemos hacer los colombianos, pues muy largas han sido la muerte y la tristeza. Pero confío en que después, cuando la luz vuelva a nosotros, podamos cantar juntos una nueva canción. Feliz 2016 para todos los lectores de esta revista.  


 i “Una ecoaldea es un movimiento de personas, en el ámbito mundial, que optan por vivir en comunidad de una forma diferente. Las ecoaldeas son modelos, algunos patrocinados por organismos como la UNESCO, que están demostrando que es posible otra forma de vivir fuera de las redes del gran consumo y el derroche, con unos principios de ecología y respeto al medio ambiente.